Cada amor tiene su forma
Hoy quiero escribir sobre algo que me marcó desde pequeño. Recuerdo aquella tarde de finales de septiembre en nuestro pueblo de Castilla, cuando la brisa fría hizo que me encogiera en mi chaqueta antigua al bajar al portal. María, mi hija, salió a la calle con apenas un jersey fino, sin abrigo, atravesó el portón y se quedó plantada mirando a los lados. No se daba cuenta de que se le caían unas lágrimas.
Mariíta, ¿por qué lloras? oyó de pronto, sobresaltándose al ver a Jorge, el niño de la casa contigua. Era algo mayor que ella, llevaba el cabello siempre despeinado por la nuca.
No, no lloro… sólo que… intentó disimular.
Jorge la miró un segundo, sacó tres caramelos del bolsillo y se los dio.
Toma, pero no se lo digas a nadie o vendrán a por ellos. Anda, vete a casa le ordenó, y ella lo obedeció.
Gracias susurró María. Pero no tengo hambre… es sólo que…
Pero Jorge ya lo había entendido y se fue. En el pueblo todos sabían que el padre de María, Ramón, bebía demasiado. Pasaba por la tienda de Martina, la única del pueblo, pidiendo fiado hasta cobrar y Martina siempre refunfuñaba, pero le daba.
No sé cómo no te han despedido ya, le gritaba, Me debes medio sueldo, pero él se escabullía y gastaba todo en vino.
María entró en casa. Recién llegada del colegio, tenía nueve años. En casa nunca había gran cosa para comer y María callaba por miedo: si decía que tenía hambre podían llevarla a un hogar y allí, había oído, las cosas eran aún peores. Y tampoco podía dejar solo a su padre; sin ella, pensaba, estaría perdido. Así que prefería quedarse, aunque la nevera estuviera vacía.
Ese día volvió antes del colegio, faltaron dos clases porque la maestra, doña Rosario, estaba enferma. El viento era helado y arrancaba las hojas de los chopos, amarillas y cansadas, empujándolas por la plaza del pueblo. Ese septiembre hacía un frío inusual. María llevaba su cazadora vieja y los zapatos ya calaban cuando llovía.
Ramón dormía en el sofá, con ropa y zapatos puestos, roncando bajo la mesa de la cocina, dos botellas vacías encima, otra rodando por el suelo. María abrió el armarito y se encontró que ni una miga de pan quedaba.
Comió pronto los caramelos de Jorge y se puso a hacer los deberes. Sentada en el taburete, con las piernas encogidas, trató de concentrarse en las divisiones de la libreta de mates. Pero miraba por la ventana, veía cómo el viento agitaba los árboles y hacía rodar las hojas.
Desde la ventana se divisaba el huerto, que antes alegraba la vista y ahora parecía desierto: las matas de fresas perdidas, la frambuesa seca, incluso el viejo manzano muerto. Su madre cuidaba de todo: protegía hasta el último brote. Los manzanos siempre daban fruta dulce, pero ese agosto Ramón cogió todas las manzanas antes de tiempo y las vendió en el mercadillo, diciendo sólo:
Hace falta dinero.
Pero mi mujer no siempre fue así. Antes era alegre, atenta. Íbamos juntos a buscar setas al bosque, veíamos películas en la tele, tomábamos té con tortitas que hacía ella y sus famosas empanadillas de manzana.
Todo cambió cuando se puso enferma. Se la llevaron al hospital y no volvió más.
A mamá le ha fallado el corazón, le dije entre lágrimas , ahora ella te cuida desde arriba.
Recuerdo cómo la pequeña se me arrojó al cuello y lloramos juntos. Después, durante semanas, yo mismo me quedé absorto mirando su foto y al final me venció la bebida. La casa se llenó de conocidos que venían a beber y reír, mientras la niña se refugiaba en su cuarto, a veces salía y se quedaba en el banco detrás de casa.
La vi resignarse y seguir con sus deberes. Siempre fue despierta, las notas no eran problema. Al terminar, guardó los cuadernos, se tiró a la cama y abrazó a su inseparable conejo de peluche: Timoteo. Su madre se lo compró desde muy pequeña y, aunque ya estaba gris, seguía siendo su favorito.
Timoteo susurraba María, ¿te acuerdas de mamá?
El peluche callaba, pero en su imaginación, él también la recordaba. Cerraba los ojos y le venían imágenes borrosas pero felices: su madre, con el delantal, recogía el pelo en un moño y amasaba repostería.
Venga hija, vamos a hacer bollos mágicos.
¿Bollos mágicos, mamá? ¿Eso existe?
Claro que sí, reía ella. Los haremos en forma de corazón y, si pides un deseo al comerlos, se cumple.
Mi pequeña ayudaba a darles forma, aunque salían torcidos, pero su madre siempre decía:
Cada amor tiene su forma.
Cuando se horneaban, la casa olía a vainilla y Ramón, al volver, tomaba el té y los bollitos en familia.
