Author: Carlos Fernández
Querido diario, Hoy he vuelto a sentirlo todo como una canción a medio terminar. Nina, la que siempre caminaba con la cabeza gacha por la calle del barrio
En mi recuerdo de aquellos tiempos antiguos, siempre había en cada patio una vecina que gritaba por la ventana si alguien fumaba bajo ella, diciendo que
Kiko se casó a los veinticuatro años. Su esposa, Crisanta, tenía veintidós. Era la única hija tardía de un profesor universitario y una maestra de instituto.
Águela, viuda de 42 años del pueblito de Los Alcores, fue juzgada el mismo día que le apareció la barriga bajo la chaqueta. «¡Qué escándalo!
Resulta doloroso darse cuenta de que el amor, de un día para otro, se vuelve un frío divorcio sin explicaciones, destruyendo todas las ilusiones de seguridad familiar.
¡Papá, tengo que hablar seriamente con usted! empezó Almudena, la nuera, al ponerse cara de pocos amigos con su suegro Pablo, cuando llegaron a la aldea
Que esta noche sea la última y que la pase con dignidad. Mirará a su amada, le deseará larga vida, y luego se acurrucará junto a su ventana para adentrarse
Octubre había sido cruel. El aguacero no cesaba, el viento aúllaba entre los tejados y yo, Antonio Jiménez, permanecía en la cocina mirando el vacío.
El gato corría por la andadura de la estación y se clavaba la mirada en los ojos de todos. Después, con un maullido desencantado, se apartaba.
Miguel se quedó inmóvil: desde el árbol lo observaba la perra que reconocería entre mil. El polvo de la pista de tierra se levantaba con pereza, como si









