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Destino en una cama de hospital: la enfermera que devolvió la vida y el amor a un paciente de tuberculosis abandonado por su esposa en España, y cómo sus caminos volvieron a cruzarse años después
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DESTINO EN UNA CAMA DE HOSPITAL Señora, coja usted la bolsa y cuide de su marido. Yo, la verdad, hasta miedo me da acercarme, no digamos darle la comida
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Jamás tomé lo que era de otra: Una historia de Marta y Nastia, dos compañeras de clase tan distintas como la noche y el día, unidas por los secretos, la envidia, el desprecio y el destino. Entre la dureza de una infancia marcada por la pobreza y el alcohol, la opulencia de los hogares acomodados, los celos de la belleza y la calidez de una abuela, surge una trama de segundas oportunidades, amores cruzados, matrimonios rotos y redenciones inesperadas, donde ni el pasado ni las heridas pueden romper la dignidad y la nobleza del corazón.
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EN LA VIDA NUNCA HE TOMADO NADA QUE NO FUERA MÍO Era un otoño suave en Madrid cuando empecé este diario, y hoy me vienen a la memoria los años de instituto.
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VIDA EN ARMONÍA: —Lada, te prohíbo relacionarte con tu hermana y su familia. Ellos tienen su vida y nosotros la nuestra. ¿Acaso has vuelto a llamar a Natalia? ¿Te has estado quejando de mí? Te lo advertí. No respondas si pasa algo —Bogdan me apretó dolorosamente el hombro. Como de costumbre en estos casos, me iba en silencio a la cocina, ahogada en lágrimas amargas. Nunca me he quejado ante mi hermana de mi vida. Simplemente charlábamos, cuidábamos a nuestros padres mayores, compartíamos preocupaciones. Pero aquello a Bogdan le sacaba de quicio. Odiaba a mi hermana Natalia: en su casa reinaban la calma y la prosperidad, todo lo contrario a lo que ocurría entre nosotros. Cuando me casé con Bogdan, no había mujer más feliz en todo el mundo. Me conquistó con pasión arrolladora. En absoluto me importaba que Bogdan, mi novio, fuese una cabeza más bajo que yo, ni presté atención a su madre, que llegó a la boda tambaleándose. Poco después descubrí que mi suegra era una alcohólica empedernida. Ciega de amor, no veía nada malo. Pero tras un año de matrimonio, empecé a dudar de mi supuesta felicidad. Bogdan bebía mucho, volvía a casa completamente borracho, y luego vinieron las infidelidades una tras otra. Yo trabajaba de enfermera en un hospital, un sueldo precario y Bogdan prefería pasar el día con sus compañeros de copas. Nunca quiso mantenerme. Si al principio soñaba con tener hijos, ahora lo máximo por lo que me preocupaba era el gato de raza que teníamos. De tener hijos con un alcohólico ya ni quería oír hablar. Aunque, a pesar de todo, seguía queriendo a Bogdan. —¡Lada, eres tonta! Montones de hombres pululan a tu alrededor, te miran embobados, y tú, como si llevases gríngolas, solo tienes ojos para tu enanito. ¿Qué le ves? Siempre con moratones de sus golpes. ¿Crees que no nos damos cuenta de cómo te tapas los ojos con maquillaje? Déjalo ya, que un día te va a matar —mi amiga y compañera de trabajo trataba de hacerme entrar en razón así. Cierto, Bogdan se dejaba dominar frecuentemente por su ira sin motivo, y me pegaba. Una vez me dejó tan malherida que ni pude ir al turno de día. Además, me dejó encerrada en casa, llevándose la llave. Desde entonces, le cogí un miedo atroz. Mi alma se encogía y el corazón me galopaba cada vez que oía la llave en la cerradura. Sentía que Bogdan me castigaba por no poder darle un hijo, por ser mala esposa, por lo que fuera. Así, me dejaba maltratar, insultar y humillar sin resistencia. Pero… ¿por qué seguía queriéndolo? Recuerdo cómo su madre, con pinta de bruja, me repetía: —Ladita, haz caso a tu marido, ámale de corazón y olvida a tu familia y a tus amigas, que solo te traerán problemas. Y yo lo hacía, me olvidaba de la amistad, de la familia y me sometía completamente. Vivía bajo el yugo de Bogdan. A mí me gustaban los momentos en los que él me pedía perdón con lágrimas, de rodillas, besándome los pies. La reconciliación era dulce y mágica. Bogdan cubría el lecho con pétalos de rosas perfumadas, y yo me sentía como si volara, tocando el cielo y encontrando mi paraíso. Claro, sabía que las rosas las había robado del jardín de un amigo borrachín cuya mujer cultivaba esas flores con esmero, mientras él las regalaba a otros alcohólicos por casi nada y así las esposas terminaban perdonando a sus maridos. Probablemente habría seguido viviendo como una sombra junto a Bogdan durante toda mi vida, recomponiendo mi paraíso imaginario cada vez que él lo hacía añicos. Pero el destino me echó una mano… —Deja a Bogdan, yo tengo un hijo suyo. Tú eres estéril, una flor sin fruto —así, sin miramientos, una desconocida me propuso que renunciase a mi marido, por el bien de su hijo ilegítimo. —¡No te creo! Vete, por las buenas —le espeté, echándola de casa. Bogdan negó como pudo las pruebas. —¡Júrame que no es tu hijo! —sabía que Bogdan no podría renegar de su propio hijo. Bogdan guardó un silencio muy significativo. Yo comprendí todo… —Lada, nunca te he visto sonriente. ¿Problemas? —el director médico de nuestro hospital, Germán, en quien creía que ni reparaba en mí, se mostró de repente interesado por mi situación. —Todo en orden —me ruboricé ante mi jefe. —Eso es lo importante, que todo esté en orden. Así la vida es maravillosa —dijo enigmático Germán López. Una vez fue casado y tenía una hija. Se