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GENTE DIFERENTE La mujer de Ignacio resultó… peculiar. Muy guapa, eso sí: rubia natural de ojos negros, con curvas, pechugona y de piernas largas. Y en la cama, un volcán. Primero fue la pasión, y ni tiempo para pensarlo. Luego el embarazo. Así que se casaron, como toca. Nació un hijo igualito: rubio y de ojos negros. Y todo fue como en cualquier familia. Pañales, primeras palabras, primeros pasos. Y Ana se comportaba normal, pendiente del niño, madre joven y corriente. Todo cambió cuando el hijo llegó a la adolescencia. Ana empezó a interesarse de repente por la fotografía. Todo el día con la cámara, y se apuntó a unos cursos. —¿Pero qué más te falta? —preguntaba Ignacio—. Eres abogada, trabaja de abogada. —Abogada, —corregía Ana. —Eso, abogada. Presta más atención a la familia y deja de andar de aquí para allá. Y no entendía qué le molestaba tanto. Si ella cumplía, la casa impecable, la comida hecha, el hijo bajo su supervisión. Él llegaba del trabajo, sofá y tele, como está mandado. Pero lo que no aguantaba era esa sensación de que Ana se le escapaba a algún sitio donde él no tenía ni voz ni voto. Estaba, pero no estaba. Jamás veía la tele con él, ni conversaba sobre nada interesante. Le servía la cena… y volvía a irse. —¿Eres mi mujer o no? —se enfadaba Ignacio al verla otra vez frente al ordenador. Ana callaba. Se encerraba en sí misma. Le gustaba viajar a sitios exóticos. Cogía vacaciones y salía mochila en mano, cámara colgada. Ignacio no lo entendía. —¿Por qué no ir con los amigos al pueblo? Tienen una barbacoa, la mejor sidra, tenemos que hacernos con una parcela ya. Ana se negaba, le invitaba a acompañarla en sus viajes. Una vez lo intentó. Nada bueno. Todo diferente, idiomas raros, comidas imposibles de picantes. Y las bellezas le daban igual. Ana empezó a irse sin él. Dejó el trabajo también. —¿Y la jubilación? —protestaba Ignacio—. ¿Pero tú quién te crees, una gran fotógrafa? ¿Sabes la pasta que hay que invertir para tener éxito? Ana no contestaba. Un día, tímida, le dijo: —Tendré mi primera exposición. Mía, solo mía. —Exposición tiene cualquiera, —bufó Ignacio. — Menudo mérito. Aun así, fue a la inauguración. No entendió nada. Caras extrañas, nada bonitas. Manos arrugadas, gaviotas sobre el mar. Todo raro, como Ana. Se rió de ella. Y Ana le regaló un coche. Así, porque sí, somos familia, úsalo. Ni le habían interesado nunca los coches, pero ella lo pagó con lo que iba ganando con sus fotos y encargos. Ahí empezó Ignacio a inquietarse. ¿Qué clase de bicho tenía por esposa? ¿De dónde salía esa pasta? ¿Tendría líos con hombres? Imposible que la fotografía diese para tanto. ¿Estaría saliendo con alguien? Si no lo hacía ya, seguro que lo haría. Un día, como lección, le soltó una bofetada, suave. Ella cogió un cuchillo de cocina, de un tajo le pasó por la barriga—dos puntos le dieron. Suerte que no atinó. Luego pidió perdón. Ignacio no volvió a levantarle la mano. Ana era fanática de los gatos. Los rescataba, cuidaba, curaba, daba en adopción. Siempre tenían por lo menos dos en casa. Mimosos y buenos, pero ¿se pueden querer a esos bichos más que a tu propio marido? Una vez se le murió uno. No pudo salvarle en la clínica. Ana se hundió, lloraba, bebía coñac, se culpaba… Duró así días y días. Ignacio estaba harto. —¿Vas a guardar luto hasta por las cucarachas? La mirada de Ana era tan dura que se calló y se fue. Los amigos de Ignacio, incluso las amigas de Ana, le daban la razón a él. “Se le ha ido la olla, Ana ya no es la de antes”, decían. Así que Ignacio buscó consuelo en la vecina—Irma, amiga de la infancia de Ana. Mucho más sencilla, era dependienta, cero complicaciones, siempre dispuesta al sexo y a la charla. Eso sí, bebía mucho, pero bueno, no pensaba casarse con ella… Esperaba que Ana le pillase, se enfadase, le montase una escena y así poder decir: “¿Y tú? ¿Dónde te pierdes tú?” Luego se perdonarían todo y volvería la familia. Y dejaría a Irma. Pero Ana callaba. Le miraba mal. En la cama, cada vez peor—se encogía siempre que él la tocaba. Se fue a dormir a otra habitación. El hijo creció, terminó la universidad. Igualito que la madre: negro de ojos, rubio y raro. —¿Niños para cuándo? —preguntaba Ignacio. —Cuando haga algo en la vida y encuentre el amor de verdad, papá. Eso de los nietos, ya veremos. Él, otro extraño. Sangre materna. Entre Ana y el hijo, armonía perfecta, se entendían sin hablar. Ignacio se sentía de sobra; esos ojos negros le ponían nervioso. Volvía a encontrar consuelo en Irma cada vez. Hasta que Ana se enteró. Se lo dijo una vecina. Ignacio ni se escondía. Llegó un día a casa; Ana sentada a la mesa, fumando, le susurró: —¡Vete! ¡Lárgate de aquí! Ojos negros, ojeras oscuras. Se fue con Irma. Esperó a que Ana le llamara para volver, y una semana después, mensaje por WhatsApp: “Tenemos que hablar”. Se puso colonia, se duchó, feliz. Ana, nada más verle: —Mañana vamos a poner el divorcio. Todo fue como en sueños. Papeles, firmas, renunció a su parte de piso—total, era de la familia de Ana. —¿Y ahora? ¿Vas a vivir de divorciada? —preguntó Ignacio, a punto de soltarle “¿quién te va a querer así?”, pero se calló. Ana sonrió. Por primera vez en años le sonreía, amplia y sincera: —Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto importante allí. —Por lo menos no vendas el piso, —pidió por pedir—. ¿Adónde vas a volver? —No voy a volver, —respondió Ana, ya exmujer—. Verás, hace tiempo que quiero a otra persona. Es también fotógrafo, de Madrid. Es súper interesante, pero pensaba que yo, casada, no podía, y divorciarnos tampoco tenía sentido. Solo somos diferentes. ¿Por eso se divorcian las parejas? ¿O no? —No, no se divorcian, —confirmó Ignacio. —Pues nosotros sí, —rió Ana—. Primero me cabreé con lo de Irma. Después pensé que era lo mejor. Yo seré feliz, y tú también. Cásate con ella, que os vaya bonito. Y se marchó. —No me casaré, —le dijo Ignacio a su espalda. Pero Ana ya no lo oyó. Desde entonces, no supo nada más de ella. Salvo una vez al año: un mensaje breve por WhatsApp—«¡Feliz cumpleaños! Salud y alegría. Gracias por nuestro hijo.»
