Author: Javier Martínez
Una fresca tarde de octubre se colaba por la ventana. Elena García estaba en su sillón favorito junto a la chimenea, moviendo ágilmente las agujas de sus agujas.
Dos caras de la soledad Alejandra está frente al espejo, mordisqueando el labio inferior. Sus dedos acomoden nerviosos una hebra de pelo, enrollándola
El enfermero, que sólo ella conocía, se deslizó en el sueño del hospital a las dos de la madrugada, donde el silencio era tan denso que parecía una niebla de algodón.
¿Quién, si no yo? En el patio de un bloque de cinco plantas en un barrio residencial de Madrid, todos conocían a la abuela Carmen Fernández.
¿Para qué pisar mi amor? Es una tarde tranquila. La calle está desierta, sólo los faroles escasos derraman manchas amarillas sobre el asfalto.
Granito de manzanilla para el abuelo Don Gregorio Fernández vivía al final de la calle, en una casa pequeña pero muy robusta. Los muros, ensamblados años
El custodio del patio Sergio Martínez se sentaba en su caseta junto a la barrera de la entrada y observaba cómo la lluvia golpeaba con ritmo el asfalto tibio.
Me llamo Andrés López y, tras acabar el Arquitecto con sobresaliente, soñaba con mi propio taller y con proyectos que cambiaran la faz de Madrid.
17 de octubre. Esta mañana, al entrar en el recibidor, descubrí que el reloj de pared se había quedado inmóvil. Las agujas marcaban las cinco menos cinco.
Elección imposible Andrés volvía a quedar atrapado en la oficina. Nerea estaba sentada en la mesa, mirando la cena que hacía tiempo que había perdido el calor.