divorció, decían, por infidelidad de su mujer, y desde entonces vivía solo. Tenía cuarenta y dos años, no era especialmente atractivo —bajito, con gafas y algo de calvicie— pero cuando se me acercaba, en mí crecía el deseo. Ese hombre desprendía un aroma embriagador de algún aftershave con feromonas. Resultaba difícil resistirse al encanto de Germán López. Intentaba huir rápido de su presencia, evitando la tentación. Tras sus palabras, no hallaba mi sitio. “Todo en orden”. Qué palabras tan sencillas, y cómo me llegaron al alma. En mi vida reinaba el caos. Pero el tiempo pasa rápido y no se puede pulsar pausa para reorganizarnos. Así que, en fin, me fui de casa con mis padres. Mi madre se sorprendió: —¿Qué ha pasado, Lada? ¿Te ha echado tu marido? —No, te lo contaré más tarde, mamá —me avergonzaba reconocer mi vida de casada. Después me llamó la madre de Bogdan, chillando y maldiciéndome, pero yo ya tenía los hombros rectos y volvía a respirar a pleno pulmón, renovada. Gracias, Germán López… Bogdan montó en cólera, me vigilaba, acechaba… sin sospechar que había perdido todo el poder sobre mí. —Bogdan, no pierdas tu tiempo conmigo, ocúpate de tu hijo. Me sobras. He pasado página. Adiós —le dije con una serenidad pasmosa. Por fin volví junto a mi hermana Natalia y mis padres. Volví a ser yo misma, y no una marioneta en manos ajenas. Mi amiga notó enseguida el cambio en mí: —Lada, ¡estás irreconocible! Más alegre, más guapa, radiante como una novia. Y Germán López me hizo una propuesta: —Lada, cásate conmigo. Te juro que no te arrepentirás. Sólo te pido una cosa: llámame por mi nombre, el “don” guárdalo para el hospital. —Pero ¿me quieres, Germán? —me sorprendió su proposición. —Oh, perdona, olvido que las mujeres necesitáis palabras. Sí, creo que te quiero. Pero creo más en los hechos —me besó la mano. —Acepto, Germán. Estoy segura de que llegaré a quererte —no cabía en mí de alegría. …Han pasado diez años. Germán me demuestra cada día su amor sincero. No habla en balde ni se arrodilla como hacía mi exmarido, pero me cuida, me protege, me quiere. Sabe sorprenderme con gestos generosos de hombre noble. No hemos tenido hijos. Al parecer, sí soy “flor sin fruto”. Pero Germán no lo lamenta ni me lo reprocha jamás. Ni una sola palabra de crítica. —Lada, creo que estamos destinados a vivir los dos solos. Para mí eres más que suficiente —me consuela cada vez que me apena no ser madre. La hija de Germán nos dio una nieta, Sashenka, que se convirtió en nuestra niña adorada. En cuanto a Bogdan, terminó hundido en el alcohol y murió joven, ni siquiera cumplió los cincuenta. Su madre, cuando me cruza en el mercado, me lanza miradas fulminantes, pero sus dardos de odio no me alcanzan ya, se disipan en el aire. La compadezco y nada más. Y aquí, con Germán, todo está en orden. La vida es maravillosa…
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VIDA EN ORDEN Clara, te prohíbo que hables con tu hermana y su familia. Ellos tienen su vida y nosotros la nuestra. ¿Has vuelto a llamar a Lucía?
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Una Felicidad Agridulce: La Historia de un Hijo que Busca su Destino entre Amores Fallidos, Sabios Consejos de una Madre y el Encuentro Inesperado en un Tren Español
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FELICIDAD AGRIDULCE Pero, hijo, ¿qué te pasa con esa muchacha? Si es un cielo. Limpia, discreta, estudiosa Y encima te quiere dijo Carmen Salcedo mirándole
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ESPOSA DE CORAZÓN —¿Y cómo lo logras, convivir tantos años con la misma mujer? ¿Cuál es el secreto? —mi hermano, cada vez que venía a visitarnos, me hacía siempre las mismas preguntas. —Amor y muchísima paciencia. Ese es todo el secreto —le respondía yo, siempre igual. —Ese remedio no es para mí. Yo amo a todas las mujeres. Cada una es un misterio. Vivir con un libro ya leído… no, gracias —mi hermano se reía. Mi hermano pequeño, Pedro, se casó a los dieciocho. Su novia era diez años mayor. Una encantadora chica, Asun, que se enamoró perdidamente de Pedro para toda la vida. Para Pedro, en cambio, Asun solo fue un pasatiempo. Asun se instaló en la casa familiar de su marido, donde vivían siete parientes más, y allí nació su hijo, Mikel. Ella pensaba que había atrapado la felicidad. A la joven pareja le dieron un cuartito minúsculo. Asun tenía una preciosa colección de figuritas de porcelana, a la que cuidaba con cariño, como un tesoro. Diez delicadas piezas formaban la colección, que Asun había colocado en un sitio especial sobre la vieja cómoda. Toda nuestra numerosa familia sabía lo mucho que aquellas figuras significaban para ella. A menudo se acercaba a la cómoda, las observaba detenidamente, admirándolas. En aquellos años, yo aún no tenía familia, buscaba a mi compañera perfecta para toda la vida. Me ilusionaba encontrar a la indicada. Y voy adelantando: mi sueño se cumplió. Con mi esposa llevo más de medio siglo. Pedro y Asun convivieron diez años. Asun no tuvo mucho que presumir en ese matrimonio. Intentaba ser una buena esposa, amaba al marido y a su hijo con todo el alma. Obediente, tranquila, apacible. ¿Qué echaba en falta Pedro? Un día, Pedro llegó a casa alegre de más. Algo en el aspecto o en la actitud de Asun no le gustó. Comenzó a buscarle pegas, a hacer bromas pesadas, a agarrarla por los brazos. Asun, adivinando lo que se avecinaba, decidió retirarse en silencio de la habitación, llevándose a Mikel al jardín. De repente, se escuchó un estruendo horrible. Asun supo enseguida qué ocurría: el sonido inconfundible de la porcelana al quebrarse. Corrió a la