¡Pero cómo ha podido hacerlo! ¡Sin consultarme! ¡Sin avisarme! ¡Hay que tener valor para entrar en la casa de otro y actuar como si fuera la suya! ¡Nada de respeto! Dios mío, ¿por qué me ha tocado esto? Toda la vida pendiente de ella, y así me lo paga. Ni siquiera me ve como persona.Se enjugó las lágrimas Carmen.Y encima mi vida no le gusta, ¿sabes? ¡Mira que hay que tener cara! Que se fije en la suya, más bien. Ahí anda, en su pisito de Vallecas, creyendo que ha cogido la felicidad con las dos manos. Ni marido decente, ni trabajo normal: teletrabajo de esos modernos. ¿De qué vive? ¡Y todavía va a venir a darme lecciones! Yo ya me sé de memoria lo que ella empieza a descubrir.
Ese último pensamiento hizo que Carmen se levantara del sillón de un respingo. Caminó hacia la cocina, puso el hervidor de agua a calentar y se asomó a la ventana.
Desde allí, contemplando el perfil iluminado y festivo de Madrid, otra vez rompió a llorar.
Todo el mundo preparándose para Nochevieja, y yo aquí, sin ninguna gana de fiesta Más sola que la una
El pitido del hervidor la trajo de vuelta, aunque ni se había dado cuenta, embebida en sus recuerdos.
Carmen tenía veinte años cuando su madre, a los cuarenta y cinco, trajo al mundo otra hija. Aquello le pareció absurdo: ¿para qué le hacía falta tanto lío a esas alturas?
No quiero que te quedes sola en el mundo le explicó su madre. Es tan bonito tener una hermana. Lo entenderás más adelante.
Lo entiendo ahora, pero que conste: yo no voy a hacerme cargo. Tengo mi vida respondió Carmen sin ganas.
Ya no tienes vida sólo para ti sonrió su madre, con dulzura.
Y fue casi una premonición. La pequeña tenía apenas tres años cuando murió la madre. El padre ya se había ido hacía tiempo.
Toda la responsabilidad de la hermana recayó sobre Carmen, que en la práctica se convirtió en la madre de Lucía. Hasta casi los diez años, la niña la llamaba mamá.
Carmen nunca se casó. No era por Lucía; simplemente, nunca apareció ese hombre capaz de tocarle el alma. Y tampoco había ocasión de encontrarlo: ni salía ni buscaba diversión. Siempre lo mismo: casa, trabajo, hermana; casa, trabajo, hermana
Tuvo que madurar de golpe al quedarse sola, y volcó su vida en Lucía: la crió, la educó y la acompañó.
Lucía ya es una mujer independiente. Vive sola, va a casarse en breve. Se ven mucho, las une una enorme complicidad a pesar de los años y la diferencia de carácter.
Carmen es muy ahorrativa. Su piso en Chamberí parece más un almacén: todo lleno de trastos, muebles antiguos, ropa de hace una década que guardó por si volvía a caber, facturas de pesetas olvidadas en los cajones.
En la cocina hay tazas desportilladas, cazuelas desconchadas y sartenes sin mango. Carmen no las usa, pero tampoco las tira: Por si acaso, piensa siempre.
Nunca ha hecho reformas en casa, ni siquiera un lavado de cara: ni falta que le hace, piensa ella. Mientras el papel pintado aguante
El hábito de ahorrar y renunciar por su hermana ha dado frutos: Lucía es todo lo contrario. Alegre, ligera, práctica. Su casa apenas tiene cosas. Nada de almacenes: sólo lo necesario.
Lucía incluso tiene una regla de oro: Si no he tocado algo en un año, se va a la basura.
Por eso su piso es luminoso y amplio.
Cuántas veces habrá insistido:
Carmen, ¿y si te hacemos una reforma? Aprovechamos y hacemos limpieza, que pronto no cabrás ni tú
No pienso tirar nada, ni cambiar nada. Reformas, ni hablar repetía ella.
Pero mujer, sólo mira tu entrada. ¡Si ese gotelé es más viejo que mi DNI! Entras y parece un zulo. Y tanta cacharrería te quita hasta energías. Al final te vas a poner mala intentaba razonar Lucía.
Pero Carmen siempre rechazaba cualquier intento.
Un día, Lucía decidió hacerlo por su cuenta. Quería sorprenderla, demostrarle que se podía estar mejor. El pasillo era el sitio perfecto: casi sin muebles, poca complicación.
Faltaba una semana para Nochevieja cuando Carmen tuvo turno de guardia en el hospital. Lucía y su novio David aprovecharon. Tenían las llaves. En un día, quitaron los papeles oscuros y pegaron unos nuevos, color verde claro con dibujos dorados.
Pusieron todo en su sitio. Lucía no se atrevió a tirar nada, y se fueron.
Carmen, al volver, creyó que se había equivocado de puerta. Miró el número: era el suyo.
Entró de nuevo y comprendió al instante.
¡Lucía!
¡Cómo pudo atreverse!
Marcó el móvil de su hermana y le soltó todo lo que sentía. Colgó sin dejarle responder.
A la media hora Lucía se presentó en casa.
Pero, Carmen, sólo quería darte una sorpresa. Mira qué bien ha quedado: limpio, luminoso, aireado intentaba explicarse mi hermana.
¡En mi casa no se manda más que yo! espeté, incapaz de contenerme.
Empezaron las palabras duras, una tras otra, hasta que Lucía no pudo más.
Basta. Quédate en tu pocilga si quieres. No pienso volver a poner un pie aquí.
Te molesta que diga la verdad, ¿no? ¡Sales corriendo!
Me das pena susurró Lucía y se fue.
Una semana sin hablarnos. Jamás habíamos discutido tanto tiempo. Y encima llega la Nochevieja, ¿íbamos a celebrarla separados?
Carmen salió al pasillo y se sentó en una banqueta.
Pues sí que ha quedado más espacioso pensó. Hasta imagino a Lucía y David pegando el papel, con cuidado, esperando mi reacción. ¿Por qué me he puesto así? Es mucho mejor así, más alegre, casi me dan ganas de sonreír. ¿Y si Lucía tiene razón?
De repente, sonó el teléfono
Carmi, perdóname. Yo sólo quería darte una alegría, no herirte escuché a Lucía entre sollozos.
Ay, Lucía, hija, si yo hace rato que no estoy enfadada. No hay nada que perdonar: tenías razón y el papel es precioso. Cuando pasen las fiestas, nos ponemos con el resto de la casa, si quieres.
¡Por supuesto que quiero! ¡Te ayudo encantada! Pero ¿y hoy? En serio no quiero pasar la Nochevieja sin ti
Ni yo tampoco
Pues prepárate, que lo tenemos todo listo: árbol de verdad, luces, velas como te gusta. Y no te líes a comprar: ya me lo he currado yo todo. Hasta el último momento he tenido esperanza de que lo celebraríamos juntas. Vístete tranquila, David pasa a recogerte enseguida.
Carmen volvió a la ventana. Ahora el Madrid festivo le parecía otro.
Miraba y pensaba: Gracias, mamá por darme a mi hermana.