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24 de noviembre A veces me pregunto cómo he llegado hasta aquí, a este punto tan extraño en mi vida. Cuando pienso en mi esposa, Lucía, me asombro de lo
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El crujido de una rama seca bajo su pie pasó inadvertido para Iván; de repente, el mundo entero giró ante sus ojos como un caleidoscopio de colores, para estallar en millones de estrellas brillantes que se reunieron en su brazo izquierdo, justo encima del codo. –¡Ay…! –Iván se aferró al brazo herido y soltó un grito de dolor. –¡Iván! –su amiga Sandra corrió hacia él y se arrodilló a su lado–. ¿Te duele? –¡No, hombre, me encanta! –respondió Iván, entre lágrimas y gruñidos. Sandra extendió la mano y rozó suavemente el hombro de Iván. –¡Quita! –gritó él de repente, con la mirada encendida–. ¡Que me duele! ¡No me toques! Para Iván era doblemente doloroso: primero, porque se había roto el brazo y pasaría el mes más aburrido de su vida soportando las bromas de los amigos sobre el yeso; segundo, porque él mismo se había subido al árbol para impresionar a Sandra con su destreza, valentía y hombría. Si la primera razón podía asimilarla, la segunda le hervía la sangre. Además, después de hacer el ridículo delante de ella, ¡encima iba a compadecerle! Ni hablar… Se levantó de un salto, se apañó el brazo como pudo y se fue decidido hacia el hospital. –Iván, no te preocupes, ¡de verdad! –Sandra caminaba a su lado, tratando de animarle–. ¡Todo saldrá bien, Iván! ¡Ya verás! –Déjame en paz –él se detuvo y la fulminó con la mirada, escupiendo al suelo–. ¿Acaso no ves que me he roto el brazo? ¿No te enteras o qué? Vete a casa, ¡déjame tranquilo! Sin mirar atrás, siguió andando por la acera, dejando a Sandra boquiabierta, repitiendo en voz baja: –Todo saldrá bien, Iván… Todo saldrá bien… *** –Don Iván, si no vemos la transferencia de los fondos en las próximas veinticuatro horas nos llevaremos un gran disgusto. Y otra cosa: para mañana dan hielo en las carreteras, así que conduzca con cuidado. Ya sabe… los accidentes ocurren sin avisar. Que tenga un buen día. La voz del teléfono se disipó y quedó un silencio opresivo. Iván arrojó el móvil a un lado y, apretando los puños contra el pelo, se dejó caer en la butaca. –¿De dónde saco ese dinero? Este pago estaba previsto para el mes siguiente… Después de suspirar, tomó de nuevo el teléfono, marcó y se lo puso al oído. –Olga, ¿podemos transferir hoy el dinero a nuestros socios del holding por los equipos? –Pero, don Iván… –¿Podemos o no? –Sí, pero afectará al calendario de pagos… –¡Que les den! Ya lo resolveremos después. Transfiera el dinero hoy. –De acuerdo, pero luego habrá problemas con… Iván cortó la llamada antes de que Olga terminara y golpeó con rabia el reposabrazos. –Malditos vampiros… Algo suave y repentino rozó su hombro; Iván se estremeció y dio un respingo en la silla. –¿No te dije que no me molestes cuando trabajo, Sandra? ¿Te lo dije o no? Su mujer, Alejandra, le besó detrás de la oreja y le acarició el pelo con ternura. –Vania, por favor, intenta no ponerte nervioso… Todo saldrá bien. –¡Ya está bien de que todo vaya bien! ¿No te cansas? Mañana me pegan un tiro y entonces también dirás que “todo saldrá bien”, ¿a que sí? Iván se levantó de un brinco, apartando a Alejandra por los brazos. –¿Qué hacías? ¿Cocinabas el cocido? ¡Pues vete y sigue cocinando! ¡No me pongas más nervioso, que ya tengo bastante! Alejandra resopló y fue hacia la puerta. Antes de irse, giró la cabeza y susurró de nuevo las mismas palabras. *** –¿Sabes? Estoy aquí tumbado y repaso toda nuestra vida… El anciano abrió los ojos y miró con ternura y nostalgia a su esposa envejecida. Su bello rostro surcado de arrugas, hombros caídos, la espalda antes erguida ahora encorvada. Sin soltarle la mano, ella ajustó el gotero de su brazo y le sonrió en silencio. –Cuando he estado en líos, al borde de la muerte, cuando me han pasado cosas terribles… siempre venías tú y decías la misma frase. No sabes lo que me sacaba de quicio. Te habría estrangulado por tu ingenuidad y esa monotonía –intentó sonreír, pero se vio interrumpido por una tos larga. Cuando se recuperó, continuó:– Me rompí huesos, me amenazaron de muerte, lo perdí todo, caí en agujeros de los que pocos salieron, y tú cada vez repetías: “Todo saldrá bien”. ¡Y nunca me mentiste! ¿Cómo lo sabías siempre? –No lo sabía, Iván –suspiró ella–, ¿de verdad creías que te lo decía a ti? Eso era para consolarme. Te he querido toda la vida como una loca. Eres mi vida. Cuando sufrías, mi alma también sufría. Lloré mares, pasé noches en vela… y siempre me repetía: “Que caigan chuzos de punta, mientras él viva, todo saldrá bien”. El anciano apretó suavemente su mano. Le costaba hablar. –Así que era eso… Y yo enfadado contigo. Perdóname, Sanchita. Qué tonto he sido… Toda mi vida pensando sólo en mí. Ella enjugó discretamente una lágrima y se inclinó hacia él. –Vania, no te preocupes… Se detuvo y, mirándole a los ojos, apoyó la cabeza en su pecho inmóvil, acariciando la mano ya fría. –Todo FUE bien, Vania, todo FUE bien…
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El crujido de la rama seca bajo su pie, Iván apenas lo notó. De repente, el mundo entero giró y se mezcló como un caleidoscopio de colores ante sus ojos
