Aguanta un poco más – Mamá, esto es para el próximo semestre de Ana. María dejó el sobre sobre el hule desgastado de la mesa de la cocina. Cien mil euros. Los había contado tres veces: en casa, en el autobús, antes de subir a casa. Siempre salía la misma cantidad, exactamente la que hacía falta. Elena apartó el ganchillo y miró a su hija por encima de las gafas. —María, hija, tienes mala cara. ¿Te preparo una infusión? —No hace falta, mamá. Solo está de paso, tengo que llegar a la segunda jornada. La cocina olía a patatas cocidas y a algo medicinal – tal vez crema para las articulaciones, tal vez las gotas que María compraba a su madre cada mes. Ciento veinte euros el frasco, para tres semanas. Más las pastillas para la tensión, más las revisiones cada tres meses. —Ana estaba ilusionadísima cuando supo lo de las prácticas en el banco —dijo Elena, cogiendo el sobre como si fuera de cristal—. Dice que ahí hay futuro. María no contestó. —Dile que es el último dinero para estudios. El último semestre. Cinco años llevaba María tirando del carro. Cada mes —sobre para su madre, transferencia para su hermana. Cada mes —calculadora en mano y restar eternamente: menos alquiler, menos medicinas, menos comida para mamá, menos la matrícula de Ana. ¿Qué quedaba? Una habitación alquilada en un piso compartido, un abrigo de seis inviernos y sueños olvidados de un piso propio. María un día soñó con irse a Barcelona. Simplemente, un fin de semana. Pasear por el Born, visitar el Prado. Hasta empezó a ahorrar —pero a mamá le dio el primer susto serio y todo el dinero se fue a médicos. —Deberías descansar, hija —Elena le pasó la mano por el antebrazo—. Tienes mala cara. —Descansaré. Pronto. Pronto significaba cuando Ana encontrase trabajo. Cuando su madre estuviese estable. Cuando pudiera respirar y pensar en ella misma. Levaba repitiéndose ese “pronto” cinco años. El título de economista Ana lo consiguió en junio. Y con matrícula de honor —María fue al acto, pidiendo permiso en el trabajo. Vio a su hermana subir al escenario con aquel vestido nuevo que le había regalado y pensó: ya está. Todo cambia a partir de ahora. Ana empezaría a trabajar, a ganar dinero, y por fin podría dejar de contar cada céntimo. Pasaron cuatro meses. —María, es que no lo entiendes —Ana estaba en el sofá, las piernas encogidas y calcetines peludos—. Para trabajar por cuatro duros no he estudiado cinco años. —Cincuenta mil no son cuatro duros. —Para ti, quizá. María apretó los dientes. En el trabajo ganaba cuarenta y dos mil. En la segunda jornada, otros veinte si había suerte y algún encargo extra. Sesenta y dos mil euros de los que, con suerte, quince iban para ella. —Ana, tienes veintidós años. Hay que empezar por algún sitio. —Sí, pero no en una oficina cutre por mil euros. Elena trasteaba en la cocina, haciendo ver que no oía. Siempre igual, cuando sus hijas discutían. Se iba, se escondía y luego, antes de que María se marchara, le susurraba: “No te enfades con Ana, todavía es joven, no entiende”. No entiende. Veintidós años, y no entiende. —No soy eterna, Ana. —No empieces con dramas. No te pido dinero, solo busco algo digno. No pide. Técnicamente, no pide. La que pide es mamá. “María, a Ana le hace falta para un curso de inglés, quiere mejorar.” “María, a Ana se le ha roto el móvil y necesita enviar currículum.” “María, Ana quería abrigo nuevo. En nada estamos en invierno.” María transfería, compraba, pagaba. Callaba. Porque siempre había sido así: tiraba ella del carro y las demás lo daban por hecho. —Me voy —ella se levantó—. Entra tarde y hoy me toca otro turno. —¡Espera, que te preparo unas empanadillas para llevar! —gritó su madre desde la cocina. Empanadillas de repollo. María cogió la bolsa y salió al portal frío, que olía a humedad y gatos. Diez minutos andando rápido hasta la parada, luego una hora de autobús. Después ocho horas de pie. Y cuatro más al ordenador si llegaba a tiempo para el trabajo extra. Y Ana, en el sofá, mirando ofertas y esperando que el universo le regalase un puesto ideal, con dos mil euros al mes y teletrabajo incluido. La primera bronca seria llegó en noviembre. —¿Pero has hecho algo? —gritó María al ver a su hermana en la misma posición de la semana pasada—. ¿Has enviado