Las Llaves

Life Lessons

¡Madre mía, Lucía, si te contase el jaleo que se armó el otro día en el barrio! Imagínate a Victoria pegando gritos como una energúmena en plena calle, y eso que no suele perder los papeles. Pero gritaba tanto que hasta don Eugenio, el vecino mayor que apenas oye y siempre está trasteando en su trastero, salió a mirar a ver qué pasaba. Si él se asoma, imagínate el escándalo.

Claro, motivos tampoco le faltaban, o al menos eso pensaba ella. Porque, chiquilla, para Victoria, estar enamorada no es un estado, ¡es su manera de respirar! Que si alguna vez ha tenido un descanso entre novios ha sido tan breve que sólo se enteraba su hermana Laura, o su madre aunque su madre ya faltaba, y Laura no tenía paciencia para las manías de Victoria.

Sin el subidón ese del amor, a Victoria le costaba hasta vivir, amiga. Andaba perdida, distraída, los nervios como cuerdas de guitarra y en el trabajo le soltaban cosas del tipo:

Victoria, ¿no crees que deberías tomarte algo para los nervios? Eres difícil últimamente

Y ella apretaba los labios, mascullando por dentro que sus compañeras seguro que tienen la vida resuelta: maridos, hijos correteando, su casa Y ella ni casa, ni marido, ni nada a la vista. Bueno, tiene a su hijo, Luis, pero en fin, ni por asomo tan espabilado como los hijos de Laura. Los primos suyos: Álvaro, un crack del fútbol y notas de matrícula, y Marta, siempre actuando con el grupo de danza y viajando de festival en festival. Vamos, que con diez años ya ha visto más cosas que Victoria en toda su vida.

Y eso, claro, jode. Porque Victoria también iba a actividades de pequeña, pero a la mínima se aburría y cambiaba de actividad. Vive según tu corazón, decía ella. La vida es para buscar lo que te emociona, nadie te va a regalar nada, tienes que buscar tu alegría. Eso lo tenía clarísimo. Veía a Laura hincando codos y ella, entre risa y risa, le soltaba:

Mira que estudias ¿Y quién se va a querer casar contigo, tan lista como eres? Acuérdate de lo que decía abuela, la mujer nunca debe ser más lista que el hombre.

¡Eso no lo decía así! protestaba Laura.

¡Claro que sí! Era algo de no destacar más que él, ¿no? ¡Va, déjalo y ayúdame con el pelo, que me está esperando Jose!

Victoria salía disparada de casa y Laura se quedaba en el sofá con un libro. Cuando había silencio en casa, era una fiesta.

Laura, la verdad, quería mucho a su hermana; era la única que tenía. Y aunque Victoria era un huracán de emociones y a veces muy insegura, tenía un corazón enorme y una manera de cuidar a los animales de la calle que no era ni medio normal. Los gatos Ramiro y Lola, y el perro Lucas, todos los había recogido ella y gracias a eso, vivieron años y años felices. Los padres aceptaron los animales siempre que, eso sí, no convirtieran la casa en el Arca de Noé y Victoria se responsabilizaba de todo. Y vaya si lo cumplía: nunca pidió favores para limpiar la jaula o sacarles a pasear.

Pero a la hora de ayudar en casa, ya costaba un poco más. Laura le decía:

Victoria, mamá quiere que vayamos a ayudar a la abuela a limpiar.

Ve tú, que tengo lío.

¿Qué lío?

Pues cosas ¡Importantes! Lucas cojea, lo tengo que llevar al veterinario.

Si lleva así una semana

¡Qué más da! La abuela se apaña sola, pero Lucas no puede ni pedir agua.

Se enfadaban, cada una tiraba por su lado y Laura acababa ayudando a la abuela, mientras que Victoria, en vez de al veterinario, pues a lo mejor salía con algún chico, que hay quien usa animales de pretexto para escaquearse de limpiar.