María se secó las lágrimas recordando aquellos días. Ahora sólo sentía el peso del vacío, la soledad, la pena por sí misma, la falta de su madre.
Mamá susurró abrazando a Timoteo, cuánto te echo de menos.
El domingo todo cambió. Después de comer, optó por salir a andar. Ramón seguía dormido. Se puso un jersey grueso bajo la chaqueta y fue al bosque cercano. Allí, en una antigua casona habitaba el abuelo Lorenzo hasta que falleció hace dos años, y su huerto quedaba abandonado salvo por los manzanos y perales.
María ya había ido antes: saltaba la valla, recogía frutos caídos y se convencía a sí misma:
No robo, sólo recojo lo que nadie quiere.
El abuelo Lorenzo era apenas un recuerdo: andaba con bastón, pelo blanco, bondadoso, siempre daba fruta a los niños, y si tenía algún caramelo, también.
Al acercarse a la valla, recogió dos manzanas, las frotó contra la chaqueta y le dio un mordisco a una.
Eh, ¿y tú quién eres? escuchó de pronto. En el porche estaba una mujer de abrigo. María soltó las manzanas por el susto.
La mujer se acercó.
Te he preguntado quién eres.
Soy María… yo… no robo, sólo recojo lo del suelo… pensé que no vivía nadie aquí… antes no había…
Soy la nieta de don Lorenzo. Acabo de llegar, desde ayer vivo aquí. ¿Haces esto desde hace mucho?
Desde que falleció mi madre, su voz tembló y rompió a llorar.
La mujer la abrazó.
Tranquila, ven, quédate un rato. Me llamo Aurora Jiménez, como tú. Cuando seas mayor te llamarán Aurora también.
Doña Aurora captó enseguida la miseria y hambre de la niña. La hizo pasar.
Quítate los zapatos, que he estado limpiando. No deshice todavía las maletas, pero te voy a dar de comer. Esta mañana hice sopa y algo más. Verás, somos vecinas. Miraba a María, escuálida, las mangas cortas de la chaqueta, los hombros encogidos.
¿La sopa lleva carne? preguntó María.
Claro, lleva pollo, sonrió Aurora. Siéntate, come todo lo que quieras.
No hubo timidez: María no comía nada desde el desayuno. Se sentó en la mesa, con un mantel de cuadros, la casa olía a limpio y a hogar. Doña Aurora trajo un cuenco de sopa y pan.
Come, come, si hace falta te pongo más.
En pocos minutos se terminó la sopa y el pan.
¿Más? ofreció Aurora.
No, gracias, estoy llena.
Pues entonces, merendamos. Aurora sacó una cesta tapada con un paño. El dulce aroma de vainilla inundó la sala. Dentro, bollitos con forma de corazón. María cogió uno, lo probó y cerró los ojos.
Bollos igual que los de mi mamá susurró. Los hacía así, igual.
Después del té, con las mejillas sonrosadas, Aurora le pidió a María que le contara de su casa y cómo vivía. Ella esquivó la invitación a acompañarla diciendo que estaba cerca, pero la mujer insistió.
Nuestra casa recibió a Aurora en silencio: Ramón seguía durmiendo con la ropa puesta, rodeado de botellas y colillas.
Aurora lo vio todo de un vistazo, negó con la cabeza.
Ya lo veo Venga, vamos a limpiar un poco anunció.
Rápida, tiró basura, recogió botellas, abrió cortinas, sacudió alfombras. De repente María le pidió:
No le cuente a nadie cómo vivimos. Mi padre es bueno, está perdido, no se ha recuperado. Si se enteran me quitan de su lado y yo No quiero. Él sólo está triste porque extraña mucho a mamá.
Aurora la abrazó.
Te lo prometo, no lo sabrá nadie.
Pasó el tiempo. María iba ahora al colegio con trenzas bien hechas, con abrigo nuevo, mochila a la espalda y zapatos impermeables.
Mariíta, ¿es verdad que tu padre se volvió a casar? le preguntó Lucía, su compañera. ¡Ahora estás tan guapa, y llevas el pelo precioso!
Sí, mi madrastra es tía Aurora, respondió María con orgullo y corrió al patio.
Ramón dejó de beber gracias a Aurora. Iban juntos por el pueblo: él alto y arreglado, ella elegante y segura, siempre sonrientes, amaban a María con devoción.
El tiempo pasó volando. Ahora María es universitaria, vuelve a casa en vacaciones y al cruzar el umbral grita:
¡Mamá, ya estoy aquí!
Aurora sale corriendo a abrazarla:
¡Mi erudita, bienvenida! ríen juntas, y por la tarde llega Ramón del trabajo, tan feliz como siempre.
Con los años he entendido algo: El amor toma formas insospechadas, y cualquiera puede dar luz, incluso en el rincón más frío. Cada amor, por torcido o diferente que parezca, tiene su forma y su magia. Y la vida, al final, siempre te da una segunda oportunidad de ser feliz.