habitación… y casi no podía creerlo. Toda su querida colección estaba por el suelo. Solo quedaba una figurita intacta. Asun la recogió con delicadeza y la besó. No dijo nada al marido. Solo sus ojos, llenos de lágrimas, hablaban por ella. Desde entonces, entre Pedro y Asun se abrió una grieta. Creo que, mentalmente, Asun dejó de pertenecer a aquella familia. Cumplía sus deberes, seguía siendo una esposa ejemplar, buena ama de casa, pero todo era forzado, sin entusiasmo. Pedro empezó a beber más y más. Aparecieron a su alrededor mujeres de dudosa reputación y amistades cuestionables. Asun sospechaba, pero callaba; se encerró en sí misma, distante, perdida. Pedro cada vez acudía menos a casa, y terminó por abandonar la familia. Viendo sus desmanes, Asun comprendió que perseguir el viento en el campo es inútil. Finalmente, se divorciaron, sin gritos ni humillaciones. Asun, con Mikel, volvió a su ciudad de origen. La única figurita sobreviviente quedó solitaria en la cómoda. Asun la dejó como recuerdo. Pedro no perdió el tiempo: empezó una vida de excesos, sin control, sin ataduras. Se enamoraba con facilidad y se desenamoraba aún más rápido. Cayó en picado. Se casó y divorció tres veces. Le gustaba beber hasta perder el sentido. Eso sí, Pedro trabajaba en la universidad, era un economista brillante y solicitado. Publicó un libro, le auguraban un futuro prometedor. Pero el alcohol y la vida desordenada lo arruinaron todo. En una ocasión, creímos que, por fin, Pedro se había serenado. Decidió casarse con una mujer “impresionante”. Le invitaron a una boda sencilla. La novia tenía un hijo de diecisiete años. Se notaba que ese hijo y Pedro nunca se llevarían bien. Eran demasiado distintos. Pedro no supo gestionar ese detalle, y al cabo de cinco años se divorciaron tras discusiones y peleas con el hijastro. Después, desfilaron muchas “compañeras”: Lidia, Natalia, Sonia… Pedro estaba convencido de que cada una sería la definitiva. Pero la vida tenía otros planes. A los cincuenta y tres años, a Pedro le diagnosticaron una enfermedad incurable. Entonces, ya no quedaba ninguna mujer a su lado. Todas se habían ido. Yo y nuestras hermanas cuidamos de Pedro en su lecho. —Santiago, debajo de la cama hay una maleta. Tráemela —le costaba hablar y moverse. Miré debajo de la cama, saqué la maleta polvorienta, la abrí y me quedé de piedra. Estaba llena de figuritas de porcelana, cada una envuelta en paños suaves. —Las fui reuniendo para mi Asun. Nunca pude olvidar el reproche silencioso en su mirada aquella vez. Vaya si sufrió conmigo mi mujer. ¿Recuerdas cuando viajaba tanto por trabajo? Las figuritas las compraba por todas partes. En la maleta hay doble fondo; ahí tienes mi dinero ahorrado. Todo para mi esposa de corazón. Que me perdone. Ya no la veré más. Santiago, júralo: entrégale esto a Asun. —Lo haré, Pedro, te lo juro. —El sobre con su dirección está bajo la almohada. Asun seguía viviendo en su ciudad natal. Mikel estaba enfermo de algo que los médicos no lograban diagnosticar. Le aconsejaron buscar ayuda en Europa. Lo supe por una carta de Asun, guardada bajo la almohada de Pedro. Resulta que seguían en contacto por cartas; ella escribía, Pedro no respondía. Cuando Pedro murió, me preparé para mi promesa. Quedé con Asun en una estación perdida. Se alegró mucho al verme, me abrazó: —Ay, Santiago, ¡eres igualito que Pedro! Le entregué la maleta y pedí perdón, como Pedro me había encargado: —Asun, perdona a tu díscolo marido. Aquí tienes esto, hay dinero y algo más de Pedro. En casa lo verás. Recuerda, fuiste su esposa de corazón. Nos despedimos para siempre. Recibí de ella una única carta: “Santiago, gracias a ti y a Pedro por todo. Le agradezco a la vida haber compartido un tiempo con él. Las figuritas las vendimos bien; alguien supo valorarlas. No podía seguir mirándolas, todas habían pasado por las manos de mi querido Pedro. Lástima que se fue tan pronto. Con el dinero pudimos mudarnos a Canadá. Mi hermana llevaba años invitándonos; ya nada me retenía aquí. Solo quedaba la esperanza de que Pedro me llamara. No lo hizo… Pero soy feliz de saber que, hasta el final, fui su esposa de corazón. Eso significa que no se olvidó de mí. Mikel se ha adaptado y está mejor de salud. Adiós.” Sin remite…
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MI ESPOSA DE TODA LA VIDA ¿Y cómo consigues aguantar tantos años con la misma mujer? ¿Cuál es el secreto? me preguntaba siempre mi hermano Roberto cada
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Cansado de la suegra y de mi mujer: Cuando el hombre más callado y sufrido del pueblo, Esteban Sánchez, se sentó en mi consulta con el alma rota, supe que era más que fatiga; es la historia de un hogar donde el silencio dolía más que los gritos, el día en que comprendimos que hasta el corazón más fuerte necesita una palabra amable para seguir adelante.
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Cansado de la suegra y de la esposa Aquella tarde vino a verme el hombre más callado y sufrido de todo nuestro pueblo, Esteban Gutiérrez.
