Hace muchos años, una buena conocida mía vivió una de esas aflicciones que abruman el corazón: su hijo se empeñó en casarse con una chica de un entorno muy distinto al nuestro. Yo no pude sino compadecerla; al fin y al cabo, también tengo hijos y me habría preocupado igual…
Siempre me acuerdo del caso de una tal Fernández. El hijo de Fernández no le pidió permiso ni consultó con la familia: sencillamente un día la sentó en el salón y le dijo: Mamá, te presento a Carmen. Ya nos hemos casado.
En la familia de Fernández abundaban los títulos y los oficios ilustres: un catedrático, dos doctoras, una coreógrafa, un jefe de obra, una crítica literaria, y un conocido cardiólogo. Gente de renombre y cabeza alta. Pero la muchacha en cuestión venía de crianza incierta y modales cuestionables: su padre había desaparecido del mapa, la madre era vaquera (¡vaquera!), y ella, con estudios justitos de formación profesional como pintora de paredes y yesera. Ni porte, ni belleza. Parecía que el destino, caprichoso, se hubiese divertido a su costa.
Eso sí, la chica no daba ruido ni molestia; se la veía apenas cruzar rápida por el pasillo, y poco más.
Ya verás avisaba la amiga de Fernández, Adela, cuando coja confianza, acabarás llorando.
Tiempo después, el hijo tuvo que irse por trabajo a los Estados Unidos. Y Fernández, solo con imaginar a esa “antigua” rondando su casa, sentía que prefería ni volver al hogar, como confesaba a Adela.
Por Navidad volvió el chaval, y en marzo les salió con que, primero, en los Estados Unidos le ofrecían un contrato, segundo, allí mismo había conocido a Nicole, y tercero, que el jueves firmaban el divorcio con la yesera y al día siguiente él cogía el avión. No te agobies, mamá, te llamaré repetía.
Fernández lloró, le despidió y agitó la mano al verle marchar. Y la muchacha recogió como pudo sus pocas pertenencias: una bolsa de viaje, una bolsa del supermercado. Todo su capital.
Con una tristeza de perro sin dueño. Fernández, venciendo el orgullo, preguntó:
¿Tienes dónde ir?
La muchacha susurró:
En la residencia de estudiantes me hacen un hueco en una cama supletoria en un mes. Hasta entonces, me dejan dormir en la habitación de unas amigas, en una cama plegable.
Fernández la miró en silencio y sentenció:
Entonces dentro de un mes te vas. Ahora deshaz la maleta.
Y se llamó a sí misma idiota, como corroboró su amiga Adela.
La muchacha se marchaba por la mañana temprano a dar brochazos y volver cansada al anochecer, con la piel cenicienta de fatiga. Quiso dejar dinero por su estancia, asegurando dignamente que ganaba lo suficiente.
Así pasaron tres semanas hasta que a Fernández le vino de golpe la enfermedad; una crisis tan fuerte que acabó mes y medio en el hospital, logrando salvarse por poco.
El hijo llamó un par de veces, siempre lo mismo:
Aguanta, mamá, te mando una foto de Nicole y yo delante de las cataratas.
Nicole, sinceramente, era de lo más normal. No valía tanto la pena, pensé.
Pocas visitas recibía la pobre: Adela, ocupada con su propio ajetreo familiar, sólo podía acercarse de vez en cuando.
Quien sí estuvo fue la yesera: hacía caldos, preparaba zumos de frutas y cocinaba albóndigas de pollo al vapor, rogándole que comiera al menos una cucharada más.
Esto de tanto cuidar es sospechoso ironizaba Adela. A ver si se apropia del piso o vacía la despensa. ¿Vas a comer albóndiga? ¿No? Pues yo sí, vengo hambrienta de trabajar.
Le dieron el alta a Fernández. La muchacha la llevó a casa, la ayudó a subir y se marchó rápido a trabajar.
La casa, reluciente. En la cocina, una nota: Doña Pilar Fernández, gracias. La comida está en el frigorífico. Que se mejore. C.
Todas sus cosas intactas. Entró en la habitación de su hijo, como si la muchacha nunca hubiera pasado por allí.
Pasó una semana y Fernández, sola, recorrió el largo pasillo del bloque y llamó a una puerta: dentro, tres camas, una mesa vieja y la cama plegable bajo la mesa.
Le dijo:
Cuando tengas tu propio piso ya te mudas, ahora haz las maletas, coge taxi que baja el contador.
En septiembre salieron a buscar un abrigo de otoño, porque a la chica le daba vergüenza en qué andaba por la calle. También le compraron buenas botas en el centro comercial, y allí se encontraron con Adela.
Adela disparó:
Sirvientas así no se encuentran ni con linterna, ¡y la tuya ni te cobra! Muy lista has sido, Pilar.
Sirvienta será la tuya respondió Fernández. La mía es mi nuera. Vamos, Carmen, que necesitamos bolso y pantalón nuevo, y yo quiero echar un ojo a unas bufandas.
Fernández explicaba:
Ahorró el propio dinero para la entrada del piso, ni un euro de mí cogió. Ya casi entregan el bloque y está buscando papeles de pared bonitos. No tiene tiempo ni de visitarme; el otro día vino arrastrándose del cansancio, le di la espalda un momento preparando el té y me lo encontré dormida sentada.
Y, ya sola, suspiraba Fernández:
No paro de pensar: joven, guapa, hacendosa y, en breve, con piso propio… Carmen es lista pero hasta a las listas las engañan; no puedes imaginar, no duermo de la angustia, temo que algún sinvergüenza o gorrón, de esos de otra calaña, la engatuse y vuelva a empezar todo el cuentoUn miércoles de lluvia, Carmen apareció con un ramo de margaritas troceadas y un sobre en la mano. Se sentó frente a Fernández, le puso las flores en un jarrón y dejó el sobre sobre la mesa.
¿Qué es esto? preguntó Fernández, con ese recelo testarudo que nunca se le iba del todo.
Una invitación dijo Carmen, sin mirarla. El próximo sábado, me dan las llaves del piso. Hace tiempo que pienso celebrarlo. Y si quiere venir sería usted bienvenida.
Se hizo un silencio tierno, como de confesión. Fernández miró el sobre, miró a la muchacha, y por primera vez supo, sin reservas ni armaduras, que el corazón puede acertar donde la cabeza se equivoca.
Allí estaré dijo, con la voz un poco trabada.
Carmen sonrió y, al irse, se detuvo un instante en la puerta:
Doña Pilar no sé si fue suerte o destino, pero me alegro de haberle conocido.
Fernández cerró la puerta despacio, apretando el sobre contra el pecho. Y cuando Adela la llamó aquella noche para cotillear, solo podía repetir, entre risas y lágrimas:
¿Sabes qué? No sé si he ganado una hija o he recuperado la esperanza en la gente.
El sábado, al cruzar el rellano cargando el bolso y una bufanda nueva, Fernández notó que la lluvia se había ido, y, por primera vez en mucho tiempo, se sintió ligera, como quien vuelve a empezar.





