Al entrar en el piso, Olalla se detuvo de golpe. Junto a la puerta, colocados cuidadosamente al lado…

Life Lessons

Al atravesar el umbral del piso, Inés se detuvo. Allí, perfectamente alineados junto a su propio calzado y el de Mario, descansaban unos zapatos de tacón alto, elegantes, inconfundibles. Eran de Laura, la hermana de Mario. ¿Por qué estaba allí? Inés no recordaba que Mario le hubiese avisado de la visita de su hermana; quizá no lo había hecho, quizá lo soñó.

Inés, ¿tu marido otra vez de viaje? le preguntó su compañero, Rafael, cuando ella iba camino a la parada de autobús. La voz de Rafael flotaba, ligera, como si viniera desde un recuerdo. ¿Te apetece un café? Tomamos tu cacao favorito y hablamos, porque siempre es un hola y adiós.

Perdóname, Rafael, hoy no puedo. Mario prometió que estaría temprano en casa. Queremos elegir la cocina nueva, que aún no hemos terminado de acomodar tras la reforma. ¡Ah! Y hace mucho que no viaja por trabajo.

¿Siempre llega a casa puntual? preguntó Rafael, con una ironía que se desvanecía como niebla.

No siempre Inés sonrió, negó con la cabeza, y sus palabras se deslizaron como hojas caídas Ahora necesitamos dinero, así que Mario se queda hasta tarde en la oficina. Cuando terminemos de amueblar, ya podrá estar siempre a tiempo.

Entiendo murmuró Rafael, regalándole una sonrisa que parecía reflejarse en los charcos de la calle. Le deseó buena tarde y desapareció por una esquina que no existía.

A Inés la suerte le guiñó un ojo: el autobús llegó volando, como si lo hubiera invocado con el pensamiento. Se sentó junto a la ventana y se sumió en las aguas profundas de sus pensamientos. En otro tiempo, ella y Rafael soñaron con casarse. Rompieron de manera absurda, una discusión cuyo origen se había disipado en la memoria de Inés. Después, apareció Mario, y se casó con él solo para demostrarle a Rafael que no estaba sola y que él, perdido, debía lamentar su error.

Rafael intentó reconciliarse, juró hacerla feliz, pero Inés ya había quedado prendida de Mario. Decidió que lo suyo con Rafael solo fue una sombra. El tiempo dispersó los recuerdos y, hace poco, trasladaron a Rafael desde la oficina central a la sucursal donde trabajaba Inés.

Rafael fingió sorpresa ante la coincidencia, pero Inés sospechaba que él se había asegurado ese traslado al averiguar que ella trabajaba allí. Le resultaba hasta agradable que Rafael siguiera solo y mantuviera el mismo calor hacia ella. Deseaba que encontrase la felicidad y, en lo más hondo, sentía una pizca de envidia por la que sería su futura esposa: Rafael era un romántico capaz de convertir un gesto en una poesía.

A decir verdad, Inés tampoco podía quejarse de la suerte con Mario. Simplemente, él trabajaba sin descanso. Quería lo mejor para su familia, pero apenas le quedaba tiempo para su mujer. Además, vivían en el piso de Laura, la hermana de Mario.

Laura les ofreció su piso mientras sus hijos crecían. Jamás tuvo problemas económicos y nunca había trabajado un solo día. Para ella, propiedades eran inversiones; cuando los hijos fuesen adultos, tendrían techo asegurado.

Mario y Inés reformaron el piso a su gusto y Laura les dejó hacerlo, y ahora estaban comprando muebles. A veces, Inés pensaba que hubieran estado mejor alquilando, con todo ya listo. El dinero invertido les habría dado hasta para un depósito, o para años de alquiler. Pero a Mario le brillaron los ojos cuando Laura les ofreció el piso como si se lo sirviera en un sueño.

Inés bajó del autobús, cruzó la calle como flotando. El aire olía a lluvia cercana, pero ella no quería disfrutar ni de la frescura ni del aroma. Los pensamientos se deslizaban por su cabeza como burbujas que explotaban antes de asentarse. ¿Cuánto tiempo hacía que vivían allí? ¿Un año, quizás dos? No sabía decirlo, solo sentía que ese hogar seguía siendo provisional, como si la verdadera vida estuviese a punto de comenzar ¿pero cuándo?

Acercándose al portal, se dio cuenta de que caminaba despacio, como si postergara el momento de entrar. La puerta hizo clic, la habitual bienvenida al pasillo oscuro; subió las escaleras al cuarto piso, cada tramo destilando una tensión extraña.

