Con tan solo catorce años, ya enfrentaba migrañas hemipléjicas: ataques poco comunes capaces de dejar medio cuerpo inservible.

Life Lessons

Mira, te cuento, con catorce años ya estaba batallando con esas migrañas hemipléjicas, que, por si no lo sabes, son unos ataques totalmente raros que pueden dejarte medio cuerpo inservible, como si te hubieran desconectado por la mitad.

Durante una década pude predecir cuándo iban a llegar los episodios, algo así como cada mes más o menos, hasta que, de repente, un día dejaron de seguir el guión. Se hicieron crónicos, implacables, me robaron la claridad mental y la capacidad de trabajar. He pasado por todo lo que los neurólogos de aquí pueden ofrecer: cócteles de pastillas de nombres interminables, sesiones de bótox dolorosas en la cabeza, bloqueos nerviosos, dietas más estrictas que una cuaresma y nada, ni por asomo, tocaba los síntomas. Sólo los opioides me daban el respiro suficiente para tirar hacia adelante, aunque los odiaba. Mucho. Sentía que sobrevivía, pero no más.

Y hace dos o tres años, me soltaron la solución que jamás pensé escuchar en una consulta médica en Madrid (ni en toda Castilla, vamos): el embarazo. Según los médicos, a veces los cambios hormonales del embarazo podían resetear el cerebro de algunas mujeres con migrañas como la mía. Que ni medicamentos ni hormonas artificiales, no, aquí solo valía el método natural.

Te pongo en contexto. Yo soy Marta Álvarez, criada en Salamanca, y por entonces trabajaba como coordinadora de proyectos junior en un estudio de arquitectura que estaba arrancando fuerte en Madrid. Me flipaba la emoción de los plazos de entrega, el sentido de dirección Vamos, me sentía invencible. Hasta que el dolor se apoderó de cada día, ese martilleo tras el ojo, la parálisis del brazo izquierdo, era insoportable. En cuestión de meses, mi vida se restringió de tal forma que ni reconocerla podía. Fueron tres años de peregrinaje médico, atiborrada de pastillas imposibles de pronunciar, los peores pinchazos de bótox, nervios bloqueados, euforias breves y toda ilusión tirada al suelo cuando volvía el dolor.

Llegó el momento en el que no podía levantarme de la cama, y hubo días que mi marido, Javier, tenía que ayudarme a ducharme porque la pierna izquierda simplemente no respondía. Perdí el trabajo, la independencia y, poco a poco, la confianza en mí misma. Solo los opioides me mantenían, y aunque los detestaba, sabía que no podría seguir sin su ayuda. Me permitían trabajar a media jornada, y poco más.

Hasta que apareció la oferta más extraña: Quizá el embarazo lo frene. Me lo dijeron tres especialistas distintos y todos dieron la misma explicación, como si se lo hubieran pasado por WhatsApp. Que si los estrógenos, que si el reajuste hormonal… Yo ya ni sabía qué pensar. Javier y yo habíamos hablado de tener hijos, claro, pero no así, convertido en tratamiento médico. Es una apuesta, chica, pero a veces funciona nos dijo la doctora Ruiz, la neuróloga.

La idea nos descolocó, para qué mentir. Pero vivir como estaba viviendo yo… daba más miedo todavía.

Estuvimos meses sin ni rozar el tema. Cada vez que tenía una migraña, cuando perdía el control del brazo, se me caía el vaso, o empezaba a arrastrar las palabras como si llevara horas en una verbena, Javier me miraba y tragaba saliva. Nadie se atrevía a pronunciar la pregunta inevitable: ¿de verdad valía la pena arriesgarlo todo y con un bebé por medio si a lo mejor nada cambiaba?

La doctora Ruiz nos lo dejó todo clarísimo: riesgos del embarazo cuando tienes esta forma de migraña, complicaciones, y la posibilidad de que después de todo esto, ni funcione Pero también nos contó algo que me hizo tilín: He visto que esto funciona, Marta. No te lo puedo firmar, pero he visto que pasa.

Eso se me metió en la cabeza y ya no hubo quien lo sacara. Una noche, tras un ataque especialmente bestia, estaba tirada en el suelo del baño; la losa fría me alivió la cara, la mitad del cuerpo sin respuesta, las palabras desparramadas. Javier se sentó a mi lado, callado, acariciando mi pelo. Cuando pude articular algo, con la voz rasgada le solté: Así no puedo seguir.

Tampoco me quiso contradecir.

Charlamos durante horas; sobre el miedo, la responsabilidad, sobre si sería justo traer un niño a este mundo en ese estado. Hasta que Javier, temblando, me dijo: Si esto te da la oportunidad de volver a vivir, nuestro hijo lo sabrá siempre. Para él será motivo de orgullo, nunca una carga.

