Dicen que somos responsables de todo lo que sucede en nuestra vida, que nuestras decisiones trazan el rumbo de nuestro destino. Al final, cada elección que tomamos en un día, así viviremos después.
En mi caso, cometí un grave error cuando decidí unir mi vida a la de un hombre poco serio. En mi juventud, estaba enamorada perdida de Ricardo, tanto que, aunque sabía que era un hombre irresponsable, quise creer, ilusionada, que cambiaría por mí. Quise aferrarme a la esperanza, pero la verdad es que las personas son como son. Y así fue: incluso después de nacer mi hijo, Ricardo no cambió su actitud.
Con el transcurso de los meses, me iba enterando de sus aventuras, gracias a los rumores de vecinos, amigos e incluso familiares. Sufría una mezcla de vergüenza y humillación que me acompañó durante cinco años hasta que, al final, me rendí. Pedí el divorcio. Lo único positivo fue que Ricardo, al menos, no era avaro: me dejó su piso a cambio de que no le reclamara la pensión alimenticia. Sin embargo, mi hijo y yo preferimos no vivir allí. Alquilé el piso y me mudé a casa de mi madre, que ya necesitaba cuidados. Así transcurrían mis días.
El dinero del alquiler lo gastaba en mi hijo: ropa, colegio, excursiones y alguna que otra actividad para darle lo mejor posible. Lo que ganaba en trabajos ocasionales lo destinaba a pagar recibos, alimentación y medicinas para mi madre, que llevaba años postrada en la cama por una enfermedad. Siempre pensé que mi hijo valoraba todos mis esfuerzos. Ahora tengo 57 años, sufro diabetes y dependo de la insulina para seguir. Peleo cada día para seguir viva el mayor tiempo posible.
Mi enfermedad me impide trabajar, y ¿quién me va a contratar a estas alturas? Tampoco tengo derecho a pensión, porque he ido cambiando de trabajo y la mayoría de las veces eran empleos sin contrato, tratando de conseguir lo justo para sobrevivir. En resumen, solo tengo algo de dinero del alquiler del piso. Hace poco, mi hijo, con 31 años, me anunció que iba a casarse y que se mudaría al piso con su esposa.
Cuando le dije que, sin el alquiler, no tendría dinero para vivir, me contestó que ese ya no era su problema. Ahora mismo no sé qué hacer. No tengo ahorros, dependo constantemente de medicinas, necesito algo de comer y tengo que pagar los recibos. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puede un hijo tratar así a su propia madre? ¿Por qué actuaría de esta manera?
La vida me ha enseñado que, aunque nos esforcemos por cuidar y proteger a los demás, también debemos pensar en nosotros mismos sin esperar que los sacrificios sean siempre correspondidos. La sabiduría está en aprender a elegir desde el amor propio, porque nadie puede llenar nuestro vacío si no nos cuidamos primero.