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La amante de mi marido Mila estaba sentada en el coche, mirando la pantalla del navegador. Todo correcto: había llegado a la dirección indicada. Ahora solo le quedaba armarse de valor y hacer lo que había planeado. Suspiró hondo, salió decidida de detrás del volante y caminó unos cincuenta metros hasta detenerse ante la entrada de una pequeña cafetería. “Paraíso del Café” —decía el letrero. “Vaya nombre…” —pensó Mila con ironía. Tenía que entrar ahí, pero de repente su fuerza de voluntad la abandonó. ¿Y si daba media vuelta, subía al coche y se marchaba lo más lejos posible? No, Mila no era de esas. No había venido hasta aquí para nada. Tiró del pomo e, inspirando, cruzó la puerta. En breve vería a ELLA: la amante de su marido y rompehogares. ¿Qué sabía de ese mujer? En realidad, poco. La pérfida rival era apodada “Gatito”, aunque, por supuesto, así solo la llamaba su marido, y trabajaba de camarera allí. Mila eligió una mesa junto a la ventana y esperó a que alguien se acercara para tomar nota. Enseguida apareció la camarera. ¡Era sin duda ella! Mila la reconoció: la había visto una vez en foto. Y estaba yendo justo hacia su mesa. Esos segundos le parecieron una eternidad. Le pasaron por la cabeza tantos pensamientos que servirían para un novelón entero. —Buenos días —saludó la camarera, y Mila se fijó en su placa—. “Catalina”. Así que ese es su verdadero nombre. —Vaya, de imaginación tu marido anda escaso, llamando a Catalina “Gatito” —pensó Mila, mientras la joven, sin sospechar nada, continuó—: Si desea ver la carta, avíseme cuando esté lista para pedir. Mila le devolvió la sonrisa más radiante que pudo, mientras analizaba a su rival con la vista de entomóloga. ¿Cómo había acabado así, cara a cara con la amante de su esposo? Es una larga historia; pero, vayamos por partes. Llevaba ya diez años casada y, al menos hasta ahora, se consideraba feliz. Tienen una hija de ocho años, Eva, la niñita de papá —al menos, así lo ve Mila— y sabe bien, como psicóloga, lo importante que es el cariño del padre para una hija. En casa siempre hablan las cosas antes de que sean problemas; nunca han tenido broncas ni enfados graves. Son una familia española de lo más común: piso con hipoteca, coche y un chalet pequeño en la sierra. Y entonces, ¡zas!, la amante aparece como un trueno. Fue por casualidad. Hace unos días, mientras su marido se duchaba, él le gritó para que cogiera el móvil, pensando que era su suegro al teléfono. Al mirar la pantalla, Mila vio otra cosa: una videollamada en WhatsApp, un contacto llamado “Gatito” y la foto de una joven desconocida abrazando a su marido. Más tarde, recibió otro mensaje: “Alex, el lunes trabajo 2/2. Pásate por ‘Paraíso del Café’ al salir; quiero invitarte a nuestro café. Te quiero…”. Mila sintió que el móvil era una víbora. Todo estaba claro: la foto, la llamada, el mensaje. ¿Desde cuándo pasaba esto? ¿Qué hacer ahora con la evidencia? Esa noche, puso una excusa para salir y fue a sentarse en un banco de un parque cercano. Repasó toda su vida de pareja; no se explicaba cuándo empezó la grieta. Pero no era de las que hacen la vista gorda o montan numerito. Necesitaba verlo con sus propios ojos. Los siguientes días, Mila fue un manojo de nervios. Finalmente, decidió ir a la cafetería a enfrentarse a la “amante”. *** —Pondré un café con leche y un pastel, ¿qué me recomienda? —Nuestro “sobao” está muy bien. —Vale, uno de esos. Cuando se lo sirvió la “amante de su marido”, Mila apenas pudo probarlo. Todo le parecía insípido. Había pocos clientes. Eligió ese momento para tener una charla con la camarera: —Casi no he probado el postre… No es por el pastel. Es que no tengo apetito, pienso en muchas cosas. —¿Quiere que le traiga otra cosa? —No, gracias. Pero… ¿Qué haría usted en mi lugar? ¿Terminaría el postre o pediría el divorcio? —La miró fijamente. Catalina parecía desconcertada, pero Mila siguió. —¿Lleva mucho trabajando aquí? ¿Es estudiante? ¿De qué? —Sí… Estudio una carrera creativa, en la Universidad de Cultura. Mila dejó de interrogarla. ¿De verdad había valido la pena ir allí? Pidió la cuenta y dejó una propina generosa antes de marcharse. *** Algo decidió esa tarde: celebraría el décimo aniversario de bodas, como habían planeado. Eva tenía mucha ilusión. Ya hablaría con Alex después. Durante la celebración familiar, justo cuando traían el pastel, Mila no daba crédito al ver quién lo traía: ¡Era Catalina! Su marido le sonrió con complicidad. —Feliz aniversario, cariño. Este pastel es para ti. Tras el brindis, Alex reveló el secreto: —Ya os conocéis, imagino. Todo ha sido una broma. Contraté una agencia que organiza celebraciones diferentes, con actores y todo. En nuestro caso, mi supuesta “infidelidad”. Lo has afrontado con mucha entereza y sabiduría, de verdad, chapó… Mila temblaba de indignación. Gritó a Alex: —¡¿Esto te parece apropiado?! ¡¿Esto es tu idea de celebrar un aniversario?! Aprovechando la situación, cogió el plato de pastel y se lo plantó en toda la cara a su marido. —Toma, ¡aquí tienes toda la “chispa” que te faltaba! Alex, con la cara cubierta de crema, se quedó pasmado. —¿Pero tú estás loca? —No, simplemente animando la relación como tú querías… Y salió del local dando la mano a Eva. —¿Nos vamos a separar, mamá? —preguntó la pequeña. —No lo sé todavía, cariño. Ya veremos. Vamos juntas, ¿vale? Y así, madre e hija se alejaron por la calle, bajo la luz caída del atardecer.
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La amante de mi marido Marina se encuentra sentada en el coche, observando la pantalla del navegador. Todo está correcto, ha llegado a la dirección que buscaba.
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«¡Aquí nos quedamos hasta verano!»: Así eché a la descarada familia de mi marido, cambié las cerraduras y recuperé la paz en mi piso del centro El portero automático no sonó, sino que aulló, exigiendo atención. Eran las siete de la mañana, sábado, único día en que pensaba dormir a pierna suelta tras entregar el informe trimestral… (sigue el relato)
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¡Vamos a vivir aquí hasta el verano!: cómo eché a la caradura de la familia de mi marido y cambié la cerradura El portero automático no sonó: rugió, exigiendo audiencia.
