A veces amamos a quienes no debemos, y nos casamos con quienes no tocan: El recorrido de la vida no es sencillo, y del destino no se puede escapar. Cada uno tiene su propio destino, su verdad. Vero creció en un matriarcado, junto a su abuela Faína y su madre María, entre la dura vida del campo español: huerto, leña, agua del pozo, y un sinfín de trabajo cotidiano. Pero un día Faína tomó la decisión de dejar el pueblo y mudarse a la ciudad, buscando una vida diferente para todas. Así, tres generaciones de mujeres emprenden una nueva etapa en una urbe castellana, enfrentando retos, adaptándose y luchando por salir adelante. Vero, aprendiendo a valerse por sí misma, pronto descubre el amor y el desencanto con su primer novio Tolico, quien la abandona durante su servicio militar, casándose con otra al regresar. Sin embargo, el destino le sonríe cuando conoce a Yurka en el tren y, tras una larga correspondencia y muchas dudas, encuentra en él al compañero fiel que anhelaba. El tiempo pasa, Vero se casa y forma su propia familia, aunque la cotidianidad y las diferencias con su marido la obligan a sacar lo mejor de sí misma, combinando encanto y sabiduría para lograr la armonía en el hogar. Pero la vida vuelve a ponerla a prueba cuando la soledad regresa inesperadamente, recordándole la repetición de los destinos familiares y esa verdad ancestral: del destino, en España como en cualquier lugar, nadie se escapa.

Life Lessons

No siempre encontramos a la persona adecuada, ni nos casamos con quien corresponde

Recorrer el camino de la vida no es sencillo, y no se escapa del destino. Cada uno carga con su suerte y su verdad. Yo nací y crecí rodeado de mujeres, en una casa modesta de las afueras de Burgos. Allí vivía con mi abuela Fausta y mi madre Carmen; mi padre nos había abandonado cuando yo tenía apenas dos años, y desde entonces la abuela fue el sostén de la familia. Aquello era más una república de mujeres que un reinado: apenas nos alcanzaba para lo justo, el huerto requería atención constante, la leña la cargábamos a diario y el pozo suministraba el agua para todo.

Fausta siempre fue una mujer fuerte. Se quedó viuda joven y sacó adelante a su hija como pudo. Carmen, mi madre, nunca se quejó abiertamente, pero la vida la había vuelto reservada. Desde pequeño aprendí a ordeñar cabras, a cavar la tierra, incluso fui ayudando en la cocina con lo que había.

Una tarde de primavera, cuando Fausta regresó agotada de la vaquería, soltó un suspiro y dejó caer las manos sobre las rodillas.

Carmen, hija, ya estoy harta de este trajín…

¿Qué te pasa, madre? preguntó mi madre, acercándose, mientras yo me asomaba al umbral.

Estoy cansada de vivir de sol a sol, de palear estiércol y aguantar tanta dureza. ¿Acaso no merecemos algo mejor? dijo, clavando la mirada en sus manos, curtidas de años de trabajo.

¿Y qué propones, madre?

Que nos vayamos a la ciudad. Vendamos todo. Tengo unos ahorros guardados, compraremos un piso en Valladolid.

¡Eso! ¡A la ciudad! exclamé, lleno de ilusión. Hacía tiempo que soñaba con ese cambio.

Así fue cómo nos decidimos. Teníamos un tío allí, Tomás, hermano mayor de Fausta, y nos alojamos con él unos días.

Os preparo un cuarto dijo su esposa, solícita, en cuanto encontréis piso, os instaláis.

La familia nos acogió sin reservas. Carmen se puso enseguida a buscar alojamiento; Tomás la ayudaba. Al fin, dimos con un apartamento y nos mudamos.

Algo de arreglos necesita este sitio comentó Fausta, pero ya no nos queda nada, todo se ha ido en la compra. Con el tiempo lo mejoraremos.

Sí, mamá. Por cierto, mañana empiezo a trabajar en la panificadora. Y hay un colegio cerca, tendríamos que inscribirte, que en mes y pico acaban las vacaciones de verano.

Nosotras vamos contigo a inscribirte dijo la abuela, tú ahora no tienes tiempo.

Así entré en sexto de primaria en una escuela nueva, no lejos de casa. Estaba emocionado y prometía esforzarme.

Esa tarde, cuando mi madre llegó cansada del trabajo, Fausta le dio la noticia:

Me han cogido de limpiadora en tu colegio le anunció. Aún puedo trabajar un poco, nos hace falta.

Madre, cobra la pensión, podrías descansar ya.

Mientras pueda, hija… y así, además, echo un ojo al chaval, que es nuevo en esto.

El tiempo pasó. Fausta limpiaba el colegio, Carmen trabajaba en la panificadora y yo, bueno, nunca fui de sacar notas brillantes, pero me defendía.

Al terminar octavo, decidí no seguir estudiando. Las cosas en casa no estaban fáciles y tocaba arrimar el hombro. Un día, al pasar frente a un restaurante, vi un cartel de se necesita friegaplatos. Entré sin dudar. Me puse a currar, y pronto estaba ayudando en cocina: pelando patatas, echando una mano con los guisos cuando hacía falta. Me llevé bien con mis compañeras y con ellas empecé a ir a las verbenas de los sábados.

