Abuela, mamá dijo que hay que llevarte a una residencia de ancianos”. Escuché la conversación de mis padres y un niño no inventa algo así

Life Lessons

La abuela caminaba por las calles de un pueblecito cerca de Toledo, los tacones repiqueteando con ese ritmo alegre de cuando la vida aún parecía una canción interminable. Hoy era un día especial: por fin era dueña de su propio piso. Un luminoso apartamento de una habitación en un edificio nuevo, el sueño de tantos años. Casi dos años ahorrando cada céntimo. La venta de la vieja casa en el pueblo solo cubrió la mitad; su hija, Nina, puso el resto, pero la abuela juró devolvérselo. A sus setenta años, viuda, le bastaba con la mitad de su pensión. Los jóvenes su hija y su yerno necesitaban más el dinero. Toda la vida por delante, claro.

En el vestíbulo del colegio la esperaba su nieta, Marta, una niña de ocho años con coletas. La pequeña se abalanzó sobre ella, y juntas emprendieron el camino a casa, charlando de tonterías. Marta era la luz de la vida de la abuela, su tesoro más preciado. Nina la tuvo tarde, casi a los cuarenta, y entonces pidió ayuda a su madre. La abuela no quería dejar su casa en el pueblo, donde cada rincón guardaba un recuerdo, pero por ellas lo sacrificó todo. Se mudó cerca, se encargó de Marta: la recogía del colegio, la cuidaba hasta que los padres volvían del trabajo, y luego regresaba a su pequeño piso acogedor. El piso estaba a nombre de Nina por si acaso, ya se sabe, a los mayores les pueden engañar, y la vida es impredecible. La abuela no protestó: solo era un trámite, pensaba.

Abuela Marta interrumpió sus pensamientos de pronto, mirándola con esos ojos grandes, mamá ha dicho que hay que llevarte a una residencia de ancianos.

La abuela se quedó helada, como si le hubieran tirado un cubo de agua fría.

¿A qué residencia, cariño? preguntó, notando un escalofrío que le recorría todo el cuerpo.

Pues donde viven los abuelitos. Mamá le dijo a papá que estarías mejor allí, que no te aburrirías Marta hablaba en voz baja, pero cada palabra sonaba como un martillazo.

¡Pero si yo no quiero ir! Prefiero un balneario, descansar un poco respondió la abuela, con la voz temblorosa, la cabeza dando vueltas. No podía creer lo que estaba escuchando de boca de su nieta.

Abu, no le digas a mamá que te lo he contado susurró Marta, apretándose contra ella. Lo escuché anoche. Mamá dijo que ya había hablado con una señora, pero que no te llevarían ahora, sino cuando yo sea más mayor.

No se lo diré, mi vida prometió la abuela mientras abría la puerta del piso. La voz le temblaba, las piernas le flaqueaban. No me encuentro bien, me duele la cabeza. Me tumbaré un rato, tú cámbiate, ¿vale?

Cayó sobre el sofá, el corazón a mil, todo borroso ante sus ojos. Aquellas palabras, dichas con voz infantil, le habían destrozado el mundo. Era verdad una verdad cruel, despiadada, que una niña no podía inventarse. Tres meses después, la abuela hizo las maletas y volvió al pueblo. Ahora alquila una casita, ahorra para comprar algo suyo, algo que le dé estabilidad. Las viejas amigas y algunos parientes lejanos la apoyan, pero por dentro solo hay vacío y dolor.

Algunos murmuran a sus espaldas: «Tiene la culpa, debería haber hablado con su hija, aclararlo todo». Pero la abuela lo tiene claro.

Una niña no inventa esas cosas dice con firmeza, mirando al vacío. Las acciones de Nina hablan por sí solas. Ni siquiera ha llamado para preguntar por qué me fui.

Supongo que su hija lo entendió todo, pero guarda silencio. Y la abuela espera. Espera una llamada, una explicación, aunque sea una palabra. Pero no marca el número el orgullo y el rencor la tienen atrapada como cadenas. No se siente culpable, pero el corazón se le parte con este silencio, con esta traición venida de los que más quería. Y cada día se pregunta: ¿es esto todo lo que queda de su amor y sus sacrificios? ¿Está condenada su vejez al olvido y la soledad?

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