Abuelas para Todo: La Historia de Elena y Catalina, dos Mujeres que Aprendieron a Decirse “Basta” y a Buscar una Vida Propia Más Allá de Ser las Cuidadoras Perfectas

Life Lessons

Abuela cómoda

Mira, te cuento lo que me pasó hace poco en el hospital. Me desperté aquella mañana no por una alarma ni nada de eso, sino por las carcajadas de mi compañera de habitación, Consuelo Domínguez. No era una risa cualquiera: era de esas sonoras, arrolladoras, que parece que hacen temblar los cristales. Imagínate, en plena planta de cirugía del Hospital General de Madrid, y ella partiéndose de risa por teléfono, gesticulando como si quisiera que la vieran desde la Gran Vía.

¡Inma, hija, lo que me acabas de soltar! Pero ¿en serio se lo dijo delante de todos?

Miro el reloj. Las 6:45 de la mañana. Quedaban quince minutos para que encendieran las luces y empezara el trajín del hospital. Quince minutos que yo pensaba dedicar a mentalizarme antes de la operación. Anoche, cuando llegué a la habitación, Consuelo ya estaba tumbada escribiendo en su móvil, y apenas cruzamos un saludo antes de refugiarnos en nuestros pensamientos. Se lo agradecí en ese momento, pero claro, hoy el plan cambió.

Disculpa le dije con voz suave pero clara, ¿podrías bajarle un poco al volumen?

Consuelo se volvió sonriente, con ese pelo corto salpicado de canas sin maquillar, su pijama de lunares rojos como si estuviera en casa de su hija, y no en un hospital.

Ay, Inma, cariño, te llamo luego, que aquí alguien quiere dormir. Colgó el móvil y se giró hacia mí con una sonrisa. Perdona, mujer. Soy Consuelo Domínguez. ¿Has descansado algo? Yo es que antes de una operación nunca pego ojo, me da por llamar a todo el mundo.

Yo, Carmen Mendoza. Si tú no puedes dormir, no significa que los demás no lo necesitemos.

Pero si tú ya estás despierta… me guiñó un ojo. Venga, lo prometo, de ahora en adelante susurro.

Ya te digo yo que susurrar, poco. Antes de que llegara el desayuno, hizo otras dos llamadas, y le subía el tono a cada una. Yo, a la vista, me di la vuelta y me tapé la cabeza con la sábana, pero ni así.

Era mi hijame explicó cuando trajeron el café (que ni llegamos a tomar). Está preocupada, pobre. Yo tranquilizándola como puedo…

Yo no respondí. Mi hijo ni me llamó, pero tampoco lo esperaba: ya me había dicho que tenía junta temprano, de esas importantes. Yo misma lo educé así: el trabajo es serio, es responsabilidad.

A Consuelo se la llevaron a quirófano primero. Se despidió agitando la mano, diciendo algo a la enfermera (que, por cierto, se reía con ella). Yo pensé que ojalá, después de la operación, la pasaran a otra habitación.

Me tocó a mí una hora más tarde. Siempre me ha costado el despertar del anestésico: me quedé fatal, con un dolor sordo en el costado derecho. Me dijeron que todo había ido bien, que tocaba aguantar. Y, bueno, aguantar yo sé.

Por la tarde, cuando volví a la habitación, Consuelo estaba ya tendida y callada, con la piel ceniza, los ojos cerrados, el gotero colgando. En silencio. Por primera vez.

¿Cómo estás? pregunté, aunque no pensaba iniciar ninguna charla.

Ella abrió los ojos e intentó sonreírme.

Bueno… aún respiro. ¿Y tú?

Igual.

Quedamos calladas. Afuera anochecía y sólo se oía el goteo de los sueros.

Perdona lo del desayuno dijo de pronto. Es que cuando estoy nerviosa no paro de hablar. Sé que molesto, pero no lo puedo evitar.

Yo iba a responderle con algo ácido, pero no encontré las fuerzas. Sólo pude decir:

No pasa nada.

Esa noche ninguna de las dos logró dormir. Nos dolía todo. Consuelo ya no telefoneó a nadie, pero la notaba inquieta, suspirando bajito. Creo que hasta lloró un poco. Muy suavemente, abrazada a la almohada.

Al día siguiente la médica pasó temprano, nos miró las cicatrices y la fiebre, y nos soltó: Vais muy bien, seguid así. Nada más marcharse, Consuelo agarró el móvil.

¡Inma! Ya está, todo bien, puedes quedarte tranquila. ¿Y los peques cómo están? ¿El niño tenía fiebre? ¿Ya se le pasó? ¡Te lo dije, que no era nada!

Yo escuchaba sin querer. Los peques, o sea, sus nietos. Era la hija controlando el parte.

El mío, el teléfono, calladito. Dos mensajes de mi hijo. ¿Qué tal, mamá? y Avísame cuando puedas. De la noche anterior, cuando yo seguía medio grogui por la anestesia.

