Cada uno a lo suyo —Mamá, no te imaginas cómo está ahora mismo el mercado —Maxim pasaba los folios impresos de una mano a otra, ordenándolos y desordenándolos sobre la mesa de la cocina—. Los precios cambian cada semana. Si no damos la entrada ya mismo, nos quitan este piso delante de las narices. Lidia acercó a su hijo una taza de té ya frío y se sentó frente a él. En los papeles aparecían planos, cifras, gráficos de amortización. Un piso de tres habitaciones en una urbanización nueva, cuarto para Timoteo y Sofía, al fin habitaciones separadas. —¿Cuánto os falta? —Ochocientos veinte mil —Maxim se frotó el puente de la nariz—. Ya sé que es mucho. Pero Anya no puede más, los niños crecen y seguimos de alquiler en pisos diferentes… Lidia miraba a su hijo y solo veía al niño que, en su día, le llevaba ramos de dientes de león. Treinta y dos años, dos hijos, y aquella arruga entre las cejas seguía igual que cuando de pequeño se angustiaba por no hacer los deberes. —Yo tengo algunos ahorros. Están en la cuenta. —Mamá, te los devuelvo, de verdad. En cuanto se estabilice todo, empiezo a guardar. Ella posó su mano, endurecida por los años de cocina y limpieza, sobre la de él. —Maxim, esto es por los nietos. ¿Devolver? La familia está por encima de cualquier dinero. En la sucursal bancaria, Lidia rellenaba los formularios con la caligrafía perfecta de quien ha sido contable durante treinta años. Ochocientos veinte mil euros —casi todo lo que había ahorrado estos años. Por si acaso, para imprevistos, para “por si pasa algo”. Maxim la abrazó fuerte en la ventanilla, sin importar la cola que tenía detrás. —Eres la mejor madre del mundo, de verdad. No lo olvidaré. Lidia le dio unas palmaditas en la espalda. —Tira, anda. Seguro que Anya ya te está esperando. …Los primeros meses tras la mudanza se convirtieron en una interminable carrera de un lado a otro de la ciudad. Lidia llegaba con bolsas de Mercadona: pollo, arroz, aceite, yogures para los niños. Ayudaba a Ana a colgar cortinas, montar muebles, quitar el polvo de la obra de las ventanas. —¡Timoteo, cuidado con las herramientas! —gritaba a la vez que explicaba a su nuera cómo hacer albóndigas. Ana asentía pasando las pantallas en el móvil. Maxim llegaba por la noche, agotado de trabajar, cenaba rápido la comida de su madre y se encerraba en el dormitorio. —Gracias, mamá —soltaba al pasar—. ¿Qué haríamos sin ti? …A los seis meses, otra vez el teléfono con el número conocido. —Mamá, tengo un problema… La hipoteca de este mes coincide con la reparación del coche. Me faltan 35.000 euros. Lidia transfirió el dinero sin preguntar. Los jóvenes lo tienen difícil, eso está claro. Gastos nuevos, niños pequeños, nervios en el trabajo. Da igual, algún día podrán devolvérselo. O no. Qué más da, cuando son tus hijos. Los años pasaron tan rápido como el agua entre los dedos. Timoteo cumplió siete y Lidia le regaló el Lego que llevaba pidiendo medio año. Sofía daba vueltas en su vestido rosa, lleno de brillantina, igual que la princesa de la tele. —¡Abuela, eres la mejor! —Sofía le abrazó el cuello, oliendo a colonia de niños y caramelos. Cada fin de semana, Lidia llevaba a los nietos a casa o de excursión: teatro, parque, pista de hielo. Compraba helado, juguetes, libros. Los bolsillos de su abrigo siempre abultaban, llenos de caramelos y toallitas húmedas. Cinco años suplicando en esta cárcel voluntaria y generosa. El dinero de la hipoteca— “mamá, este mes estamos justos”. Los virus de los nietos— “mamá, no podemos pedir permiso en el trabajo”. La compra— “mamá, si ya vas al súper…” Cada vez menos palabras de agradecimiento… …Aquel día, Lidia contemplaba las manchas en el techo de su cocina. Los cercos de óxido se extendían por la escayola. La habían inundado, vivir allí se hacía imposible. Marcó el número de su hijo. —Maxim, necesito ayuda con la reforma. Me han inundado y no sé cuándo me pagarán… —Mamá —le cortó su hijo—. Ahora tengo otras prioridades. Las extraescolares de los niños, las clases de Anya… —No pido mucho. Solo que me ayudes a buscar unos obreros. O al menos… —No tengo tiempo ahora, mamá, y menos para esas tonterías —repitió Maxim como si no oyese. —Ya hablaremos luego. ¿Vale? Tono de llamada… Lidia bajó el móvil. En la pantalla apareció la foto