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La novia equivocada. Valentín era el alma de cualquier fiesta. Nunca se había anunciado en periódicos ni en televisión, pero su nombre y su teléfono circulaban de boca en boca, pasando de amigo en amigo por ese “radio patio” tan nuestro. ¿Maestro de ceremonias en un concierto? ¡Por supuesto! ¿Animador de cumpleaños o bodas? ¡Encantado! Hasta condujo la fiesta de fin de curso de un colegio infantil, conquistando no sólo a los niños, sino también a sus madres. Todo empezó casi por casualidad. Un amigo cercano se casaba, el presentador contratado de antemano no apareció porque, según se supo después, había cogido una buena borrachera. No había tiempo para encontrar a otro y Valentín tomó el micrófono. Durante su etapa de estudiante había participado en el grupo de teatro «Logos», fue fijo en las «Primaveras Universitarias» y en el concurso de humor KVN, así que el improvisado evento resultó un éxito total, y en el propio salón de bodas otras dos personas le pidieron animar también sus celebraciones. Tras terminar la universidad, Valentín entró a trabajar en uno de los institutos científicos de la ciudad, donde cobraba un sueldo ínfimo. Sin embargo, sus primeros ingresos como animador le motivaron tanto que aceptaba cualquier encargo, recibiendo además de gratificación económica, una gran satisfacción personal. Pronto, lo que sacaba en esas celebraciones multiplicaba por diez su sueldo de joven científico. Tras apenas un año, Valentín se decidió: dejó el instituto, se compró un equipo de sonido profesional, abrió una pequeña empresa y empezó a dedicarse oficialmente al mundo del espectáculo. Al mismo tiempo, tomó clases de canto, porque voz y oído no le faltaban, y poco después, además de animador, se convirtió en animador cantante, actuando hasta tres veces por semana como cantante en un restaurante. Y así, a sus 30 años, Valentín era apuesto, bien situado y conocido como buen cantante, DJ y maestro de ceremonias capaz de levantar de la silla al público más apático. Soltero convencido (¿para qué más con tantas chicas dispuestas?), veía cómo todos sus amigos iban formando familia, y poco a poco empezó a imaginar su propia felicidad hogareña. Pero el problema era: ¿con quién? Las relaciones fáciles no le interesaban más allá de lo evidente: quería encontrar a la mujer definitiva, para toda la vida. — Habrá que enamorar a una muchacha jovencita, educarla “a mi manera”, y casarme con ella cuando cumpla los 18. ¡La esposa perfecta! —decía en broma. Incluso comenzó a aceptar trabajos como animador de fiestas de graduación en institutos, con la esperanza de encontrar allí su media naranja. Pero las jóvenes de hoy, pensaba Valen, no eran como él imaginaba, así que seguía buscando, fijándose en las más jovencitas, como él decía “acechando a la presa rara”. Y entonces, los dioses decidieron echarse unas risas a costa de mi primo. Al principio nada hacía presagiar lo que estaba por venir. Llamó una señora recomendada por conocidos: — Buscamos maestro de ceremonias para una boda. ¿Está libre el 17 de junio? ¡Perfecto! ¿Podemos vernos? Se reunieron. Y ahí, según Valentín, comprendió por primera vez eso de “el suelo se abre a tus pies”. La mujer, que se presentó como Xenia, era deslumbrante; jamás había visto nada igual en persona. Hablaba claro, con seguridad, era tan hermosa como inteligente. Al mirarla, Valentín calculó que tendría unos 25 años, quizá algo más, pero en la conversación mencionó que había sido de la Juventud Comunista, así que debía rondar los 40 como mínimo. Acordaron todo y firmaron un contrato, aunque Xenia protestaba: – ¿Para qué? Confío en usted, sus recomendaciones son excelentes. Valentín siempre trabajaba con contrato, no sólo por cumplir él, sino porque exigía lo mismo a los clientes. Insistió. Mientras tanto, el móvil de Xenia sonó con un mensaje: — Ah, es el novio, que ya viene a por mí. ¿Puede llevarme? Valentín salió para despedirla. Solía hacerlo para observar las dinámicas entre los novios. Pero en esta ocasión, lo movía la envidia. Se imaginó a un hombre maduro, pero del coche bajó un chico aún más joven que él: — ¿Todo bien, Xenia? —ella sonrió y él le abrió la puerta. — ¿Va a ser usted el animador de nuestra boda? Encantado, me llamo Roberto, el novio —le tendió la mano a Valentín. Valentín quería golpearle, borrar de un puñetazo esa sonrisa triunfal, pero sólo alcanzó a estrecharle la mano: — Valentín. Encantado. Desde ese día, Valentín perdió el sueño. Cualquier excusa le valía para llamar a Xenia, escuchar su voz, verla. El día de la boda se acercaba y Valentín creía volverse loco. Incluso pensó en rechazar el trabajo, aunque eso implicara perder la oportunidad de ver a Xenia. A veces, el propio Roberto se aparecía por la oficina: — Xenia me pidió que te trajera esto… Valentín lo odiaba con toda su alma. Incluso pensó en abandonar el encargo y perder su buena reputación, pero eso sería renunciar a volver a ver a Xenia. Su única confidente, una amiga fiel, le preguntaba con ironía: — ¿Y las colegialas? ¿Ya no quieres tu esposa perfecta? Valentín siempre contestaba de mala gana: — ¡Anda ya! Xenia es la mujer ideal, ninguna otra me interesa. — ¡Díselo! —le aconsejaba su amiga. Pero él sólo respondía: — ¿Estás loca? Va a casarse con otro, eso significa que le quiere. ¿Para qué iba a interesarse por mí? Dos días antes de la boda, Xenia volvió «para pulir el guion y que todo salga perfecto». Como en la oficina estaban con reformas, se vieron en el piso de Valentín. Charlaron mucho, rieron, estaban en su salsa. Al despedirse, Valentín propuso un brindis con champán: — Por una boda perfecta. Xenia aceptó riendo, y entre risas y el efecto del champán, Valentín se atrevió a besarla. Para su sorpresa, ella le correspondió. Perdieron el control. Cuando Valentín despertó al amanecer, apenas podía creer lo sucedido… No quedaban rastros de Xenia, excepto el suave aroma de su perfume en la almohada. Sí, había pasado. Le costó asumirlo. ¿No ocurriría nada en la boda? Marcó el número de Xenia: — Hola… Ella, con naturalidad, contestó: — ¡Hola! Perdona por irme sin despedirme, ¡pero imagina el lío que tengo! La boda es mañana… — ¿Va a celebrarse la boda? – preguntó, con la voz ahogada. — Claro, ¿por qué no? ¡Todo va de maravilla! ¿Son todas las mujeres igual de frías? ¿Iba a mirar a su novio a la cara después de esto? ¿Debería boicotear la boda? ¿De verdad quería a una mujer así? Luego, sinceramente, se respondió: sí. La quería, fuera como fuera. Al día siguiente llegó pronto al restaurante. Las decoradoras terminaban el salón y coqueteaban con él. Entonces… No pudo creerlo: Xenia se acercaba. — Hola. He escapado nada más terminar el registro civil porque necesitaba verte —le sonrió—. ¿Pero qué te pasa, Valen? — No entiendo nada —balbuceó él—. ¿Entonces… ya te habías casado? ¿Y luego has venido aquí? — Claro, ¡cabeza hueca! ¿Por qué iba a irme de fiesta por ahí con los jóvenes si podía estar contigo? ¿No te alegras? — Espera, ¿con qué jóvenes? ¿Acaso no te casas tú? Xenia le miró atónita y luego rompió a reír, una risa limpia y contagiosa que hizo sonreír a Valentín. — ¡Por supuesto que no! ¡Se casa mi hija, Ksenia! Ella estudia en Barcelona y acaba de llegar ayer —de repente, dejó de reír—. ¿En serio pensabas que yo era la novia? ¿Y que dos días antes de la boda me iría con otro? ¡Vaya imagen tienes de mí…! Por fin lo entendió: Xenia nunca había dicho “yo” o “nosotros”, siempre hablaba de “la novia y el novio”. Y Roberto jamás la llamó “Ksenia”, siempre “Xenia” y de usted. ¿Cómo no lo había notado antes? Qué ridículo. Entonces, al fin, Valentín se atrevió con la gran pregunta: — ¿Y tú? ¿Estás libre? —Al verla asentir, lanzó—: ¡Cásate conmigo! Por favor… La boda de la verdadera pareja fue fabulosa, Valentín se superó, los invitados estaban felices. Los novios fueron a darle las gracias: — ¡Muchísimas gracias! No sabemos cómo agradecerte. — Yo me encargaré de ello —apareció Xenia, — Id, el coche os espera; aquí mando yo. La noticia de que Valentín se casaba con una mujer nueve años mayor corrió rápida entre los familiares. Al principio lo miraron con recelo, pero al ver a la novia todos coincidieron: — ¿Y quién no se iba a enamorar de una así? Xenia y Ksenia compartieron maternidad con apenas dos semanas de diferencia.