Cada una terminó el instituto como pudo. Laura, media matrícula de honor; Victoria, tirando, pero terminó. Ella tenía clarísimo una cosa: quería ser pastelera. Siempre tenía una fijación con las pastelerías, desde pequeña pegada al escaparate. Pero ojo, no por comerse los pasteles, era la de mirar las formas y luego copiarlas en plastilina. Tenía mucha imaginación, eso sí.

Laura se fue a vivir con la abuela, que estaba regular y necesitaba compañía. Le vino de perlas porque la casa estaba cerca de la universidad y así dormía una hora más. También, la verdad estaba más tranquila allí. Con la abuela, que era un sol y la cuidaba muchísimo. Allí fue donde Laura presentó a su novio David, y no tardaron en hacer una boda sencilla y alegre.

La abuela fue muy clara: Esta casa será vuestra, y Victoria se quedará con la habitación que era de su abuelo en el piso compartido. La abuela se marchó justo dos años después, alcanzándole a conocer a su primer bisnieto, Pablo, y a disfrutarle un poco antes de partir.

Nadie puso pega a cómo la abuela dejó las cosas, nadie lo discutió. Victoria tampoco protestó mucho porque estaba encandilada con otro novio y le importaba un pimiento la herencia en ese momento.

Pero luego, fue todo un poco desastre. El amor le duraba lo que un helado al sol, y el último, bueno El tipo la tenía yendo a su casa a limpiar, cocinar y todo, pero dormir allí ya no. Victoria, soy un espíritu libre, me cuesta, le decía el tipo. Cuando, además, se enteró de que Victoria estaba embarazada, le soltó:

¿Un niño? ¿Pero estamos locos?

Victoria, con el corazón en pedazos, sólo pidió llevarse su retrato como recuerdo y cuando lo tuvo, lo destrozó en cachos bien pequeños mientras se decía: ¡Ya conseguiré ser feliz, tú no tienes ni idea!

El niño, Luis, creció tranquilo, nada que ver con el genio artístico del padre, para disgusto de Victoria, que siempre veía que su hijo era, no sé, demasiado normal. Le gustaba el fútbol y el ajedrez (sí, ajedrez, ¡como los rusos!, decía Laura riéndose) y era un chaval pausado. Pero su madre le machacaba preguntando por qué no le gustaba nada emocionante.

La única que realmente entendía a Luis era Marta, la prima. Ellos tenían una conexión muy especial, y cuando él hablaba de música y ajedrez, ella era todo oídos. Los niños no eligen, ya sabes; y Victoria, cada vez que se enfadaba con Laura por una tontería, pues ale, le prohibía a Luis ir a casa de su tía.

Pablo pasaba la vida con Laura y su familia, sobre todo cuando Victoria se liaba con algún otro novio. Ellos nunca pusieron pegas, lo trataban como un hijo más. Y cuando Laura veía un moratón extraño en la cara de Pablo o le notaba raro, sabía que algo había pasado en casa de Victoria. Un día, se lo dijo muy claro:

Mira, Victoria, los hijos no son moneda de cambio. No es justo que le hagas esto al chaval. Esto no va de pisos ni de herencias ni de infancias robadas.

¡Y tú qué sabes de querer a alguien! ¡Siempre tan perfecta! ¡Con tu marido, tus niños, tu casa!

Pero era que Victoria siempre sentía que a ella le habían tocado las migajas, que todos los regalos y oportunidades de la vida iban para su hermana y no para ella. Y esa rabia, ese agravio de pequeñas cosas lo llevaba siempre encima, como el día que sólo le regalaron la muñeca verde y no la rosa que quería, o cuando dieron el pintalabios a Laura Esas tonterías que luego son piedras en el zapato.

Laura intentaba hacer las paces, una y otra vez, pero Victoria se cerraba en banda. Fue así hasta que, después de mil idas y venidas, sus padres murieron los dos el mismo año. La pena las unió un poco, y Laura hasta le cedió la parte del piso que les tocaba, para que al menos tuvieran un respiro.