del último Fin de Año. Ella, Timoteo y Sofía. Todos sonriendo. El dinero que él cogía sin pensárselo. Los fines de semana que ella regalaba con sus nietos. Ese tiempo, ese esfuerzo, ese cariño—todo fue “antes”. Ahora hay “otras prioridades”. Una gota le cayó en la mano desde el techo. Fría… Al día siguiente, fue Ana quien llamó, algo tan raro que Lidia ya sospechaba antes de oír la voz de su nuera. —Doña Lidia, Maxim me contó vuestra conversación —Ana sonaba molesta—. Tiene que entender que cada uno debe arreglarse sus propios problemas. Nosotros bastante tenemos con nuestro piso, la hipoteca… Lidia estuvo a punto de reír. La hipoteca. Que ella pagaba cada tres meses. La entrada que era, casi del todo, su dinero. —Por supuesto, Ana —respondió con voz neutra—. Cada uno a lo suyo. —Eso es. Así evitamos malentendidos. Y Maxim se preocupa, dice que si te has sentido ofendida. ¿No es así, verdad? —No. En absoluto. Tono de llamada… Lidia dejó el móvil en la mesa y lo miró largo rato, como si fuera un extraño insecto. Se asomó a la ventana, pero giró rápido—tras el cristal polvoriento ya no había nada que la consolara. Las noches se hacen eternas, el techo pesa y las ideas no dejan dormir. Lidia repasó los últimos cinco años como si fueran un rosario. Ella misma había levantado en su hijo la idea de que una madre es un recurso inagotable. A la mañana siguiente, Lidia llamó a una inmobiliaria. —Quiero poner en venta una finca rústica con chalet. Seis áreas, en las afueras de Madrid, con electricidad. El chalet que construyeron marido y mujer durante veinte años. Los manzanos que ella plantó embarazada de Maxim. El porche donde pasaron tantas noches de verano. En un mes ya había comprador. Lidia firmó los papeles sin dejarse pensar en lo que perdía. El dinero llegó a su cuenta y ella lo repartió sin dudar: reforma del piso, nuevo depósito, un pequeño colchón para imprevistos. Un equipo de reformas entró en su casa la semana siguiente. Lidia eligió por sí misma azulejos, empapelado, grifería. Por primera vez en muchos años, gastaba en sí misma, sin pensar en “por si acaso” ni en a quién tendría que ayudar después. Maxim no llamó. Dos semanas, tres, un mes. Lidia tampoco. La primera llamada llegó con el piso reformado. La cocina nueva relucía, las ventanas ya no silbaban, las tuberías no goteaban. —Mamá, ¿por qué ya no vienes? Sofía preguntaba por ti. —He estado ocupada. —¿En qué? —Con mi vida, Maxim. Mi vida. Fue a verles una semana después. Llevó libros a los nietos—buenos detalles, pero ya sin derroches. Tomó té dos horas, habló del tiempo y del cole. Rechazó la cena. —Mamá, ¿puedes cuidar a los niños el sábado? —Maxim la atrapó en la entrada—. Nosotros con Anya… —Imposible. Ya tengo planes. Lidia vio la cara de estupefacción de su hijo. Aún no lo entendía. Los meses pasaron y la comprensión llegó. Sin los ingresos de la madre, la hipoteca se tragaba un tercio del sueldo. Sin la abuela de niñera gratuita, no había con quién dejar a los niños. Lidia, mientras tanto, abrió una cuenta de ahorro con buenos intereses. Se compró un abrigo nuevo—bueno, abrigado, nada de rebajas. Se fue dos semanas al balneario. Se inscribió a clases de marcha nórdica. Recordaba cómo los padres de Ana siempre mantenían la distancia. Felicitaciones en Navidad, alguna visita de compromiso cada dos meses. Ni dinero, ni ayuda, ni sacrificios. Y nadie les reprochaba nada. ¿Ellos sí lo habrían hecho bien desde el principio? Las raras visitas de los nietos se volvieron algo formal. Lidia iba, dejaba algún detalle, charlaba sobre colegio y amigos. No se quedaba a dormir, ni se llevaba a los niños el fin de semana. Un día, Timoteo preguntó: —¿Abu, por qué ya no nos llevas al parque? —Ahora la abuela tiene cosas que hacer, Timoteo. El niño no lo entendió. Pero Maxim, de pie en la puerta, sí empezaba a comprenderlo. Lidia volvía a su piso recién reformado, donde olía a pintura y muebles nuevos. Preparaba un té, se sentaba en el sillón, comprado con el dinero de la venta. ¿Culpa? Sí, a veces llegaba de noche. Pero cada vez menos. Porque Lidia al fin había aprendido la lección más sencilla: querer no es sacrificarte. Sobre todo cuando nadie lo valora. Eligió pensar en sí misma. Por primera vez en treinta y dos años de ser madre…

