Anoche abandoné mi empleo para intentar salvar mi matrimonio. Y hoy ya no sé si lo he perdido todo.
Trabajé en aquella empresa de Madrid casi ocho años. Entré justo después de casarme y, durante mucho tiempo, ese despacho fue sinónimo de estabilidad: sueldo fijo en euros, horario claro, planes de futuro. Mi esposa, Lucía, siempre supo lo importante que era ese trabajo para mí. Incluso hablábamos de comprar un humilde piso en Usera con lo que estábamos ahorrando. Jamás imaginé que sería justo allí donde cometería el error que nos trajo hasta aquí.
La mujer con la que fui infiel apareció hace unos seis meses. Al principio no había nada fuera de lo normal. Se sentaba cerca, preguntaba por la forma de llevar el papeleo, pedía ayuda, porque acababa de empezar. Poco a poco comenzamos a compartir el menú del día en la cafetería del edificio: al principio con más compañeros, después solo juntos. Ella me hablaba de sus propias discusiones, de su pareja, de la inseguridad. Yo escuchaba, cada vez con más frecuencia. Comencé a borrar mensajes por si acaso, a poner el móvil en modo silencio cuando llegaba a casa, a decir que las reuniones se alargaban.
La infidelidad ocurrió una tarde cualquiera, tras salir tarde de la oficina, bajo la luz mortecina de una farola. No fue algo premeditado ni romántico, pero sí plenamente consciente. Sabía lo que hacía. Esa noche llegué a casa y besé a Lucía, como cualquier otro día. Eso es lo que más pesa ahora; la rutina intacta después del abismo.
Lucía lo descubrió semanas después. Estábamos en el dormitorio, buscaba un número en mi móvil, y leyó mensajes que no eran normales. Me preguntó de forma directa. Me quedé mudo. Guardó silencio unos minutos, como si escuchara el eco de otra realidad, y luego me pidió que le contara todo, con detalles. Se lo conté. Aquella noche dormimos en camas separadas, aunque la distancia fue mucho mayor.
Los días siguientes en casa flotaba una tensión fría, como de niebla. Lucía preguntaba datos concretos: dónde, cuándo, cuántas veces, si seguíamos viéndonos. No esquivé ninguna pregunta. Un día me dijo algo que aún resuena como una campana de iglesia en mi interior:
No sé si podré perdonarte, pero no puedo vivir sabiendo que os ves cada día.
Ahí surgió el asunto laboral.
El ultimátum fue tan claro como el agua de un pozo. No me obligaba, dijo, pero necesitaba sentirse a salvo. Que mientras yo cruzara el umbral de aquella oficina, ella jamás podría avanzar. Me planteó una elección: dejar el trabajo, o aceptar que se marcharía. No gritó. No lloró. Fue eso lo peor: la calma anterior a la tormenta.
Pasé noches enteras sin dormir, haciendo cuentas, sumando gastos, pensando en las facturas, los ahorros, el alquiler en euros. Sabía que dejar el empleo significaba quedarme sin ingresos de golpe. Pero también entendía que, si no lo hacía, nuestro matrimonio se disolvería como sal en agua. Ayer hablé con mi jefe, presenté mi dimisión y abandoné aquel despacho con una sensación surrealista: alivio y miedo mezclados, como si despertara de un sueño lúcido.
Al llegar a casa, se lo conté a Lucía. Creía darle paz. Ella dijo que valoraba mi gesto, pero eso no lo arreglaba todo. Que aún no sabía si podría volver a confiar en mí, que necesitaba tiempo. No me hizo ninguna promesa.
Hoy, no tengo trabajo y mi matrimonio está suspendido en el aire, flotando como ropa colgada en los callejones antiguos de Lavapiés.
No sé si sólo he perdido mi empleo
o si también estoy perdiendo a mi mujer.




