Tengo 60 años, llevo tiempo jubilado y disfruto de mi vida a mi ritmo. Desde hace diez años, vivo solo, sin esposa, sin hijos cerca y sin apenas amigos. Mis hijos hacen su vida, tienen sus familias repartidas por ciudades distintas, mi esposa falleció hace años y mi gran ilusión es mi casita de campo: mi refugio y mi mayor entretenimiento. En cuanto empieza a sentirse el buen tiempo, me traslado allí; limpio la casa y el terreno, y me entrego a plantar, a hacer parterres de flores. Allí me encuentro en paz y me relajo de verdad.
Sin embargo, durante el invierno no puedo quedarme en el campo; entre la lluvia, el frío y que uno ya no está para demasiados trotes, no es posible. No hay nadie que me ayude, así que cuando llega el frío, regreso a Madrid. El otoño aún lo aguanto. Este año, en septiembre, cogí un catarro y pasé una semana en la ciudad, pero en cuanto el malestar se fue, salí disparado hacia mi querida aldea.
Llegué hasta la casa y me encontré la verja principal abierta de par en par. Pensé que quizá alguien había entrado al jardín. Todo parecía en orden, pero al mirar vi la puerta de la casa entreabierta… ¡Me dio un vuelco el corazón pensando en un robo! Entré despacio y en silencio. Sin embargo, dentro todo estaba igual salvo una manta fuera de sitio que ni siquiera había usado y una taza en la mesa… ¡Yo siempre recojo los cacharros! Algo raro pasaba allí.
Mi primer susto desapareció y pronto me sentí molesto. ¿Quién y con qué derecho andaba por mi casa, bebiendo de mi taza…? Asomé por la ventana y, en la trasera, vi a un chaval extraño sentado junto a una pequeña hoguera, calentando las manos sobre el fuego. Ahí estaba, mi invitado no deseado.
Salí y tosí para que me oyera y ver cómo reaccionaba. El trasto se asustó, pero lejos de huir, se acercó vacilante hacia mí.
Por favor, señor, discúlpeme… No llevo tantos días aquí dijo con voz tímida y humilde, tan pequeño y apocado que en ese instante sentí lástima por él.
¿Cuánto llevas aquí? ¿Has comido algo?
Solo dos días… No he tenido mucha comida. Solo me quedaba pan, aún tengo algunas migas…
El chico sacó con orgullo una caña de pescar con una rebanada de pan blanco enganchada en el anzuelo.
¿Cómo te llamas, chaval? ¿Y cómo has llegado hasta aquí?
Me llamo Diego. Mi madre y su pareja me echaron de casa. No quiero vivir con ellos…
Seguro que te está buscando todo el pueblo.
No, a nadie le importa. No es la primera vez que me escapo. Puedo estar semanas sin aparecer y ni se enteran. Solo vuelvo cuando tengo mucha hambre y ni se alegran de verme…
Al final, supe que el niño no era del pueblo. Una historia triste por desgracia común: madre en paro, hombres que entran y salen de casa, la comida escasea y el alcohol abunda.
Después de escucharle, sentí tristeza y ganas de ayudarle. Por supuesto, le dejé quedarse y le preparé comida; esa noche apenas pegué ojo dándole vueltas al asunto. Por la mañana recordé a una antigua amiga que trabaja en el Ayuntamiento de Segovia y decidí llamarla; si ella no podía ayudarme, al menos sabría dónde acudir.
Me aseguró que podía echarme una mano y se comprometió a encargarse de todo. Tuve que hacer unos cuantos papeleos y dar unas vueltas, pero varias semanas después conseguí la tutela legal de Diego. Él no se lo podía creer, y su madre jamás preguntó por su propio hijo.
Ahora vivimos como abuelo y nieto: en invierno en el piso de Madrid y, en cuanto llega la primavera, nos vamos al campo. En nada Diego empezará en el colegio y estoy seguro de que le irá bien, porque ya sabe leer, escribir, sumar y hasta dibuja fantásticamente. ¡Y cómo dibuja! De verdad, es todo un artistaA veces paseamos por los senderos silvestres y Diego me cuenta sus sueños: plantar un rosal, criar un perro, pintar una pared de colores vivos. Otras tardes nos sentamos al sol, en silencio, contemplando el vuelo brusco de las golondrinas. La soledad que antes me pesaba ha desaparecido, reemplazada por risas y pequeños proyectos compartidos.
Dicen que la vida da segundas oportunidades. Yo ya lo sabía. Lo que jamás habría imaginado es que, pasados los sesenta, un niño desconocido me devolvería la ilusión y me llenaría la casa de vida. Ahora, cada mañana, cuando escucho a Diego correr escaleras abajo, siento que el tiempo no me ha robado nada: al contrario, me lo ha regalado todo en un chico de mirada inquieta y manos de artista.
Y así, en este rincón de campo y silencio, mientras el sol pone oro sobre el tejado, sé que ambos, por fin, hemos encontrado nuestro hogar.




