A mi suegra le hice un regalo tan impactante que se va a quedar de piedra nada más verlo, y cada vez que lo mire, no podrá evitar estremecerse.

Le regalé a mi suegra un presente tan singular, tan inquietante, que seguro se descompondrá cada vez que lo mire. ¡Jamás se atreverá a deshacerse de él ni a esconderlo! No le quedará otra que mostrarlo y conservarlo en un sitio bien visible. Justo así quería yo. ¡Llorarán las lágrimas del ratón a la gata mala! ¡Qué insufrible es esa Carmen Romero mía! En los quince años que llevo casada con Fernando, ni una palabra amable he escuchado de sus labios. Una mujer hermética. Al menos otras suegras murmuran algo, aunque sea entre dientes. Pero esta, nada. Solo te clava esos ojos oscuros, gigantescos. Procuro no visitarla jamás, y cuando voy, han de ser cinco minutos una vez al año le desahogaba Lucía a su amiga Inés.

Inés escuchaba, asintiendo con energía, porque lo cierto es que tampoco sentía especial cariño por su propia suegra, Dolores. Celebraban una especie de tarde de chicas, una costumbre bien española: cada dos sábados, las tres amigas de toda la vida se reunían a pasar la tarde.

Lucía, peluquera de raza, les renovaba los estilos a todas con manos de hada, aunque hoy venía solo un momento; le esperaban clientas. Inés, cocinera en una tasca del barrio, siempre traía la montaña de delicias, como las bautizaba el hijo de Lucía, Julián.

La tercera amiga, Aurora, era enfermera. Acababa de empezar en un hospital nuevo, aunque las demás apenas sabían detalles: justo hablaban de suegras cuando quisieron preguntarle.

¡No la soporto! No es nadie para mí, y si desapareciera… empezó de nuevo Lucía.

Pero Aurora, que hasta entonces permanecía callada, intervino de pronto, cortándole el hilo.

¿Y qué, Lucía? ¿De verdad te sentirías mejor enseguida? Preguntó torciendo la sonrisa, casi burlona.

Bueno supongo murmuró Lucía, quedándose en silencio con la mirada perdida en el recuerdo de la mañana.

Recordó el regalo, envuelto en brillante papel rojo y su propia sonrisa maliciosa al entregarlo. Le dijo a su suegra que lo abriera solo cuando ella se hubiera marchado. ¡Así arruinaría el día a esa mujer!

Chicas, ya que me preguntabais dónde trabajo ahora… dijo Aurora.

Las dos se incorporaron, atentas.

¿En una clínica privada? aventuró Lucía.

¡Así te harás de oro, mujer! rió Inés.

En un hospicio dijo simplemente Aurora.

Se hizo el silencio.

Pero, Aurora, ¿por qué? acertó a preguntar Inés, atónita. Eso es donde los enfermos ya no tienen remedio ¿No te asusta? ¿Y el dinero?

Siempre con el dinero, dinero Ya basta, Lucía, discúlpame, pero solo se me ocurre una palabra para ti: tonta susurró Aurora, amarga.

¿Yo? ¿O mi suegra? ironizó Lucía.

Tú, Lucía, tonta. Porque lo que haces y dices no tiene perdón. No la conozco mucho a Carmen Romero, pero cuando os hizo falta dinero para ampliar la casa, ¿quién vendió su piso en el centro y se mudó a las afueras sin quejarse ni un ápice? Tu suegra. Cuando el pequeño Julián enfermó, ¿quién movió cielo y tierra para llevarlo al mejor médico, que resulta ser hijo de una vieja amiga suya, y ese doctor salvó a tu hijo? Y cuando fuiste a la reunión de antiguos alumnos y te pasaste de copas y amaneciste en casa de un compañero…? Sí, no pasó nada, pero Fernando nunca te lo hubiera perdonado de saberlo. ¿Y quién te salvó la reputación diciendo que estuviste con ella? Carmen Romero otra vez. Lucía, muerdes la mano que te alimenta y acaricia; y no es solo un decir. Cada vez que íbamos a tu casa, ¡cómo devoraba yo esos pepinillos, pisto y mermeladas que ella te regala! Tú no distingues un geranio de un tomate, pero ella lo cría y lo hace todo por ti.

Hay gente de pocas palabras, Lucía, que no saben hablar bonito, pero lo demuestran todo en cada gesto. Otros sueltan mil discursos bonitos y, al final, nada sirven dejándose llevar, Aurora descargó todo su corazón.

Gracias por apoyarme, ¿eh? ¡Y encima insultas! casi gritó Lucía, incorporándose.