Al entrar al piso, Inés se detuvo. Junto al calzado de ella y Mario estaban los de Laura, impolutos, sobre los relucientes azulejos. No recordaba que Mario le hubiese anunciado visita familiar.

Estaba a punto de anunciarse, pero algo la frenó. Una intuición antigua le aconsejó no entrar enseguida. Se detuvo, escuchando lo irreal.

Nosotros queríamos hacer un viaje la voz de Laura sonó como un eco en un patio sevillano. Pero mi marido no logra cuadrar las vacaciones, así que pensé darte estos billetes. Solo hay una condición la voz de Laura se volvió más firme irás, pero no con tu esposa, sino con Julia.

Inés se quedó de piedra. ¿Julia? Recordó que Mario alguna vez había mencionado de paso ese nombre, que Laura intentó emparejarle con una amiga. El recuerdo le llegó distorsionado, como un mensaje en una botella. El nombre de Julia ahora palpitaba en el aire con presagio de tormenta.

No necesito a Julia Mario protestó, irritado, su voz temblando como un reloj sin manecillas. Laura, te lo he dicho muchas veces, estoy con Inés. ¡Tengo a Inés! ¿Por qué insistes?

Inés suspiró aliviada: Laura, como siempre, se entrometía, imponiendo sus deseos. Estaba a punto de abrir la puerta del salón y anunciar su regreso cuando la conversación volvió a torcerse.

¿A quién intentas engañar? Yo recuerdo cuánto querías a Julia. Íbais a casaros, pero te marchaste cabreado por una tontería. No seas terco. Se ve: Inés no es tu media naranja. Julia es otra cosa.

Inés sintió que la realidad giraba sobre sí misma. ¿Querer, casarse? Mario siempre dijo que Julia no le importaba. Miró el suelo, intentando aferrarse a la calma, pero las palabras de Laura no la dejaban soñar tranquila.

¿Y qué? respondió Mario, su tono mezclando molestia e inseguridad, como si las paredes se estuvieran derritiendo. Fue cosa del pasado. Lo admito, pero es pasado. Ahora quiero a mi mujer.

¿La quieres? Anda ya, Mario Laura insistía, su voz una lluvia fría. Sabes que te casaste con Inés solo para echarle celos a Julia, cuando ella te dejó por otro. Luego volvió arrepentida; quería volver. Pero tú, por despecho, te casaste.

La inquietud de Inés subió como la marea. ¿Despecho? ¿Mario había elegido el matrimonio solo para hacer daño? Le pesaba el recuerdo de su propia boda precipitada tras la ruptura con Rafael. Si el origen fue vengativo, ¿qué importaba? Ahora se amaban. ¿O no? Inés, al borde del llanto, aguardaba por la respuesta de Mario, temerosa.

Silencio, luego la voz de Mario: Eso quedó atrás. Estoy casado, tengo obligaciones con mi esposa.

¡Obligaciones! rió Laura, como si la mesa se cubriera de polvo. Ni siquiera tenéis hijos, menos mal. ¿No recuerdas dónde vives? Si sigues con Inés, estarás toda la vida mudándote de piso en piso. Julia, en cambio, acaba de recibir un piso nuevo de sus padres, tres habitaciones, luminoso sigue enamorada de ti, espera que vuelvas con ella.

Inés se apoyó en la pared fría, sintiéndose como una sombra húmeda. ¿Cómo podía Laura decir eso? Lo que más temía era la reacción, el silencio de Mario, como si estuviera calibrando la idea.

Laura, basta dijo Mario, casi sin voz, titubeando en la frontera del sueño El piso no es lo importante. Tenemos dónde vivir, y ya compraremos uno propio.

Pero Laura no cedía: Te asusta el cambio. Julia siempre fue mejor para ti. Lo tuyo con Inés es solo rencor y miedo al futuro, pero aún puedes arreglarlo. Con Julia tendrás casa, estabilidad, lo que te mereces. ¿No ves que nunca serás realmente feliz con Inés?

Además añadió Laura, no puedo dejaros el piso para siempre. Quiero hacer otras cosas, pronto tendréis que marcharos.

¿Julia sabe que montas todo esto? preguntó Mario, como si el aire estuviera lleno de espejos rotos.

Por supuesto. Es más, Julia me lo pidió. Ideó lo del viaje y me rogó que te convenciera.

Se hizo el silencio. El mundo giró bajo los pies de Inés. ¿Por qué Mario no contestaba? ¿Estaría considerando el plan de Laura?

¿Y qué le digo a Inés? preguntó al fin, muy bajo.

