Los padres de mi amigo trabajaron arduamente durante años para brindarle una vida cómoda a su hijo. Aguas de Madrid fluían incesantes, como el tiempo que los padres dedicaban a su única criatura. Le ofrecieron todo cuanto necesitaba: libros, consejos, dulces de almendra y sombra fresca en el verano bajo los plátanos del Retiro. En cada etapa, el padre, Don Sergio, y la madre, Doña Carmen, se aseguraron de que nunca le faltara orientación, palabras sabias y abrigo de las tempestades de la vida. Carmen pensaba que su hijo merecía un golpe de suerte al comenzar su adultez y, nada más terminar el bachillerato, le entregaron las llaves de un Seat Ibiza reluciente. Al ingresar en la Universidad Complutense, un apartamento luminoso cerca de la calle Princesa le esperaba, decorado con cortinas de color berenjena y un gato negro llamado Sombra.
Mi amigo, Álvaro, era un joven sensato y agradecido, que siempre escuchaba los consejos de sus padres y no dejaba de enviarles WhatsApps o llamar para buena noche. Sin embargo, cuando cumplió 27 años y seguía sin mostrar el menor interés por casarse ni por compartir la vida con alguien, Carmen empezó a perder el sueño. Una sombra danzaba por su cabeza, y las campanas de la Catedral de la Almudena sonaban agudas, como si anunciaran una advertencia.
Aunque Álvaro había tenido novias antes, ninguna convencía a Carmen. Deseaba que su hijo tuviera una compañera fija, una esposa que llenara de luz el piso de Princesa. Se lo imaginaba en traje de lino, lanzando arroz sobre sí mismo frente a todos los tíos y primas. Planeaba regalarles un viaje a Granada, entre calas y azulejos, para celebrar la unión. Pero no sabía que el encuentro con la futura esposa de su hijo terminaría por romper el espejo de sus propias fantasías.
Carmen empezó a notar indicios extraños: Álvaro hablaba cada vez más por teléfono, vestía camisas color aceituna y salía a citas nocturnas por la Gran Vía. Ella se sentía ilusionada, convencida de que pronto estaría preparando el mantón de manila para una boda.
Una tarde, Álvaro le informó que pronto conocerían a su prometida, con quien quería casarse. Carmen expresó su alegría y supuso que todo sería fácil. Pero, al llegar el día de la presentación, una mujer de 38 años apareció en el umbral, llevando en brazos a dos niños pequeños. Álvaro, apenas de 27 años, saludó con una sonrisa nerviosa.
Los padres no pudieron disimular su conmoción; la cena se tornó extraña, la tortilla no supo a nada y Sombra se escondió bajo la mesa. Sergio y Carmen miraban la relación con profunda desaprobación y, tras varios días de silencio, exigieron a su hijo que, si iba a casarse con ella, entregase las llaves del Seat y del apartamento. Álvaro, triste pero firme, aceptó sin protestar, asegurando que se las arreglaría solo.
Desde entonces, cortó toda comunicación: los bloqueó en WhatsApp, dejó de escribir cartas e incluso evitaba los encuentros en los mercadillos de los domingos. Sólo a través de primos y tías del pueblo, Carmen supo de las dificultades que atravesaba Álvaro. Soñaba por las noches con azoteas vacías y gatos que nunca maullaban, convencida de que tarde o temprano su hijo entendería lo complicado de la situación y tal vez decidiría cambiar de camino.






