16 de enero
A veces me sorprendo repasando las cuentas con la misma ansiedad que cuando era joven y buscaba que cada peseta llegara a final de mes. Tomás estaba sentado en la cocina esta tarde, removiendo papeles: contratos, simulaciones del banco, tablas de amortización. Todo giraba en torno a la nueva casa en Alcalá, esa de tres habitaciones, una para cada niño, por fin independencia para Lucía y Martina.
Mamá, no te haces una idea de cómo está ahora el mercado, suspiraba Tomás, pasándose una mano por la frente. Los precios suben casi cada semana. O firmamos la señal ya, o nos la quitan de las manos.
Le acerqué una taza de té templado y me senté frente a él. De reojo veía croquis de pisos, columnas de números, calendarios. ¿Cuánto faltaba?
Ochenta y dos mil euros, mamá me dijo con voz cansada. Ya sé que es mucho. Pero Marta y yo estamos al límite, los niños crecen, y seguimos de alquiler, mudándonos cada año.
Vi a mi hijo y me pareció ver al chiquillo que me traía manojos de margaritas de la calle. Treinta y dos años, dos hijos, y esa arruga entre las cejas que le salía también de niño cuando no había hecho los deberes.
Tengo ahorros le contesté. En el banco.
Mamá, te lo devolveré. Tan pronto se estabilice todo, empiezo a devolvértelo.
Apoyé mi mano sobre la suya, áspera y firme de tantos años cocinando y limpiando.
Tomás, es por tus hijos. Esto no se discute. La familia está antes que el dinero.
En la sucursal bancaria completé los formularios con la caligrafía precisa que me dejó mi vida en la gestoría. Ochenta y dos mil euros, casi todo lo que fui guardando por si acaso, para lo que pueda pasar, para un apuro.
Tomás me abrazó allí mismo, sin preocuparse por las miradas.
Mamá, eres la mejor. Nunca lo olvidaré.
Le di unas palmaditas en la espalda.
Venga, que Marta te espera.
Los primeros meses en la casa nueva fueron un ir y venir inagotable por Madrid. Yo llegaba cargada de bolsas de Mercadona: pollo, arroz, aceite, yogures para los niños. Ayudaba a Marta a colgar cortinas, montar muebles, limpiar el polvo de la obra.
Lucía, ¡cuidado con el destornillador! le gritaba mientras colgaba visillos y le explicaba a mi nuera cómo preparar croquetas.
Marta asentía mirando el móvil. Tomás llegaba tarde, agotado, cenaba deprisa algo que yo le había dejado y desaparecía.
Gracias, mamá. ¿Qué haríamos sin ti?
A los seis meses, un mensaje suyo:
Mamá, este mes la hipoteca coincide con la avería del coche. Nos faltan tres mil quinientos euros.
Transferí el dinero sin preguntar. Ya crecerán, me decía, antes o después me lo devolverán. O quizá no, ¿y qué más da mientras sean mi familia?
Los años pasaron como agua por entre los dedos. Lucía cumplió siete, y le regalé un set de manualidades que me había pedido insistentemente. Martina giraba por la casa con un vestido de tul rosa, como los de las princesas de dibujitos animados.
¡Abuela, eres la mejor! me abrazó, con ese olor dulce a colonia de niños y galletas.
Cada fin de semana los recogía; los llevaba al Retiro, al teatro, a la pista de hielo. Siempre llevaba los bolsillos del abrigo llenos de caramelos y pañuelos.
En cinco años, me convertí en una especie de hada madrina voluntaria: dinero para la hipoteca (mamá, este mes), cuidadora improvisada (no podemos faltar al trabajo), las compras de siempre (mamá, si vas al mercado).
El gracias era cada vez más breve
Una mañana, observé el techo de mi cocina. Unas manchas marrones se extendían sin remedio: los de arriba me habían inundado, y la casa era un desastre.
Llamé a Tomás.
Hijo, necesito ayuda para el arreglo. Se me ha inundado el techo, y no sé cuándo me pagarán el seguro
Mamá me interrumpió, ahora tengo otras prioridades. Las extraescolares, las actividades de las niñas, Marta en los cursos No tengo tiempo para esas tonterías, mamá. Ya lo hablamos con calma en otro momento, ¿vale?
