¡Vamos a vivir aquí hasta el verano!: cómo eché a la caradura de la familia de mi marido y cambié la cerradura
El portero automático no sonó: rugió, exigiendo audiencia. Miré el reloj: las siete de la mañana, sábado. El único día en el que pensaba dormir hasta las mil después de cerrar el trimestre en la oficina. No era momento de recibir visitas, vaya. La pantalla mostraba la cara de mi cuñada. Lucía, la hermana de mi marido Javier, tenía una expresión que ni la de los franceses asaltando la Bastilla. Detrás de ella asomaban tres cabezas de niños, cada cual más despeinada.
¡Javier! bramé sin despegarme del telefonillo. Es tu familia. Te toca a ti.
Mi marido salió de la habitación poniéndose los pantalones al revés. Ya sabe que, cuando uso ese tono, mi aguante con los suyos se ha evaporado. Mientras balbuceaba algo al telefonillo yo ya estaba plantada en el recibidor, brazos cruzados, postura de en mi casa mando yo. Ese piso de tres habitaciones en el centro de Madrid lo compré yo dos años antes del Registro Civil, pagando hipoteca a base de sudor y lágrimas. Así que lo último que quería era encontrar allí visitantes sorpresa.
La puerta se abrió y una marabunta irrumpió en mi pasillo, que normalmente huele a perfume de nicho carísimo. Lucía, cargada de bolsas, ni saludó; simplemente me apartó un poco de un costado, como si fuera una mesilla.
¡Ay, menos mal, por fin hemos llegado! suspiró, dejando sus bolsazas sobre mi gres porcelánico italiano. ¿Ana, hija, que haces ahí parada? Pon el agua. Los niños tienen hambre del viaje.
Lucía mi voz era tan plana que Javier encogió los hombros. ¿Se puede saber qué pasa?
¿No te lo contó Javier? puso unos ojos de corderita. ¡Estamos de obras! Reforma integral. Cambiando tuberías, levantando el suelo… Imposible vivir allí. Un par de semanitas y nos vamos. Total, con lo grande que es esto, tampoco os estorbamos, ¿no?
Miré a Javier, que no sabía si examinar el gotelé o hacerse el dormido. Sabía que esa noche le tocaba penitencia.
¿Javier?
Ana, de verdad… musitó. Es mi hermana, mujer. ¿Cómo van a estar con los niños en medio del polvo? Es sólo una semana.
Una semana entrecé. Siete días justos. Vosotros os encargáis de vuestra comida, los niños no corren por la casa, prohíbo tocar mis paredes y que no se asomen a mi despacho ni por error. Y después de las diez: silencio monástico.
Lucía bufó, alzando los ojos al cielo:
Ay, qué tía más seca eres, Ana. Eres peor que una carcelera. Vale, entendido. ¿Dónde dormimos? Espero que no sea en el suelo.
Así empezó mi pesadilla.
La “semana” se estiró a dos. Luego tres. Mi casa, que había diseñado con interiorista y todo, se volvió una cuadra. Siempre una montaña de zapatos llenos de barro en el recibidor; en la cocina, caos: manchas de grasa encima de la encimera de Silestone, migas, charcos pegajosos. Lucía no se comportaba como invitada sino como si fuera la duquesa de Alba y yo la doncella.
Ana, ¿qué pasa, se ha muerto un ratón en la nevera? me soltó una noche, revisando los estantes vacíos. Los niños necesitan yogures; Javier y yo podríamos cenar un filete. Para lo bien que cobras podrías cuidar de la familia.
Tienes tarjeta, tienes tiendas respondí sin apartar la vista del portátil. Hay reparto 24 horas aquí, reina.
Tacaña masculló, dando tal portazo que tintinearon todos mis botes. En la caja no te vas a llevar nada, que lo sepas.
Pero eso no fue el punto de no retorno. Un día que llegué pronto del curro, pillé a los sobrinos en mi dormitorio. El mayor brincaba encima de mi colchón viscoelástico, que costó lo que medio coche, y la pequeña… la pequeña pintaba la pared. Con uno de mis pintalabios. Tom Ford. Edición limitada.
