Life Lessons
Una hija no deseada —¿Cómo queréis llamar a la pequeña? —El médico, ya mayor, miraba con una sonrisa profesional a su joven paciente. —Todavía no le hemos puesto nombre —intervino Natalia, sentada en la silla junto a la cama—. Es un asunto importante, Dasha tiene que pensarlo bien. —No quiero llamarla de ninguna forma —soltó de pronto la joven madre, para sorpresa de todos—. No pienso llevármela. Voy a firmar los papeles para renunciar a ella. —¿Pero qué dices? —Natalia se levantó de golpe y, con una mirada de reproche a la chica, se dirigió al doctor—. No sabe lo que dice. Por supuesto que nos llevaremos a la niña. —Volveré más tarde, descansad —el médico no tenía el menor interés en presenciar la discusión familiar. Nada más cerrar la puerta detrás del hombre, la madre arremetió contra la chica con reproches. —¿Cómo te atreves a decir algo así? ¿Qué va a pensar la gente de nosotras? Bastante tuvimos que mudarnos a esta ciudad intentando que todo fuera discreto. Esa niña debe quedarse en nuestra familia. —¿Y de quién es la culpa? —Dasha sostuvo la mirada desafiante—. Si me hubieras escuchado en su momento, no habría pasado nada de esto. Habría terminado el instituto tranquilamente y habría entrado en la universidad. Así que, si tanto te importa ese bebé, quédatelo tú. La chica se giró hacia la pared, dejando claro que daba la conversación por terminada. Natalia insistió unos minutos, pero entonces apareció la enfermera y la invitó a retirarse: la paciente necesitaba descanso. Dasha se quedó sola en la habitación. Lloraba en silencio sobre la almohada y rezaba, pidiendo a todos los dioses que aquello terminase cuanto antes. Un tímido llamamiento en la puerta la obligó a secarse las lágrimas. Inspiró hondo. —Adelante. Esperaba ver a alguien del personal, o quizá como mucho a su padre. Pero la mujer que entró le era completamente desconocida. —¿Puedo ayudarte en algo? —qué difícil era mantener la máscara de calma absoluta. —He oído… Por casualidad, al pasar… Los médicos estaban hablando cerca de mi habitación —la mujer se debatía, sin atreverse a formular la pregunta directa. —Sí, voy a renunciar al bebé. Es cierto. ¿Es eso lo que te interesa? —He visto cómo tu madre… —¡No es mi madre! —saltó Dasha, perdiendo por completo el control—. Solo es mi madrastra, que se cree mucho. Mi madre está trabajando en el extranjero. —Perdona, no quería molestarte —la otra, incómoda, bajó la mirada—. Es solo que tengo tres hijos y no logro entender tu decisión. Y además he pasado mi infancia en un orfanato y… Me da miedo por tu niña. Ella no tiene la culpa de nada. —A los bebés tan pequeños los adoptan enseguida, eso me han dicho —dijo Dasha, encogiéndose de hombros—. Ni siquiera puedo cogerla en brazos, no digamos ya nada más. Si Natasha no se hubiera metido por medio, yo ahora ni estaría aquí. —Pero ya eres mayor, podías haber decidido por ti misma. Tienes más de quince años, ¿verdad? —¡Pues imagínate el escándalo! —repitió el tono de su madrastra—. ¿Cómo vamos a mirar a la gente a la cara? —No lo entiendo… —Te lo voy a contar —la chica sonrió con amargura—. A lo mejor así dejas de juzgarme. *********************************************** El último curso en el instituto fue desastroso para Dasha. No solo se llevaron a Pasha, su chico, a la mili: además, les pusieron un compañero nuevo en clase. Un pijo madrileño, enviado al pueblo como castigo por su padre, que empezó a acosar a todas las chicas. Solo quería coleccionar conquistas, como de costumbre. Por eso su familia lo había enviado lejos: sus escándalos dañaban su reputación. Macario regalaba cosas caras, las llevaba a discotecas, restaurantes. Las chicas caían una tras otra, todas soñando ser “la princesa” de Madrid. La única en resistir fue Dasha. Ella estaba enamorada y no necesitaba a nadie más que a Pasha. Aparentemente, el nuevo se rindió y buscó otras presas. O eso creyó ella. ¡Qué equivocada estaba! En diciembre, una amiga de Dasha hizo una fiesta de cumpleaños. Toda la clase fue, y Macario, como no, también se presentó. Su objetivo no era precisamente felicitar a la cumpleañera. En mitad de la celebración, Dasha recibió una llamada y salió al pasillo. Cuando regresó, Macario estaba sentado junto a su sitio. No le dio importancia pero pronto se sintió mal. Por la mañana, Dasha apenas pudo abrir los ojos. A su lado estaba Macario, sonriente. —Ves, y decías que no —le soltó como si nada—. Considéralo una compensación. La verdad, me extraña. Tu Pasha ese es un pringado. A Dasha le costó un mundo volver a casa. Se tambaleaba, le dolía la cabeza. La gente la miraba con asco. Ni siquiera sacó las llaves, simplemente llamó al timbre. Sabía que la madrastra estaba en casa. —¿Dónde te has