Life Lessons

16 de enero

A veces me sorprendo repasando las cuentas con la misma ansiedad que cuando era joven y buscaba que cada peseta llegara a final de mes. Tomás estaba sentado en la cocina esta tarde, removiendo papeles: contratos, simulaciones del banco, tablas de amortización. Todo giraba en torno a la nueva casa en Alcalá, esa de tres habitaciones, una para cada niño, por fin independencia para Lucía y Martina.

Mamá, no te haces una idea de cómo está ahora el mercado, suspiraba Tomás, pasándose una mano por la frente. Los precios suben casi cada semana. O firmamos la señal ya, o nos la quitan de las manos.

Le acerqué una taza de té templado y me senté frente a él. De reojo veía croquis de pisos, columnas de números, calendarios. ¿Cuánto faltaba?

Ochenta y dos mil euros, mamá me dijo con voz cansada. Ya sé que es mucho. Pero Marta y yo estamos al límite, los niños crecen, y seguimos de alquiler, mudándonos cada año.

Vi a mi hijo y me pareció ver al chiquillo que me traía manojos de margaritas de la calle. Treinta y dos años, dos hijos, y esa arruga entre las cejas que le salía también de niño cuando no había hecho los deberes.

Tengo ahorros le contesté. En el banco.

Mamá, te lo devolveré. Tan pronto se estabilice todo, empiezo a devolvértelo.

Apoyé mi mano sobre la suya, áspera y firme de tantos años cocinando y limpiando.

Tomás, es por tus hijos. Esto no se discute. La familia está antes que el dinero.

En la sucursal bancaria completé los formularios con la caligrafía precisa que me dejó mi vida en la gestoría. Ochenta y dos mil euros, casi todo lo que fui guardando por si acaso, para lo que pueda pasar, para un apuro.

Tomás me abrazó allí mismo, sin preocuparse por las miradas.

Mamá, eres la mejor. Nunca lo olvidaré.

Le di unas palmaditas en la espalda.

Venga, que Marta te espera.

Los primeros meses en la casa nueva fueron un ir y venir inagotable por Madrid. Yo llegaba cargada de bolsas de Mercadona: pollo, arroz, aceite, yogures para los niños. Ayudaba a Marta a colgar cortinas, montar muebles, limpiar el polvo de la obra.

Lucía, ¡cuidado con el destornillador! le gritaba mientras colgaba visillos y le explicaba a mi nuera cómo preparar croquetas.

Marta asentía mirando el móvil. Tomás llegaba tarde, agotado, cenaba deprisa algo que yo le había dejado y desaparecía.

Gracias, mamá. ¿Qué haríamos sin ti?

A los seis meses, un mensaje suyo:

Mamá, este mes la hipoteca coincide con la avería del coche. Nos faltan tres mil quinientos euros.

Transferí el dinero sin preguntar. Ya crecerán, me decía, antes o después me lo devolverán. O quizá no, ¿y qué más da mientras sean mi familia?

Los años pasaron como agua por entre los dedos. Lucía cumplió siete, y le regalé un set de manualidades que me había pedido insistentemente. Martina giraba por la casa con un vestido de tul rosa, como los de las princesas de dibujitos animados.

¡Abuela, eres la mejor! me abrazó, con ese olor dulce a colonia de niños y galletas.

Cada fin de semana los recogía; los llevaba al Retiro, al teatro, a la pista de hielo. Siempre llevaba los bolsillos del abrigo llenos de caramelos y pañuelos.

En cinco años, me convertí en una especie de hada madrina voluntaria: dinero para la hipoteca (mamá, este mes), cuidadora improvisada (no podemos faltar al trabajo), las compras de siempre (mamá, si vas al mercado).

El gracias era cada vez más breve

Una mañana, observé el techo de mi cocina. Unas manchas marrones se extendían sin remedio: los de arriba me habían inundado, y la casa era un desastre.

Llamé a Tomás.