¡Fuera! rugí de tal manera que los críos salieron disparados en direcciones contrarias.
Lucía apareció al instante. Al ver el mural de carmín y el pintalabios partido, solo se llevó las manos a la cabeza:
Pero mujer, ni que te hubiera dado un ictus. Son niños. Es solo una raya. Lo limpias y punto. Y el pintalabios, anda, compra otro, que tampoco es para tanto. Oye, por cierto: la obra va para largo. Los obreros son más de bar que de ladrillo. Así que… nos quedamos hasta verano. Total, así ayudamos a que no os aburráis.
Javier guardó silencio. Menuda aguja de gramófono le pegaba últimamente.
Ni respondí. Entré al baño antes de cometer un delito.
Por la tarde, Lucía fue a ducharse, dejando el móvil en la cocina. La pantalla se iluminó con una notificación. Jamás leo cosas ajenas, pero ahí salió el texto en grande, en pantalla bloqueada, de un tal Marina Alquiler:
«Lucía, te he hecho la transferencia del mes. Los inquilinos encantados, preguntan si pueden quedarse hasta agosto».
Y acto seguido, aviso del banco: Ingreso recibido: +850 euros.
Un clic mental, una epifanía. No había ninguna obra. La jeta, en realidad, había alquilado su pisito por meses y venía a vivir a mi costa, con pensión completa y todo. Un planazo redondo de ahorro y rentas. De película.
Fotografié su pantalla. Ni me temblaba la mano; notaba la sangre fría. Llamé a Javier a la cocina. Al mostrarle la foto, se puso colorado, luego palideció.
Ana, igual es un error…
El único error es que todavía no los has echado a todos le corté con calma. Eliges: mañana a la comida no queda ni uno, o tampoco quedas tú.
¿Pero adónde van a ir?
Me da igual. Si hace falta, debajo del puente. O al hotel Ritz, si les llega el dinero.
A la mañana siguiente, Lucía, tan pancha, anunció que se iba a mirar unos botines ideales (posiblemente con el dinero del alquiler). Los críos, generosa, se los dejó a Javier, que pidió el día libre.
Esperé a que cerrara la puerta.
Javier, coge a los niños y vete al Retiro un buen rato.
¿Por?
Porque aquí dentro va a empezar la desinfección contra fauna invasora.
Cuando bajaron, llamé a un cerrajero. Y luego, a la policía.
El colmo de la hospitalidad terminó. Comenzó la reconquista.
Ana, ¿y si todo es un error? resonaba el eco de Javier mientras veía cómo el cerrajero trabajaba a destajo.
Ni errores ni cuentos. Solo lógica gélida.
El cerrajero, un tío cuadrado con tatuaje de la Virgen del Pilar, era eficiente.
Menuda puerta, señora. Pero el bombín este es de los que ni con dinamita.
Justo lo que quiero, máxima seguridad.
El pago, entre transferencia y propinilla, me habría dado para cenar en un local de moda, pero la paz mental salía mucho más cara. Saqué varias bolsas de basura industrial, de esas de 120 litros, y arrambé sin piedad: sujetadores de Lucía, leotardos, muñecos… Ni doblaba: apretaba todo como para irme a un mercadillo de domingo. Su neceser, que había conquistado mi estantería, lo barrí en un solo gesto.
Al cabo de cuarenta minutos el descansillo albergaba cinco bolsas negras y dos maletas lloronas al lado.
Cuando llegó el policíaun agente joven, con cara de haberlo visto todo menos la nómina decenteyo ya estaba en el quicio con la carpeta de papeles.
Buenos días, agente le tendí el DNI y el registro de propiedad. Dueña, empadronada. Ahora van a intentar colarse aquí unas personas que ni viven ni tienen derecho. Tome nota del intento.
El agente hojeó sin emoción.
¿Familia?
Ex-familia dije. Aquí estamos en fase armada.
