AMOR CON EL AMARGO SABOR DE LA AJENJO

DIARIO DE UNA AMANTE DE LA ABSENTA
Nuestra historia no olía a rosas ni a miel, sino al polvo seco de caminos y al tallo aplastado de la absenta. En el pueblo decían: si nos uníamos, el mundo se tambalearía; si nos alejábamos, el monte ardería.
Alba era curandera por tradición familiar, nieta e hija de sanadoras. Sabía escuchar el susurro de cada hierba y curar heridas que se negaban a cerrarse. Sus manos eran tibias y siempre desprendían el aroma del tomillo.
Rodrigo era forastero. Un hechicero cuya magia no nacía del murmullo de la tierra, sino de órdenes tajantes a los elementos. Su poder era afilado como un cuchillo y frío como el agua de un pozo en invierno.
Nos conocimos una tarde brumosa, ambos buscando lo mismo: la raíz de bruja, que florece una vez cada diez años.
No la toques la voz de Alba rompió el silencio. Esa raíz no es para tus manos codiciosas, brujo. La tierra la da para curar, no para tus sombras.
Curar es solo retrasar el final, curandera respondió Rodrigo, sin volver la cabeza. Yo quiero ver la esencia de las cosas.
Nunca fuimos enemigos, pero tampoco pudimos ser amigos. Nos atraíamos, desafiando la lógica y el sentido común. Fue una relación de opuestos, un duelo eterno entre crear y dominar.
Ella me traía miel salvaje y infusiones para el insomnio, cuando mis poderes consumían mi interior.
Él dejaba piedras preciosas en mi umbral, llenas del brillo de las estrellas, para que no me faltase luz durante las largas noches de invierno.
Pero la amargura de la absenta nunca nos abandonó. Alba veía cómo Rodrigo extraía su fuerza de la nada, algo que la asustaba. Rodrigo reprochaba su dulzura, pensando que desperdiciaba su don en gente ingrata.
Llegó la peste al pueblo. No distinguía entre buenos y malos.
Alba entregó sus últimas fuerzas, cargando la fiebre en su propio cuerpo, mientras Rodrigo Por primera vez, tuvo miedo. No por el mundo, sino por ella.
Para salvarla, tuvo que hacer lo que más detestaba: dar su magia a la tierra y nutrir a la curandera exhausta.
Alba abrió los ojos y Rodrigo estaba junto a la ventana. Por primera vez, tenía el pelo canoso, y sus manos ya no brillaban con fuego.
¿Por qué lo hiciste? susurró ella.
La absenta es amarga, Alba contestó él, sin mirarla. Pero sin esa amargura, la dulzura solo es polvo. Te elijo a ti, no a la eternidad.
Vivimos juntos en el borde del bosque. Ella seguía curando, él aprendía a escuchar el murmullo de las hierbas que antes acallaba a golpes de voluntad. Nuestro amor siguió siendo difícil, áspero y firme, como el aroma de la absenta al atardecer. Pero ninguno cambiaría esa amargura por el más dulce de los dulces.
Nos instalamos en una vieja casa a las afueras de la región de “El Valle del Olvido”, un lugar al que ni los leñadores ni las comadres del pueblo se atrevían a acercarse.
Rodrigo, ya incapaz de llamar a las tormentas, descubrió el don de sentir el metal. Se convirtió en herrero. Pero no uno común: forjaba cuchillos que jamás se mellaban y herraduras que atraían la suerte. Cada golpe de su martillo resonaba con el eco de una rabia antaño mágica, convertida ahora en creación.
Alba cultivó un pequeño jardín donde convivían el venenoso acónito y el curativo salvia. Ya no temía la sombra de Rodrigo, porque sabía que la tierra más fértil es la negra.
Nuestro amor nunca fue dulce. Era la vida de dos caracteres fuertes, ajustándose como dos muelas de molino de granito.
A veces Rodrigo, por costumbre, trataba de dominar la situación con su voluntad. Cuando la sequía amenazaba el jardín, se sentaba en el umbral, tensando los puños hasta que los nudillos quedaban blancos, intentando exprimir de la nada una gota de lluvia.
No sigas así murmuraba Alba, posando su mano en su hombro. La tierra no es esclava. Pídele, no le mandes.
No sé pedir gruñía él.
Pero al caer la tarde, juntos transportaban agua del manantial lejano, y en ese acto había más magia que en cualquier conjuro.
A la casa venían a menudo sombras. Antiguos discípulos de Rodrigo, queriendo recuperar al maestro para los hechiceros, o enfermos que Alba sola no podía sanar.
Un día vino el antiguo enemigo de Rodrigo, un brujo envuelto en negro.
No vino a matar, sino a reclamar la deuda de magia. Exigió la voz de Alba a cambio de devolverle su poder a Rodrigo.
Rodrigo miró sus manos callosas de herrero, luego a Alba, que en ese momento preparaba una decocción de absenta. Ella no pidió protección: solo le miraba con una confianza infinita.
El poder comprado con el silencio del ser amado no es poder, sino esclavitud afirmó Rodrigo.
No usó magia. Solo tomó su martillo y salió fuera. Dicen que esa noche el bosque tembló no por maleficios, sino por la furia humana de un hombre defendiendo su casa. La sombra se marchó.
Envejecieron con dignidad. El pelo de Alba se volvió blanco como la flor del almendro, y la barba de Rodrigo, gris como la ceniza.
Se cuenta que, llegado su momento, no murieron por separado. Se internaron juntos en el bosque durante la floración de la absenta. Ahora, en ese lugar, hay dos árboles: un robusto roble cuyas raíces buscan las vetas de hierro, y un sauce flexible abrazando su tronco.
Si alguien arranca una hoja de ese sauce, sentirá en los labios la amargura verdadera: la de un amor de verdad, más fuerte que cualquier hechizoCada primavera, cuando las brisas acarician el Valle del Olvido, los habitantes del pueblo afirman ver entre las sombras del roble y el sauce un fulgor verdoso, antiguo como la absenta. Los niños dejan flores salvajes, y los ancianos murmuran que si apoyas la mano en la corteza, sientes el latido de dos corazones. El jardín de Alba creció desbordando límites, invadiendo el bosque con aromas desconocidos; y bajo la tierra, allí donde el roble se apoya en el sauce, brota cada diez años una raíz de bruja, más luminosa que nunca.
Los amantes de la absenta siguen cuidando el mundo desde el silencio. A veces, bajo la luna llena, se escucha el sonido de un martillo y una melodía suave entonada entre hierbas. Nadie teme la amargura: aprendieron que el amor verdadero florece entre lo dulce y lo salvaje, allá donde la magia no domina, sino acompaña. Así se quedaron juntos, y así siguen, cruzando las estaciones, invisibles pero eternos, en la frontera donde la tierra y el metal se encuentran, y la absenta florece para quien se atreve a vivir entre su dulzura y su sombra.

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