He sido testigo de una vida que, aunque parece tan lejana a la mía, resuena en tantas familias de nuestro país. Todo empezó con Carmen, una chica que creció huérfana en un orfanato de Madrid. Se casó a los dieciocho años, sin tener verdaderamente idea de lo que significaba formar parte de una familia, pues ni siquiera tenía amigas casadas que le pudieran aconsejar. Cuando llegó al piso de su marido, absorbió con ansiedad toda la información sobre cómo debería comportarse una esposa ideal. Era la madre de su esposo, doña Pilar, quien se encargaba de enseñarle.
Carmen había escuchado numerosas historias sobre suegras malintencionadas, pero creía que, al no haber tenido madre, su suegra sería como una madre para ella y sólo le desearía lo mejor. Ciertamente, en parte tenía razón: doña Pilar no quería que a su nuera le sucediera nada malo, pero las cosas no resultaron como esperaba. La suegra, entusiasmada, empezó a marcarle las pautas de la vida familiar y le dijo, entre otras cosas: La esposa siempre tiene la culpa cuando el marido le es infiel.
Aquello me sorprendió: Carmen siempre pensó que el culpable era quien decidía traicionar. Pero la realidad parecía ser otra; según doña Pilar, una mujer es responsable de la infidelidad de su esposo simplemente porque, probablemente, se descuidó a sí misma y dejó de resultar atractiva. La suegra recomendó a Carmen que mantuviera una cintura de avispa, incluso llegada la vejez. Así que Carmen, recién casada, anotó en su cuaderno: No engordar y se apuntó a un gimnasio cerca de la Plaza Mayor.
Carmen era delgada y tenía una figura agradable, pero el miedo a engordar la llevó a perder aún más peso. Cuando cumplió con esa tarea, su suegra lanzó una nueva perla de sabiduría: En casa, trabajan los dos.
Carmen no estaba en desacuerdo; ella también quería contribuir. Era capaz de aceptar cualquier empleo. Cuando le preguntó a la suegra cómo debía actuar durante la baja por maternidad, doña Pilar le soltó: La baja es tu problema; tú decides cómo la superas.
Carmen no anotó ese consejo, pero años después, cuando entró en periodo de baja por maternidad, empezó a trabajar a media jornada y también cuidaba niños en Retiro. Aunque estaba feliz, la suegra y su marido comenzaron a quejarse de que ganaba muy poco dinero.
Pensó que no sería demasiado grave invertir algo de ese dinero en ir a la peluquería, pero pronto recibió otra lección: Durante la baja por maternidad no tienes que arreglarte; cuando vuelvas al trabajo, podrás maquillarte y peinarte, pero ahora hay que ahorrar.
Carmen acostumbraba a entregar todo lo que ganaba a su marido. De forma evidente, una línea de sabiduría de doña Pilar marcó todos los años que Carmen estuvo casada: Una buena esposa puede encargarse sola de la casa.
Y así fue; Carmen hacía todo por sí misma. A veces, se quedaba dormida de puro agotamiento, pero se apañaba sola. El desmayo se convirtió en algo cotidiano para ella. Jadear, después de acostar al último niño a eso de las nueve, y marcharse a limpiar o preparar la comida del día siguiente era rutina. A esa hora, su marido ya llevaba diez sueños encima, porque según él, ganaba dinero y estaba muy cansado.
No era raro que Carmen acabara en el hospital. No tenía tiempo para atender los dolores recurrentes ni notó el inicio de una enfermedad grave. Pasó más de dos semanas allí, y ni su marido ni su suegra la visitaron una sola vez. Por suerte, llevaba el móvil consigo y pudo llamar a su amiga, que le trajo todo lo necesario. Al salir del hospital, lo primero que hizo fue solicitar el divorcio.
Hoy me doy cuenta de que en nuestra sociedad, muchas mujeres sufren por querer cumplir expectativas ajenas. Aprendí que el amor propio y la dignidad valen mucho más que la opinión de una suegra o las tradiciones que nos atan. Esta historia me ha enseñado a mirar a las mujeres de mi alrededor con más empatía, y a valorar el coraje de quienes buscan ser libres en nuestra España.