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La amargura en lo más profundo del alma — “¡Hace tiempo que tendrías que estar en un internado! ¡Lárgate de nuestra familia!” —grité yo, fuera de mí, con la voz quebrada. El destinatario de mi indignación profunda era mi primo Dimi. Madre mía, ¡cómo lo quise de niña! Cabellos de trigo, ojos azules como el cielo de Castilla, carácter alegre. Todo eso era Dimi. …En casa, los familiares solían reunirse alrededor de la mesa en fiestas. De todos mis primos, a quien yo destacaba era a Dimi. Tenía mucha labia, sabía enredar como nadie. Además, dibujaba con un talento fuera de lo común: en una sola tarde hacía cinco o seis bocetos a lápiz sin apenas pestañear. Yo miraba sus dibujos y se me caía la baba, no podía apartar la vista de tanta belleza. Poco a poco, los guardaba lejos de todos, escondidos en mi escritorio. Conservaba su arte como un tesoro. Dimi tenía dos años más que yo. Cuando cumplió los 14, su madre murió de improviso. Nunca despertó… Surgió la pregunta —¿qué hacer con Dimi? Lo primero fue intentarlo con su padre biológico. Pero encontrarlo no fue fácil: hacía años que sus padres estaban divorciados y su padre ya tenía otra familia y “no estaba dispuesto a alterar la vida tranquila de los suyos”. Entonces la familia, como quien oye llover, se encogió de hombros: que si cada uno tenemos nuestras cosas, que si hijos, que si trabajo… Que la familia está de día y desaparece de noche. Total, que mis padres, teniendo ya sus dos hijos, se hicieron cargo de Dimi como tutores legales, porque la difunta era la hermana pequeña de mi padre. Al principio, me alegré de que Dimi viviera en casa… pero enseguida me extrañó su actitud el primer día. Mi madre, intentando calmar al huérfano, le preguntó: — ¿Te apetece algo, hijo? Pide, no tengas vergüenza. Y Dimi, sin dudarlo: — Quiero un tren eléctrico. Esa juguete entonces costaba una fortuna. Me sorprendió ese deseo: “Pero si te ha muerto tu madre, lo más preciado del mundo ¿y sueñas con un tren?” ¿Cómo podía ser? Mis padres, sin pensarlo, le compraron el tren soñado. Y así siguió: “Quiero un radiocasete, unos vaqueros, una cazadora de marca…” Era la España de los ochenta. Eso costaba un ojo de la cara y además no se encontraba tan fácilmente. Mis padres, con tal de compensar al huérfano, nos privaban a sus propios hijos. Mi hermano y yo lo aceptábamos, sin protestar. …Con dieciséis años llegaron las chicas. Mi primo resultó ser muy ligón. Y más aún: empezó a insinuarse conmigo, su prima. Pero yo, que era deportista, sabía rechazar sus insinuaciones sucias. Hasta llegamos a pelearnos físicamente. Y yo lloré, muchas veces, a escondidas. Mis padres nunca supieron nada; no quería preocuparles. Los hijos rara vez hablan de cosas tan delicadas. Cuando vio que conmigo no tenía nada que hacer, Dimi se fijó en mis amigas. Ellas competían a muerte por su atención. …Y además, Dimi robaba. Sin pudor. Me acuerdo de mi hucha: ahorraba las monedas del recreo, quería comprar regalos a mis padres. Un día, la encontré vacía. Dimi lo negó todo sin inmutarse. Me partió el alma. ¿Cómo podía robar en una casa donde le acogíamos? Como un bárbaro, destrozaba nuestra familia. Yo me ofendía y me enfadaba, y él no entendía el motivo. Creía de verdad que todos le debíamos algo. Yo llegué a odiarlo. Y entonces le grité con toda mi alma: —Vete de nuestra familia. Recuerdo que lo machaqué a gritos. Le dije de todo, más de lo que podría contar… Mi madre apenas logró calmarme. Desde entonces, Dimi dejó de existir para mí. Lo ignoré por completo. Luego supe que mis tíos ya sabían qué clase de elemento era Dimi: vivían cerca y le conocían de sobra. Nuestra familia vivía en otro barrio. Los profesores de Dimi avisaron a mis padres: “No sabéis la carga que habéis echado a la espalda. Dimi os va a torcer los hijos”. …En su nuevo instituto encontró a una chica, Cata. Le amó como nadie, se casó con él nada más acabar el colegio. Nació una hija. Cata soportó lo indecible: las mentiras, las infidelidades. Como se dice en Castilla: “de soltera pasó calamidades, de casada el doble”. Toda su vida, Dimi se aprovechó del amor incondicional de Cata. …Dimi fue a la mili, sirvió en Andalucía. Allí formó otra familia en paralelo. ¿Cómo? Pues tuvo tiempo en los permisos. Después de licenciarse, Dimi se quedó en el sur; allí nació un hijo suyo. Cata, ni corta ni perezosa, fue a buscarlo y lo arrastró de vuelta a casa con mil artimañas. Mis padres nunca oyeron un gracias de boca de Dimi, aunque no lo habían adoptado por eso. …Hoy, Dimitri Eugenio tiene 60 años. Es feligrés de iglesia ortodoxa. Tiene cinco nietos con Cata. Todo parece estar bien, pero la amargura de la historia con Dimi sigue ardiendo en mi interior… Ni acompañada de miel la podría tragar.
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Mira, te cuento algo que llevo clavado dentro desde hace años. Te lo cuento como se lo diría a una amiga, con el alma en la mano. ¡Hace tiempo que te deberías
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EL SELLO POSTAL… — Ilya ha dejado a Katia —suspiró mi madre, visiblemente afectada. — ¿Cómo dices? —pregunté, sin comprender. — Yo tampoco me lo explico. Estuvo un mes de viaje por trabajo. Volvió totalmente cambiado. Le dijo a Katia: “Lo siento, quiero a otra” —mi madre se perdió en sus pensamientos, con la mirada fija en un punto. — ¿Así, sin más? Esto no puede ser real. Qué horror —empecé a enfadarme con el marido de mi hermana Katia. — Me ha llamado Sonia, dice que mamá no se encuentra bien, que ha llamado al Samur. Resulta que a Katia le ha dado una crisis neurológica y no puede tragar —mi madre parpadeó angustiada, sumida en sus pensamientos. — Tranquila, mamá. Desde luego, Katia nunca debió, como quien dice, poner a su marido en un pedestal bajo las estampitas. Siempre bailándole el agua. Ahora paga las consecuencias. Pobre. Espero que lo de Ilya con esa mujer no sea serio… Él quiere a Katia y a Sonia —me negaba a aceptar lo que oía. …Entre Ilya y Katia hubo un amor arrebatado, pasión. Se casaron a los dos meses de conocerse. Su hija Sonia fue el fruto de esa relación. Todo discurría con sosiego, en