Le escribí: Todo ok. Puse una carita sonriente. A él le encanta eso, dice que si no los mensajes parecen fríos.

Contestó tres horas después: Genial. Besos.

¿Tus hijos no vienen? me preguntó Consuelo a mediodía.

Trabaja fuera. Vive lejos. Y tampoco hace falta, no soy una niña.

Eso, sí señor asintió Consuelo. Mi hija igual: Mamá, que tú puedes sola. ¿A qué venir si estamos bien, verdad?

Pero en ese verdad había algo raro. Sonreía, pero la mirada… ay, la mirada estaba apagada.

¿Cuántos nietos tienes?

Tres. Álvaro, el mayor, que tiene ocho; y Nuria y Lucas, que se llevan sólo un año, tres y cuatro. Sacó su móvil del cajón. ¿Te enseño fotos?

Echamos ahí un rato largo. Me enseñó fotos en la casa del pueblo, en la playa, en los cumpleaños, todos con ella. Abrazos, besos, haciendo tonterías. La hija en ninguna.

Ella es la fotógrafa me explicó. No le gusta salir.

¿Te visitan mucho?

Pues vivo casi con ellos. Mi hija currando, el yerno igual, así que yo estoy ahí para recoger del cole, ayudar con los deberes, preparar la cena…

Asentí. A mí me había pasado parecido. Los primeros años tras el nacimiento del nieto, iba todos los días. Luego, sólo alguna tarde. Ahora, muy de vez en cuando. Si coincidimos los domingos.

¿Y tú?

Uno. Nueve años. Muy listo, le va genial en el cole.

¿Vais mucho?

Algunos domingos. Tienen mil cosas. Lo entiendo.

Ya… Consuelo miró la lluvia desde la ventana. Tienen muchas cosas.

Por la noche, de repente me dice:

Mira, no quiero volver a casa.

La miro sorprendida. Estaba sentada en la cama, abrazándose las rodillas, la vista en el suelo.

Te lo digo en serio. Llevo días dándole vueltas y… no quiero. ¿Para qué? Llegar y encontrarme a Álvaro peleado con los deberes, Nuria con los mocos colgando y Lucas con los pantalones rotos. Mi hija trabajando hasta las mil, el yerno igual. Y yo: limpia, cocina, corre, ayuda… Ni las gracias te dan. Porque claro, eres la abuela, para eso están las abuelas.

No pude evitar tragar saliva.

Perdona, que me ha entrado la tonta.

No pidas perdón musité. Cuando me jubilé, hace cinco años, pensé que por fin podría ser yo. Ir al teatro, a exposiciones… Hasta me apunté a francés. Dos semanas duré.

¿Y?

Mi nuera de baja maternal. Ayúdame, me pidió. Tú ya no trabajas. Te viene bien moverte. Yo… no supe decir que no.

¿Y cómo lo llevaste?

Tres años a diario. Después de meses en la escuela, ya menos. Ahora, desde que tienen a la canguro, casi nunca me necesitan. Y yo en casa, esperando a que llamen, si es que se acuerdan.

Consuelo asiente.

La mía iba a venir a verme en noviembre. Limpié, hice empanada, compré pasteles… Me llamó: Mamá, no podemos. Que Álvaro tiene entrenamiento. Nada, los pasteles para la vecina.

Nos quedamos calladas otro rato.

Lo peor me suelta no es que no vengan. Es que sigo esperando. El móvil en la mano, por si suena. A ver si me llaman sólo para decirme que me echan de menos. No para pedirme un favor, sólo porque sí.

Noté el nudo en la garganta.

Yo también espero. Cada vez que suena el teléfono, pienso que mi hijo solo quiere hablar conmigo. Pero no. Siempre hay un motivo.

Y nosotras, salvando el día. Porque somos madres.

Eso.

Cuando llegó el día de las curas, fue fatal. Después, tiradas las dos en la cama, me dice Consuelo:

Siempre pensé que tenía una familia feliz. Mi hija, el yerno, los peques… Que me necesitaban de verdad, que sin mí todo sería un caos. Y aquí me he dado cuenta de que se apañan la mar de bien. Mi hija no me ha llamado ni una vez para quejarse. Solo dice: Está todo controlado. O sea, que sí pueden. Pero es mucho más cómodo cuando está la abuela disponible.

Me incorporé en la cama.

¿Sabes de lo que me doy cuenta? Soy yo la responsable. Le enseñé a mi hijo que mamá siempre está ahí, que sus planes son prioridad, y los míos, prescindibles.

Eso mismo he hecho yo con la mía. Siempre corriendo, dejando todo por ella.

Las hemos acostumbrado a que no somos personas dije despacio. Como si no tuviéramos una vida.

Consuelo asintió, pensativa.

¿Y ahora qué?

No sé.

El quinto día, me levanté sin ayuda. Al sexto, ya andaba por el pasillo de punta a punta. Consuelo iba un poco renqueante, pero no se rendía. Paseábamos juntas, despacito, casi como si aprendiéramos a movernos de nuevo.

