Aunque Antonia era una nuera y esposa ejemplar, ha terminado por destrozar no solo su matrimonio, sino también a sí misma.
Antonia crece siendo huérfana en un internado en Valladolid. Se casa a los dieciocho años, sin tener la menor idea de lo que supone ser esposa ni convivir en familia, porque ni siquiera tiene amigas casadas. Al instalarse en el piso de su marido, absorbe ávidamente cualquier consejo sobre cómo debe comportarse una buena esposa. Su principal fuente de referencias es la madre de su esposo.
Es cierto que Antonia ha escuchado mil historias sobre las suegras difíciles, pero piensa que, al no tener madre, su suegra la tratará como a una hija y querrá lo mejor para ella. No va del todo desencaminada, ya que su suegra realmente no desea su desgracia, pero, sin querer, las cosas acaban torciéndose. Con gran entusiasmo, la suegra comienza a enseñarle las reglas del hogar y suelta sentencias como: Si un hombre engaña, la culpa es de la mujer.
¡Vaya! Antonia siempre ha creído que la responsabilidad recae en quien traiciona. Pero en la realidad de su nuevo entorno no es así. Su suegra insiste en que, si el marido es infiel, probablemente la culpa es de que la esposa se ha descuidado y ha dejado de atraerle como mujer. Le recomienda a Antonia que, incluso en la vejez, mantenga la cintura ceñida. La joven toma buena nota: no engordar, y se apunta a un gimnasio en el barrio.
Antonia ya es delgada y esbelta, pero por miedo a engordar, empieza a hacer dieta. Cuando la suegra ve superada esa clase, le suelta la siguiente perla: En una familia normal, las mujeres también trabajan.
Antonia ni discute, porque a ella siempre le ha gustado la idea. Está dispuesta a aceptar cualquier empleo digno. Al preguntar cómo debe organizarse durante la baja maternal, la suegra le responde sin titubear: Esos días son cosa tuya, búscate la vida como puedas.
No apunta el consejo, pero años más tarde, durante la baja de maternidad, Antonia busca un empleo a media jornada como cuidadora de niños. Se siente satisfecha, pero tanto su marido como su suegra se quejan de que gana muy poco.
Antonia piensa que no será un drama si aprovecha su sueldito para ir a la peluquería, pero enseguida le llega otra lección: En la baja maternal no hace falta arreglarse. Cuando vuelvas a trabajar, ya te harás el pelo y te maquillarás; ahora, a ahorrar.
Antonia entrega todo lo que gana al marido. Es obvio que durante todo el matrimonio se ha repetido el mantra de su suegra: Una buena esposa lleva la casa sin ayuda.
Y así es. Antonia lo hace absolutamente todo por sí sola. Termina rendida cada día, pero asume todas las tareas sin rechistar. Los desmayos ya forman parte de su rutina. Muchas noches, después de acostar al último niño a las nueve, va directa a limpiar y dejar la comida preparada para el día siguiente. Mientras tanto, su marido ya va por la décima siesta, porque gana el pan de la casa y está muy cansado.
Que Antonia acabe en el hospital no extraña a nadie. No tiene tiempo para preocuparse por sus dolores, ignora completamente los síntomas de su enfermedad. Permanece ingresada más de dos semanas, sin recibir una sola visita ni del marido ni de la suegra. Por suerte, cuando la internan, lleva el móvil consigo. Llama a su amiga Carmen, que le trae todo lo que necesita. Cuando recibe el alta, lo primero que hace Antonia es ir al juzgado a pedir el divorcio.