metido? —Natalia, furiosa, la recibió sin contemplaciones—. No has vuelto a dormir, no respondes al teléfono, y vienes hecha una pena. Si tu padre te viera así… —Llama a un médico y a la policía —la interrumpió la chica—. Voy a denunciarlo. Quiero que lo metan en la cárcel. Natalia se puso tensa. Atando cabos, llegó a una conclusión. —¿Quién ha sido? —Macario, ¿quién iba a ser? Solo él es tan bestia. Venga, llama, o llamo yo. —Espera… —Natalia, siempre buscando sacar partido, reflexionó—. Lo van a tapar todo. Mejor hago yo una llamada. Hablamos con su padre, que pague compensación. —¿¡Estás loca!? —Dasha no daba crédito—. ¿Una compensación? ¡Ahora sí que voy yo misma a la policía! —¡Ni hablar! —la arrastró a la habitación. Dasha no tenía fuerzas ni para resistirse—. Encima parecerás la culpable. Todo el pueblo se reirá de ti. Déjalo en mis manos. Dasha ni siquiera tenía móvil, lo había perdido aquella noche, o se lo dejó en casa de la amiga. Y salir tampoco podía: la madrastra cerró la puerta. Le daba vueltas la cabeza, la cama la llamaba… A los pocos días, Dasha se fue a casa de la abuela, que vivía en un pueblo de Castilla-La Mancha, a cien kilómetros. No quería preocuparla, así que fingía normalidad. Un mes después, la verdad se impuso. Aquella noche tuvo consecuencias. Dasha iba a tener un hijo. Natalia estaba encantada. Ese bebé les iba a asegurar la vida. El “abuelo” pagaría generosamente, como siempre. Pero lo importante era no decir nada hasta el quinto mes. A nadie le importaba lo que quisiera Dasha. En cuanto insinuó que quería abortar, la madrastra armó un escándalo monumental y comenzó a vigilarla día y noche. Al futuro abuelo no le hacía gracia, pero dio el dinero, y prometió seguir pagando una buena pensión. ************************************************ —Ahora lo entiendes, ¿no? Todo lo que he tenido que pasar por culpa de este bebé. Pasha no me creyó y me dejó; mis amigas me dieron la espalda; tuvimos que cambiarnos de ciudad. Ni terminé el bachillerato. —Perdona, te he juzgado sin saber nada —la mujer tragó saliva—. Pero la niña sigue sin tener culpa de nada. —¡Dasha, tenemos que hablar en serio! —Natalia entró llevando al padre de Dasha a rastras—. Los extraños, fuera, esto es asunto familiar. La mujer lanzó una mirada compasiva y salió cerrando la puerta tras de sí. —No vas a destruir mis planes. Si dejas al bebé aquí, olvídate de volver a casa. ¿Dónde vas a ir? Tu querida abuela ha muerto, su piso es de tu tío. ¿Te vas a poner a pedir por la calle? —No, se vendrá conmigo —apareció entonces una mujer elegantemente vestida. A Dasha se le iluminaron los ojos. —¡Mamá! ¡Has venido! —Claro que sí. No iba a dejarte sola en un momento así —Alba abrazó a su hija—. Si me hubieras contado esto antes, hace tiempo que te habría llevado conmigo. Pensaba que aquí te resultaría más fácil acabar el bachillerato. —Creí que no te importaba —sollozó Dasha. En el fondo, seguía siendo una niña. —Alguien me había dicho que no querías saber nada de mí. Los regalos volvían sin abrir, no podía llamarte. Pensé que no me lo podías perdonar. Pero bueno —le secó las lágrimas—, nos iremos y te olvidarás de todo… ******************************************************** Dasha se fue. Natalia se quedó con el bebé esperando una vida cómoda. Pero… Cuando el abuelo influyente se enteró, vino a buscar a la niña para llevársela a Madrid. Macario tuvo que reconocer la paternidad, por mucho que no quisiera. Dasha, por su parte, es feliz. Está al lado de la persona más importante de su vida, la que no la abandona nunca…
00
¿Cómo queréis llamar a vuestra pequeña? El médico mayor, con una sonrisa que parecía cosida a su rostro, observaba a su joven paciente, envuelto todo de
Life Lessons
El hijo ajeno — Tu marido es el padre de mi hijo. Con estas palabras, una mujer desconocida interrumpió el tranquilo almuerzo de Cristina en una cafetería del centro de Madrid. Sin el menor recato, la dama tomó asiento frente a ella, esperando alguna reacción. — ¿Y cuántos años tiene tu pequeño? —respondió Cristina con absoluta calma, como si se tratase de algo cotidiano. — Ocho —contestó Marina, frunciendo el ceño. ¡No era la reacción que esperaba! ¿Dónde estaba la indignación, los reproches, el desprecio? — Estupendo —sonrió Cristina, sin dejar de disfrutar el famoso pastel de cereza del Café Gijón, especialidad solo disponible allí—. Verás, llevamos casados tres años, así que todo lo anterior no me importa. Solo una pregunta: ¿Lo sabe Arturo? — No —respondió Marina con fastidio—. ¡Pero no importa! Voy a pedir la pensión alimenticia. Y tendrá que pagar, ¿entendido? — Por supuesto —asintió Cristina—. Mi marido adora a los niños. Si hubiera sabido algo, seguro habría estado presente en la