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La novia de otro. Valentín siempre tenía la agenda a rebosar. Jamás necesitó anunciarse ni en los periódicos ni en la televisión, pero su nombre y su teléfono
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Amigos que llegan con las manos vacías a una mesa puesta: cerré el frigorífico y se acabó la fiesta — La historia de Irene, el arte de ser buena anfitriona, la cara dura de los invitados y cómo proteger tu hogar (y tu comida) cuando el abuso supera la generosidad
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Diario de Domingo, 12 de marzo Hoy, lo confieso, he aprendido mucho sobre los amigos y sobre mí mismo. Todo empezó, como siempre, con la ilusión y el cansancio.
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Papá de los domingos. Relato. ¿Dónde está mi hija? — repitió Olesia, sintiendo cómo le castañeaban los dientes, sin saber si del miedo o del frío. Había dejado a Zlata en una fiesta infantil, en la ludoteca del centro comercial. Apenas conocía a los padres de la cumpleañera, sólo de vista, pero había dejado a su hija tranquila — no era la primera vez en una fiesta así, era lo habitual. Pero aquel día se había retrasado — el autobús no llegaba. El centro comercial estaba en un sitio incómodo, todos venían en coche, pero Olesia no tenía. Por eso, llevó a su hija en autobús, volvió a casa por sus clases particulares — no podía cancelarlas — y después volvió a recogerla. Sólo llegó quince minutos tarde, corrió por el aparcamiento helado, jadeando. Y ahora, la madre de la cumpleañera, una chica bajita de ojos azulados, la miraba sorprendida y repetía: — Pero si se la ha llevado su padre. Pero Zlata no tenía padre. Bueno, sí lo tenía, pero nunca había conocido a su hija. A Olesia su encuentro con Andrés le pilló por sorpresa — paseaba por el paseo marítimo con una amiga, ésta se torció el tobillo y unos chicos les ofrecieron ayuda. Justo como en una peli famosa, ellos mintieron diciendo que estudiaban en la Universidad Complutense, que uno era hija de general y otra de catedrático. ¿Por qué lo harían? Tonterías de juventud. Pero cuando Olesia quedó embarazada y Andrés supo que estudiaba magisterio y que su padre era conductor de autobus, le metió unos billetes en la mano para un aborto y desapareció. Olesia decidió no abortar y jamás se arrepintió — Zlata era su compañera, sensata y fiable como nadie. Siempre estaban felices las dos, mientras Olesia daba clase, Zlata jugaba con sus muñecas, luego preparaban un cocido de leche o huevo poche, tomaban té con galletas untadas en mantequilla. Dinero, el justo — todo se iba en alquiler — pero ni Olesia ni Zlata se quejaban nunca. — ¿Cómo han podido entregar a mi hija a un extraño? La voz de Olesia temblaba, las lágrimas asomaban a sus ojos. — ¿A un extraño? — se irritó la mujer de los ojos redondos y azules. — ¡Pero si era su padre! Olesia podría haberle dicho que no existía tal padre, pero no servía de nada. Tenía que buscar a los vigilantes, pedir las grabaciones de las cámaras y… — ¿Cuándo ha sido? — Hace diez minutos… Olesia dio media vuelta y corrió. Cuántas veces advertido a Zlata ¡no te vayas con extraños! El pánico la paralizaba, todo se le nublaba, varias veces chocó con alguien, pero ni se disculpó, siguió corriendo. Por puro instinto, gritó: — ¡Zlata! ¡Zlataaaa! En el gran área de restauración reinaba el bullicio, casi nadie notó sus gritos; unos pocos se giraron. Aspirando aire a bocanadas, Olesia intentaba decidir adónde debía ir primero. ¿Quizás aún no se habían ido? ¿Quizás…? — ¡Mamá! Al principio no se lo creyó. Su hija, con la chaqueta abierta y la cara pringada de helado, corría hacia ella. Olesia la abrazó con tal fuerza que si la soltaba, se caía al suelo (quizás era así). Fijó la vista en el hombre. Correcto, pelo corto, suéter tonto con muñeco de nieve y un helado en la mano. Parecía leer en los ojos de Olesia lo que iba a soltarle, porque empezó a balbucear: — ¡Perdón! ¡Ha sido culpa mía! Tenía que haberla esperado aquí, pero quise darle su merecido a esos mocosos. ¿Sabe usted?, se burlaban de ella. Le decían que no tenía padre, que nunca iría a buscarla porque era fea. Quise defenderla: le dije “hija, vamos a por un helado mientras viene mamá”. No pensé que se asustaría tanto… Olesia temblaba. No pensaba confiar en el desconocido. ¿De verdad se burlaban de Zlata? Miró a su hija, la niña captó al instante la pregunta. Se sonó la naricilla, alzó la barbilla. — ¡Da igual! ¡Ahora yo también tengo papá! El hombre se encogió de hombros, Olesia no logró articular palabra. — Vámonos, — por fin suspiró ella. — Se nos hace tarde, perdemos el bus. — ¡Espere! — el hombre avanzó, se detuvo, saludó incierto con la mano. — Si quiere, les acerco en coche. Ya que estamos… No se preocupe, no soy un pirado. Me llamo Arturo. ¡Lo juro, soy buena gente! Mire, ahí está mi madre, puede preguntarle. Señaló a una mujer de pelo violeta ocupada en leer en una mesa. — Si quiere, vamos y ella le da referencias. — No lo dudo, — masculló Olesia, que aún se moría de ganas de sacudirle. — Gracias, nos apañamos. — Mamá… — Zlata le giró el abrigo. — ¡Que vean que el papá nos lleva! En la ludoteca seguían la cumpleañera, su madre y otra niña, cuyo nombre Olesia no recordaba. En los ojos de su hija había tanta súplica, y cruzar el hielo así sería un calvario. Así que no se lo pensó más. — Vale, — soltó. — ¡Genial! ¡Un minuto, aviso a mi madre! “Un niño de mamá”, pensó Olesia sarcástica. En ese instante la señora de los violetas les saludó sonriente y Olesia se giró deprisa. ¡Menuda situación! Por el camino evitó mirar a Arturo, pero notó lo delicado que era hablando con Zlata. La niña no paraba de charlar — Olesia nunca la había visto así. Pero al llegar al portal, a Zlata le cambió la cara. — ¿Ya no nos veremos? — susurró al hombre, mirando de reojo a su madre. Olesia se vio bajo el escrutinio de Arturo, pidiendo permiso. Iba a decirle “no, Zlata, no seas impertinente”, pero al verle la carita triste, no pudo. Buscó la mirada de Arturo, asintió. — Si tu madre lo permite, puedo invitarte a ver una peli de dibujos el finde. ¿Has ido al cine alguna vez? — ¿De verdad? ¡No, no he ido! Mamá, ¿puedo ir con papá al cine? A Olesia le invadió la vergüenza, así que aceleró. — Zlata, sólo si cumples dos condiciones. Uno: no debes llamar papá a un desconocido, dile tío