algún currículum? —He enviado tres. —¿¡Tres en un mes!? Ana puso los ojos en blanco y se escondió en el móvil. —No sabes cómo está el mercado, hay muchísima competencia. Hay que elegir bien. —¿Elegir bien es cobrar por estar tumbada en el sofá? Elena asomó desde la cocina, frotándose las manos en el trapo. —Chicas, ¿os sirvo una infusión? He hecho bizcocho… —No, mamá —María se apretó las sienes, tercer día ya de dolor de cabeza—. Dime, ¿por qué tengo que estar yo con dos trabajos y ella con ninguno? —María, Ana es joven, encontrará lo suyo… —¿Cuándo? ¿En un año, dos? ¡Con su edad yo ya trabajaba! Ana se levantó de golpe. —¡Perdona si no quiero ser como tú! ¡Como una mula agotada que solo sabe trabajar! Silencio. María cogió el bolso y se marchó. En el bus miró por la ventanilla oscura: “Mula agotada”. Así la veían. Elena llamó al día siguiente pidiendo no tomárselo a mal. —No lo decía en serio, Ana está agobiada. Solo aguanta un poco más, seguro que encuentra algo. “Aguanta”. La palabra favorita de mamá. Aguanta hasta que papá mejore. Aguanta hasta que Ana sea mayor. Aguanta hasta que todo pase. María llevaba aguantando toda la vida. Las broncas se volvieron rutina. Cada visita a su madre acababa igual: María intentaba hacer entrar en razón a Ana, Ana contestaba, Elena mediaba llorando. Luego María se iba, Elena llamaba pidiendo perdón, y vuelta a empezar. —Tienes que entenderlo, es tu hermana —decía mamá. —Y ella tiene que entender que no soy un cajero automático. —María, hija… En enero, Ana llamó ella misma. Su voz vibraba de nerviosismo. —¡María! ¡Me caso! —¿Cómo? ¿Con quién? —Se llama Diego. Llevamos tres semanas juntos. Es… ¡es perfecto! Tres semanas. Tres semanas y boda. María quiso decir que era una locura, que deberían conocerse más. Pero calló. Quizá, pensó, fuese lo mejor. Casada, el marido que la mantuviese, y poder, por fin, respirar. La esperanza estalló la noche de la cena familiar. —¡Lo tengo todo planeado! —Ana brillaba—. Un restaurante para cien, música en directo, el vestido en una boutique cerca de la Gran Vía… María dejó el tenedor despacio. —¿Y todo esto cuánto cuesta? —Bueno… —Ana sonrió—. Unos cinco mil. Quizá seis. ¡Pero es la boda de mi vida! —¿Y quién paga? —María, tú lo entiendes, ¿verdad? Los padres de Diego no pueden, tienen hipoteca. Mamá casi ni cobra pensión. Tú tendrás que pedir un crédito. María miró a su hermana. Luego a su madre. Elena bajó la vista. —¿Esto va en serio? —María, hija, es una boda —respondió mamá con ese tono dulce de toda la vida—. Una vez en la vida. No vas a escatimar… —¿Esperáis que pida un crédito de cinco mil para la boda de una persona que ni ha buscado trabajo? —¡Eres mi hermana! —Ana dio un golpe en la mesa—. ¡Es tu deber! —¿Deber? María se levantó. Todo le parecía por fin claro, y el silencio era acogedor. —Cinco años. Cinco años he pagado vuestros estudios, las medicinas de mamá, la comida, la ropa, el alquiler. Trabajo dos jornadas. Sin piso propio, sin coche, sin vacaciones. Tengo veintiocho años y hace más de un año que no me compro nada para mí. —María, hija… —intentó Elena. —¡Basta! ¡Se acabó! He mantenido a las dos durante años y ahora vengo a oír lo que me corresponde. ¡Desde hoy vivo para mí! Salió, cogiendo la chaqueta al vuelo. Fuera hacía frío, pero ella no lo notó. Por dentro sentía un calor dulce: acababa de soltar un fardo de piedras que llevaba toda la vida a la espalda. El móvil sonaba sin parar. María bloqueó ambos números. …Pasaron seis meses. María se mudó a un estudio pequeño, por fin suyo. En verano, viajó a Barcelona: cuatro días de Born y Ramblas, museo, noches blancas. Se compró un vestido nuevo. Y otro. Y unos zapatos. Se enteró de la familia por casualidad —una amiga del colegio trabajaba cerca de su madre. —Oye, ¿es cierto que se ha cancelado la boda de tu hermana? María se congeló con el café en la mano. —¿Cómo? —Eso dicen, que el novio se fue. Que se enteró de que no había dinero y lo dejó. María bebió un sorbo de café. Amargo y, por alguna razón, muy delicioso. —No sé. Ya no hablamos. Por la noche, desde la ventana de su piso nuevo, pensó que no sentía ni pizca de rencor. Solo una calma honda, la satisfacción tranquila de quien por fin ha dejado de ser “la mula de carga”…