Y bueno, ahí se decidió todo.

El embarazo no fue cosa fácil, eh. Tardamos siete meses, entre visitas al centro de salud, analíticas sin fin y más nervios que en una final del Bernabéu. Pero cuando por fin salió positivo, lloré tanto que Javier pensó que pasaba algo malo. Era alivio, miedo, esperanza; todo junto.

El primer trimestre fue una montaña rusa; las hormonas disparadas. Algunos días con ganas, otros con unas náuseas que ni la peor gripe de mi vida. Las migrañas seguían, pero… diferentes. Menos frecuentes, la parálisis duraba menos y el dolor ya no era tan rabioso. Poco, pero suficiente para sentir cierta esperanza.

Al sexto mes, ya solo tenía dos o tres ataques por semana. No se habían ido, pero se podía llevar.

La primera vez que pasé un día entero sin migraña, lloré en la cola del Mercadona como una cría. La cajera no entendía si era por el precio o por qué, pero me dio igual. ¡Cinco años sin esa sensación de libertad!

Javier volvió a reírse. Yo volví a funcionar. Nos ilusionamos de nuevo.

Pero ojo, que el embarazo no había acabado conmigo.

En el séptimo mes, me sobrevino un ataque extrañísimo; visión completamente nublada un minuto entero, las dos manos sin sensibilidad cuando volvió. Y ahí escuché la palabra que más temía escuchar en boca de un médico:

Preeclampsia.

Nos cayó como un jarro de agua helada. De repente, el embarazo que me iba a curar se había convertido en una urgencia. Tensión arterial por las nubes, peligro para la niña y para mí. Complicaciones por mi historial… Empezó el internamiento en el Hospital Clínico de Salamanca. La habitación olía a desinfectante y frío. Las máquinas, pitando día y noche. El personal sanitario, un amor, pero cada hora entraban a vigilarme. Volver a sentirme una enferma, dependiente, me partía el alma.

Sin embargo, lo curioso es que las migrañas, en vez de empeorar, seguían aflojando, como si el cerebro por fin tirara la toalla.

La tensión alta, por desgracia, sí que no aflojaba. Los doctores no paraban de plantear inducir el parto antes, aunque la doctora Ruiz insistía: Queremos aguantar hasta que la niña esté lo más hecha posible, pero hay que vigilarte muy de cerca. Es delicado.

Las semanas pasaban, cada día era una pelea entre mi cuerpo y el reloj. Y Javier, allí a mi lado, durmiendo en un sillón de hospital que ni para siesta, con los peores bocadillos de la cafetería y sin soltarme la mano ni un minuto.

Y de pronto, a las 35 semanas, la tensión se disparó. Me dio un dolor de cabeza tan brutal que temí que la migraña volviera por la puerta grande, pero era otra cosa: presión, hinchazón, algo que no tenía nombre.

La ginecóloga entró, seria pero tranquila: Marta, hay que traer a la niña ya, hoy.

Me quedé helada. ¿Tan pronto? ¿Estará bien?

Es una campeona, me dijo Javier medio llorando.

No pasó ni una hora y ya estaba en paritorio. Demasiada luz, demasiada gente, todos siguiendo cada monitor como si fueran a saltar las alarmas. Enganchada a magnesio para evitar convulsiones, medio cuerpo pesando el doble.

Fueron doce horas de parto. Agotador.

A las 3:12 de la madrugada, nuestra hija, Clara, llegó al mundo chillando con tal fuerza que todo el personal soltó una sonrisa de alivio.

Pequeñita, pero perfecta.

La cogí sobre el pecho, piel con piel, y las lágrimas no paraban. Javier me besó la frente: Lo has conseguido, ya está aquí.

Pero te digo una cosa, el verdadero milagro llegó después.

Dos meses después de que naciera Clara, una noche sentada en su habitación, dándole el biberón a las cuatro de la mañana, me di cuenta: no había tenido ninguna migraña en semanas. Ni una sola punzada leve.

A los cuatro meses, llevaba noventa días limpia.

A los nueve, la neuróloga lo confirmó: las migrañas hemipléjicas en remisión.

Volví a trabajar a jornada completa. Volví a salir a correr. Volví a pensar en el futuro sin el miedo constante a amanecer inmóvil.

Y a veces, en silencio, mientras Clara duerme, me pregunto cómo algo tan sencillo tan pequeño pudo resetear toda mi vida. Los médicos tenían razón: el embarazo lo cambió todo. No de golpe, no por arte de magia, pero fue como un amanecer en Castilla: despacio y apenas sin notar, pero imposible de negar cuando te giras a mirar el horizonte.

Las migrañas, por fin, no se fueron.

Me dejaron vivir.

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