armonía… hasta que la montaña se vino abajo… Por supuesto, salí corriendo a ver a mi hermana. Cuesta hablar de emociones con la familia. — Katia, ¿pero cómo ha podido pasar? ¿Ilya al menos te ha dado una explicación? ¿Se ha vuelto loco? —la acosaba a preguntas. — Ay, Nina, ni yo me lo creo. ¿De dónde ha salido esa mujer? ¿Le ha echado algún hechizo? Ilya, como poseído, corrió tras ella. Ni intento de pararle. Dijo: “Katia, la vida hay que vivirla, no dejar que se escurra.” Tiró sus cosas en una bolsa y se fue. Como si me hubieran arrastrado la cara por el asfalto… No entiendo nada… —las lágrimas rodaban sin parar por sus mejillas. — Tranquila, Katia, esperemos. Quizá tu fugado recapacite, nunca se sabe —abracé a mi hermana entre sollozos. …El fugado no volvió. Ilya se instaló en otra ciudad. Con nueva esposa. Xenia tenía dieciocho años más que Ilya. Aquella diferencia de edad no impedía que se quisieran y fueran felices. “El alma no tiene edad”, solía repetir Xenia. Ilya estaba cegado por su segunda mujer. Era su faro en la vida. El carácter de Xenia tenía muchas aristas… Sabía querer y sabía no querer. Era salvaje, libre. Podía endulzarte con sus palabras o ser cruel como una cuchilla. Ilya adoraba a Xenia. Se asombraba cada vez: — ¿Dónde estabas antes, mi Xenia…? Media vida buscándote… …Mientras, Katia decidió vengarse de todos los hombres sin distinción. Era tan guapa que se giraban a mirarla hasta las mujeres. En el trabajo se lió con su jefe. Le volvió la cabeza. — Katia, cásate conmigo. Te haré rica, es verdad. Serás mi reina. — No quiero casarme, Dimitri, ya tuve bastante… Vamos mejor a la playa. Quiero que Sonia respire aire puro —le guiñó el ojo Katia. — Vamos, mi vida… Santi era más de andar por casa. Ayudaba en la faena. Arregló todo el piso de Katia. No le pidió matrimonio. Estaba bien casado… Katia manejaba a ambos a su antojo… Amor, lo que se dice amor, no había. Solo ayudaban a Katia a sobrellevar el dolor, nada más. Katía seguía echando de menos a Ilya. Lo soñaba por las noches. Se despertaba llorando sin remedio. Los recuerdos le removían el alma, una atracción imposible de domar. “¿Cómo se despega a una persona? ¿Qué falló como esposa? Era sumisa, atenta, le concedía todos los caprichos. Nunca discutimos…” …Pasaron los años. Katía vivía entre las sonrisas misteriosas a Dimitri y las idas y venidas de Santi a su casa y nuevamente a la de su familia. …Sonia tenía veinte años cuando decidió ir a ver a su padre. Cogió un billete de tren. Durante el trayecto, pensaba en cómo romper el hielo con su madrastra Xenia. Llegó a otra ciudad. …Llamó a la puerta. — Eres Sofía, ¿verdad? —en el umbral apareció una mujer interesante. “Mi madre es mucho más guapa…” pensó Sonia. — ¿Eres Xenia? —adivinó Sonia. — Sí, pasa. Papá no está en casa, llegará pronto —Xenia llevó a Sonia a la cocina. — ¿Cómo estáis? ¿Y mamá? —Xenia nerviosa—. ¿Un té, un café? — Xenia, ¿cómo conseguiste llevarte a mi padre de su familia? Yo sé que él quería a mi madre —Sonia la miró fijamente a los ojos. — Sofía, en la vida no todo se puede prever. En el amor no hay garantías. A veces es una pasión inesperada. Basta un encuentro para decidirlo todo. El destino une. A veces, ni tú misma sabes por qué. Toca cambiar el ritmo del baile, por decirlo así. No tiene explicación… —Xenia se sentó, agotada. — ¿Pero no se puede frenar, decir basta? El deber hacia la familia, al fin y al cabo… —Sonia no entendía los argumentos de Xenia. Rumiaba su odio en silencio. — No se puede, pequeña —contestó escuetamente Xenia. — Gracias por la sinceridad —Sonia no probó el café ofrecido. — Sofía, ¿te doy un consejo travieso? El hombre es como un sello postal: cuanto más le escupes, más se te pega —rió Xenia—. Además, con un hombre hay que ser lo mismo acero que terciopelo… Por cierto, estoy peleada con tu padre. — Gracias por el consejo. ¿Voy a esperarle? —preguntó Sonia, inquieta. — No sé. Lleva una semana en un hotel. Te puedo dar la dirección —Xenia apuntó una dirección en un papel—. Toma. Sonia se alegró del desenlace. Así podría hablar tranquilamente con su padre. — Hasta luego. Gracias por el café —Sofía salió rápido. Localizó el hotel. Llamó a la puerta. Ilya se alegró de ver a su hija. Se notaba cohibido. — Sonia, justo hoy iba a volver a casa… Ya sabes, las peleas… — Papá, es cosa vuestra. Yo solo quería verte —Sonia le tomó la mano con ternura. — ¿Cómo está mamá? —preguntó Ilya, quizá solo por decir algo. — Bien, papá. Nos hemos acostumbrado sin ti —suspiró Sonia. Padre e hija pasaron una velada cálida en la habitación de hotel: charla tranquila, risas y lágrimas… — Papá, ¿tú quieres a Xenia? —preguntó de repente Sofía. — Muchísimo. Perdóname, hija —respondió Ilya, convencido. — Entiendo. Bueno, me voy, tengo el tren pronto —Sonia empezó a recoger sus cosas. — Ven cuando quieras, Sonia. Seguimos siendo familia —Ilya bajó la mirada. — Sí, claro… —Sonia salió volando del hotel. …Al volver a casa, decidió seguir el consejo de Xenia. No amar, no atarse, no creer promesas vacías de hombre. A escupir… …Pero tres años más tarde apareció un hombre distinto. Kiril. Era justo para Sonia. Lo había mandado el cielo… Sofía lo supo en cuanto le vio. Lo sintió en el alma… Cuando encuentras a tu mitad, todo lo demás pierde sabor… Kiril abrazó con el corazón a su mujer y nunca la soltó. Tocó su alma sin palabras. Sofía acabó enamorándose, sin reservas. Hasta los huesos…
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EL SELLO POSTAL Juan se ha ido de al lado de Clara la voz de mamá flotaba, como lanzada desde el fondo de una catedral olvidada en Toledo. ¿Cómo?
