Calentando el matrimonio: Cuando Víctor propuso una relación abierta para “avivar la chispa” y Elena decidió aceptar el reto

Life Lessons

Escucha, Lucía… ¿Y si probamos con una relación abierta? propuso Jacinto, midiendo cada palabra.
¿Cómo dices? Lucía se quedó perpleja. ¿Lo dices en serio?
¿Y por qué no? Es algo normal respondió su marido, intentando mostrarse tranquilo mientras encogía los hombros. En Europa está muy extendido, dicen que ayuda a mantener la chispa en el matrimonio. Tú misma dijiste una vez que un poco de dulce no rompe la dieta, que ayuda a resistir la tentación. Pues eso, que hay que buscar variedad en todo.

Lucía parpadeó despacio, intentando asimilar lo que oía. Comparar una amante con un trozo de chocolate le pareció no sólo absurdo, sino insultante.

Jacinto Si quieres irte, hazlo de frente. Yo sabré dejarte libre, pero no me arrastres en esa porquería.
Lucía, ¿por qué te pones tan a la defensiva? Si yo te quiero. Solo que no hay chispa. Dormimos cada uno en su esquina de la cama, solo hablamos de compras y de la factura de la luz. Es todo muy monótono, nos vendría bien una sacudida. No quiero ponerte límites. Si conoces a alguien, te animas, lo pasas bien. ¿Qué tiene de malo eso?

Lucía entrecerró los ojos. De repente lo vio todo claro: él le estaba mintiendo. Esos ojos huidizos, los dedos tamborileando nerviosos en la mesa Necesitaba libertad, pero no para el futuro: la buscaba desde hacía tiempo.

Dímelo claro, Jacinto. ¿Ya tienes a alguien, y ahora quieres tener la conciencia tranquila conmigo?
¡Ya estamos! soltó él, levantando la mano cansado. Si fuera así, ¿crees que te propondría esto? De verdad, ya me arrepiento de sacar el tema. Eres de otro tiempo, mujer. Olvida el asunto

Jacinto salió de la habitación ofendido, y Lucía se quedó sola, entre recuerdos y preguntas.

Veinticinco años. Había entregado a ese hombre los mejores años de su vida, le había aguantado buenos y malos momentos, épocas de escasez, noches eternas esperando a que regresara del trabajo Y ahora él, tranquilo y bien alimentado, pretendía que ella participase de una traición a la familia. Despejarse, lo llamó él. Menuda palabra, pensó Lucía.

Esa noche durmieron en habitaciones separadas. O mejor dicho: Lucía apenas pudo pegar ojo. Miraba el techo o la oscuridad tras la ventana y se preguntaba en qué momento se torció todo aquello. ¿Quizá cuando dejó de maquillarse para él? ¿O cuando él olvidó, por primera vez, el aniversario, achacándolo al exceso de trabajo? Pero, a estas alturas, eso ya no importaba.

Por momentos deseaba pedir el divorcio y borrarlo todo para siempre. Otras veces, sentía vértigo ante la idea de dejar atrás media vida.

Igual no hubo pasión, pero sí costumbre, bienes compartidos y una rutina cotidiana que daba seguridad. Jacinto siempre le pareció una roca. Su hija hacía años que había volado del nido; por delante quedaban la vejez y sus miedos. No era fácil acabar, de golpe, con una vida juntos. Había detalles que realmente valían la pena: Jacinto asumió un préstamo para ayudar a su madre, algo que pocos harían.

Albergaba en su interior una mezcla de tristeza, rabia y temor. ¿Pensará que no valgo para nadie? ¿Que soy una vieja inútil que seguirá en casa, cocinando pucheros y tejiendo bufandas, esperando sumisa a que él vuelva de sus aventuras? pensó Lucía, sintiendo el orgullo encenderse en su interior.

Una cosa estaba clara: eso no iba a pasar.

Está bien dijo con serenidad a la mañana siguiente. Si eso quieres, lo acepto.
¿El qué?
Tus relaciones abiertas respondió, cruzando los brazos.

Jacinto casi se atraganta con el café. Esperaba un grito, no aquel sí sosegado.

Bueno, pues genial. Puede que hasta te guste zanjó. Por cierto, esta noche llegaré tarde.

Lucía sintió una punzada en el alma. Así de rápido, pensó

Aquella tarde fue gris, silenciosa. Lucía se sentía vacía y desplazada, como un móvil obsoleto que nadie quiere ya. Se miró en el espejo: ojos cansados, alguna arruga en las comisuras, la piel lejos de la perfección de antaño. Pero seguía teniendo buen tipo, el pelo fuerte ¿Quizá aún era atractiva? Tal vez Jacinto era el problema.

Había otros hombres a quienes ella gustaba: Tomás, el jefe del departamento vecino. Había llegado hacía apenas un mes. Pelo con destellos grises, voz algo ronca, y esa sonrisa pícara. Siempre le tenía una palabra amable, le sujetaba la puerta, le traía café. Incluso la había invitado a cenar.

Tomás, estoy a dieta. Se llama casada le había dicho con sorna.
Lucía, el matrimonio es un sello en el DNI, no una cadena respondía él, divertido. Pero no insisto.

¿Su marido quería libertad? ¿Que ella se oxigenase? Pues bien, ¿por qué no?

Buenas noches, Tomás. ¿Sigue en pie tu invitación a cenar? Esta noche me apetece saltarme la dieta le escribió por mensaje.

No era venganza. Solo quería sentir que aún tenía vida, ser mujer, despertarse a sí misma después del desierto emocional sembrado por Jacinto esos días.

