Author: Carlos Fernández
¿Te han dejado? dijo Inés al espejo mientras se mira sin despertador, sin planes. El reflejo no responde; su cara permanece impasible. En la cocina reina
Perdona, Sergio, pero me he enamorado de tu mujer. Lo dije mirando a la distancia, como si las palabras se escapan sin que yo las quiera.
Durante quince años, cada tarde a las seis en punto, yo, María del Carmen Soto, dejaba una bandeja humeante sobre la misma banca verde del Parque del Retiro.
Te tengo que contar lo que pasó con la nieta de mi abuela, y lo dejo como si te lo estuviera diciendo al oído, con la voz de siempre, bien cercana.
¡Qué nieta tienes, don Antonio! Negra de ojos y con los dientes blancos como perlas. ¿Y de quién? ¿No es de mi familia? Claro que es mía, señor, es una
Teresa, de cabellos rubios como la arena de la playa de La Concha, y Alejandro, moreno y de mirada chisporroteante, se habían casado en la iglesia de San
Kostik, sentado en su silla de ruedas, miraba a través de los cristales polvorientos hacia la calle.
Constantino García estaba reclinado en su silla de ruedas, mirando a través del polvo de los cristales la calle. La suerte no le sonreía: la ventana de
Cuando la puerta se cerró tras Carmen Álvarez, en la oficina quedaron solo tres: Elena, su pequeña hija, y el alto señor con el traje de tres piezas que
Pedro me dijo entonces, con una voz calmada y casi condescendiente: ¿Por qué tienes que trabajar, cariño? Yo gano lo suficiente. Tú ocúpate del hogar
Ricardo Salazar permanece inmóvil durante mucho tiempo. El mundo en el que estaba convencido de que podía comprarlo todo personas, destinos, futuro se