Arturo, ¿vale? Dos: al cine voy con vosotros, ¡recuerda lo que te he dicho! Nunca te vayas con extraños aunque parezcan simpáticos. — Yo también se lo he dicho, — intervino Arturo. — Que no hay que ir con desconocidos… — ¿Entonces puedo ir? — Te he dicho que sí. — ¡Biennn! Olesia sabía que debería cortar esas tonterías, pero no podía. No tenía a nadie en el mundo salvo Zlata. ¡Si pudiera pedir consejo! Por ejemplo, a su madre. Apenas la recordaba — murió cuando Olesia tenía cinco años, como Zlata ahora. Un niño cayó en el río helado y nadie se atrevía, ella sí. Salvó al niño pero… el resfriado se llevó a su madre en una semana — era diabética, con mala salud. Y Zlata tenía diabetes: eso preocupaba mucho a Olesia — los genes eran cosa suya. Hasta el siguiente fin de semana, Olesia lo pensó mucho pero, al final, todo salió diferente: Arturo apareció en el cine con su madre. — Para que no pienses que soy raro, mama puede recomendarme bien, — sonrió. — Pues claro que es raro, — dijo la madre, riéndose: se notaba lo mucho que quería a su hijo. Claro que cuando Arturo llevó a Zlata por palomitas, su madre habló con Olesia de verdad. — ¿Puedo tutearte? Mi hijo también creció sin padre. Estuve casada cuatro veces, el último marido era ideal, Arturo es igual que él. Pero el destino quiso que no llegase a sostener a su hijo antes de morir. Infarto. Cuando nació Arturo, no sé cómo sobreviví. Los otros maridos ayudaron… ¿Qué cara pones? Aún me llevo bien con ellos, el primero me sigue queriendo, el segundo no era de nuestro sexo, el tercero demasiado mujeriego para conformarse. Ellos intentaron suplir la figura paterna, pero un padre es un padre. Por eso se ha volcado tanto con Zlata — a él también le acosaban en clase. ¡Cuánto protesté a los profesores! No sirvió de nada, hacían retos absurdos por demostrar a los chicos que era un hombre. Una vez casi se mata… Desde luego, era una mujer interesante. Bajita, delgadísima, pelo violeta, vestida de Chanel y un libro de Donatella en mano. A Olesia le encantó. — No te preocupes, no hay malas intenciones, sólo bondad, — le guiñó el ojo y añadió: — Y tú también le has gustado, ¿eh? Olesia se sonrojó. ¡Solo faltaba eso! Sabía que no debía dejarse llevar, pero daba pena por Zlata… A la salida Olesia intentó pagar las entradas de cine, pero Arturo negó con la cabeza. — Cuando invito a una chica al cine, pago yo. A Olesia tampoco le gustaba eso — ella estaba acostumbrada a pagar lo suyo, a no depender de nadie. Y ese rollo de gustarse, una tontería, eso no pasa. Al llegar a casa, Zlata preguntó: — Papá, ¿a dónde vamos la próxima vez? — ¡Zlata! — la regañó Olesia. La niña se tapó la boca con las manos. — Podemos ir al Museo de Ciencias Naturales, — respondió Arturo, como si no notara nada — ¿qué os parece? — ¡Genial! Mamá, ¿vamos? — Id vosotros, — contestó Olesia seca. — Llevad a doña Catalina, que le encantan las mariposas. Bajó del coche la primera, deseando acabar con esto. De soslayo oyó a Arturo decirle a Zlata: — Cuando tu madre no escuche, puedes llamarme papá. Así fue como Zlata tuvo un “papá de los domingos”. A veces Olesia iba con ellos, otras dejaba a Zlata si iba con doña Catalina — no acababa de fiarse de Arturo, aunque Zlata siempre volvía hablando maravillas de lo divertido que era. Involuntariamente, Olesia se contagiaba del entusiasmo, pero no se dejaba llevar: no creía que existieran príncipes de cuento. Además, la madre de Arturo siempre la recomendaba tanto que ella pensaba: ¿qué le pasa? ¿Por qué iba a emparejar a su hijo con una chica normalucha? Pero poco a poco, el corazón de Olesia empezó a derretirse. Arturo lo hacía todo con mucha delicadeza — le dejaba una chocolatina en la estantería, siempre le pedía permiso al invitar a Zlata, buscaba su mirada en el coche. Pero sobre todo le gustaba doña Catalina — ¡era encantadora! Si Arturo no fuera su hijo, a ella seguro que le pediría consejo. Un día, él llamó para proponerle ir al cine. Zlata enseguida apareció — susurró: — ¿Es Arturo? Y se sentó feliz a su lado. — Sí, claro, Zlata estará encantada, — respondió por rutina Olesia. — Espere… Pero invito a Zlata y a ti… O sea, que vayamos los dos juntos. Solos. Y de fondo sonó la voz de doña Catalina: — ¡Por fin! — ¡Mamá, deja de escuchar! Ay, Olesia, disculpa. Siempre cotilleando. En ese momento, Zlata susurró: — ¿Te ha invitado al cine? Olesia se rió. — Yo también tengo orejas… Escucha, Arturo… — ¡Por favor, no me digas que no! Dame una oportunidad, prometo ser un caballero. — ¡Lo de los ojos, Temo! — interrumpió doña Catalina. — ¡Dile lo de los ojos, lo que dijiste, que tiene los ojos iguales a su madre…! Como si le echara agua helada por la cara. Olesia no comprendía: ¿su madre? Arturo le gritó algo a la madre, luego dijo: — Olesia, ahora voy y te lo explico todo. ¿Puedo? Una explicación le venía bien. Olesia paseó de un lado a otro hasta que él llegó, y Zlata, como si supiera, se puso a dibujar en su mesa. — Tenía que haberte lo contado antes, — dijo Arturo — y quería hacerlo, pero me gustaste tanto… No quería que pensaras que era por tu madre. Por tu madre, digo… Además, temía que me odiaras. Porque ella murió por mi culpa… Hablaba atropelladamente, saltando de tema, mirada suplicante. Olesia temblaba, como en la ocasión que creyó que Zlata desaparecía. — ¿Me perdonas? Olesia no dijo ni palabra durante ese monólogo, logró responder: — Tengo que pensarlo. — Mamá, por favor, perdona a papá… Arturo abrió mucho los ojos a Zlata recordando el trato. Y volvió a mirar a Olesia. Ella repitió: — Necesito tiempo. ¿Lo entiendes? Quería preguntarle mil cosas, pero no le salían las palabras. Cuando llamó doña Catalina, la cosa fue distinta: ella se lo aclaró todo. — Él no sabía que ella había muerto, yo le protegía siendo niño. Luego, por error, le conté lo que pasó y Temo quiso encontrarte. Aquella tarde quería conocerte para ayudarte, pero primero lo de Zlata, y luego tú… Se enamoró a primera vista, temía que lo malinterpretaras. No lo culpes: él era el que intentó demostrar a los chicos que era hombre de verdad, aunque no tuviera padre. Todos tenían miedo de cruzar el hielo, pero él se atrevió y… Doña Catalina no presionaba a Olesia, pero defendía mucho a su hijo. Mientras, Zlata sí insistía: — Mamá, ¡él es bueno! ¡Te quiere, me lo ha dicho! Y puede ser mi padre de verdad, ¿lo entiendes? Olesia lo entendía. Pero era…¿incorrecto? Pasó casi