Querido diario,
Hoy, como cada sábado, la plaza del mercado de Madrid bullía de gente. Los puestos estaban repletos, los vendedores corrían de un lado a otro y los compradores se detenían frente a cada mostrador para observar, comparar y probar. En un rincón más humilde, bajo la sombra de una toldilla verde, estaba la tía Pepa, una anciana del campo con las manos ásperas de tanto trabajar, un pañuelo verde atado bajo la barbilla y una mirada cálida que solo poseen los corazones sencillos.
Al lado tenía unas ruedas de queso de oveja, hechas con el sudor de su vaca anciana, y un trozo más pequeño reservado para que el cliente lo probara para que lo saborees y no lo aceptes por compromiso, como solía decir ella. Cada transeúnte recibía el mismo gesto amable:
Prueba, mamá, y tú dime si está buena.
Algunos se quedaban, otros seguían apresurados. Así es en la plaza: no todos disponen de tiempo, ni de la mirada para descubrir el alma que se esconde tras un producto humilde.
Esta mañana, entre la muchedumbre, apareció una mujer conocida en la ciudad: alta, elegante, vestida con un abrigo de piel caro y gafas negras que le ocultaban la vista. Se hablaba mucho de ella: tenía dinero, negocios, todo lo que uno pudiera desear. Pero no tenía tranquilidad.
Primero se acercó a los puestos grandes de los productores renombrados de la capital. Probó, olió, preguntó y cada vez fruncía el ceño.
Demasiado salado
Demasiado blando
No es lo que busco
La gente se apartaba a su paso. Su presencia cortaba el aire, una elegancia rígida como el hielo. Sin embargo, bajo esa fachada de confianza se ocultaba un cansancio invisible, una tristeza que no concordaba con sus ropas lujosas.
Cuando llegó al puesto diminuto de la tía Pepa, todas las demás vendedoras giraron la cabeza curiosas: «¡Mira cómo la van a ignorar! ¿Qué va a querer una mujer de esa condición de una anciana del pueblo?». Pero la tía Pepa no prestó atención a esas miradas. No distinguía diferencias; solo veía el corazón del otro.
Así que volvió a sonreír a la mujer con la misma dulzura con que recibía a todos:
Prueba, mamá, y tú dime si está buena.
La mujer se detuvo. No sabía por qué.
Tal vez fue la voz de la anciana, una calidez que no había sentido en años. Extendió la mano y la tía Pepa le arrancó un pequeño trozo, como si fuera para alguien querido:
Está hecho con estas manos viejas pero con un corazón joven, tía. Prueba y cuéntame.
La mujer llevó el pedazo de queso a los labios. Un aroma sencillo, puro, la llenó de repente de un sentimiento olvidado. Cerró los ojos.
Y entonces sintió.
Sintió la infancia.
De pronto, en medio del bullicio de la plaza, en el ruido de las voces, se encontró en una pequeña cocina de adobe, con el suelo de barro y una mesa de madera rústica. Allí veía a su abuela, la mujer que la había criado con tanto cariño mientras sus padres trabajaban en el extranjero para sobrevivir. La abuela, con el delantal floreado, le rompía siempre un pedacito de queso fresco y le decía:
Prueba, mamá, y dime si está buena. Tú eres mi boca.
Un nudo se formó en su garganta. Ese queso sencillo era exactamente el mismo. La misma textura, el mismo sabor, la misma memoria.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero las ocultó tras sus gafas gruesas. Quiso decir algo, pero su voz tembló.
Yo no sé qué decir está está perfecta.
La tía Pepa acarició su mano con la suavidad que solo las abuelas saben dar:
Hija mía, no necesito mucho. Si tú dices que está buena, a mí me basta.
¿Cómo cómo lo hace? preguntó la mujer con voz quedita.
Con trabajo, tía y con cariño. Porque si no, no sale bien. Y con añoranza añoranza de gente buena, como tú, que aún sabe saborear con el corazón.
La mujer se quitó las gafas. En sus ojos había lágrimas, pero también una luz que hacía mucho no veía.
Me ha recordado a mi abuela dijo con la voz quebrada.
Entonces Pepa sonrió amplia, con los hoyuelos en las mejillas.
Eso es bueno, hija. Significa que no está lejos. Mientras la recuerdes, tu abuela sigue viva en ti.
Me llevo todo el queso afirmó la mujer con determinación. Todo. Y quiero ayudarle. ¿Qué necesita?
Pero Pepa negó con la cabeza, ligera.
No soy pobre, tía. Tengo manos. Mientras tenga manos, tengo queso. Y si tú, después de haber pasado por tantos puestos, has venido a mi puesto eso demuestra que aún hay lugar en este mundo para la gente de buen corazón. Esa es mi riqueza.
La mujer respiró hondo y se limpió los ojos. Por primera vez en mucho tiempo sintió algo sencillo: el calor de un recuerdo.
Gracias, tía Pepa Gracias por hacerme volver a ser quien soy.
La anciana le estrechó la mano suavemente.
Prueba, mamá, y tú dime si está buena. Así es el queso, así es la vida solo quien lo prueba con el alma lo siente.
Si esta historia te ha despertado algún recuerdo, no lo guardes solo para ti. Escríbelo en los comentarios: a quién te recuerda, qué sabor, qué momento de tu infancia