vida de tu hijo. ¿Por cierto, cómo se llama? — Iñigo —respondió automáticamente Marina, aunque pronto se irguió, molesta—. ¿Te da igual que tu esposo tenga un hijo fuera del matrimonio? — De nuevo: lo pasado antes de nuestra boda no me afecta —continuó Cristina con su eterna y serena sonrisa—. Sé perfectamente que me casé con un hombre hecho y derecho, no un crío inocente. Que tuviese relaciones antes es lo más normal. Lo que me importa es ser la única ahora. — Vale, nos veremos en los tribunales. Prepárate para desembolsar todo lo que a mi hijo le corresponde por ley. Marina salió dejando tras de sí un intenso perfume, mientras Cristina contenía una mueca de desagrado. Parecía como si la mujer se hubiera bañado en el frasco entero. — Inténtalo, —murmuró Cristina mientras terminaba su pastel—. Ya veremos cómo te sienta saber que el único sueldo oficial de Arturo son mil euros al mes… El negocio está a nombre de su padre, además cuida de su madre enferma. Apenas sacarás nada… Cristina, de hecho, sentía lástima por el niño. Quizás debería visitarlos, ver en qué circunstancias vivía y proponer una ayuda justa, mensual. Eso, claro, si Iñigo era realmente hijo de Arturo. Ya conocía historias así… ************* La prueba de ADN fue rápida; tener recursos lo hace todo más sencillo. El resultado fue rotundo: Iñigo era hijo de Arturo. Por cierto, el niño le pareció a Cristina demasiado callado y retraído. No era normal que un chaval de ocho años, durante hora y media de trámites y esperas para el análisis, ni se moviera del sitio ni abriera la boca, sin pedir ver dibujos animados ni corretear… Nada de lo que haría cualquier niño de su edad. Era extraño. Cristina sentía más necesidad aún de conocer a aquel nuevo miembro de la familia. Piso en buen barrio, portero en la entrada, vivienda reformada… Cristina no entendía cómo alguien podía vivir así y quejarse de falta de dinero. — El juicio es la semana que viene —anunció Marina con desgana al abrirle la puerta—, allí hablaremos. — Quería conocer mejor a Iñigo. Arturo desea participar en su vida; incluso ha pensado llevarle los fines de semana si se adapta. — ¡Anda ya! —Marina se exaltó. — El juez lo decidirá —replicó Cristina con serenidad—. Es su padre, tiene derecho. Por cierto, no veo ni un juguete… — No me sobra dinero para tonterías —respondió desdeñosa Marina—. Bastante hago con vestirle bien, ¿a qué vienen los juguetes? — ¿De veras? —Cristina echó una significativa ojeada al bolso de Loewe sobre la mesa, la ropa de diseño por el sofá, los cosméticos de lujo junto al espejo—. ¿Dices que no tienes dinero? — Todavía soy joven, quiero rehacer mi vida —masculló Marina. No le gustaba nada el tono de su invitada—. Y eso no es tu asunto. — ¿Y con quién dejas al niño mientras tanto? —insistió Cristina, entendiendo ya la razón del carácter apagado de Iñigo. — Ya es mayor. Puede quedarse solo. ¿Más preguntas? Si no, nos vemos en el juzgado. — Solicitaré un justificante de cada euro destinado al niño —Cristina tampoco quería quedarse allí más tiempo—. Me da miedo que la decisión del tribunal no te guste… ******************* “…el tribunal resuelve estimar parcialmente la demanda de Marina López García, reconocer que Arturo Martín Ruiz es el padre biológico de Iñigo López García y ordenar la inclusión de los apellidos en el registro civil. Se desestima la demanda de pensión alimenticia para Iñigo López García. Se estima la demanda de Arturo Martín Ruiz para determinar la residencia del menor junto a su padre…” Cristina sonrió satisfecha: Iñigo vivirá con ellos. Quizás algún vecino la critique, pero era lo correcto. Todos en la urbanización afirmaban que a Marina le importaba poco su hijo, que le gritaba sin motivo y que incluso usaba la violencia delante de testigos. La psicóloga infantil que trató a Iñigo insistió en la necesidad de retirarle la custodia. A su favor declararon también profesores y antiguos cuidadores. Ahora, Iñigo tendrá habitación propia, juegos, ordenador… Y sobre todo, el amor de unos padres que, aunque llegaron tarde a su vida, le querrán de verdad; porque tanto Arturo como Cristina ya no podían imaginar su hogar sin ese niño extraordinario.
00
Su marido es el padre de mi hijo. Con esas palabras, una desconocida se acercó a donde estaba comiendo tranquilamente Beatriz. Sin el menor reparo, la
Life Lessons
No quiero que tu hijo viva con nosotros después de la boda: El conmovedor dilema de Javier, un padre español, al descubrir justo antes de casarse que su prometida quiere deshacerse de su hijo tras la enfermedad de su madre
00
Tía Mercedes, ¿me ayudas con las mates? susurró tímidamente Iñigo, mirando con esperanza a la novia de su padre. Mañana tengo examen y papá hasta la noche no llega.