un mes, sin poder hablar con él. No respondía al teléfono, ni leía sus mensajes. Cuanto más demoraba, más ganas tenía de llamar. Pero cada vez era más imposible. Zlata la despertó una noche. Lloraba, le dolía la tripa. Ya se quejó la noche anterior, Olesia pensó que sería el kéfir. Ahora ardía de fiebre — no hacía falta tomar la temperatura. Manos temblorosas llamó a urgencias, y después — sin saber por qué — a Arturo. Él llegó junto con los médicos: con pantalón de casa, despeinado y medio dormido. Y fue con ella al hospital, tranquilizándola y prometiendo que todo iría bien. Aunque él mismo temblaba de miedo. — Peritonitis tampoco es tan grave, — repetía — ¡todo irá bien! Olesia le agarró la mano — quizá para calmarle a él, quizá para calmarse ella. En la sala de espera hacía frío, ninguno traía ropa abrigada, se sentaron pegados, dándose su calor. Ante el médico, Arturo preguntó primero cómo fue la operación. Olesia se quedó quieta, sin atreverse a moverse. Si a Zlata le pasaba algo, ella no sobreviviría. Pero todo fue bien. Los médicos hicieron su trabajo perfecto y Zlata fue valiente — luchó por vivir aunque, según el doctor, estuvo al límite. — Parece que la protege un ángel bueno, — dijo el médico. Olesia susurró: gracias, mamá. Arturo dio las gracias al médico, y éste les mandó a casa — a Zlata no se la podía ver, estaba en la UCI, los padres necesitaban descansar. Él la llevó a casa y Olesia pensó que pediría entrar, pero se mantuvo callado. Así que ella dijo: — Ya está amaneciendo. ¿Quieres subir, te preparo café? Y, de repente, se dio cuenta de que sí quería que subiera. Que se quedara. Para siempre. Zlata se recuperó rapidísimo — todo el hospital lo notó. — Es porque tengo mamá y papá, — decía la niña feliz. Y nadie, salvo Olesia y Arturo, entendía tanto entusiasmo…
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¿Dónde está mi hija? repetí, sintiendo cómo me castañeaban los dientes, sin saber si era de miedo o de frío. Había dejado a Alba en una fiesta, en la sala
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Dos rayas en el test fueron su pasaporte a una vida nueva y el inicio del infierno para su mejor amiga. Celebró su boda entre los aplausos de los traidores, pero el desenlace de esta historia lo escribió aquel a quien todos consideraban una simple pieza tonta del tablero.
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Dos líneas en el test fueron su pasaporte hacia una nueva vida y el billete directo al infierno para su mejor amiga. Celebró la boda entre los aplausos
Life Lessons
La carta perdida: Un encuentro inesperado en la nieve, la inocente petición de un niño madrileño a los Reyes Magos, y el gesto solidario de una familia que devuelve la ilusión navideña a quienes más lo necesitan
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Madrid, 15 de diciembre Hoy, al salir del trabajo, el aire era frío y bajo mis pies la escarcha crujía suavemente. Me vino a la memoria mi niñez en Valladolid
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Julia esperaba en la puerta del portal. Todos los vecinos sabían que la familia del piso 22 se había marchado por mucho tiempo, y ahora en el barrio vivía una perra decidida a esperarlos… Esto ocurrió a principios de los años 90 en una pequeña ciudad de provincia. Una mañana de junio, frente a la librería, se escuchó de pronto el chirrido de unos frenos. Las dependientas salieron corriendo ante el jaleo, pero al llegar a la calle, esta parecía desierta. Prácticamente vacía… Junto al bordillo yacía una perra. Gemía y trataba inútilmente de incorporarse, pero sus patas traseras no le respondían. La más valiente de las chicas, Vera, corrió enseguida hacia el animal. Hablándole con cariño y tocando con cuidado el hocico y el lomo, intentó averiguar lo sucedido. —¿Qué pasa, Vera? Junto a ella, sin atreverse a acercarse más, permanecían Natasha y la encargada, Elena Victoria. Les horrorizaba descubrir alguna herida espantosa, aunque la perra no mostraba lesiones externas. Pero la forma en que arrastraba sus patas traseras evidenciaba una grave lesión. —Chicas, deberíamos llevarla al almacén —propuso Vera—. Puede que se recupere. No podemos dejarla en la calle. Natasha miró a la encargada y ella, tras dudar un momento, accedió: —Vale, voy a preparar algo para que se tumbe… ¿Puedes tú sola? —Lo haré —respondió Vera, buscando la mejor postura. Era una mestiza de tamaño medio, con algo de pastor en la mirada. Flaca, sucia y sin collar: seguramente callejera. Todo el día permaneció tumbada en el almacén, y al caer la tarde, empezó a recuperarse del susto, bebió agua y comió algo, aunque sin moverse. No podía caminar. Al día siguiente, Vera convenció a su padre para que pasaran a recogerla en su descanso y la llevaran al veterinario. En la ciudad solo había una pequeña clínica, sin apenas medios, ni siquiera radiografías, así que el médico no pudo decir nada claro: —Quizás con el tiempo mejore… Es joven y fuerte. Con buenos cuidados vivirá —dijo seriamente—. Pero caminar… muy poco probable. De regreso, nadie habló. Vera abrazaba a la perra en el asiento trasero mientras su padre observaba por el retrovisor y suspiraba. Aquella noche, durante la cena, él le dijo: —Vera, procura no encariñarte demasiado. Ni enseñarle a estar contigo. En otoño nos mudamos. —Lo sé, papá —respondió Vera en voz baja. A la perra la llamaron Julia. Así se quedó viviendo en el almacén de la librería. Las siguientes dos semanas apenas se movió, y luego empezó a salir al patio, arrastrando las patas traseras. —¿Qué hacemos con ella? Se perdería en la calle, y nadie se la puede llevar a casa —comentaban las dependientas—. Menos mal que Elena Victoria permite que se quede aquí. Pero Julia parecía aceptar su situación. Poco a poco exploraba el patio, olfateaba todo, hacía sus cosas y regresaba a su sitio. Los fines de semana las chicas se la llevaban por turnos a sus casas, menos Vera: pronto, se trasladaría con su familia al lejano oriente por trabajo de su padre. Era cierto: el apego haría todo más difícil. Aunque Vera lo sabía bien: el cariño ya estaba allí. Desde el primer cruce de miradas en la carretera. Julia también la miraba de forma especial, con calidez y fidelidad. Un fin de semana, Vera tuvo que llevársela a casa: las demás no podían. —¡Solo una vez! —se excusaba ante la mirada severa de su padre—. Todas tienen