Diario personal, 7 de marzo
Hoy quiero dejar por escrito algo que me sucedió hace apenas unos días y que todavía sigue dándome vueltas en la cabeza, como si fuese una historia vivida en otra vida, o un guiño misterioso del destino. Quizá mañana, al releerlo, lo encuentre menos extraño, pero hoy siento la necesidad de compartirlo conmigo misma para no olvidarlo nunca.
Todo comenzó cuando, sintiendo que mi casa en el barrio de Chamberí se me quedaba pequeña entre tantas cosas acumuladas, decidí hacer algo bueno. Recogí todas esas prendas que llevaba años sin usar y que solo ocupaban espacio: blusas de verano, algún vestido bonito que ya no me ponía, dos sombreros antiguos y varias faldas. Mientras doblaba con esmero cada cosa, pensé: Mañana llevaré todo esto a la parroquia de San Lorenzo, por si alguna familia lo necesita. Con la situación de tantas personas que han llegado a Madrid, seguro que le hace falta a alguien. Preparé una bolsa grande, la puse en el rincón de la entrada y me fui a dormir tranquila con ese pensamiento.
Pero aquella noche tuve un sueño extrañísimo, casi místico. Sentí como si mi alma se despegaba de mi cuerpo y flotara por encima, viendo todo desde lo alto. Todo brillaba, aunque seguía estando en mi piso de toda la vida, con los muebles de madera oscura y las cortinas de encaje. Y mi alma, curiosamente, estaba rebosante de felicidad.
Me vi en el centro del salón, con la bolsa entre las manos, preparada para llevarla a la iglesia, cuando de repente apareció ante mí una niña, con ojos tan oscuros como aceitunas maduras.
¿Qué lleva usted en la bolsa? me preguntó con voz dulce.
Le respondí sonriendo:
He reunido unas cosas que ya no necesito. Están como nuevas, pero aquí solo ocupan sitio. Mañana las llevaré a la parroquia para que quien más lo precise pueda usarlas.
La niña asintió, pero frunciendo un poco el ceño, añadió:
Es usted amable, pero la bolsa está sucia. ¿No cree que debería lavarla antes de regalarla?
Tienes razón, la lavaré mañana contesté inmediatamente.
No lo olvide dijo la niña, antes de desvanecerse en la luz.
Desperté sobresaltada, el corazón en un puño. Empecé a recordar con detalle ese sueño ¿Había sido un ángel?, ¿la Virgen como en las historias del pueblo de mi madre en Soria?
Miré la bolsa y, tras dudar un poco, saqué todo y la metí en la lavadora. Total, no perdía nada por hacerlo, aunque me pareciera un poco absurdo.
Sé que puede sonar ridículo y dirán que las supersticiones son cosas de mayores, pero ayer, algo impresionante sucedió, algo que jamás habría imaginado.
En la misma finca donde vivo, en el piso de arriba, una familia joven celebraba el nacimiento de su segundo hijo. Reunieron a mucha gente y, como es típico, todos trajeron regalos y dulces. Pero aquí hay una costumbre herencia de los abuelos según parece: dicen que no se puede halagar a los bebés ni decir en voz alta lo bonitos que son, porque atrae la mala suerte. Así que, durante la fiesta, cada invitado fingía desdén diciendo Pero qué niño tan poco agraciado, no puedo ni mirarlo, mientras las miradas se encontraban y todos callaban lo que realmente pensaban.
El hermano mayor, un niño de apenas cinco años, escuchó todo aquello. Al ver que nadie quería a su hermanito, pensó que no tenía sentido que estuviera allí. Sin pensar demasiado, cogió al bebé, fue al balcón y lo lanzó al vacío como hacía con sus juguetes.
Me sobrecogí al oír los gritos. El tiempo se detuvo. ¡Todo podría haber acabado en desgracia de no ser por la extraña cadena de sucesos que vino después!
Justo esa mañana, tras lavar la bolsa, la colgué a secar fuera, en el tendedero del balcón, como siempre. En ese instante, el niño de arriba tiró al pequeño y, por pura casualidad o divina providencia, quién sabe, el cuerpo del bebé cayó directamente dentro de mi bolsa milagrosamente colgada.
Cuando los padres notaron el silencio en la otra habitación y vieron el balcón vacío, todo fue confusión y pánico. El padre bajó corriendo las escaleras y encontró a su hijo milagrosamente a salvo entre mi ropa recien lavada y tendida. Lloraron de alivio y, una vez recuperados, vinieron a agradecerme. Me dieron las gracias, pero nadie mencionó a Dios ni a milagro alguno, salvo yo, que no podía dejar de pensar en la niña del sueño y en cómo, de no haber seguido su consejo, la bolsa nunca habría estado ahí.
¿Será cosa de fe, de suerte o de simplemente estar en el lugar adecuado en el momento preciso? Yo no creo en las casualidades. Doy las gracias al cielo por haber prestado atención a aquel sueño y haber seguido el consejo de lavar la bolsa. Porque, ¿qué milagro ocurre sin la mano de Dios?
Quizás nunca lo sabré ni falta que hace. Me basta con recordármelo cuando necesite esperanza o cuando dude de que, incluso en los pequeños gestos, puede esconderse algo mucho más grande.





