«¡Aquí nos quedamos hasta el verano!»: Cómo eché a la descarada familia de mi marido, cambié las cer…

Life Lessons

¡Tía, no te imaginas la que he vivido! Mira Te lo cuento todo porque aún me tiembla la mano de los nervios. Total, que el telefonillo empieza a sonar un sábado, siete de la mañana, y no sonar normal: a ese timbrazo sólo le faltaba pedir socorro. Miro el móvil medio dormida y veo la cara de la hermana de Tomás, mi marido, ahí plantada. Laura, la tipa, con una cara de tener prisa, y detrás sus tres criaturas medio despeinadas como si vinieran de correr delante de los toros en San Fermín.

¡Tomás! grito yo desde el pasillo Mira quién está llamando. A ver, apañátelas tú con tu familia.

Él sale de la habitación como puede, poniéndose los pantalones al revés, y ya sabía por la voz que tenía que aquí la paciencia se me había terminado del todo. Mientras él balbuceaba algo por el telefonillo, yo ya iba de brazos cruzados camino de la puerta; esta casa la compré yo, a puro sudor, antes siquiera de casarnos y no voy a dejar que cualquiera la convierta en una pensión.

Abro la puerta, y ahí entra el pequeño ejército. Laura, con sus bolsas, ni un buenos días me da. Me empuja como la que aparta una silla.

¡Uf, menos mal que hemos llegado ya! suelta dejando las bolsas tiradas encima del suelo de cerámica italiana que tanto me costó. Marina, ¿y tú qué miras? Venga, pon la cafetera, que los niños vienen muertos de hambre del viaje.

Laura le digo con el tono más seco posible. Y Tomás encoge los hombros como si le fueran a fusilar esa tarde, ¿pero qué pasa?

¿No te lo ha explicado Tomás? pone cara de cordero degollado. Que estamos de obras en casa, hija, que lo tenemos todo patas arriba, ni luz ni agua, polvo por todas partes ¿Dónde vamos a ir con los peques? Aquí estamos sólo una semanita, que en esta pedazo de casa sobráis metros.

Miro a Tomás y él mirando el techo, como queriendo desaparecer. Sabía que estaba bien jodido.

¿Tomás?

Marina, de verdad contesta sin mirarme es sólo una semana, mujer, que no tienen a dónde ir.

Una semana dije, marcando bien el tono. Siete días. La comida os la apañáis vosotros, los niños no corren por la casa, no tocan mis cosas y ni se acercan a mi despacho. Y silencio a partir de las diez, ¿quedó claro?

Laura pone los ojos en blanco:

Qué exagerada eres, Marina, pareces la directora de un manicomio Pues bueno, ¿dónde dormimos? Espero que no sea en el suelo

Y así empezó el infierno.

La semana se convirtió en dos. Luego en tres. Y mi casa, que la había dejado de revista con la decoradora, empezó a parecer el piso de estudiantes del apocalipsis. Montones de zapatos sucios en la entrada, la cocina llena de grasa, migas por todos sitios, manchas de vete tú a saber qué Laura se movía por mi piso como una marquesa.

Marina, pero si en la nevera no hay ni yogures me dijo una noche asomándose, toda indignada. Los críos necesitan merienda, y a Tomás y a mí nos apetece un buen entrecot. Que te va tan bien en el trabajo, podías hacer la compra tú, ¿no? Cuida un poco de tus cuñados.

Pues tienes tu tarjeta y la esquina llena de tiendas sin mirar del portátil. Hay apps que llevan la compra a casa 24 horas, ¿sabes?

Eres una agarrada refunfuñó y cerró la nevera de un portazo. Que sepas que al otro barrio no te vas a llevar nada

Hasta aquí, bueno Pero el colmo fue otro día, cuando llego a casa antes de lo normal y pillo a los niños en mi habitación. El mayor saltando en mi colchón viscoelástico, el que vale más que el coche de Tomás, y la pequeña… ¡la pequeña pintando la pared! Con uno de mis pintalabios de edición limitada. De los de Carolina Herrera, ese rojo que me guardaba para cenas especiales. ¡Mátame!

¡A la calle! rugí, y los niños salieron disparados.

Llega Laura, ve la pared, la barra de labios torcida y me suelta encima:

¿Pero tú qué montas tanto drama? Si son niños como si eso excusara todo. Naa, la mancha seguro que sale. Y el pintalabios bah, uno de tantos, ya comprarás otro. Mira, que te digo una cosa y ahí va lo fuerte, que la obra sigue. Los albañiles son un desastre. Así que nos quedamos hasta el verano, ¿vale? Que no os viene de aquí, que esto parece un monasterio de lo silencioso, y con nosotros hay alegría.

Y Tomás, callado. Ni rechista. Un par de narices.

No dije nada. Me fui al baño para no estrangular a nadie en caliente. Tenía que calmarme.

Por la tarde, Laura se mete en la ducha y deja su móvil en la cocina. Y yo no suelo mirar móviles ajenos, pero el mensaje lo leo clarito desde el otro lado de la encimera: Marina, traspaso el pago del mes. Los inquilinos están encantados, quieren quedarse hasta agosto, ¿puede ser?. Y justo después, notificación del banco con ingreso fuerte: +800 euros.

Ahí me encajó todo. Ni obra ni guarrerías, Laura había alquilado su piso en Airbnb y se plantó en el mío con toda la prole para que le saliera gratis la vida, la comida, y todo el amor de cuñada. Ni un pelo de tonta.