Lucía reapareció una hora después, llena de bolsas del Corte Inglés, con una cara de felicidad que le duró dos segundos. Su sonrisa se derritió al ver la montaña de bolsas y mi mirada enérgica flanqueada por el uniforme.
¿Qué es esto? chilló mientras señalaba las bolsas. Ana, ¿has perdido la cabeza? ¡Son mis cosas!
Eso, tus cosas. Cógelas y marcha. Se acabó el parador.
Intentó abalanzarse a la puerta pero el policía se interpuso:
Señora, ¿vive usted aquí? ¿Está inscrita?
Soy la hermana de mi cuñado. Estamos de invitados su cara se puso a motas. ¿Pero tú de qué vas, boba? ¿Dónde está Javier? ¡Le voy a llamar y verás!
Llama concedí. Está ocupado contándoles a tus hijos qué pasa cuando alguien es demasiado lista.
Lucía marcaba y colgaba, pero Javier parece que por fin había sacado coraje o miedo al divorcio y reparto de bienes, del que no iba a ver ni una camiseta.
¡Tú no puedes hacer esto! vociferó, tirando una bolsa al suelo. Se le cayó una caja de zapatos nuevos. Tenemos obras, ¡no tenemos dónde ir! ¡Y están los niños!
No mientas di un paso. Dale recuerdos a Marina. Y pregúntale si tus inquilinos quieren quedarse hasta agosto. O si vas a tener que pedirles el desalojo para volver tú.
Lucía se quedó muda, como un globo pinchado.
¿Pero tú cómo…?
Podrías bloquear el móvil, magnate. Has estado viviendo un mes a mi costa, comiéndote mi nevera, destrozando la casa, y mientras ganando para coche. Ole tú. Pero escucha.
Bajé la voz y me aseguré de que sonara cada palabra:
Ahora te llevas tus bolsas y sales de aquí. Si vuelves a acercarte a menos de un kilómetro de mi casa, lo cuento todo a Hacienda. Alquiler sin declarar, evasión: les va a gustar. Y oye, también a la policía: han desaparecido joyas y, ¡uy!, quién sabe si aparecen en las bolsas cuando se registren.
El anillo, claro, estaba en mi joyero. Lucía palideció como si le hubieran echado harina por la cabeza.
Eres una bruja, Ana susurró. Dios te lo pague.
Dios tiene mucho trabajo. Yo ya tengo mi casa y mi paz.
Fue arrastrando sus bolsas mientras aporreaba el móvil para pedir taxi, el policía mirando la escena con una sonrisa distraída de esto lo cuento después de cañas.
Cuando el ascensor se la llevó, con maletas, planes y todo, le di las gracias al policía.
Ya sabe, ponga buenos cerrojos me guiñó el ojo.
Entré y cerré la puerta. El chasquido de la nueva cerradura sonó a gloria. Olía a lejía: la limpieza profesional ya había pasado de la cocina a las habitaciones.
Javier volvió dos horas después. Solo. Había entregado los niños abajo, dónde Lucía llenaba el maletero.
Ana… ya se fue.
Ya lo sé.
Te ha puesto fina.
Me da igual lo que digan las ratas cuando saltan del barco.
Me senté en la cocina, saboreando un café recién hecho, en mi taza favorita (entera, por cierto). Ni rastro de pintalabios en la pared. Mi frigorífico, sólo con mis cosas.
¿Tú sabías lo del alquiler? pregunté sin mirarle.
¡No! Te juro que no, Ana. Si lo supiera…
Si lo supieras, habrías callado resumí. Te lo digo claro, Javier: la próxima vez que tu familia me haga un numerito, tus maletas se van con las suyas. ¿Me entiendes?
Asintió rápido, asustado. Por una vez, sabía que hablaba en serio.
Di otro sorbo de café.
Estaba perfecto.
Caliente, fuerte y, sobre todo, disfrutado en el silencio absoluto de MI piso.
La corona no aprieta.
Queda que ni pintada.







