Mira, te tengo que contar algo que me tiene todavía hervida. Ya sabes cómo andamos por aquí, apretándonos el cinturón cada mes. Tanto mi marido como yo curramos, pero entre lo que ganamos los dos, apenas llegamos para todo. Nada de lujos, vamos tirando lo mejor que podemos. Y con una niña de cuatro años, imagínate… mantener a una chiquilla en estos tiempos es caro de narices. Todo cuesta un ojo de la cara, desde la guardería hasta la ropa.
El caso es que, para colmo, a mi marido se le ocurrió que había que ayudar a su madre con el alquiler. Y te juro, Paula, que nosotros ya vamos al límite. Pero ala, más euros para la suegra. Y mira que la señora está como una rosa, que podría trabajar, aunque fuese unas horitas. Yo lo haría encantada, pero alguien tiene que estar pendiente de la cría cuando sale de la guardería. ¿Cuántas veces le habré pedido a la suegra que se quede con la niña un rato? Siempre lo mismo: que si no tiene fuerzas, que si está malísima… Bah, excusas.
Hace poco me entero de que la buena señora se ha ido de vacaciones, ¡y no precisamente a la playa de al lado! Un viaje de nivel, ¿eh? Que lo sé porque mi marido, Álvaro, me lo dice como si nada, y encima me pide el favor de irme hasta el quinto pino para regarle las plantas mientras no está. No veas el cabreo que cogí Ese tiempo podría invertirlo para ganar algo de dinerillo extra, y no regando sus ficus y begonias.
Pero lo que ya me dejó alucinada fue otra cosa. Resulta que la suegra, Carmen, desde hace un tiempo va toda arreglada: bolsos caros, vestidos que ni de rebajas, complementos de esos que cuestan media nómina… Y yo pensando de dónde saca el dinero, cuando Álvaro siempre ha ido con el cuento de que la pobre madre no puede ni pagar el alquiler. ¿Y esos vacaciones y caprichitos? Que si me digo a mí misma, ¿igual se ha buscado un amigo generoso o yo qué sé?
Hasta que un día, pillo a Álvaro que últimamente no se separa de una mochila enorme. Cuando fue a ducharse, no me aguanté y le eché un ojo. Pues veo un portátil, y resulta que ese ordenador era el de mi amiga Lucía. Al día siguiente, me cuenta Lucía en el trabajo que mi marido está arreglando aparatitos para sacarse un dinero extra.
¡Claro, por eso la madre vive a cuerpo de reina! Le pregunté a Álvaro a la cara y me suelta que sí, que todo lo que gana así se lo manda a su madre.
¿Y nosotras qué, Álvaro? le digo. ¿Tu hija con los pantalones remendados, yo cosiendo calcetines, y mientras tú gastas en que tu madre se vaya a balnearios y se compre ropa de boutique?
Son mis euros, los gasto donde quiero.
Imagínate la rabia… Así que míralo, por amor a su madre, que se vaya con ella y viva a cuerpo de rey. No sé, ¿tú no crees que tengo razón?