En lo más profundo algo le cavaba dentro, un minúsculo gusano que hasta hace nada celebraba con ella cada maldad y complot, el mismo que ahora se removía y no la dejaba saborear la supuesta victoria sobre la suegra. Quiso callarse ese gusano y seguir adelante en su animadversión, pero ya no pudo. El animalillo seguía inquieto, martilleándole el pecho.

Inés, que asistía a la discusión de sus amigas mientras devoraba cinco empanadillas de espinacas de un tirón en ella, los nervios siempre se transformaban en hambre, guardaba silencio, sin solidarizarse ya con Lucía.

Quería marcharse Lucía, dar un portazo, romper con Aurora, salir escandalosa. Pero el gusano insistía, pegándola en el asiento.

Quizás olvidáis que yo no tengo madre, ¿eh? Llevo viviendo con eso quince años, Lucía, lo mismo que tú. Pero mientras tú te lamentas por una suegra que, en el fondo, te quiere, yo me muero de añoranza y pena. Aún guardo el número de mi madre en el móvil, le recargo saldo de vez en cuando. A veces lo dejo en una habitación, llamo desde mi otro móvil y corro a descolgar, para ver “mamá” en la pantalla junto a su foto. Hablo con el silencio, le cuento todo, grito mi dolor, me envuelvo en su manta y pienso que es un abrazo suyo. Lo tengo todo quemado por dentro, Lucía. No podía callarme suspiró Aurora. Tú tienes mamá y suegra. ¿Para qué tratas así a una anciana que tanto ha hecho por ti? Solo porque es de pueblo, porque no pronuncia discursos… Y dime, ¿a Carmen la has peinado o teñido alguna vez? Siempre te acuerdas de nosotras, pero nunca de ella.

El gusano se retorció por dentro, cruelmente, y Lucía confesó, ya sin quererlo:

Nunca.

¿En serio? ¡Madre mía, Lucía! Eso no se hace, eso no es humano. A la mía siempre la mimo, la invito a dulces, le horneo torrijas y rosquillas por Pascua Y se emociona tanto, saca todo del paquete y ríe. Tiene unas manos regordetas, de angelito recordó Inés con una gran sonrisa.

El gusano de Lucía dejó de moverse. Por fin ella pudo levantarse. Ya no la retuvo más.

Recordó el amanecer. Hablaba Inés de manos redondeadas Su suegra, en cambio, las tenía grandes, con venas, callosas. Lucía las llamó siempre zarpas. Feas, le parecían. Y la cara, arrugada, le puso el apodo de patata pocha. ¿Qué sabía ella realmente de Carmen Romero? Nada, si era sincera. Su vida nunca le importó.

Y, sin embargo, siempre estuvo cuando la necesitaron. Su marido le contó alguna vez, en medias palabras, que tuvo dos hermanas, ambas muy enfermas, y la madre luchó por ellas. También cuidó del esposo, que acabó muriendo. Su mayor orgullo siempre fue Fernando, el hijo tardío, el marido de Lucía.

En el fondo, Lucía adoraba también a su marido, igual que el primer día: inteligente, amable, trabajador, un hombre bueno.

Es así porque su madre lo formó así, ¡y bien podría haberte pegado, maltratarte, irse con otra, pasar de ti! No todas tienen tanta suerte. ¿Y tú? ¿Cuándo la elogiaste, cuándo la peinaste? ¿Por qué ríes de ella y le sueltas veneno? ¡Cateta! gritó el gusano, esta vez con voz propia.

Saltó Lucía como si le hubiesen pinchado.

Lucía, ¿te encuentras mal? preguntó Aurora, preocupada.

Negó Lucía, luchando por no romper a llorar. Todo llegaba como un chorro de agua embalsada mucho tiempo, a punto de desbordar la sequedad de su interior. Pensó en desviar el tema, marcharse. Creía que la tarde sería divertida y quedó muy equivocada.

Se obligó a preguntar:

¿Y qué tal en el hospital, Aurora?

A veces ver esos ojos no se olvida, chicas. Tanto dolor, y se ve esperanza y luz, palabras sobre la eternidad, remordimientos de lo no hecho. Lágrimas de quien no se resigna. Hubo un joven muy exitoso, su madre allí, y él solo repartía oro, pero ella solo quería volver a su pueblo de Soria. Nunca quiso llevarla, siempre ocupado, y cuando murió, de rodillas gritaba: “Mamá, vuelve, mamá, vamos ahora donde tú quieras, te compro la casa, te lo juro, mamá, no soy nadie sin ti”. Y otro, un mayor, venía a ver a su hija, sin un pelo ya por la enfermedad, y le traía horquillas nuevas, de cristal, con fresas, mariposas; tenía una cajita llena. Y ella sonreía, esperando a su papá, imaginando que él pronto la peinaría, irían juntos al mar, con la esperanza delante. Cuando murió, las fue repartiendo una a una, diciendo: “Ahora mi bella está con su madre, ella la peinará y me esperan las dos.” Y a esto venía… A valorar lo que tenemos. Unos lloran ante la muerte, otros luchan, otros despilfarran la vida en rencores y maldades. Pero la justicia divina cansa y un día todo vuelve. No somos dueños de nada dijo Aurora, suspirando.

