Cuando nuestro hijo se casó, de pronto dejó de visitarnos. Siempre estaba en casa de su suegra, como si un hechizo lo llevara allí. Aquella mujer necesitaba siempre algo urgente: el grifo que goteaba copiosamente, una estantería que parecía flotar y luego caía, una bombilla que convertía el pasillo en un pasaje de sombras. No logro imaginar cómo vivía antes de que su hija se uniera a nuestro hijo como en una boda medieval en el ayuntamiento de Ávila.
Llevan casados más de dos años. Tras la boda, nuestros hijos se instalaron en un piso que nosotros compramos para él cuando empezaba la universidad, cerca de la Gran Vía de Madrid. Desde pequeño, nuestro hijo contó con todo nuestro respaldo, consejos y palabras de ánimo. Antes incluso de casarse ya vivía solo, porque le venía bien para su trabajo, en una oficina gris donde las mesas siempre chirrían.
No diré que mi nuera me cayó mal, pero veía que esa chica la llamaremos Aitana porque suena a sueños de infancia no había despertado del todo a la madurez del matrimonio, aunque apenas fuese dos años menor que nuestro hijo. Muchas veces compensaba su juventud con caprichos, rabietas dulzonas y silencios inexplicables. Nuestro hijo, siempre tan amable, me parecía el mismo niño que recogía avellanas en los veranos, y yo pensaba: ¿Cómo caminará entre las nubes de la vida con una niña de la mano?
En una comida, conocí a Aitana y a su madre. Reconocí de inmediato su naturaleza: aunque la suegra de mi hijo tenía mi edad, era como si, en secreto, nunca hubiera dejado la infancia. Flotaba por el salón, ajena al paso del tiempo, contando historias imposibles. Había pasado por seis divorcios antes de la boda de su hija, como quien colecciona postales de antiguas playas.
Nunca tuvimos temas en común. Habitaba un universo aparte, y, lo bueno, es que no se imponía. Apenas nos cruzábamos felicitaciones educadas, y volvíamos cada cual a su propio ramo de sueños.
Las primeras señales extrañas surgieron antes de la boda: si no era el grifo, era una bombilla, y si no, una balda caída. La casa de la suegra era una especie de cueva mágica que sólo funcionaba si nuestro hijo iba a arreglarla. Al inicio no dije nada; al fin y al cabo, no había una mano masculina en esa casa y tal vez sería útil echar una mano.
Con el tiempo, sin embargo, el desfile de desperfectos no cesaba. Nuestro hijo empezó a esquivar nuestras invitaciones, siempre con el mismo motivo: Nos vamos a casa de su madre, que tiene una urgencia. Las fiestas pasaron a celebrarse todas allí, mientras en nuestro salón de Zamora solo quedábamos yo, mi padre y mi suegra, como fantasmas acariciando tazas de café frío.
No me molestó tanto cuando dejó de venir a las reuniones familiares; me dolió más cuando empezó a olvidar nuestras propias necesidades. Un día, compramos una nevera nueva y le pedimos ayuda para subirla. Dijo que sí pero, una hora antes, llamó: No puedo, mamá, la lavadora de la madre de Aitana está desbordando agua como el Pisuerga.
Mi marido cogió el teléfono y escuchó de fondo una voz lejana Aitana diciendo: ¿Tus padres no pueden llamar a unos porteadores como hacen todos?. Al final, nuestro hijo vino, pero llegó con un enfado que llenó toda la escalera.
Papá, ¿no podías llamar a unos mozos? ¡Y ahora tengo que subir esto yo solo!
Perdí la paciencia y pensé: ¿por qué la suegra no llama a un fontanero? Quizá vive en otro mundo donde los profesionales no existen, sólo los yernos mágicos. Nuestro hijo se excusó: Mamá, es que engañan a cualquiera, te cobran un pastón y luego dejan todo igual.
Fue entonces cuando mi marido, siempre de lengua afilada, explotó: Su suegra no sabrá de neveras, pero pastorea una oveja mejor que nadie. Nuestro hijo montó en cólera y se fue dando un portazo. Yo me mantuve callada, aunque en el fondo pensaba que mi esposo tenía razón: la nueva familia estaba subiendo sobre los hombros de nuestro hijo, y nosotros nos quedábamos solos entre recuerdos y promesas.
Tras esa discusión, nuestro hijo no habla con su padre desde hace más de dos semanas. Mi marido tampoco suaviza su postura; no es él quien va a dar el primer paso. Y yo me siento como en esas pesadillas de Salamanca, atrapada entre el martillo y el yunque: él tenía razón, pero podría habérselo dicho a nuestro hijo de otro modo, porque ahora hay un abismo de silencio entre los dos, y yo no quiero perder a mi niño por unos caprichos de sueño.
Mi esposo se niega a llamarlo, nuestro hijo tampoco cede dice que hasta que su padre no se disculpe no cruzará el umbral de nuestra casa y en medio de esta tormenta de quimeras, la única que parece flotar intacta es su suegra, que siempre sale bien parada de estos líos de familia.







