Recuerdo que, hace ya varios años, mi hija Alba y yo vivíamos en un bonito piso que había heredado de mi madre. Era un apartamento de tres habitaciones, cada una independiente y sin pasillos internos. El pasillo era amplio, había un aseo separado del baño y la cocina, aunque pequeña, daba a un balcón enorme. Cada uno ocupaba su propia habitación y compartíamos una amplia sala de estar. Estábamos muy contentos y no teníamos intención de mudarnos pronto.
Un día, mientras salía a la puerta del edificio en la calle de San Bernardo, un vecino llamado Joaquín se acercó como si ya hubiéramos llegado a un acuerdo. Me habló con paso firme y me dijo:
¿Sabe? Usted vive con su hija, ¿no? Entonces, ¿por qué no se muda a mi piso y yo al suyo? Tengo dos habitaciones, ¡basta para usted! ¿Para qué necesita un piso de tres habitaciones? Piénselo bien, con dos cuartos se puede vivir perfectamente, incluso dos personas. No se preocupe por el tamaño; ¡hay espacio suficiente! Llevamos tiempo buscando un piso más grande, pero las ofertas son escasas. ¡El suyo es exactamente lo que necesitamos! Y no se preocupe, pagaremos más.
Yo escuchaba atentamente, muy atento, y lo interrumpí cuando empezaba a hablar de cómo nos llevaríamos bien. Incluso me pregunté si ya habían decidido todo para mí y mi hija, y que sólo faltaba que yo me mudara a su pequeño domicilio. ¡Qué maravilla!
Creo que es una broma repuse. Y si habla en serio, ¿de dónde saca la idea de que queremos mudarnos a un piso más chico? ¿Cómo se atreve a pensar que abandonaría mi amplio hogar por una vivienda que parece una lata de conservas? Si alguna vez cambiara mi piso de tres habitaciones, no sería por algo así. ¿Y eso de basta para dos? No pienso cambiar nada.
Joaquín, desconcertado, murmuró algo como: Solo queríamos lo mejor, que todos estuvieran cómodos. Nosotros en su casa y ustedes en la nuestra. No saben lo que les conviene.
Hoy seguimos viviendo en nuestro piso. Joaquín y su familia ya no nos saludan cuando nos cruzamos en el pasillo; mi rechazo les ha ofendido profundamente. Pero aún recuerdo aquel día, con la claridad de quien revive un episodio que marcó la vida en el barrio.