Inés, abanicándose con un diario, lanzaba una mirada a la mesa: no quedaban empanadillas. No importaba, llegaría a casa y haría más para la familia. Cogió el móvil y le escribió a su marido: “Hoy cena en casa con todos, ¡que vengan tus padres también!”

¡Me voy! ¡Junta familiar a la vista! deslizó Inés, marchándose en un soplo.

Lucía también se levantó, temblando mientras buscaba algo en el bolso. Se le cayó todo y Aurora la ayudó, en silencio.

Luego se fueron cada una por su lado.

Lucía tenía llena la tarde de cosas por hacer. Pero en algún punto, en las afueras de la ciudad, una anciana de la que ella creía que no la soportaba miraba aquel regalo suyo, exactamente el que Lucía pensó que la mortificaría. Imaginó que si se lo hubieran hecho a ella, se habría sentido fatal; el cumpleaños arruinado.

Así que llamó a todos, pidió disculpas, aplazó clientes y cogió el coche rumbo a casa de la suegra. El móvil de Fernando no conectaba. Las manos sudaban. ¿Qué le diría? ¡Era su madre…!

Al llegar la noche, las luces del pequeño chalé brillaban, y de repente, las cortinas de flores, las macetas de geranios, todo lo que antes le parecía anticuado y miserable, le resultó profundamente entrañable.

Pensaba en disculparse. Quizá llevarle otro obsequio, pero no había tiempo. Le prometió que buscaría algo aún mejor. “Ay, qué he hecho…”, se lamentaba acercándose.

La puerta estaba abierta. En la mesa del salón, una fuente pintada rebosaba de croquetas. Ensaladilla rusa. Canutillos de crema Lucía se quedó mirando la mesa. Su marido charlaba con el niño, que devoraba los rollitos de la abuela. Carmen, con su vestido azul y el recogido de siempre, estaba junto a la pared, rodeada de dos vecinas y un ancianito amigo.

¡Mirad qué preciosidad! exclamaba Carmen, señalando el regalo.

Y seguía:

Esta es mi Lucía, la mujer de mi Fernando. Parece una infanta, tan blanca y fina, es una preciosidad. Cuando la miro, me siento llena de alegría. Es un retrato suyo, ¿no es el mejor regalo del mundo? ¡Estoy emocionada!

Lucía sintió que se le encendía la cara, como cuando de niña rompió una jarra y le echó la culpa a su hermano.

El regalo era un retrato. El suyo. Lucía creyó que Carmen la odiaba y sufriría teniéndolo ahí. ¡Qué equivocada estaba!

Lucía es tan guapa que ni me atrevo a decirle nada. Parece de porcelana, con esos ojos azules como el cielo y la carita delicada. Yo, sin gracia, no sé ni hablar bonito. Solo sé cuidar de los míos y acariciarlos en silencio. Cuando estaba con nosotros, alguna vez, le acomodaba el jersey mientras dormía. El Señor se llevó a mis hijas pronto, y me dejó otra, la esposa de mi hijo, mi querida Lucía. Siempre digo que Fernando tiene la mejor esposa del mundo.

¡Vive con eso ahora! susurró, y por fin se esfumó, el gusano de la culpa.

Ni tiempo tuvo de prometer que enmendaría todo. Ya la habían visto. Su hijo la abrazó, Fernando se levantó.

¿No tenías trabajo? Mamá dijo que ya la felicitarías por la mañana le susurró.

He anulado todo. Carmen… ¿Puedo llamarla mamá, como a la mía? Feliz cumpleaños las palabras le salían a borbotones.

Y quiso hincarse de rodillas, como en el relato de Aurora, arrodillarse ante tanta bondad y perdón.

¡Lucía! Has venido aún, ¡qué alegría, hija! Para mí, una viejita, has encontrado un rato más. ¡Aquí está mi niña! decía Carmen, mirándola como si no hubiera nadie más.

El viejecito asintió, admirando el retrato.

Todos rieron y se animaron. Lucía se sintió afortunada de celebrar, de estar viva y sana, de tener padres y suegra, marido e hijo, trabajo. Sí, era una rica de la vida.

¡Todos a la mesa! apremiaba Carmen.

¡Qué maravilla! Y después, ¡Día de la Belleza! Os peino a todas, y si alguien quiere un corte o un tinte, ¡decidlo sin falta! sonrió Lucía.

Ese también era su regalo. Para todos.

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