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UN MARIDO VALE MÁS QUE LOS RECUERDOS AMARGOS: —¡Igor, esta ha sido la gota que colma el vaso! ¡Se acabó, nos divorciamos! ¡No hace falta que te arrodilles, como tanto te gusta, no servirá de nada!— así puse punto final a nuestro matrimonio. Igor, por supuesto, no me creyó. Mi marido estaba convencido de que todo seguiría el mismo guión de siempre: él se arrodillaría, pediría perdón, compraría otro anillo y yo acabaría perdonándole. Así había sido en más de una ocasión. Pero esta vez decidí cortar los lazos del matrimonio para siempre. Tenía los dedos llenos de anillos, hasta los meñiques, pero de vida, nada. Igor bebía sin freno y sin medida el amargo trago de la vida… Y pensar que todo comenzó de manera tan romántica. Mi primer marido, Edu, desapareció sin dejar rastro en los años 90, cuando vivir era un desafío constante. Edu no tenía precisamente un carácter fácil. Era de los que buscaban pelea: mirada de águila, pero alas de mosquito. Si algo no le gustaba, se desataba una tormenta en casa. Estoy convencida de que Edu fue víctima de algún ajuste de cuentas. Nunca volví a saber nada de él. Me quedé sola con dos hijas: Elisa, de cinco años, y Raquel, de dos. Pasaron cinco años tras aquella misteriosa desaparición. Pensé que iba a volverme loca. Amaba mucho a Edu, a pesar de su carácter explosivo. Éramos inseparables, una sola alma. Decidí que mi vida había terminado, que me dedicaría solo a criar a las niñas. Me puse la cruz encima. Pero… No lo tuve nada fácil en aquellos tiempos difíciles. Trabajaba en una fábrica y me pagaban… ¡con planchas! Tenía que venderlas para poder comprar comida. Los fines de semana me dedicaba a eso. En invierno, mientras tiritaba de frío vendiendo en el mercadillo, se me acercó un hombre. Le di pena. —¿Pasa frío, señorita? —me preguntó con prudencia aquel desconocido. —¿Cómo lo ha notado?—quise bromear, aunque los dientes me castañeteaban. Pero su presencia me transmitió calor. —Bueno, he dicho una tontería. ¿Qué le parece si entramos en una cafetería a calentarnos? Yo le ayudo a llevar las planchas. —Venga, vamos. Si no, me voy a morir de frío aquí mismo—casi susurré. No fuimos a ninguna cafetería. Llevé al desconocido a mi portal, le pedí que vigilara la bolsa de las planchas y salí volando a recoger a mis hijas de la guardería. Las piernas se me congelaban, pero en el fondo del alma me sentía cálida y acogida. Al volver con las niñas, desde lejos divisé a Igor (así se presentó). Fumaba y no dejaba de moverse inquieto. Pensé: “le invito a un té y… ¡que sea lo que Dios quiera!”. Igor me ayudó a subir la bolsa hasta el sexto piso. El ascensor, por supuesto, estropeado. Mientras yo subía con las niñas al tercer piso, Igor ya bajaba. —¡Espere, mi héroe! ¿Se va sin más? No le dejo marchar hasta que no le invite a un té bien caliente—le agarré de la manga. —Bueno, no sé… ¿No molesto?—miró de reojo a las niñas. —¡Qué va! Coja a las niñas de la mano, que yo corro a poner el agua para el té—le respondí convencida. No quería perder a ese hombre. Ya sentía que formaba parte de mi vida. Durante el té, Igor me propuso trabajar con él de ayudante y el sueldo era más de lo que cobraba en un año en la fábrica. Por supuesto, asentí. ¡Casi le besé las manos de agradecimiento! Igor estaba divorciándose y tenía un hijo de un matrimonio anterior. Y así arrancó todo… Poco después nos casamos. Igor adoptó a mis hijas. Todo fue un subidón. Compramos un piso enorme, con muebles y electrodomésticos de primera. Luego compramos un chalé. Vacaciones todos los veranos en la playa. Vida de ensueño… …Siete años de felicidad plena. Pero Igor, llegado a la cima del bienestar, empezó a refugiarse en el alcohol. Al principio ni me inmuté. Sabía que trabajaba mucho, y descansaba a su manera. Pero cuando empezó a beber hasta en el trabajo, me alarmé. Las conversaciones no servían de nada. Debo decir que soy una aventurera nata. Para apartar a mi marido del alcohol, decidí… ¡tener un hijo con él! Ya tenía treinta y nueve. Todas mis amigas, al saber de mi “proyecto”, ni se sorprendieron. —Venga, Tania, a tu ejemplo quizás todas nos animemos a ser madres jóvenes a los cuarenta—bromeaban. Y yo siempre decía: —Si abortas, quizá te arrepientas y llores mil lágrimas. Pero si tienes ese hijo, por muy imprevisto, jamás en la vida te arrepentirás. …Tuvimos mellizas. Éramos padres de cuatro hijas. Igor seguía bebiendo. Aguanté, aguanté, hasta que quise cambiar de vida, criar animales, darles naturaleza a las niñas, y, de paso, que mi marido no tuviera tiempo para emborracharse. Vendimos piso y chalé. Compramos una casa en un pueblo grande. Abrimos un café muy chulo. Igor se hizo cazador. Se compró una escopeta, todo el equipo para salir al monte. Todo iba bien hasta que, de nuevo, Igor se emborrachó. No sé qué demonios tomó, pero perdió los papeles: destrozó platos, muebles, ¡y acabó disparando al techo! Hui con las niñas a casa de los vecinos. Un horror. Al día siguiente, volvimos de puntillas a casa. Era una escena dantesca. Una pena que las niñas lo vieran. Todo roto, destrozado. Igor dormía desmayado en el suelo. Recogí lo poco que quedó y, con las hijas en fila, nos fuimos a casa de mi madre, que vivía cerca. —¡Ay, Tania, qué quieres que haga yo con tanto chiquillo!—se lamentaba mi madre—. Vuelve con tu marido. De todo pasa en una familia. Ya se pasará. Su lema era: dientes apretados, pero marido guapo. Al par de días, apareció Igor. Fue entonces cuando puse un punto final en la relación. De hecho, él ni siquiera recordaba “su ballet ruso” de la noche anterior. No creyó ni una palabra de mis historias. Pero ya me daba igual. Corté por lo sano. Sin vuelta atrás. No sabía cómo iba a vivir, pero prefería pasar hambre y estar viva, a ser alguna vez asesinada por su borrachera. Tuvimos que malvender el café porque salí huyendo con las niñas del pueblo. Nos instalamos en un pueblo de al lado, en una casita diminuta. Las hijas mayores se pusieron a trabajar, y pronto se casaron. Las mellizas iban por quinto de primaria. Todas las niñas adoraban a “papá Igor” y seguían en contacto. Así que, por ellas, me informaba de su vida. Mi exmarido me rogaba que volviera, a través de ellas. Mis hijas también insistían: Mamá, déjate de orgullos, que papá ha entendido y te ha pedido perdón cien veces. ¡Piensa en ti! Ya no tienes veinticinco años… Pero yo era firme. Solo quería paz, una vida sencilla sin sobresaltos. …Pasaron dos años. Empecé a echar de menos a Igor. Me mataba la soledad. Tuve que empeñar todos los anillos que me regaló. No conseguí recuperarlos. Lo lamenté. Me daba por pensar en la vida pasada, meditar. En casa reinaba el amor. Igor siempre quiso igual a las hijas, me cuidaba, sabía pedir perdón. Éramos una familia ejemplar. Cada cual busca su felicidad, ajena no sirve. ¿Qué más podía pedir? Ahora, mis hijas mayores casi ni me visitan; solo llaman por teléfono. Entiendo, es lo normal, tienen su vida. En nada, las mellizas saldrán volando también y me quedaré sola con mi soledad. Las chicas son como gansos: cuando echan plumas, a volar se van. Total, convencí a las mellizas de que preguntaran a su padre por su vida. ¿Tendrá otra mujer? Las chicas le sacaron todo a Igor. Resulta que vive en otra ciudad, trabaja, ni prueba el alcohol. No tiene a nadie, está solo. Dejó a las hijas su dirección, por si acaso… En fin, llevamos ya cinco años juntos de nuevo. ¡Qué dije yo que era una aventurera!
