Conocí a Javier cuando los dos teníamos veintisiete años. En ese momento, él ya había terminado la carrera universitaria con matrícula de honor y se encontraba preparando el examen final para obtener el título. Siempre había destacado en sus estudios. Además, por aquel entonces ya había conseguido ahorrar bastante como para comprar un piso de dos habitaciones y un garaje en Madrid. Y tenía pensado, en cuanto terminara la carrera, comprarse un coche. Al año siguiente nos casamos. Y al año y medio nació nuestra hija, Inés. Cuando cumplimos los treinta, nuestra pequeña tenía apenas dos meses.
Como se acercaba el cumpleaños de Javier, le propuse celebrarlo en un restaurante junto a sus padres. Pero él se negó. Me dijo que prefería festejar ese día únicamente con nosotras, sus chicas. Así lo hicimos: preparamos una cena sencilla y tranquila en casa, y disfrutamos los tres juntos. Al día siguiente, después del trabajo, Javier fue a ver a sus padres. Sin embargo, regresó enseguida. Nada más entrar, se sentó en el sofá y rompió a llorar. Me quedé petrificado. Un hombre hecho y derecho, independiente, padre de familia lloraba como un niño. Me acerqué y traté de consolarle, de calmarle. Y entonces, poco a poco, empezó a abrirse.
Me contó que de niño le pegaron por cualquier nimiedad: por jugar al fútbol en la calle, por mancharse la ropa, por emborronar el cuaderno del colegio Tanto su padre como su madre recurrían siempre a los azotes y los gritos.
Cuando cumplí los dieciocho años dejaron de pegarme, pero jamás oí de ellos una palabra amable me confesó. Terminé el instituto con las mejores notas.
Bueno, tampoco es mucho mérito, sólo es el instituto Ahora, a la universidad. Y así Javier se fue a la universidad, aunque realmente no necesitaba ese título superior para dedicarse a lo que quería.
Compró su propio piso.
Bah, sólo cincuenta metros cuadrados criticaban. ¡Si ellos vivían en uno de treinta!
Se casó conmigo.
¡Pero si es tan poca cosa esa chica! ¿Y podrá siquiera tener hijos?
Tuvimos una hija.
A saber de quién será ese bebé. ¡Si no tiene nada de nuestra familia!
Y para rematar, armaron un escándalo porque no organizó una comida en honor a su aniversario de bodas.
¡Hijo desagradecido! le gritaron.
Eso fue la gota que colmó el vaso. Y entonces Javier me miró y preguntó:
¿Soy tan mala persona como para que mis padres no me quieran?
Le respondí que hay personas que no saben querer, que simplemente no pueden. Le dije que había tenido la mala suerte de nacer en una familia así. Pero ahora nos tenía a Inés y a mí. Nosotras sí le queríamos. Porque para nosotras es el mejor hombre del mundo.
¿No ves cómo se ilumina la cara de tu hija cada vez que vuelves a casa? le recordé.
Javier me escuchó, y cuando pensó en la felicidad de nuestra pequeña cada vez que su padre aparece por la puerta, se fue calmando. Al final, incluso esbozó una sonrisa.
Aquel día comprendí que, a veces, la familia que uno elige es la que realmente cuenta. Yo también aprendí a valorar los pequeños gestos de cariño y el calor de un hogar construido desde el amor verdadero.