Life Lessons
Voy a hacer de él una persona como es debido —¡Mi nieto no va a ser zurdo!— exclamó indignada doña Tamara. Denis se giró hacia su suegra. Su mirada se oscureció de pura irritación. —¿Y qué tiene de malo? Ilya nació así. Es parte de él. —¡¿Parte de él?!— resopló Tamara.—Eso no es ninguna característica, es un defecto, una tara. Aquí siempre se ha hecho igual: la derecha es la mano buena. La izquierda, del demonio. Denis estuvo a punto de reírse. Siglo XXI, y su suegra seguía pensando como en un pueblo de la Edad Media… —Doña Tamara, la medicina ya ha demostrado que… —No me hables de medicina—le cortó—. A mi hijo le corregí eso y salió como una persona normal. Haced lo mismo con Ilya, aún estáis a tiempo. Luego me lo agradeceréis. Se giró y salió de la cocina, dejando a Denis solo con su café y una incomodidad difícil de digerir tras la charla. Al principio Denis no le dio importancia: su suegra con sus ideas trasnochadas, ¿y qué? Cada generación arrastra sus prejuicios. Veía a doña Tamara recolocando dulcemente la cuchara de Ilya de la mano izquierda a la derecha y pensaba: tampoco es tan grave. Los niños son flexibles, y las manías de la abuela no pueden hacerle daño de verdad. Ilya era zurdo desde que nació. Denis recordaba cómo, con apenas un año y medio, cogía los juguetes siempre con la izquierda, cómo empezó a dibujar—torpemente, como todos los niños—pero siempre con la izquierda. Era algo natural, innato en él. Como el color de sus ojos, o el lunar de la mejilla. Para doña Tamara era otra cosa. Ser zurdo era un error de fábrica que había que corregir cuanto antes. Cada vez que Ilya cogía un lápiz con la izquierda, su abuela fruncía los labios como si fuera una indecencia. —Con la derecha, Ilya. La derecha. —¿Otra vez? En esta familia nunca ha habido zurdos ni los habrá. —Reeduqué a Sergio y también te reeducaré a ti. Denis llegó a oír cómo lo contaba a Olga con orgullo. Aquella historia del pequeño Sergio, “también defectuoso”, a tiempo reconducido. Le ataba la mano, vigilaba sus movimientos, le castigaba si usaba la mano equivocada… Y ahora, ¡mira qué hombre hecho y derecho! Había tal seguridad, tal autosatisfacción en su voz… Denis sintió un escalofrío. Tardó en notar los cambios en su hijo. Primero fueron pequeños detalles. Ilya se demoraba antes de coger algo de la mesa: su mano se quedaba en el aire como si resolviese una ecuación. Luego empezó a mirar de reojo a su abuela: ¿me estará vigilando? —Papá, ¿con qué mano tengo que hacerlo? Lo preguntó a la hora de cenar, mirando con miedo el tenedor. —Con la que te resulte natural, hijo. —Pero la abuela dice… —A la abuela ni caso, tú hazlo como te salga. Pero ya no le salía natural. Ilya se liaba, se le caían cosas, se paraba a mitad de acción. De la seguridad infantil pasó a una precaución angustiada. Había dejado de confiar en su propio cuerpo. Olga veía todo. Denis la notaba apretándose los labios cada vez que su madre recolocaba la cuchara de Ilya. O desviando la mirada ante los discursos de la “buena educación”. Olga había crecido bajo semejante yugo, y había aprendido a callar. Mejor tragárselo todo y resistir hasta que pase el chaparrón. Denis lo intentó. —Olga, esto no es normal. Míralo, por favor. —Mi madre quiere lo mejor… —¿Y? ¿No ves lo que le estás haciendo a tu hijo? Olga se encogía de hombros y huía. La costumbre de obedecer era más fuerte que el instinto de madre. Cada día era peor. Doña Tamara, envalentonada, no sólo corregía, sino que ya comentaba cada movimiento de su nieto. Le felicitaba si, por casualidad, cogía algo con la derecha. Suspiraba si lo hacía con la izquierda. —¿Ves, Ilya? Cuando quieres, puedes. Basta con esfuerzo. A tu tío lo hice una persona, contigo haré lo mismo. Denis decidió hablar serio con su suegra. Esperó a que Ilya estuviera jugando en su cuarto. —Doña Tamara, deje a mi hijo en paz. Es zurdo y es normal. No le cambie. La reacción fue aún peor de lo esperado. Doña Tamara se hinchó, herida en su orgullo. —¿Vas a decirme lo que tengo que hacer? He criado a tres hijos y vas tú a enseñarme ahora. —No enseño. Le pido que no toque a mi hijo. —¿Tu hijo? ¿Acaso no tiene genes de Olga? También es mi nieto. Y no permitiré que crezca… así. El “así” lo pronunció con un asco difícil de explicar. Denis supo que había guerra. Los días siguientes fueron una lucha de trincheras. Doña Tamara le ignoraba olímpicamente, hablándole sólo a través de su hija. Denis hacía lo mismo. El ambiente era denso, y a veces estallaba en choques breves y brutales. —Olga, dile a tu marido que hay sopa. —Olga, dile a mamá que me las apaño solo. Olga iba y venía, pálida y agotada. Ilya, cada vez más invisible, se refugiaba en el sofá con la tableta. La idea se le ocurrió a Denis un sábado por la mañana. Doña Tamara estaba santificadamente sobre la cazuela de cocido. Picaba la col con esa velocidad experta de quien lleva 30 años haciéndolo