La noche fue una mezcla de emociones. Tomás se comportó como un caballero: le cedía el paso, llenaba la copa, la escuchaba con interés. Y la miraba Como si fuera la única mujer en aquel restaurante.

Se sentía casi culpable, pero aquella noche revivieron viejas sensaciones: nervios, ilusión, el dulce vértigo de sentirse el centro de la atención. Por primera vez en mucho tiempo, era algo más que la cocinera y lavandera de Jacinto.

¿Vamos a mi casa? le propuso Tomás cuando ella terminó el postre. Podemos coger un vino por el camino, ver alguna película

Lucía asintió. Dentro de ella resonaba un ¡despierta! mientras recordaba el rostro de Jacinto sugiriendo libertad.

Cuando ya estaban en el piso de Tomás, su móvil comenzó a vibrar insistentemente. Su marido. Colgó una vez, dos. Seguía sonando.

Sí respondió, procurando no temblar.
¿Dónde estás? espetó Jacinto al instante. ¡Son las diez! En casa no hay ni una tapa, no hay comida, ¿y tú por ahí? ¡Se te va la cabeza!

Lucía se quedó de piedra. Tomás, al oír el tono, se retiró discretamente. El ambiente romántico se esfumó de golpe.

Estoy en una cita, Jacinto.
¿Cómo que en una cita?
¿No te lo tengo que explicar como a un niño? Ayer propusiste relaciones abiertas. Me dijiste que me despeje, que conozca a otro. Pues aquí me tienes disfrutando. ¿Te molesta?

Pasó un momento largo, solo se oía la respiración agitada de Jacinto, hasta que soltó:

¿Has estado con otro de verdad? ¡Solo era una broma! ¡Te estaba probando, mujer! ¿Te crees que no veo lo rápido que has corrido con otro? Te hiciste la dolida y no esperaste ni un día.

Lucía no sabía ni qué responder.

¿Y tú? ¿Dónde estabas esta noche?
¡Nada, trabajando! contestó él, bufando. Te lo digo claro: no quiero que traigas ninguna porquería a casa. O recoges tus cosas o me voy yo. Nos divorciamos.

Colgó bruscamente. Lucía se quedó mirando la pared, anonadada, herida hasta la médula.

¿Estás bien? preguntó Tomás.
Sí es una tontería intentó sonreír, sin lograrlo.
Lucía, creo que lo mejor es que lo dejes por hoy. Ve a arreglar tus cosas.

De golpe la noche de cuento terminó, Tomás dejó de ser el galán y se convirtió en alguien que no quería líos ajenos. Se entendía: buscaba solo una noche divertida, no líos de pareja.

Quizá lo mejor habría sido pedir el divorcio desde el principio. Pero los buenos pensamientos siempre llegan tarde.

Esa noche Lucía no volvió a casa. Optó por un hotel, necesitaba tiempo para asumir que jamás volvería todo a ser como antes.

Pasaron tres años
En ese tiempo, la vida fue, poco a poco, limando lo innecesario, aunque con dolor.

Jacinto encontró nueva pareja con una rapidez sospechosa, incluso antes de firmar el divorcio. Pero la mujer lo abandonó justo después de vender el piso común que tenía con Lucía, llevándose parte de su dinero.

Con Tomás no prosperó nada. Seguían viéndose en la oficina, ya sin saludos ni secretos, con la rutina fría de los conocidos. Lucía comprendió que los hombres dispuestos a ser amantes, en cuanto intuyen la menor señal de compromiso serio o necesidad de apoyo, desaparecen como humo.

Pero Lucía tampoco se preocupó en buscar a nadie más. Viviendo sola en su piso, se descubrió dueña de su tiempo y de su energía. Antes todo lo chupaba el día a día y las exigencias de Jacinto. Ahora, por fin, se ocupaba de sí misma, sin deberle nada a nadie.

Empezó a nadar cada mañana, mejoró su espalda, y apuntarse a clases de inglés mantuvo su mente ágil. Se cortó el pelo al estilo moderno y renovó el armario por completo.

Y lo más importante: se convirtió en abuela.

Su hija, Carolina, había tenido una niña hacía seis meses. Al principio, durante el escándalo del divorcio, se puso furiosa con ella. Jacinto jugó bien sus cartas, pintándose de víctima ante su hija y contando historias de infidelidad y traición.

Pero el tiempo puso a cada uno en su lugar. Carolina buscó a su madre, quería respuestas y verla a los ojos. Lo que encontró fue a una mujer cansada, honesta, herida, no la bruja que pintaba su padre.

Lucía contó la verdad: fue Jacinto quien había propuesto aquellas libertades; llevaba años distanciado y excusándose con trabajo. Carolina, que ya era esposa y madre, la entendió. Y cuando Jacinto apareció con nueva novia, se puso de su parte sin dudar.

Ahora Lucía estaba sentada en la cocina de Carolina, con su nieta Sofía acurrucada en brazos.

Papá ha llamado otra vez comentó su hija, frunciendo el ceño. Quiere venir a ver a Sofía.
¿Y tú qué le dijiste? preguntó Lucía serena.
Que no estaríamos en casa suspiró Carolina. No quiero verle. No soporto que hable mal de ti y luego intente reconciliarnos. Además, no quiero que le meta malas ideas a la niña. Que siga con su libertad

Lucía guardó silencio, abrazando a Sofía con más fuerza.

Jacinto obtuvo lo que tanto ansiaba: libertad absoluta. Ahora nadie le reclamaba cariño; nadie interrumpía sus horas frente al televisor. Pero acabó descubriendo lo amarga que puede ser la soledad cuando uno la busca a cualquier precio.

Y así, Lucía comprendió una gran lección: que la verdadera libertad no es hacer lo que quieras, sino vivir en paz contigo misma.

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