Life Lessons

12 de marzo

Mamá, esto es para el próximo semestre de Lucía.

Dejé el sobre sobre el hule desgastado de la mesa de la cocina; cien mil euros. Los conté tres veces: en casa, en el autobús, y en el portal. Siempre me salían justo los que hacían falta.

Soledad dejó la labor de punto y me miró por encima de las gafas.

Hija tienes mala cara. ¿Te sirvo un té?
No, mamá. Solo paso un momento, tengo que llegar a tiempo al turno de la tarde.

En la cocina olía a patatas hervidas y a algo medicinal; quizás el ungüento para las articulaciones, tal vez las gotas que compro a mi madre cada mes. Ochenta euros el frasco, y dura tres semanas. Suma las pastillas para la tensión, y los análisis cada tres meses.

Lucía estaba tan ilusionada por las prácticas en el banco Soledad sostuvo el sobre con extremo cuidado, como si fuese de cristal. Dice que ahí puede tener un buen futuro.

No respondí.

Dile que esto es el último dinero que tenemos para la carrera.

El último semestre. Llevo cinco años tirando del carro. Cada mes, el sobre para mamá, la transferencia para mi hermana. Cada mes, la calculadora en mano y restar y restar: menos luz, menos medicinas, menos comida para mamá, menos matrícula para Lucía. ¿Y qué quedaba? Una habitación de alquiler en una casa compartida, un abrigo que compré hace ya seis años, y los sueños de tener algún día un piso propio olvidados en un cajón.

Hubo un tiempo en que quise viajar a Barcelona. Solo un fin de semana, estar en el Museo del Prado, pasear por las Ramblas. Hasta ahorré algo, pero entonces mamá tuvo su primera crisis seria, y todo lo ahorrado se fue en médicos.

Deberías descansar, hija mamá me acarició la mano. No tienes buena cara.
Ya descansaré. Pronto.

Pronto cuando Lucía encuentre trabajo. Cuando mamá esté un poco más estable. Cuando pueda sentarme y pensar sólo en mí. Llevo cinco años repitiéndome ese pronto.

Ana lucía de economista en junio, con matrícula de honor incluso. Fui a la graduación, pidiendo el día en el trabajo. La vi subir al escenario, con el vestido nuevo que le compré yo, claro, y pensé: ya está, ahora todo cambia. Ahora encontrará trabajo, empezará a ganar dinero, y podré por fin dejar de contar cada céntimo.

Pasaron cuatro meses.

Mercedes, no lo entiendes Lucía estaba sentada en el sofá, piernas cruzadas, calcetines de pelitos. No me he pasado cinco años estudiando para cobrar una miseria.
Mil euros no es una miseria.
Para ti será mucho, pero

Apreté la mandíbula. En mi trabajo fijo cobro ochocientos cincuenta. En el segundo, si hay suerte con los encargos, unos cuatrocientos más. Mil doscientos cincuenta euros, de los que si acaso me quedarán cuatrocientos para mí.

Lucía, tienes veintidós años. Ya va siendo hora de empezar en cualquier sitio.
Ya empezaré. Pero no pienso matarme por mil euros en una oficina de mala muerte.

Soledad iba y venía por la cocina, golpeando cacerolas, fingiendo no escuchar. Siempre hacía eso cuando discutíamos. Se iba, se escondía, y al marcharme, me susurraba: No te pelees con Lucía, hija, es aún joven, no entiende.

No entiende. Veintidós años y no entiende.

No soy eterna, Lucía.
No dramatices. Si ni siquiera te pido dinero. Solo estoy buscando algo decente.

No lo pide. Técnicamente, no. La que pide es mamá. Mercedes, que Lucía necesita dinero para un curso de inglés. Mercedes, se le rompió el móvil y tiene que enviar currículums. Mercedes, dice que necesita un abrigo nuevo, pronto llega el invierno.

Y yo, pagando, comprando, transfiriendo. Siempre en silencio. Porque siempre ha sido así: yo aguanto, y los demás lo dan por hecho.

Me tengo que ir me levanté. Luego tengo otro trabajo.
¡Espera, que te doy unas empanadillas para llevar! gritó mamá desde la cocina.

Las empanadillas eran de repollo. Cogí la bolsa y salí al portal húmedo, con olor a gato y moho. Diez minutos andando deprisa hasta la parada del bus. Una hora de trayecto. Ocho horas de pie. Cuatro más frente al ordenador si llegaba a casa antes de las doce.

Y Lucía, en casa, repasando ofertas de empleo, esperando que el universo le regale el puesto ideal: sueldo de dos mil y la opción de teletrabajar.

La primera bronca seria fue en noviembre.

¿Tú haces algo? no aguanté la semana que la vi igual tirada en el sofá. ¿Has mandado aunque sea un currículum?
Tres.
¿Y en un mes solo tres?

Lucía puso los ojos en blanco y se hundió en el móvil.