igual… Denis se puso tras ella. —Está cortando mal. Doña Tamara no se giró. —¿Perdón? —La col debe cortarse más fina. Y no al través, sino al hilo de la hoja. Ella bufó y siguió cortando. —En serio —insistió Denis—. Así nadie lo hace. Está mal. —Denis, llevo treinta años haciendo cocido. —Y treinta años haciéndolo mal. Déjeme y le enseño. Se acercó al cuchillo. Doña Tamara se lo quitó de la mano. —¿¡Pero tú estás loco!? —No. Sólo quiero enseñarle a hacerlo bien. Mire —señaló la olla—, hay demasiada agua, el fuego es muy alto, la remolacha la ha echado mal… —¡En mi vida lo he hecho igual! —Eso no es una razón. Hay que reeducarse. Vamos, empiece otra vez. Doña Tamara se quedó quieta, cuchillo en alto, con una expresión de incredulidad genuina. —¿Pero qué dices? —Lo mismo que le dice a Ilya todos los días —dijo Denis, acercándose—. Tiene que reaprender. Así está mal. Así no se hace. Hay que hacerlo con la otra mano. —¡Eso no es comparable! —¿Seguro? A mí me parece lo mismo. Doña Tamara apartó el cuchillo. Las mejillas le ardían de rabia. —¿Comparar mi cocina con eso? ¡He cocinado así toda mi vida porque así me sale bien! —Y a Ilya le sale bien con la izquierda. Pero eso no le importa. —¡Eso es diferente! ¡Él es un niño, aún puede cambiar! —Y usted una adulta con costumbres bien arraigadas. Ya no la va a cambiar nadie, ¿verdad? Entonces, ¿por qué cree tener derecho a cambiarlo a él? Doña Tamara apretó los labios, los ojos relampagueando. —¡¿Pero tú quién te has creído?! ¡He criado a tres hijos! ¡A Sergio le reeduqué y está perfectamente! —¿Y es feliz ahora? ¿Confía en sí mismo? Silencio. Denis sabía que había tocado hueso. Sergio, hermano mayor de Olga, vivía en otra ciudad y sólo llamaba a su madre cada seis meses. —Lo hago por su bien —balbuceó doña Tamara—. Siempre por su bien. —No lo dudo. Pero su “bien” es lo que usted ha decidido. Ilya es una persona. Pequeño, pero con sus cosas. Y yo no voy a dejar que le arranquen sus rarezas. —¿¡Me vas a dar lecciones ahora!? —Las que hagan falta, si sigue igual. Y le comentaré cada paso que haga, cada costumbre, a ver cuánto lo aguanta. Se miraron retadores, y ambos estaban al límite. —Eso es rastrero y ruin —escupió Tamara. —Es la única forma de que lo entienda. Algo se rompió en ella. Denis lo vio: la seguridad a la que se había agarrado durante años, de repente ya no la sostenía. Doña Tamara envejeció ante sus ojos. —Yo sólo… lo hago con cariño —musitó. —Ya. Pues es hora de dejar de querer así. O no verá más a su nieto. El cocido empezó a borbotear. Nadie le hizo caso. Por la noche, cuando doña Tamara se retiró a su cuarto, Olga se sentó junto a Denis. Tardó en hablar, abrazada a él. —A mí de pequeña nunca me defendió nadie —susurró al fin—. Mamá siempre sabía más. Yo callaba. Denis la rodeó con el brazo. —Pues tu madre ya no va a imponer nada en nuestra casa. A nadie. Olga asintió, apretando agradecida su mano. Desde la habitación infantil llegaba el suave rasgueo de un lápiz sobre el papel. Ilya dibujaba. Con la izquierda. Nadie más le dijo que eso era incorrecto.
00
Mi nieto no va a ser zurdo protestó Doña Maruja con energía. Álvaro giró hacia su suegra. Su mirada se ensombreció de molestia. ¿Y qué tiene de malo?
Life Lessons
Tres destinos rotos: secretos de familia, errores del pasado y la herida que nunca sanó – Una historia de madres e hijas en la España de hoy
00
Tres destinos rotos Bueno, bueno… veamos, ¡aquí hay algo que promete ser interesante! Todo empezó con la rutina habitual de los sábados.
Life Lessons
El camino hacia la humanidad
01
Camino a la humanidad Hoy me senté al volante de mi flamante coche nuevo, ese mismo que anhelé durante los últimos dos años. He estado ahorrando pacientemente
Life Lessons
Lección para una esposa — ¡Estoy harto! —exclamó Egor, arrojando la cuchara y mirando con rabia a su esposa—. ¿Tú crees que esto se puede llamar comida? ¡Fideos deshechos, prácticamente convertidos en papilla, y un par de filetes medio crudos! ¿En qué has estado ocupada todo el día? ¿No te despegas del móvil, verdad? — ¿Cómo puedes decir eso? —sollozó Anfisa, ocultando disimuladamente el dichoso aparato—. ¡He estado pendiente de Yarik! ¡Es tan travieso! Ha salido clavado a su padre —añadió vengativa, observando cómo su marido hervía lentamente—. ¡Es muy duro para mí, entiéndelo! ¡Ser madre me ha resultado muy difícil…! —Yaroslav tiene dos años y medio —intervino el hombre esforzándose por mantener la calma—. Hace tiempo que debería ir a la guardería, y tú, reincorporarte al trabajo. ¡Así te sería todo mucho más fácil! — ¿Por qué tengo que enviar a mi hijo a ese nido de virus? —replicó indignada Anfisa—. ¿Quieres que acabemos viviendo en el hospital? — ¡Hay que ocuparse del niño, educarlo y estimularle, por si no lo sabías! — ¡Nos ocupamos! Yarik está a su edad mucho más desarrollado que la media, ¡y así lo dijo la neuróloga en el reconocimiento! —insistió