Diario personal, 6 de junio
A mis 54 años, he salido en tres citas últimamente: con mujeres de 37, 45 y 58 años. Nunca imaginé que estas experiencias iban a enseñarme tanto sobre mí y sobre los demás.
La primera cita 45 años: «¿Y tu coche?»
Ella era elegante, muy cuidada, desprendía seguridad en sí misma y la charla fluía con naturalidad. Pero bastó con que saliera el tema del coche o más bien, mi falta de coche para que su actitud cambiara.
«¿Y cómo te las apañas sin coche?»
«¿Y si llueve, qué haces?»
«¿Y para ir de compras al centro comercial?»
La misma pregunta, de diferentes formas, una y otra vez. Al final, entendí que lo que le interesaba de verdad era el estatus, no la persona. Solo pude sonreír.
Si el metal ocupa el primer puesto y no el corazón, eso no es para mí.
Conclusión: La seguridad exterior no siempre es signo de madurez interior.
Segunda cita 37 años: «Me gustan los hombres mayores»
Joven, vital, con dos niños y una hipoteca a cuestas. Sin rodeos, me confesó que buscaba un hombre responsable. Rápidamente capté a qué se refería: buscaba más la estabilidad que el amor genuino. Sin embargo, la conversación fue agradable y hasta divertida.
Con ella todo fue ligero, pero no me engañaba: a veces es bueno solo disfrutar del interés ajeno, sin expectativas.
Conclusión: La juventud tiene energía, pero no siempre la profundidad que busco.
La tercera cita 58 años: «Ahora me lo debes»
La cita comenzó perfecta: dinámica, cuidada, divertida, sentido del humor, respeto mutuo. Pero al día siguiente, sorpresa: me llama de buena mañana.
«Vámonos al pueblo, hay que limpiar el tejado de nieve. ¡Ya salimos!»
Me dejó perplejo.
Ayudar, claro que sí, pero si suena a orden, pierdo el interés.
Conclusión: La independencia está muy bien, aunque un tono de mando puede romper hasta la mejor conexión.
Lo más importante que he aprendido
Las tres, cada una a su modo, eran interesantes y tenían historias de vida ricas. Pero yo ahora tengo claro lo principal:
Ya no busco tormentas. Solo quiero a mi lado a alguien con quien estar en calma, con honestidad y sin presiones ni juegos.
Después de los cincuenta, el romanticismo no desaparece simplemente madura. Y quizá es entonces cuando de verdad se puede amar: sin fantasías, pero con mucho cariño.




