Author: Carlos Fernández
26 de octubre de 2023 Hoy, al escribir Renuncia María Ildefonsa sobre la hoja en blanco, no lo hice por debilidad. Lo hice porque ya tenía un plan.
Yo esperaba frente a la entrada cuando llegó una limusina negra, reluciente como la noche que devolvía el brillo de las luces de Madrid.
Recuerdo, como si fuera ayer, aquel día que cambió mi vida en el barrio de la Castellana, en Madrid. La luz azul del uniforme y el rostro que reconocí
Carmen estaba de pie junto al fregadero, con las manos sumergidas en el agua helada. Por la ventana se veía cómo el crepúsculo bajaba despacio sobre el
Begoña se quedaba inmóvil, el móvil apretado en la mano. La voz de su madre resonaba en sus oídos húmeda, desesperada, como una llovizna que no cesa.
Hace tiempo, recuerdo aquel invierno en Madrid, cuando el conductor del autobús urbano, Don José, obligó a bajar a una anciana de ochenta años que no tenía billete.
Querido diario, Esta tarde he desatado con delicadeza el nudo del pequeño zapato que temblaba entre mis manos. Las cuerdas estaban firmes, recién hechas
La lluvia de la tarde empapa las calles de Madrid, arrastrando el rastro de lápiz labial que aún se aferra al rostro empapado de lágrimas de Alazne Jiménez.
En una esquina de la Gran Vía, bajo el brillo pálido de un farol, se encontraba María, una joven embarazada cuya belleza resistía el polvo de la miseria.
Oye, Lucía mamá ha traído una cacerola nueva dije, mirando la cocina y rascándome la nuca dice que es de acero inoxidable, alemana, de esas buenas.