Hijo, necesito ayuda para el arreglo. Se me ha inundado el techo, y no sé cuándo me pagarán el seguro

Mamá me interrumpió, ahora tengo otras prioridades. Las extraescolares, las actividades de las niñas, Marta en los cursos No tengo tiempo para esas tonterías, mamá. Ya lo hablamos con calma en otro momento, ¿vale?

Tuu tuu…

Me quedé mirando la pantalla, y vi la foto del último fin de año: Lucía, Martina y yo, sonriendo a la cámara. Pensé en todo lo que había dado el dinero, los fines de semana, los días de mi vida, y en cómo eso ya era antes, porque ahora había otras prioridades.

Una gota fría me rozó la mano. El techo seguía llorando.

Al día siguiente, fue Marta la que llamó.

María Teresa, Tomás me habló de lo del techo. Pero, verá, cada uno debe resolver sus problemas, ¿no cree? Bastante tenemos nosotros con la hipoteca…

Casi me sale una carcajada. La hipoteca que yo pagué un tercio. La señal de entrada, que era casi todo mi ahorro.

Por supuesto, Marta. Cada uno con lo suyo.

Perfecto, así se evitan malos entendidos. Tomás sólo tiene miedo de que usted se haya sentido mal. ¿Se ha sentido mal?

No, tranquila, en absoluto.

Tuu… tuu…

Dejé el móvil sobre la mesa y lo miré unos instantes, como se observa un objeto extraño. Me acerqué a la ventana, pero no encontré fuera nada que me consolara.

Las noches se convirtieron en horas sin fin; repasaba los últimos cinco años como quien pasa cuentas, y me veía a mí misma alimentando la ilusión de que una madre es un pozo sin fondo.

Al día siguiente llamé a la inmobiliaria.

Quiero poner a la venta mi casa de campo en la sierra de Madrid, seis hanegadas, luz conectada.

La casa que levantamos con Antonio durante veinte años. Los manzanos que planté embarazada de Tomás. El porche de tantos veranos.

En un mes tenía comprador. Firmé los papeles sin permitirme dudar: reparto el dinero el arreglo completo del piso, un buen plazo fijo en el banco, un pequeño colchón para imprevistos.

Vinieron los obreros a mi piso la semana siguiente. Elegí yo misma los azulejos, las cortinas, los grifos. Por primera vez en años gastaba en mí, sin guardar por si acaso.

Tomás no llamó. No dos, ni tres, ni cuatro semanas. Yo tampoco.

Me llamó cuando todo estuvo listo. La cocina relucía, las ventanas cerraban bien, los tubos dejaban de traer agua oxidada.

Mamá, ¿cómo no vienes? Lucía pregunta por ti.
He estado ocupada.
¿Con qué?
Con mi vida, Tomás. Con la mía.

Fui a su casa al sábado siguiente. Llevé dos libros para las niñas regalos diferentes, sin grandes gestos y me quedé sólo dos horas. Esta vez rechacé quedarme a cenar.

¿Mamá, puedes quedarte el sábado con las niñas? Marta y yo…
Imposible, tengo planes.

Vi la cara de desconcierto de mi hijo. Él aún no entendía.
Los meses pasaron. A Tomás, por fin, comenzaba a caerle el peso de la hipoteca sin mi ayuda. Se le notaba el cansancio. Sin abuela no había quién les cuidase las niñas gratis.

Yo, mientras, abrí un buen plazo en el banco. Compré un abrigo nuevo, de buen paño, cálido, sin buscar rebajas. Fui dos semanas a un balneario en Galicia. Me apunté a clases de marcha nórdica.

Pensaba en los padres de Marta: siempre distantes, corteses en navidades, visitas cortas, nunca dinero, nunca sacrificios. Tampoco reclamaciones. Quizá ellos siempre tuvieron razón.

Las visitas con las niñas se fueron volviendo cortas. Hablábamos de clase, de cuentos. Me iba pronto y nunca me ofrecía a quedármelas todo el fin de semana.

Un día, Lucía me preguntó:

¿Abuela, por qué ya no vamos al parque contigo?
Abuela tiene ahora más cosas que hacer, Lucía.

Ella no lo entendió. Pero Tomás, desde el pasillo, creo que empezaba a comprender.

Yo volvía a mi piso recién pintado, me hacía un buen té y me sentaba en el sillón nuevo, comprado con el dinero de lo que fue nuestra finca.

¿Sentía culpa? Alguna noche. Pero cada vez menos. Porque por fin he aprendido que amar no siempre es sacrificio, y mucho menos si nadie lo ve ni lo agradece.

Me he elegido a mí. Después de treinta y dos años, por fin.

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