planes, viajes, barbacoas… —Nosotros también vamos a la casa de campo —intervino su madre desde la cocina. Julia corrió hacia allí. Era como si supiera que debía ganarse a la madre, la persona clave. Las patas arrastradas causaban compasión, pero Julia además miró con ese gesto triste y hambriento, y en minutos la madre ya le ofrecía: —Pobrecilla… ¿Tienes hambre? Vera, ¿no la alimentáis en la tienda? No te preocupes, vendrás a la casa con nosotros. Habrá barbacoa, te gustará… Vera miró a su padre con intención, pero él solo negó con la cabeza. En la casa de campo Julia fue feliz: barbacoa, el perro vecino Bimo, que la aceptó como a una vieja amiga. Al regresar al piso, se acomodó al lado de la cama de Vera como si siempre hubiese vivido allí. Por eso el regreso matinal a la tienda fue un shock para la perra. Pasó inquieta el día, y al soltarla en el patio, simplemente desapareció. Las dependientas la llamaron, la buscaron, pero Julia no apareció al cierre. Vera estaba destrozada. Caminó llamando a la perra cada pocos pasos: —¡Julia! Julia, ¿dónde estás? Por favor, vuelve… Julia apareció: justo en la puerta del portal, agotada. Se notaba lo duro que le fue el camino. Al ver a Vera, estalló de alegría: chillaba, lamía las manos, se retorcía, como si hasta la cola quisiera moverse. Ya no tenía sentido devolverla a la tienda: conocía el camino a casa. Y tampoco Vera podría volver a encerrarla. —¿Y ahora qué? —preguntó el padre, mirando a Julia feliz junto a su hija. —La voy a curar, papá. Espero que me ayudes. En una semana Vera estaba de vacaciones, y luego pensaba dejar el trabajo. Los dos meses que quedaban antes de mudarse se los dedicaría a Julia. El padre las llevó varias veces a la capital de la provincia, donde sí había clínica con rayos X. Los médicos no garantizaban nada, pero accedieron a operarla —había esperanza. Vera y Julia se instalaron en la casa de campo. Vera la cuidaba cada minuto: medicinas, masajes, ejercicios. Julia parecía aprender a caminar de cero. Al principio parecía inútil. Los padres, en sus visitas, veían pequeñas mejoras: las patas ya no se arrastraban sin vida, aunque no iban rectas. En un mes, Julia corría tras Bimo, con un gracioso vaivén, y poco después solo quedaba una leve cojera. Vera se alegraba, aunque le dolía la cercana despedida. Apenas quedaba tiempo. La vecina, dueña de Bimo, propuso: —Déjamela. Se harán compañía, y el lugar le será familiar, sufrirá menos… El día de la mudanza, Vera llevó a Julia a casa de la vecina, “de visita a Bimo”. Esa tarde, la familia iba en tren a Madrid. Después, avión a Valencia y conexión a Alicante, para terminar en Elche. Tras instalarse y desempaquetar, Vera llamó a la vecina. Escuchó lo que más temía. Por la noche, Julia notó la ausencia de Vera y quiso escapar. Al despertar, solo estaba Bimo. Sin perder la esperanza, la vecina llevó a Julia de vuelta al portal de Vera. Julia la reconoció, pero gruñendo dejó claro que no pensaba moverse. Acudieron los vecinos —todos sabían que la familia del piso 22 se había marchado por largo tiempo, y ahora en el portal había una perra empeñada en esperar. El tiempo que hiciera falta. Ahora Vera llamaba a otra vecina —Olga Nicolasa, del piso 23. Ella la mantenía informada: —Tu Julia está en la puerta como un centinela. No deja que nadie se acerque. He visto a tu vecina de la casa algunas veces —le he intentado convencer, hasta con chorizo, pero nada! Vera trató de mandar dinero para la comida de Julia, pero Olga Nicolasa se negó rotunda: —¡Qué cosas dices, Vera! Todos en el barrio la alimentan. No hace falta dinero… Llegó el invierno. Los vecinos, incluida Olga Nicolasa, dejaban entrar a Julia en el portal para que se calentara. Subía al tercer piso, a la puerta del 22, y se tumbaba en la alfombra. Parecía entender que no había nadie, y al recuperar el calor, volvía a la calle a mantener su guardia silenciosa. Vera también mantenía contacto con las chicas de la librería. A veces iban a ver a Julia, quien las recibía con alegría y agradecía los regalos, pero rehusaba irse con ellas. Vera sentía el corazón partido: deseaba dejarlo todo y volver, pero las circunstancias, también económicas, la retenían en la costa levantina. A principios de los 90, la vida era difícil, y la gente sobrevivía como podía. Solo pudo regresar en junio. Al llegar al portal, Vera vio a Julia. La perra permanecía quieta, con las orejas tensas, pero el temblor del cuerpo delataba que había reconocido a su dueña y temía creer demasiado pronto en la alegría. Después vinieron los abrazos, las lágrimas y la sensación de un milagro. Vera sentía que el corazón le iba a saltar, y Julia también. El verano pasó en un suspiro. En agosto llegaron los padres —el padre tenía un mes de vacaciones, pero en septiembre tocaba otro traslado por trabajo, un año entero. Vera insistió en llevarse a Julia. La madre miró al esposo con incertidumbre y él guardaba silencio, se preocupaba y suspiraba. El viaje sería duro incluso para personas; para una perra sensible a los transportes y a las ciudades, más aún. Se notaba la tensión en el aire. Julia percibía los ánimos y no se separaba de Vera. Pero una mañana el padre dijo que preparasen la documentación de Julia: —Vamos. Hay que hacerle los papeles. Sin vacunas no puede ir ni en tren ni en avión. El veterinario local le hizo el pasaporte tras unas conservas y le puso las vacunas. No quedaba tiempo para más trámites. Por la noche el padre le hizo un bozal a Julia —en esa época era complicado encontrar accesorios para perros. Julia, en las pruebas, se portaba bien, como entendiendo lo crucial del momento, y rebosaba de alegría y orgullo. —Ya está, vendrás con nosotros —dijo el padre al dar la última puntada—. Solo te pido una cosa, Julia: no nos falles… Y Julia no falló. Nunca se arrepintieron de la decisión. Primero viajaron en tren, luego pasaron por aeropuertos y conexiones. Julia voló con ellos en aviones militares por toda la costa mediterránea, conoció la zona del Mar Menor y la costa de Almería. Al año siguiente volvieron a casa. Julia vivió a su lado trece años llenos de luz, bondad y verdadera felicidad —y siempre fue fiel, siguiéndole a Vera a dondequiera que fuera.
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Julia se sentaba junto al portal, como centinela silenciosa. Todos los vecinos sabían que la familia del piso 2ºC había partido por mucho tiempo, y ahora