El tema de los hombres, te puedes imaginar A Victoria le salían novios espíritus libres, todos con historias de que no querían compromiso. Ella se volcaba en lo que fuera: aprender a pescar si al chico le gustaba la pesca, a cazar si lo suyo era la caza Pero al final, cuando creía que iba a entregar las llaves de su felicidad, nadie las cogía nunca.

Luis, como te decía, vivía últimamente con Laura y su familia. Había muy buen rollo con los primos y dormían los tres juntos. Laura le decía a Victoria:

Luis es un genio, deberías apuntarle a un colegio de matemáticas o algo así.

Nah, mejor que esté con Álvaro, así me entero de cómo le va, y tú me echas un ojo, que últimamente estoy liada.

Porque ahora se había rehacido la vida con Fernando, que era muy correcto (quizá demasiado), y tenía a Victoria convencida de que ese sí era su boleto para la felicidad. Pero Laura, al verle, no podía evitar pensar que no pegaba ni con cola.

Un día, Luis llegó a casa de Laura con el rostro marcado, y Marta, toda nerviosa, le soltó a su madre:

Mamá, no te asustes, es que Luis Bueno, le hemos puesto hielo pero no se le va

Total, que indagando, descubrió que Fernando, el novio de Victoria, había tenido una movida con el niño. Le había soltado un bofetón por, según él, meterse donde no le llamaban. Y Victoria ni le defendió. Pablo se sintió tan traicionado que cogió sus cosas y se fue directamente a casa de Laura. Ella, que ya estaba harta de la situación, llamó a su hermana para cantarle las cuarenta.

¿Pero estás loca, Victoria? ¿Cómo dejas que un tío le ponga una mano encima al crío? Te obsesionas con el amor, pero tu hijo, ¿qué? ¿No cuenta?

¡Ya, si ahora es más tuyo que mío! ¡Todo lo tuyo es mejor, siempre! ¡Me has robado la vida, las llaves de la felicidad!

Laura se quedó perpleja:

¿Qué llaves, Victoria? ¿A qué te refieres?

Y ahí Victoria se echó a llorar y le confesó lo que sentía: que nunca, jamás sintió que la quisieran de verdad, mientras que veía que Laura sí tenía esas llaves para abrir la puerta de la felicidad.

Laura la abrazó fuerte y le dijo:

¿Pero qué dices, tonta? Mis llaves son mías, pero las tuyas nunca te las he quitado. El problema es que tú estás siempre intentando dárselas a alguien, y yo las guardo conmigo, por si acaso. ¿Cuál es la manera buena? No lo sé, pero quizás hay puertas que sólo se abren desde dentro. Y yo Yo siempre te voy a querer, Victoria. Somos hermanas, nos hemos peleado mil veces, pero no me pidas que no te quiera. Y Luis, aunque ahora te vea rara, también te necesita, así que recoge tus llaves y ve a verle. Empieza de cero.

Al final, la vida colocó las cosas. Victoria acabó rehaciendo su vida con un hombre mucho más sensato, que entendió a Luis y le dio el tiempo y el cariño que necesitaba. Luis eligió quedarse a vivir, eso sí, con su tía Laura, donde se sentía a salvo, pero poco a poco fue reconstruyendo la relación con su madre.

Y años después, el día que partía para el servicio militar, Luis abrazó a todos en el andén de Atocha y al padrastro le dio un apretón de manos y le dijo: Cuida de mamá.

Y el hombre, ya con alguna cana y mucha experiencia, le devolvió el gesto: Cuídate tú, hijo. Aquí te esperamos.

Esa es la vida, Lucía. Que al final, las llaves de la felicidad, nadie te las puede dar, sólo tú puedes encontrar la cerradura que abren. Y para Victoria, no fueron ni hombres ni pisos ni historias, fue recordar dónde las había dejado y aprender a usarlas con los suyos.

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