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MI MARIDO VALE MÁS QUE TODOS LOS RENCORRES ¡Javier, esta es la gota que ha colmado el vaso! ¡Se acabó, nos divorciamos! ¡No hace falta que te pongas de
Life Lessons
Un milagro en Nochevieja: —¡Pedro, explícame cómo se te ha podido olvidar! ¡Te lo he recordado varias veces esta mañana y además te mandé un mensaje! —Ana miraba a su marido con reproche. Él estaba en el umbral de la cocina, con cara culpable, encogiéndose de hombros. —Ni yo mismo sé cómo ha pasado, Anina… Se me fue de la cabeza y ya está —intentaba justificarse Pedro. —¿Y el móvil? —No lo saqué del bolsillo, así que no vi tu mensaje… Ana empezaba a hervir. —¿Así que no te olvidaste de comprar la batería nueva para el coche, pero sí se te fue de la cabeza que tenías que comprarle el regalo a la niña para ponerlo debajo del árbol? —Se me olvidó… Es que la tienda de recambios cerraba a las ocho, fui con prisa y lo demás, pues… se me pasó. Perdona. —A veces pienso, Pedro, que quieres más a tu viejo cacharro, que se estropea cada mes, que a nuestra Mónica —Ana se sentó en el taburete y suspiró mirando el reloj. El reloj marcaba las once menos cinco. Ya era tarde, era de noche, y no había forma de arreglarlo. Y esa impotencia se hacía aún más amarga. —Ana, no digas tonterías. Quiero a nuestra Mónica y tú lo sabes. Es que simplemente… lo olvidé. ¿A quién no le pasa? —¡A mí no me pasa, Pedro! —Ana quería gritar, pero hablaba en susurros para que la niña no oyera la discusión. Pedro intentó abrazar a su esposa para suavizar el inminente conflicto, pero ella se apartó y le dio la espalda… …para seguir preparando la ensaladilla rusa en la fuente. «He estado medio día haciendo esta ensaladilla para alegrar a mi marido y él… ¡se olvida el regalo de nuestra hija!» —Ya lo veía venir, tenía que haberlo hecho yo todo… Pero claro, confié en Pedro. Debería haber sabido que no es tan responsable como pensaba. —Ana, entiendo que la he cagado, pero tampoco ha pasado nada grave —insistía Pedro—. Da igual, si no hay regalo bajo el árbol. Le decimos a Mónica que… —¿Qué le dices, cariño? ¿Que su padre tiene la memoria de un pez con solo 35 años? ¿O que le importaba más la batería que su hija? —Le decimos que este año Papá Noel está muy ocupado y no ha podido venir. Mañana por la mañana le compro yo el regalo y se lo doy. Como si fuera de Papá Noel. —¿Dónde lo vas a comprar? La mayoría de tiendas no abren mañana, salvo los supermercados. Ay, Pedro, Pedro… No era difícil entender el enfado de Ana. Desde que nació Mónica, instauraron la tradición de, tras las campanadas en la Nochevieja, reunirse juntos en el árbol de Navidad y descubrir los regalos. Mónica amaba esa tradición; como tantos niños, creía en Papá Noel, en la magia y en los milagros de Año Nuevo. Su cara era todo emoción al abrir su regalo soñado. Hoy, Mónica ya había mirado varias veces bajo el árbol, expectante, y contaba a su madre cuánto deseaba el regalo de Papá Noel. —¿A ver qué me traerá este año el abuelo? Quiero una bici como la de Iván del portal dos. Pero si son patines, también me vale. Ana sonreía: justo había pedido a Pedro que le comprara a su hija unos patines. Normalmente lo escogía ella, pero hoy llamaron a Pedro al trabajo y Ana pensó que él podía pasar por la tienda al volver a casa. Pedro regresó pasadas las ocho, y cuando Ana, dos horas después, empezaba a poner la mesa y le preguntó cómplice por el regalo, él recordó de pronto que no había comprado nada… —Ana, no amarguemos el día. No lo hice a propósito. Si quieres, yo misma le explico a Mónica, seguro que lo entiende. Ana no respondió. Siguió poniendo la mesa mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. «¿Cómo ha podido olvidarse del regalo?» Hasta el último minuto Ana pensó que Pedro tenía escondido el regalo en algún lado, esperando el momento de ponerlo bajo el árbol. Ya era tarde, las tiendas cerradas, no había forma de comprarle nada… —¿Quieres que te ayude? —preguntó Pedro inseguro, viendo cómo Ana disponía los platos. —Gracias, ya has ayudado bastante… Justo en ese momento, Mónica entró radiante en la cocina tras haber visto todos los dibujos navideños: —¡Mamá, papá! ¡Faltan menos de dos horas para Nochevieja! ¡Enseguida vendrá Papá Noel con mi regalo! Ana fulminó con la mirada a Pedro. Pero enseguida volvió la cara, no quería que la niña sospechara nada y arruinarle la fiesta. Además, Ana ya tenía un plan para salvar la situación: pondría bajo el árbol un sobre con dinero, y escribiría encima «Para los patines de Mónica». No era lo mismo que el regalo sorpresa de siempre, pero mejor eso que nada. Quizás así, la noche podría todavía salvarse… ***** Cuando a las once la familia se sentó a cenar, llamaron a la puerta. —Pedro, ¿has invitado a alguien? —preguntó Ana, sorprendida—. Yo no he llamado a nadie. —Ni yo. ¿Serán los vecinos? Voy a ver. Id sirviendo el zumo —contestó Pedro, saliendo al recibidor. Al abrir, encontró a un hombre con barba y una chaqueta roja desgastada. No parecía Papá Noel, más bien un sintecho, algo que su aspecto y olor confirmaban. —¿Buscaba algo? ¿Se ha confundido de piso o viene a pedir dinero? Le aviso que no le voy a dar ni un euro. Seguro que lo gastaría en vino. —No, tranquilo, dinero no vengo a pedir —contestó animado el extraño. «¡Esto sí que es tener morro!», pensó Pedro. Él normalmente sentía lástima por los sintecho, pero le hizo gracia el descaro. Decía que no necesitaba dinero, cuando estaba claro que no tenía un duro. —¿Entonces…? —Pedro salió al rellano, cerrando la puerta para que no entrara el hedor. —Verá, he encontrado este gatito en el portal. ¿No será suyo? Pedro sonrió, pensando que el hombre intentaba encasquetarle el gato. —No, jamás