Dile que me ayudas con la casa de campo. Tenemos reformas contestó Laura, íntima, liviana, casi soñando Y tú te vas con Julia a la playa. Es fácil.

No pudo oír más. Inés se deslizó fuera del piso, sin mirar atrás, huyendo a ningún sitio.

Se refugió en una cafetería pequeña, apenas iluminada, acompañada solo por la música y la lluvia mansa tras los cristales. Exhausta, encogida en su mundo, se sentó junto a la ventana y pidió mecanicamente cacao con vainilla. Los pensamientos fluían desordenados, como escenas que no lograban encajar. Fragmentos de la conversación ecos, sospechas no la dejaban respirar.

Repasaba las palabras de Laura: ¿de verdad Mario había ocultado tanto? ¿Cómo pudo callar lo de Julia? El matrimonio, ¿era su propio ajuste de cuentas? Pensaba que la había elegido de verdad, y todo era una respuesta a otro dolor. Aunque ella también escapó del recuerdo de Rafael, su amor por Mario era genuino, puro desde el principio.

La noche cayó, el café se llenó de reflejos, la lluvia dibujaba caminos en el vidrio. Inés no tocó el cacao: el tiempo se estancó, como si el reloj hubiera perdido las agujas, y Mario ni siquiera la llamaba.

Debe estar haciendo las maletas, pensó, preparando el viaje con Julia. Quizá ni le importe dónde estoy.

Al buscar el móvil, descubrió que estaba apagado, casi como si el sueño la hubiera borrado de la trama.

Suspiró y decidió que no podía esperar más; era momento de volver. Salió a la calle, el viento le arañó el rostro, el frío de la noche en Madrid calaba hondo. Iba repitiéndose que el final con Mario era inevitable, que tenía que prepararse para la separación.

Al llegar al portal, la sensación era aún más gris. Subió despacio, giró la llave y entró. Silencio. No había televisión, no sonaba la cocina. En la sala, maletas abiertas llenas de la ropa de Mario. ¿Se estaba yendo?

¿Qué haces? preguntó, sin saber exactamente si hablaba despierta o dormida, preparándose para escuchar que Mario se marchaba a lo de Laura. Pero entonces, él se giró, su voz como si viniera de otro mundo.

Inés, nos vamos. He encontrado un piso. Por ahora es de alquiler, pero pronto compraremos uno, pensaremos en una hipoteca. Se detuvo y la miró, buscando en sus ojos alguna señal. ¿Por qué has tardado tanto? He estado llamando, tenías el móvil apagado ¿Estabas trabajando?

Inés no supo qué contestar. Todas las palabras que había preparado se esfumaron. Asintió, desorientada.

¿Nos vamos? preguntó ella en un susurro.

Mario se le acercó, como queriendo tocar su incertidumbre.

Me he peleado con Laura confesó Y decidí que basta de depender de ella. Necesitamos algo nuestro.

Inés sintió cómo el cuerpo se relajaba, aunque el miedo no se disipaba. Mario, sentado en el borde del sofá, la invitó a acercarse, y le contó el resumen de la conversación con Laura.

Debí contártelo antes admitió, bajando el tono Es cierto, lo de Julia fue real. Y sí, te elegí mezclando sentimientos. Pero ahora solo te quiero a ti, no quiero perderte.

Inés escuchaba, sintiendo que algo se aflojaba en su alma. El dolor seguía, pero al menos ya podían hablar con verdad.

Perdona por no contártelo murmuró él, tocando el suelo con la mirada Cuando mencionaste lo de Rafael, pensé que no tocaba, y luego no quise revivir todo eso.

Inés respiró hondo, las lágrimas bailando al borde de los ojos. Pero eran lágrimas de alivio, no de tristeza.

Está bien, soltó finalmente Lo pasado, pasado. ¿El piso?

Sí Mario asintió Por ahora es provisional, pero allí seremos libres. Sin Laura, sin interferencias. Saldremos adelante, te lo prometo. Luego pediremos una hipoteca, y lo haremos bien.

Inés asintió. Sabía que era el camino correcto. Por fin vivirían para ellos mismos, lejos de sueños y promesas ajenas.

Pues nada sonrió Mario, como si el futuro se abriera entre las sombras ¿empezamos a empaquetar?

Inés sonrió y asintió. No quedaba nada que decir; sólo confiar en que aquel nuevo rumbo, aunque forjado entre sueños y dudas, sería finalmente suyo. Dejando el pasado atrás, siguieron, juntos, entre cajas y silencios, hacia su propia vida soñada.

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