Saqué el móvil y le hice una foto a la pantalla. Con la calma total. Y llamé a Tomás:

Ven a la cocina ahora mismo.

Cuando aparece, le enseño la foto y según la lee, se le pone la cara como la leche.

Pero, Marina, igual es un error

El verdadero error es que tú no los has echado ya. Así que tú eliges: mañana a mediodía no queda nadie de tu familia aquí, o recoges tus cosas y os vais todos juntos. Incluida tu madre, si aparece, y con lo puesto.

Pero, ¿dónde van a ir?

Me da lo mismo. Que se pague un hotel en la Gran Vía. O bajo un puente en la Castellana.

A la mañana siguiente, Laura toda feliz dice que se va de compras y deja a los niños con Tomás, el muy pringado que pidió el día libre para quedarse con ellos. Yo espero a que se marche.

Tomás, lleve a los niños al parque, largo rato. le digo.

¿Por?

Porque voy a desinfectar esto de parásitos.

En cuanto cierran la puerta, hago dos llamadas: una a un cerrajero y otra a la Policía Local.

Se acabó la buena onda y empezó la limpieza.

Marina, ¿seguro que no es un error? la voz de Tomás me rondaba la cabeza mientras veía al cerrajero cambiar la cerradura.

Sin errores, sólo claridad. El tío trabajó rápido, menos mal.

Te voy a poner un cerrojo que ni con dinamita, señorita.

Eso es lo que quiero: seguridad, por favor.

Le hice el bizum; más de lo que gastaría en una cena de tapas en El Sur, pero la paz no tiene precio. Después me puse a recoger: todo a bolsas de basura negras, de las resistentes, 120 litros. Sujetadores, calcetines, juguetes, todo lo suyo a lo bestia, ni doblado ni nada. Los potingues de baño, igual: barrido y al saco.

En cuarenta minutos tenía cinco bolsas enormes en el rellano y dos maletas. Y justo entonces llega el policía del barrio. Le enseño el contrato de propiedad y el DNI.

¿Son familia?

Familia, ex-familia. Aquí hemos pasado del problema doméstico al lío legal.

Y aparece Laura, bien cargada de bolsas del Cortefiel y toda sonrisas Hasta que ve el panorama. Se pone blanca.

¿Pero esto qué es? ¡Marina, te has vuelto loca! ¡Que esto es mío!

Efectivamente. Tuyo. ¡Llévatelo y no vuelvas! Esto no es un hotel.

Intenta pasar, pero la para el agente.

Un momento, ¿está usted registrada en el domicilio, señora?

Soy la hermana de mi cuñado, estamos de invitados me mira con la ira de una furia. ¿Tú eres idiota o qué? ¿Dónde está Tomás? ¡Se va a enterar!

Llama si quieres. Pero igual no te lo coge. Está abajo explicando a tus niños cómo es la vida de los emprendedores.

Marca varias veces y nada. Tomás por fin sacó carácter, o miedo a perder el piso, que era mío.

¡No tienes derecho! grita Laura, tirando bolsas al suelo. De una, unas sandalias nuevas. ¡Estamos de obras! ¡No tenemos adónde ir! ¡Tengo hijos!

No mientas. Y manda saludos a tu inquilina Marina. Pregúntale si quiere quedarse hasta agosto, o si tendrás que echarla para volver tú.

Se queda sin palabras, como si le hubieran abierto una lata.

¿Cómo cómo sabes tú eso?

Porque no bloqueaste el móvil, lista. Te has pasado el mes viviendo a mi costa, vendiendo la comida y el espacio, para ahorrar. Muy espabilada. Pero ya se acabó.

Me acerco bien seria, que hasta el policía se apartó un pelín:

Ahora coges tus cosas y te largas. Si vuelvo a verte a menos de un kilómetro, aviso a Hacienda por alquiler ilegal y denuncio por robo. Me falta un anillo de oro ¿A que va a aparecer entre tus cosas si la policía decide echar un vistazo?

El anillo estaba en mi joyero, pero ya la había puesto del color de la pared.

Eres mala, Marina masculló ella. Que Dios te lo pague.

Está ocupado, pero yo ya tengo mi casa en paz.

Marchó con los bultos temblando mientras llamaba a un taxi. El policía, con media sonrisa.

Muchas gracias, agente.

Eso, nada, pero para la próxima cerrojos nuevos y así no problem.

Cerré la puerta y sonó el clac del nuevo cerrojo. Qué gusto. Olía a lejía, los de la limpieza dejaron mi cocina de revista y el dormitorio como nuevo.

Tomás volvió un par de horas después. Solo. Había devuelto los niños a su madre a pie de portal, que se los llevó de muy mala gana. Entra conteniendo el aire.

Marina Ya se han ido.

Ya lo sé.

Ha dicho barbaridades de ti

Me da igual lo que griten las ratas cuando naufraga el barco.

En la cocina, me serví un café recién hecho en MI taza favorita. Las paredes sin rastros de pintalabios; el frigo, sólo con mi compra.

Tomás, ¿sabías de la jugada del piso alquilado?

¡No, lo juro! Te lo prometo, Marina

Si lo llegas a saber, seguro te callas le corté, mirándole fija. Así que, escucha bien: es la última vez que aguanto algo así de tu familia. Una más, y tus maletas estarán fuera junto con las suyas. ¿Lo tienes claro?

Asintió rapidísimo. Sabía que esta vez no había marcha atrás.

Bebí mi café, fuerte, calentito Y lo mejor: en el silencio absoluto de MI casa.

Ahí sí que la corona no aprieta nada. Encajaba perfecta.

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