Cuando murió mi marido me sentí vacía me confesó Consuelo. Mi hija me dijo: Mamá, ahora tu vida es para los niños. Y la dediqué. Pero, ¿sabes? Ese sentido es muy de un solo lado. Yo para ellos, y ellos para mí sólo cuando les hace falta.

Yo le conté lo del divorcio, cómo crié sola a mi hijo, cómo estudiaba y trabajaba sin parar. Siempre convencida de que, si era la madre perfecta, él sería el hijo ideal, agradecido.

Y ahora vive su vida como quiere remató Consuelo.

Sí. Es lo normal, supongo. Pero no pensé que doliera tanto la soledad.

Yo tampoco lo esperaba.

El séptimo día apareció mi hijo, así, sin avisar. Estaba yo leyendo y le veo entrar, alto, elegante, con una bolsa de mandarinas. Sonrió, me besó en la frente.

Mamá, ¿cómo estás? ¿Mejor ya?

Mejor.

Genial. El médico dice que en tres días te dan el alta. Hemos pensado que podrías venirte a casa. Silvia dice que la habitación de invitados está libre.

Gracias, pero en casa estoy mejor.

Como quieras, pero si necesitas algo, llama. Te recogemos sin problema.

Estuvo veinte minutos, contándome el curro, el nieto, el coche nuevo. Me preguntó si estaba apurada de dinero. Prometió pasar la semana siguiente. Y se fue rapidito, casi aliviado.

Consuelo fingía dormir, pero cuando salió mi hijo abrió los ojos.

¿Era él?

Era él.

Guapo, ¿eh?

Sí.

Y frío como los hielos.

No contesté. Me dolía hasta respirar.

¿Sabes?, he estado pensando. ¿Y si dejamos de esperar que nos quieran? Qué tal si simplemente… soltamos. Que entendamos que ellos ya tienen su vida, y que nosotras busquemos la nuestra.

Parece fácil.

Hacerlo es otra historia. Pero opciones no hay muchas. O seguimos aquí, mirando el móvil a ver si suena.

¿Qué le dijiste a tu hija? le pregunté de pronto, tuteándola sin darme cuenta.

Que cuando me den el alta, voy a descansar dos semanas, que la doctora no me deja hacer esfuerzos, que de cuidar niños na’ de na’.

¿Y ella?

Primero se quejó. Le dije: Inma, eres adulta, podrás apañarte. Que yo, por ahora no. Dio una risa amarga. Se indignó. Pero ¿sabes?, he sentido como si me quitara un saco de piedras de encima.

Cerré los ojos.

Yo tengo miedo. Si digo que no, se enfadan, y dejarán de llamarme.

¿Te llaman mucho ahora?

Silencio.

Pues eso.

Al octavo día nos dieron el alta a la vez. Recogimos todo en silencio, como si nunca más fuésemos a vernos.

¿Te parece si nos pasamos los móviles? me propuso Consuelo.

Asentí. Los apuntamos en la agenda. Nos quedamos mirando.

Gracias le dije. Por estar ahí.

Y gracias a ti. Hace treinta años que no hablaba así con nadie. De verdad.

Yo igual.

Nos abrazamos, a trompicones, temiendo tocar los puntos. Nos trajeron los papeles, el taxi. Yo salí primero.

Al llegar a casa estaba todo callado, ordenado y vacío. Deshice la bolsa, me di una ducha y me tumbé en el sofá. Cogí el móvil: tres mensajes de mi hijo. ¿Llegaste?, Llámame cuando estés en casa, Ojo con las pastillas.

Escribí: Estoy en casa. Todo bien. Solté el teléfono.

Me levanté, fui al armario y saqué la carpeta que llevaba años sin tocar. Dentro, el folleto del curso de francés y el programa de otoño del Teatro Real. Me quedé mirando el folleto, dudando.

Sonó el teléfono. Consuelo.

Hola, perdón que llame tan pronto… Es que me apetecía.

Me alegra, de verdad.

Oye, ¿nos vemos pronto? Cuando estemos más fuertes. Tomar algo en una cafetería, o un paseo. ¿Te apetece?

Miré el folleto, el móvil, el folleto de nuevo.

Me apetece muchísimo. ¿Sabes qué? Que no espero dos semanas. ¿Te parece el sábado? De estar en casa ya estoy un poco harta.

¿El sábado? ¿No dicen los médicos…?

Treinta años cuidando a todos. Ya me toca a mí.

Entonces hecho. El sábado.

Colgamos. Dejé el teléfono y volví a coger el folleto del curso. Empezaba en un mes, aún quedaban plazas.

Encendí el portátil y rellené la inscripción. Me temblaban los dedos, pero lo hice.

Fuera seguía lloviendo, pero a través de las nubes, Madrid tenía algo de sol. Un sol tibio, otoñal. Y por primera vez en mucho tiempo sentí que mi vida quizá, solo quizá, acababa de empezar.

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