Mamá, salgo con las chicas al baile decía.

Ten cuidado con los muchachos, usa la cabeza y no te creas todo lo que te cuenten me aconsejaba la abuela.

¡Que ya no soy un crío, abuela!

En una de esas noches conocí a Toño. Me sacó a bailar, y no me soltó en toda la noche.

Te acompaño a casa dijo con esa seguridad tan suya, y simplemente acepté.

Empezamos a salir. Al poco tiempo, él me confesó:

Me llaman a la mili. ¿Me esperarás? Te escribiré, contéstame siempre.

Claro, Toño. Lo haré le prometí.

Fui a despedirlo a la estación, empecé a escribirle y él respondía. Decía que a la vuelta, en el permiso, me vería. Cuando por fin vino, nos encontramos.

¿Qué? ¿Te han intentado casar? bromeó.

Te dije que te esperaría, y así ha sido.

Pero noté que algo había cambiado. Estaba distante, sin mirarme a los ojos. El permiso se pasó volando y volvió al cuartel. Los mensajes fueron menos y luego, el silencio.

Llegó el día en que Toño debía regresar. Y no dijo nada. Yo no tenía cómo localizarlo. No lo veía por la verbena, aunque intuía que estaría por volver.

Chicas, ¿sabéis de Toño? pregunté volviendo del baile.

¡Ve a casa de sus padres! bromeó una, así conoces a su mujer también. Qué ingenuo eres… Toño se casó durante la mili y se trae a la esposa. Olvídale, de verdad.

Me quedé helado. Tanto esperar para esto.

Pero la vida sigue. Poco después, por casualidad, me lo crucé en el parque. Estaba sentado donde tantas veces habíamos compartido banco.

¡Eh, hombre! se levantó al verme.

Seguí andando. Me alcanzó.

Escucha… cometí un error. Pienso mucho en ti. No amo a mi mujer, fue una situación; está embarazada. Pero contigo sería distinto, no dejo de pensarlo.

Me paré, lo miré a los ojos.

¿Y qué esperas de mí? ¿Ser tu amante, mientras mantienes tu otra vida? Yo no juego así. Elegiste, y ahora asume tu camino. Que tengáis muchos hijos y seáis felices… Pero sin mí.

Ese episodio me dolió, pero no me tumbó. El director del restaurante, viendo lo bien que me maneja en la cocina, me propuso ir a Segovia a estudiar para cocinero profesional. ¡Ni me lo pensé!

Así que, puesto con mis mejores galas, me fui solo, el corazón lleno de miedo y esperanza. En la estación, grupos de jóvenes se despedían, uno rasgaba la guitarra mientras otros cantaban. Uno de ellos, con uniforme militar, se acercó a mí:

¡Hola! Me llamo Julián, ¿y tú?

Ignacio respondí.

¿También esperas el tren?

Sí.

Sonó el silbido y Julián corrió con los suyos. Cuando subí al vagón y me acomodé, de pronto lo vi aparecer.

¡Te encontré! He cruzado todos los vagones. No tengo mucho tiempo, pero desde que te he visto, no puedo dejar de pensar en ti. ¿Nos damos las direcciones? Así nos escribimos. ¿A dónde vas?

A los cursos de cocina, en Segovia.

Durante el viaje charlamos sin parar. Intercambiamos direcciones y nos despedimos, poco convencidos de volver a vernos. La experiencia con Toño pesaba, así que no me hacía ilusiones. Pero Julián era distinto; no prometía más de la cuenta, solo compartía su alegría.

La abuela siempre decía: “No todo el que encuentras es para ti, ni todos merecen tu camino” pensé.

Un año entero nos escribimos. Cuando Julián terminó la mili, apareció en mi puerta sin previo aviso un día de descanso. Nos alegramos al vernos, y comprendí que a este hombre sí podía fiarme.

El tiempo pasó. Me casé con Julián. Yo seguía como cocinero en el restaurante; él trabajaba en la fábrica. Yo era de orden y minucias, todo pulcro y preparado, los mellizos siempre limpios y cuidados.

Pero Julián era un desastre: dejaba todo por donde pasaba. Regañaba y recogía tras él, cada día. Hasta que comprendí que debía cambiar de táctica: más miel que hiel.

Con paciencia y cariño le enseñé costumbres de orden. Ya su ropa de faena la dejaba en la entrada, las herramientas en el garaje, él mismo barría y limpiaba el taller. Incluso ponía orden allí donde antes era caos. Y yo, al verlo, sonreía.

A veces pienso que, al final, encontré y escogí bien, pese a los augurios de mi abuela.

Vivimos felices muchos años. Un día, sin embargo, Julián no volvió del trabajo. Cayó en la calle y el corazón se le paró. Nada hacía presagiarlo, pero fue así. Lo lloré mucho.

Ahora me veo acompañado solo por los recuerdos, igual que les pasó a mi madre y a mi abuela. Mis hijos y nietos vienen de vez en cuando. A veces pienso que, por más que uno huya o busque, al destino nadie escapa.

De todo esto he aprendido que la felicidad está menos en lo que nos toca, y más en cómo lo vivimos y a quién tenemos al lado.

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