la joven, una discusión recurrente que temía acabara con su hijo en la guardería, cosa que rechazaba rotundamente. No quería ni oír hablar de volver al trabajo, después de tanto tiempo en casa había ya cogido la costumbre de pasar horas navegando por Internet. —¿Y a quién hay que agradecer eso? —Egor perdió la paciencia y golpeó la mesa con tal fuerza que el plato dio un brinco—. ¡A mi madre! Es ella la que se encarga de Yarik cuando tú duermes o estás pegada al móvil. Podrías, al menos, tener la casa decente o preparar una buena cena. ¿Por qué tengo que venir del trabajo a comer ESTO? —miró con desprecio el “exquisito plato” frente a él. — ¡No soy tu criada! Y tampoco tu cocinera. ¡Soy tu mujer! Y tú eres mi marido, tienes que darme una vida cómoda. Y Anfisa realmente creía en eso. Tras decenas de tertulias televisivas y horas perdidas en foros de mujeres, había cambiado su manera de pensar sobre el papel de esposa. Antes pensaba que debía mimar a su marido, ocuparse del hogar y criar a los hijos; ahora tenía claro que eso era cosa del servicio doméstico, y ella se valoraba demasiado como para ponerse a ese nivel. —¿Así que es eso? —Egor, fuera de sí, escuchó su encendida réplica—. Yo trabajo todo el día manteniendo a mi familia, ¿y tú simplemente calientas el sofá? ¿Eso es lo que propones? — ¡Voy a desarrollarme personalmente! —contestó Anfisa orgullosa—. Ya quisieran tus amigos tener una esposa como yo, capaz de hablar de cualquier cosa. — ¿Ah, sí? ¿Qué libro has leído últimamente? ¿Has aprendido algo nuevo? —Egor se levantó y, tras dar un par de pasos, se encaró con ella—. ¿No respondes? Ya… Las redes sociales no cuentan como contenido intelectual. Y esos absurdos programas donde todo el mundo grita e insulta no te están enseñando nada. Dímelo en serio: ¿vas a ocuparte de la casa y el niño, como hace una esposa de verdad, sí o no? —¡No! Ya te he dicho que no soy tu sirvienta… Anfisa le echó en cara todos sus reproches: que ganaba poco, que era un tirano en casa, que nunca estaba… Egor escuchó todo en silencio y concluyó, escueto: —Divorcio. —¿Cómo? —preguntó perpleja, justo cuando iba a arremeter con una nueva retahíla. —Divorcio —repitió Egor con frialdad—. Buscaré a una mujer normal, que sea una buena esposa y madre para mi hijo. Total, si apenas pasas un par de horas al día con Yarik, el resto del tiempo está con las abuelas. No eres madre, no mereces ese título. Ni el de esposa tampoco. Anfisa al principio se inquietó, pero le restó importancia. Egor no sería capaz de divorciarse, ¿verdad? ¿Y si le quitaban al niño? Al fin y al cabo, ¡ella era la madre! Pero Egor cambió. Ignoraba a su esposa, ni saludaba al entrar. Yarik se fue al mar con la abuela un par de semanas; Anfisa incluso dio el visto bueno: nadie le molestaría. Aunque después de unos días echó de menos al niño y empezó a llamar más a su suegra… Y dos semanas después de la discusión, llegó la citación del juzgado. Egor cumplió su palabra y solicitó el divorcio. Pero en la vista, Anfisa se llevó otra sorpresa: su propia madre defendió a su yerno. —Estoy convencida de que Yarik debe vivir con su padre —afirmó la mujer, lanzando una mirada reprobatoria a su hija—. Anfisa carece de instinto maternal, nunca se ha ocupado de su hijo; toda la responsabilidad ha recaído en mí y en la madre de Egor. Egor, aun trabajando tanto, logra pasar tiempo con el niño. La jueza asentía, mirando a la nerviosa joven entre divertida y compasiva. Tenía motivos para estar nerviosa… No tenía casa, ni trabajo, ni apenas relación con su hijo. El padre tenía todas las de ganar la custodia. —¡Solicito un tiempo para la reconciliación! ¡No nos divorcie! ¡Deme una oportunidad! —Anfisa lloraba—. Egor, te lo juro, cambiaré. Borraré de mi cabeza todas esas tonterías y seré una esposa ejemplar, ¡créeme! —Vale… *********************** Un mes antes. —Mi hija está completamente echada a perder, me da vergüenza —negaba Nines con la cabeza—. Egor, lo entiendo perfectamente, ¿para qué quieres una esposa así? Se pasa el día en casa y ni siquiera logra mantener el orden. Del hijo, mejor ni hablar… Así que, si decides divorciarte, no te juzgaré. Sólo te pido poder ver a Yarik, nada más. —Sigo queriendo a Anfisa, a pesar de sus defectos —suspiró Egor—. Pero la cosa empieza a ser insostenible. Quiero darle una última oportunidad. —¿Y por qué no? Además, tengo la solución: pide el divorcio. Anfisa se opondrá seguro, así tendréis tres meses de margen para reconciliaros. Eso le hará reaccionar, fijo. ************************** Anfisa aprendió la lección. En casa volvió la limpieza, los platos deliciosos y la joven se mostró amable y atenta. Incluso se volcó con el niño, para alegría de Yarik, que adoraba a su mamá, aunque fuera tan despistada…
00
Diario de Tomás, Madrid, 17 de marzo ¡Ya no puedo más!solté la cuchara, furioso, y miré de soslayo a mi esposa. ¿Se puede llamar a esto comida?