Tuu tuu…
Me quedé mirando la pantalla, y vi la foto del último fin de año: Lucía, Martina y yo, sonriendo a la cámara. Pensé en todo lo que había dado el dinero, los fines de semana, los días de mi vida, y en cómo eso ya era antes, porque ahora había otras prioridades.
Una gota fría me rozó la mano. El techo seguía llorando.
Al día siguiente, fue Marta la que llamó.
María Teresa, Tomás me habló de lo del techo. Pero, verá, cada uno debe resolver sus problemas, ¿no cree? Bastante tenemos nosotros con la hipoteca…
Casi me sale una carcajada. La hipoteca que yo pagué un tercio. La señal de entrada, que era casi todo mi ahorro.
Por supuesto, Marta. Cada uno con lo suyo.
Perfecto, así se evitan malos entendidos. Tomás sólo tiene miedo de que usted se haya sentido mal. ¿Se ha sentido mal?
No, tranquila, en absoluto.
Tuu… tuu…
Dejé el móvil sobre la mesa y lo miré unos instantes, como se observa un objeto extraño. Me acerqué a la ventana, pero no encontré fuera nada que me consolara.
Las noches se convirtieron en horas sin fin; repasaba los últimos cinco años como quien pasa cuentas, y me veía a mí misma alimentando la ilusión de que una madre es un pozo sin fondo.
Al día siguiente llamé a la inmobiliaria.
Quiero poner a la venta mi casa de campo en la sierra de Madrid, seis hanegadas, luz conectada.
La casa que levantamos con Antonio durante veinte años. Los manzanos que planté embarazada de Tomás. El porche de tantos veranos.
En un mes tenía comprador. Firmé los papeles sin permitirme dudar: reparto el dinero el arreglo completo del piso, un buen plazo fijo en el banco, un pequeño colchón para imprevistos.
Vinieron los obreros a mi piso la semana siguiente. Elegí yo misma los azulejos, las cortinas, los grifos. Por primera vez en años gastaba en mí, sin guardar por si acaso.
Tomás no llamó. No dos, ni tres, ni cuatro semanas. Yo tampoco.
Me llamó cuando todo estuvo listo. La cocina relucía, las ventanas cerraban bien, los tubos dejaban de traer agua oxidada.
Mamá, ¿cómo no vienes? Lucía pregunta por ti.
He estado ocupada.
¿Con qué?
Con mi vida, Tomás. Con la mía.
Fui a su casa al sábado siguiente. Llevé dos libros para las niñas regalos diferentes, sin grandes gestos y me quedé sólo dos horas. Esta vez rechacé quedarme a cenar.
¿Mamá, puedes quedarte el sábado con las niñas? Marta y yo…
Imposible, tengo planes.
Vi la cara de desconcierto de mi hijo. Él aún no entendía.
Los meses pasaron. A Tomás, por fin, comenzaba a caerle el peso de la hipoteca sin mi ayuda. Se le notaba el cansancio. Sin abuela no había quién les cuidase las niñas gratis.
Yo, mientras, abrí un buen plazo en el banco. Compré un abrigo nuevo, de buen paño, cálido, sin buscar rebajas. Fui dos semanas a un balneario en Galicia. Me apunté a clases de marcha nórdica.
Pensaba en los padres de Marta: siempre distantes, corteses en navidades, visitas cortas, nunca dinero, nunca sacrificios. Tampoco reclamaciones. Quizá ellos siempre tuvieron razón.
Las visitas con las niñas se fueron volviendo cortas. Hablábamos de clase, de cuentos. Me iba pronto y nunca me ofrecía a quedármelas todo el fin de semana.
Un día, Lucía me preguntó:
¿Abuela, por qué ya no vamos al parque contigo?
Abuela tiene ahora más cosas que hacer, Lucía.
Ella no lo entendió. Pero Tomás, desde el pasillo, creo que empezaba a comprender.
Yo volvía a mi piso recién pintado, me hacía un buen té y me sentaba en el sillón nuevo, comprado con el dinero de lo que fue nuestra finca.
¿Sentía culpa? Alguna noche. Pero cada vez menos. Porque por fin he aprendido que amar no siempre es sacrificio, y mucho menos si nadie lo ve ni lo agradece.
Me he elegido a mí. Después de treinta y dos años, por fin.