No entiendes cómo va el mercado laboral. Ahora hay muchísima competencia, hay que elegir bien.
¿Elegir bien? ¿Buscar el trabajo en que paguen por estar así, tirada?

Soledad se asomó de la cocina limpiándose la manos nerviosa.

Chicas, ¿un café? He hecho tarta
No, mamá me froté las sienes; llevaba tres días con dolor de cabeza. Explícame por qué tengo dos empleos y ella ninguno.
Mercedes, Lucía es joven aún encontrará su camino
¿Cuándo? ¿En un año? ¿En cinco? ¡A su edad ya trabajaba!

Lucía se revolvió.

Perdona si no quiero vivir tu vida. Una mula de carga que sólo sabe trabajar.

Silencio. Sólo cogí el bolso y me largué. En el bus miré por la ventanilla y pensé: una mula. Así me ven ellas.

Al día siguiente, mamá llamó para que no me enfadase.

Lucía no lo decía en serio. Se agobia, le cuesta mucho. Aguanta un poco más, mujer, seguro que encuentra algo pronto.

Aguanta. La palabra favorita de mamá. Aguanta, hasta que tu padre levante cabeza. Aguanta, mientras Lucía crece. Aguanta, hasta que mejore la cosa. Llevo toda la vida aguantando.

Las discusiones se hicieron rutina. Cada visita a mamá era igual: yo intentaba razonar con mi hermana, Lucía contestaba mal, mamá nos suplicaba paz, y todo volvía a empezar el día siguiente con unas disculpas por teléfono.

Tienes que entenderlo, es tu hermana decía mamá.
Y ella tiene que entender que no soy un cajero.
Mercedes

En enero, Lucía fue la que llamó, y la voz le vibraba de emoción.

¡Merche! ¡Que me caso!
¿En serio? ¿Con quién?
Se llama Pablo. Llevamos tres semanas. Es perfecto, Merche. ¡Es ideal!

Tres semanas. Iba a decirle que era una locura, que debería conocerle más pero me callé. Tal vez era lo mejor: se casaría, él la mantendría, y yo podría respirar.

La ilusión me duró hasta la primera cena familiar.

¡Ya lo tengo todo pensado! Lucía brillaba. Restaurante para cien, música en directo, vi un vestido precioso en Serrano

Bajé el tenedor, despacio.

¿Y cuánto cuesta todo eso?
Bueno Lucía encogió los hombros con una sonrisa. Como unos treinta mil euros. Tal vez un poco más. ¡Una boda hay que celebrarla!
¿Y quién va a pagar?
Tú lo entiendes, ¿no? Los padres de Pablo no pueden, tienen la hipoteca. Mamá está casi jubilada. Tú tendrás que pedir un préstamo.

Mire a Lucía. Luego a mamá. Ella desvió la mirada.

¿En serio?
Mercedes, hija, solo se casa una vez mamá puso ese tono meloso de siempre. No sea tacaña
¿Y tengo que endeudarme treinta mil euros para la boda de alguien que ni siquiera ha querido trabajar?

¡Eres mi hermana! Lucía golpeó la mesa. ¡Te toca!
¿Me toca?

Me levanté. Dentro de mi cabeza se hizo el silencio.

Cinco años he pagado vuestra vida. La carrera de Lucía. Tus medicinas, mamá. Vuestra comida, ropa, la luz. Trabajo en dos sitios. No tengo piso, no tengo coche, ni vacaciones. Tengo veintiocho y no me compro ropa desde hace año y medio.
Mercedes, tranquila susurró mamá.
¡No! ¡Basta! Años tirando de las dos, y aún queréis darme lecciones de deberes. ¡Se acabó! Desde hoy, vivo para mí.

Salí justo a tiempo para agarrar el abrigo del perchero. En la calle hacía cinco grados bajo cero, pero yo no sentía frío. Por dentro me llenaba una calidez nueva, como si por fin me hubiese quitado el saco de piedras de encima.

El móvil no paraba de sonar. Desconecté ambos números.

Han pasado seis meses. Al fin me mudé a un pisito pequeño, sólo mío. En verano fui a Barcelona: cuatro días, el Prado, el Mediterráneo, noches interminables. Compré un vestido nuevo. Y otro. Y unos tacones.

De la familia supe de casualidad, por una compañera de colegio, que trabaja cerca de casa de mamá.

¿Es verdad que se canceló la boda de tu hermana?

Me quedé con la taza de café en la mano.

¿Cómo?
Parece que el novio se largó al ver que no había dinero.

Probé el café; amargo, pero delicioso.

No sé, no hablamos.

Esa noche, desde la ventana de mi nueva casa, pensé que no sentía ni un gramo de rencor. Nada. Solo una satisfacción tranquila. Por fin, ya no soy una mula de carga. Por fin aprendí a vivir para mí.

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