Life Lessons
Esto ni se discute – NINA VA A VIVIR CON NOSOTROS, NI SE TE OCURRA DISCUTIRLO – dijo Zacarías dejando la cuchara a un lado. Ni siquiera había tocado la cena, señal de que estaba dispuesto a ponerse serio. – Hay habitación, justo hemos terminado de reformarla. Así que en un par de semanas nuestra hija se muda. – ¿No te olvidas de nada? —preguntó Ksenia tras contar hasta diez mentalmente.— Por ejemplo, que esa habitación la preparamos para nuestro FUTURO hijo EN COMÚN. Y también que NINA tiene madre, con la que debería vivir. – Sí, sé que hablamos de tener un hijo –respondió Zacarías, frunciendo el ceño. Confiaba en que su esposa aceptara sin rechistar y así evitar más discusión— Pero no pasa nada, lo podemos posponer un par de años. Además, aún tienes que acabar la carrera, no estamos para niños. Y NINA no quiere hermanos. En cuanto a su madre… —Zacarías esbozó una amarga sonrisa—, le voy a quitar la custodia. Es peligroso para la niña estar bajo el mismo techo. – ¿Peligroso? —Ksenia alzó las cejas—. ¿No tiene ya doce años? Vaya niña mayor, por cierto. ¿Y el peligro es que su madre no le deja salir después de las diez, o que le hace hacer los deberes quitándole el móvil o el WiFi? ¡Tu ex debería ser santa, que ni le ha dado aún un azote! – No tienes ni idea —Zacarías apretó los dientes—. NINA me enseñó moratones y mensajes con insultos y amenazas. No voy a dejar que le arruinen la vida. – Justo eso estás haciendo, cediendo siempre a sus caprichos. Ksenia se apartó serenamente de la mesa, dejando la sopa intacta. Se le había quitado el apetito y la sola presencia de su marido ya le provocaba dolor de cabeza. Le advirtieron: “No te cases tan rápido, probad a vivir juntos primero”, pero claro, era la más lista y quiso adelantarse a las amigas. ¿Por qué todos desaconsejaban esa boda apresurada? Fácil: Zacarías ya era su segundo marido, le sacaba quince años y, además, tenía una hija bastante mayor que era su ojito derecho. Tres elementos aparentemente insignificantes, pero juntos… casi una catástrofe. Las primeras dos razones no le molestaban demasiado. Al fin y al cabo, a ella le gustaba la madurez de su marido y su experiencia en la vida familiar. Además, sabía de primera mano que el divorcio fue de mutuo acuerdo y sin rencores. La tercera razón era NINA. Una niña consentida e indisciplinada, criada casi siempre por la abuela porque sus padres trabajaban sin parar para asegurarle un buen futuro. El divorcio de los padres le daba igual, su padre nunca la dejaría de lado aunque se casara otra vez. El nuevo matrimonio de la madre, en cambio… Eso no lo aceptó. No solo el padrastro se había puesto totalmente en plan estricto, sino que su madre se quedaba ahora más tiempo en casa y apoyaba a su nueva pareja. Toque de queda, deberes, profesores particulares porque NINA iba atrasada en varias asignaturas… Todo esto crispó a la niña, acostumbrada a estar pegada a la tele o el ordenador toda la tarde. Tanto, que empezó a inventarse historias para poner nervioso a su padre. NINA quería vivir con su padre porque sabía que, por su trabajo, pasaría sola la mayor parte del tiempo. A Ksenia ni la consideraba, no pensaba obedecer a una madrastra apenas nueve años mayor. Todo por una “vida libre”. Y estaba dispuesta a cualquier cosa. ********************** – NINA llega hoy. Prepárale su habitación y, por favor, no la alteres, bastante ha pasado ya —ordenó Zacarías a su mujer mientras elegía corbata—. Si llego a saber que Ala, por ese hombre, empezaría a tratar mal a su hija… Pero ya da igual, no se puede volver atrás. – ¿Así que sigues en tus trece? ¿De verdad quieres que se venga a vivir aquí? —Ksenia todavía esperaba que no lo consiguiera– ¿Y quién va a estar pendiente de ella? Si tú llegas a casa como mucho a las ocho… – Ya la vigilarás tú —dijo encogiéndose de hombros—. No tiene tres años, es bastante autosuficiente. – Y yo tengo la universidad encima, decías que tenía que concentrarme —sonrió sarcástica—. Espero que NINA sepa fregar y barrer, porque estas dos semanas le tocan a ella esa labor. – No es ninguna criada… – Ni yo —le cortó Ksenia—. Pero si va a vivir aquí, colaborará en casa. Mejor que hables cuanto antes con ella de las normas. ************************ – Papá, ¿y vas a dejar que me trate mal? Ni siquiera puedo salir tranquila con las amigas, tu mujercita me carga todo el trabajo de la casa y ella se tumba tan feliz a ver la tele. Ksenia, que escuchó por casualidad la conversación, sonrió torcida. Ya, claro, que la haga ella limpiar… Antes cae granizo en agosto. – Hablaré con Ksenia, lo prometo. Pero tú también podrías llevarte bien con ella. Sé que es duro, pero no puedo estar siempre pendiente de ti. Demuestra que puedes convivir con Ksenia, que eres buena chica. – Vale, lo intentaré —respondió NINA sin ganas, viendo que no sacaba más de su padre—. Por cierto, ¿es verdad que le compraste un coche? – Sí, ¿y qué? – Nada, absolutamente nada… Y a mí me dijiste que no tenías dinero para mandarme de vacaciones al extranjero. ¡Y yo que tanto lo soñaba! – No puedes irte sola, ni tienes edad, apenas tienes doce y yo trabajo. El verano que viene, nos vamos toda la familia. – ¡Pero yo no quiero ir en familia! ¡No me quieres! ¿Por qué me quitaste de mamá? Solo soy un estorbo para esa mujer tuya y tú nunca tienes tiempo… Ksenia dejó de escuchar. Entendió que, tarde o temprano, NINA se saldría con la suya. No solo el viaje: esa niña lista se iba a cargar a otra aspirante a los ahorros de papá. Y seguramente lo lograría. Ksenia estaba cansada de las quejas del marido, y decidió en serio: otra pelea y pide el divorcio. Y, al final, le fastidiaría a la niña su victoria, diciéndole que aunque se separasen, Zacarías tendría que pasarle una pensión. Como compensación. ********************** Y Ksenia tenía razón —empezó la tarde llena de reproches. Los escuchó y luego, tranquila, anunció el divorcio. – Yo quiero vivir tranquila, no escuchar reproches día sí día también. Y sí, te lo advertí: dejarte manipular por tu hija no era buena idea —al ver la sonrisa triunfante de NINA, Ksenia la bajó de la nube—. Y tú no te alegres tanto, a ver cómo te va. Por ejemplo, puedo poner a tu padre entre la espada y la pared: o quiere ver a nuestro hijo —se acarició el vientre— o te vas de vuelta con tu madre. O algo por el estilo. Mientras NINA buscaba palabras para protestar y Zacarías digería la situación, Ksenia cogió la maleta y se largó de casa. En realidad, no estaba embarazada, pero quería poner nerviosa a la niña. Y darle una lección a un hombre que no sabe nada de psicología infantil…
00
Esto no se discute. Nina va a venir a vivir con nosotros y punto deja la cuchara a un lado y lo dice Jacobo con un tono que no deja lugar a réplica.