lo había visto. Nunca hemos tenido mascotas. —¿No quiere adoptarlo? Si tiene usted una hija, seguro que le haría ilusión. Pedro negó con la cabeza. —No, gracias. El hombre se encogió de hombros. —Bueno, me lo llevo a la basura, entonces. Ya se disponía a irse, escondiendo el gato, cuando Pedro lo detuvo. —¡Un momento! ¿Cómo que llevarlo a la basura? ¿Para qué va a echar a un cachorro? Déjelo en el portal, al menos. —Le echarán igual, y en los contenedores hay cajas donde puede resguardarse y algo de comida. Pedro nunca fue amante de los animales, pero de repente le dio lástima el cachorro. Se lo imaginó solo y aterido toda la noche… No hubo tiempo para pensar: dentro le esperaban esposa e hija y el hombre ya se marchaba… —¡Déme aquí al gatito! —le arrancó el animal al hombre—. ¡No tire a la basura la vida de un cachorro! —Como usted diga —sonrió el extraño, despidiéndose por las escaleras. ***** Cuando Pedro entró, Ana y Mónica salieron preocupadas de la cocina. —¿Por qué tardas tanto? ¿Ha pasado algo? —Nada, todo bien —respondió Pedro mientras escondía disimuladamente el gato, rezando en silencio para que no maullara. Si Ana descubriese lo que traía, lo echaría de casa. Y quizá no solo al gato. Sabía que al final se enterarían, necesitaba tiempo para explicarse y pensar cómo justificar traer un animal, a una hora de la Nochevieja y sin avisar a nadie. —¿Quién era? —preguntó Ana con sospecha. —El vecino del quinto, Víctor. Hablábamos de baterías para el coche. —Ah, bueno, eres el experto. Anda, lávate y vente a cenar: ya casi es Nochevieja. —Cinco minutos y voy. En cuanto Ana y Mónica regresaron a la cocina, Pedro corrió por la casa buscando dónde esconder al gato. Balcón, imposible—frío. Aseos—podía entrar cualquiera. Dormitorios—descartados. Solo quedaba el salón… —¡Pedro! ¿Vienes o qué? —gritó Ana impaciente. —¡Enseguida! Pedro metió al gato en el armario del salón, dejó la puerta entreabierta y corrió a la cocina. ***** —¡Feliz A-ñooo Nuevo! —coreaban por la calle. Pedro también felicitó a su familia y les deseó salud y felicidad. Mientras tanto, Mónica dejó su vaso y corrió al salón. Ana, al verla, recordó que se le había olvidado el sobre de dinero y fulminó de nuevo a Pedro: —¡Ahora consuélala tú! Sin embargo, Mónica no parecía triste. Al contrario, gritó eufórica minutos después. —¡Mamá, papá, venid corriendo! ¡Mirad lo que Papá Noel me ha puesto bajo el árbol! Pedro y Ana fueron al salón y quedaron petrificados. Bajo el árbol, junto a Mónica, había un gato blanco. —¡Siempre quise un gatito y Papá Noel me lo ha traído! —casi lloraba Mónica—. Se llamará Nieve. La niña abrazó al cachorro con ternura, mientras Ana arrastraba a Pedro a un lado. —¿Esto qué es? ¿¡De dónde ha salido!? ¿Ha sido cosa tuya? —Ana, por favor, no te enfades… Ahora te lo explico todo. —¿Enfadada? ¡Mira qué feliz está Mónica! Aunque podrías haberme contado tu sorpresa y así no te hubiese gritado hoy —Ana abrazó y besó a Pedro. Pedro no daba crédito a su suerte. Por algo dicen que en Nochevieja ocurren milagros de verdad. La niña era feliz y su esposa, también. Todo gracias al gatito blanco y… Se acordó del sintecho. —Oye, Ana, tienes que saber una cosa… Pedro le susurró unas palabras al oído y Ana asintió sorprendida. ***** —Bueno, Egor, —dijo el hombre barbudo a su compañero—, ya hemos entregado todos los gatitos. Gracias a Dios. Podemos volver al sótano antes de que lo cierren por la noche. —Sí, Mijaíl, buena idea la tuya con lo de la basura —sonrió el segundo. —¿Tú crees? Temía que me echaran a patadas por decir eso… —Era arriesgado, pero sólo alguien de buen corazón se llevaría así un gatito y no permitiría que acabara en la basura. —Cierto… Los dos sintecho se sentaron en un banco junto al portal donde habían repartido cuatro gatitos que encontraron en el sótano esa tarde. Había mucha gente en la calle, pero ninguno les echaba, incluso algunos les deseaban salud y suerte, y ellos devolvían los buenos deseos. De repente, la puerta del portal se abrió y salió corriendo Pedro. —¿Y ahora qué querrá? ¿Se arrepintió y quiere devolverme el gatito? —se preguntó Mijaíl, reconociendo a Pedro. —¿Es él? Qué sorpresa… —¡Feliz Año Nuevo, buena gente! —saludó Pedro, llegando hasta ellos y ofreciéndoles una bolsa grande—. Con mi mujer, os hemos preparado una cena de fiesta en señal de agradecimiento. —No nos lo esperábamos, muchas gracias —respondieron Egor y Mijaíl emocionados. —Y esto es de mi parte —Pedro le dio al barbudo una botella de cava—. Para brindar, que es fiesta. —Bueno, Mijaíl, por fin podremos celebrar como Dios manda. Hay milagros, sí señor —se entusiasmó Egor. Pedro ya iba a irse, pero se dio la vuelta y preguntó: —¿Y dónde vais a celebrarlo, si no es indiscreción? —Pues aquí cerca, en el sótano. Allí está calentito y se duerme sobre cartones. —¿Sabéis qué? Venid conmigo. Minutos después, los tres llegaron al garaje. Pedro abrió la puerta y les invitó a pasar. —Aquí tenéis un sofá y calefactor, mesa y platos. Creo que estaréis mejor que en el sótano. La furgoneta la saco ahora y así estáis cómodos. —No hace falta, cabemos igual —protestaron Mijaíl y Egor. —No, mejor fuera. No le pasará nada. Y eso sí, no os pongáis demasiado alegres. —No somos de beber, solo un brindis —aseguró Mijaíl. —Así me gusta. Mañana vengo a veros y me contáis vuestra historia. Quizá pueda ayudaros también a «encontrar un hogar». —Es increíble —susurró Egor. —Y que lo digas —asintió Mijaíl. Y así fue la noche: realmente navideña… y llena de milagros.
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Un milagro en Nochevieja Álvaro, explícame cómo has podido olvidarte, por favor. Te lo he recordado varias veces esta mañana y encima te he escrito un mensaje…