Life Lessons
Ahora vais a tener un hijo propio, así que ya es hora de que esa niña vuelva al orfanato
00
¿Cuándo va a tener mi hijo un heredero? Aurora Jiménez miró con desdén a su nuera, sentada frente a la mesa. Sabes tan bien como yo que llevamos tres años
Life Lessons
¿Y si no es mi hija? Tengo que hacerme una prueba de ADN Nicolás observaba pensativo cómo Olalla, su esposa, se desvivía por la recién nacida y no podía quitarse de la cabeza una inquietante sospecha. Realmente pensaba que aquella pequeña quizá no era suya. El año pasado tuvo que marcharse por motivos de trabajo durante un mes. Unas semanas después de su regreso, su mujer le dio la noticia que, para ella, era maravillosa: iban a tener un hijo. En un principio, Nicolás se alegró. Pero un día, la hermana de Olalla visitó la casa y contó con toda naturalidad cómo ella se había hecho una prueba de ADN a su hijo para que su pareja no dudara de su paternidad. —Olalla, ¿por qué no hacemos también nosotros una prueba de ADN? Solo para estar tranquilos. La reacción de su esposa fue inmediata: estalló una monumental discusión, con gritos y objetos volando por los aires. Hasta los vecinos llamaron para que se callasen. —¿Y qué tiene de malo? —insistía Nicolás, cada vez más convencido de sus sospechas. Si su mujer no le había sido infiel, ¿por qué reaccionaba así ante una petición tan inocente?— Solo quiero estar seguro, nada más. —¿Cómo se te ocurre pedirme eso? —chillaba Olalla, lanzándole con rabia otro cojín—. ¿Te he dado algún motivo para que desconfíes? —He estado un mes fuera de casa —dijo él, torciendo el gesto—. ¿Cómo voy a saber lo que hacías? Hacemos la prueba, veo el resultado y no volveré a sacar el tema. ¿Cuándo vamos? Podemos pedir el número de la clínica a tu hermana. —En otra vida será —espetó Olalla entre dientes, y se marchó a la habitación de la niña, cerrando la puerta de un portazo. *************************************************** —Verás —le contaba Nicolás a su madre—, no le pido nada del otro mundo. No entiendo por qué se pone así. —Tu mujer tiene la conciencia sucia —le cortó Ana María, sirviéndole un café—. Seguro que la niña es de otro, y por eso teme que se sepa. Además —titubeó, dudando si contarlo o no—, cuando te fuiste, ocurrió algo… —¿Qué pasó? —preguntó Nicolás, expectante. —No quiero entrometerme, solo fui a hablar con Olalla sobre el cumpleaños de tu padre… Tardó mucho en abrirme, aunque estaba claro que estaba en casa, y salió muy despeinada… Además, había unos zapatos de hombre en la entrada. —¿Y qué te dijo ella? —preguntó él, indignado, listo para volver a casa a pedirle explicaciones. —Que se le había inundado la casa —Ana María puso los ojos en blanco—. Podría haberse inventado algo mejor. —¿Por qué no me lo contaste antes? —No tenía pruebas, ni llegué a entrar en casa, así que preferí no meterme… —¡Pues deberías haberme avisado! —Nicolás estaba tan alterado que casi tira la taza de café—. ¿Y ahora qué hago? —Hazle la prueba, sí o sí —respondió tranquila Ana María, disimulando una sonrisa. Jamás le cayó bien su nuera—. O hazla tú mismo. Tienes derecho como padre. ************************************************ —Ya puedes estar tranquila —Nicolás dejó caer el sobre que le trajo el mensajero—. Ariadna es mi hija. Como prometí, no vuelvo a hablar del tema. —No entiendo muy bien —dijo Olalla, desconfiada, mirando el sobre abierto—. ¿Lo has hecho sin mi permiso? —Claro —contestó él, como si nada—. Aproveché mientras paseaba con la niña, no me ha llevado nada. Es mi hija, así que no hay problema. —Sí hay problema —susurró ella—. Y es una pena que tú no lo entiendas. Al día siguiente, Nicolás se fue como siempre a trabajar. Pero al volver por la tarde, le aguardaba una desagradable sorpresa. La casa estaba vacía. Las cosas de su mujer y su hija habían desaparecido. En la mesa del salón, solo había una nota. “Tu desconfianza ha destruido todo lo que había entre nosotros. No quiero vivir con alguien que me traiciona, así que he pedido el divorcio. No quiero nada tuyo, ni piso ni pensión. Solo quiero que desaparezcas de nuestras vidas.” Nicolás ardía de rabia. ¡Cómo se atrevía Olalla a dejarle! ¡Y además llevándose a su hija! Cogió el teléfono y empezó a llamarla sin parar. Le contestó un hombre, que escuchó en silencio el torrente de reproches de Nicolás y le pidió que no llamara más. —¡Lo sabía, me engañaba seguro! —Nicolás temblaba de ira—. ¡No le ha dado tiempo ni a irse y ya está con otro! ¡Que se largue! No pensó que quizá Olalla solo había vuelto a casa de sus padres y que el hombre al teléfono fuera su hermano, protegiendo a su hermana mientras dormía. Pero Nicolás ya había tomado una decisión. El divorcio fue rápido y de mutuo acuerdo. La pequeña Ariadna se quedó con su madre, y nunca volvió a ver a su padre biológico…
04
¿Y si no es mi hija? Hay que hacer la prueba de ADN Javier miraba, con la cabeza llena de pensamientos, cómo Eva su mujer le canturreaba suavemente a la