Un rincón en la cocina
¡Isabel! ¿Te has quedado dormida o qué? ¡Los invitados ya están sentados a la mesa, por cierto!
La voz de la suegra cruzó el bullicio de la cocina como un cuchillo entre mantequilla. Isabel García Montalbán ni siquiera se inmutó. Estaba acostumbrada a ese tono. A ese por cierto.
Ya voy, Teresa, dame un minuto.
¿Qué minuto ni qué niño muerto? ¡Que llevas ya cuarenta!
Isabel giró en silencio las albóndigas en la sartén. Crepitaron. El olor de cebolla y ajo frito llenó el aire. Cerró la tapa, bajó el fuego y miró el reloj. Le quedaban exactamente ocho minutos para sacar el plato principal. Lo tenía todo calculado. Como siempre.
Tras la pared, las voces retumbaban. Era un día especial: el trigésimo quinto aniversario de bodas de Teresa Torres y Pedro García. Vinieron los dos hijos, las nueras, cuatro nietos y los vecinos de toda la vida: Encarnación y su marido. Isabel cocinaba desde las cinco de la mañana. Primero el consomé. Después las ensaladas: la ensaladilla rusa, la de pimientos asados, las bandejas de embutidos. Luego empanadillas de bonito, porque Pedro no quería otras. Después sopa. Luego las albóndigas caseras, con mucho pan mojado en leche, y por último la tarta. La había horneado la noche anterior: un milhojas casero, doce capas, porque Teresa solo comía una tarta en la vida.
Isabel se quitó el delantal, lo colgó, se recogió el pelo y cogió la fuente de albóndigas. Entró al salón.
¡Hombre, al fin! dijo Teresa Torres, mirando a ninguna parte, menos a ella.
Los invitados aplaudieron con satisfacción. Encarnación estiró la mano para servirse.
Isa, ¿y las patatas? preguntó su marido Antonio, sin apartar la vista del móvil.
Ahora las traigo.
Volvió a la cocina, llenó un bol grande de patatas asadas. Con perejil y alioli, como les gustaba. Como le gustaba a su suegro. Como le gustaba a Antonio.
Cuando volvió, ya se reían alrededor de un chiste ajeno a ella.
Isabel tenía cincuenta y dos años.
Veintisiete de ellos vividos en esa familia. Primero piso de alquiler con Antonio, luego mudanza a la casa grande de los García en la calle Mayor, cuando nació Daniel. Para facilitar dijeron, los abuelos ayudan. Isabel nunca sintió gran ayuda de los padres de Antonio. Pero ella sí ayudaba. Cada día. Cada fiesta. Cada domingo.
Isabel, trae más pan ordenó Teresa.
Isabel trajo pan.
Y la mostaza. No te olvides.
Trajo la mostaza.
Comía de pie, en la barra. Porque su sitio en la mesa era la esquinita, y de todas formas se levantaba cada dos minutos. Era más fácil no sentarse.
Después vino la tarta.
Teresa la cortó, solemne, guapa, y Pedro le sujetó la mano. Todos los móviles al aire. Sorpresa por las capas.
¿La has comprado? soltó Encarnación.
¡Qué va! respondió Teresa, es nuestra, de casa.
Nuestra, pensó Isabel, mientras bebía su té. Y calló.
Pedro levantó la copa y brindó por la familia, la fidelidad, por los hijos como mayor riqueza. Nombró a Teresa guardiana del hogar. Teresa sonrió con modestia. Todos aplaudieron.
Isabel también aplaudió.
Luego fue recoger. Lavar. Guardar sobras en táperes. Limpiar la mesa. Limpiar la vitrocerámica. Sacar la basura. El final habitual de una fiesta habitual.
Antonio apareció en la cocina hacia las once, cuando ya todos se habían ido.
¿Todo bien?
Sí respondió Isabel.
¿Cansada?
Un poco.
Asintió. Se sirvió agua. Se fue a ver la tele.
Era una noche como otra cualquiera. No pasó nada. Y sin embargo, algo sí. Algo minúsculo, tenue. Como una grieta diminuta en un cristal, invisible hasta que todo se resquebraja.
Isabel apagó la luz de la cocina. Se quedó quieta, en la penumbra. Aún flotaba el aroma de las albóndigas. El olor a cebolla. El aroma de su día.
Luego se acostó.
Las tres semanas siguientes pasaron como de costumbre. Desayunos, comidas, cenas. Lavadora. Planchadora. Ir al mercado. Hacer la compra. Planificar el menú familiar, porque Antonio odiaba la quinoa, su suegro no comía pescado entre semana, y Teresa hacía dieta solo cuando le convenía. Isabel lo tenía todo en la cabeza. Siempre. Sin notas.
Trabajaba de contable en una pequeña empresa. Tres días por semana. El resto, la casa.
Aquel viernes todo empezó con una nimiedad.
Cocinó pollo con nata. La receta fiable, siempre triunfaba. Pero Teresa se presentó sin avisar, como tantas veces, con una bolsa de manzanas de su huerta.
Ah, pollo curioseó abriendo la olla. Otra vez nata. A Antonio le da acidez, ¿no lo sabías?
Sí, es nata baja en grasa, quince por ciento. Me la pidió él.
No sé, no sé. Yo lo haría solo, sin salsas.
Como quieras, Teresa.
Se sentó, sacó el móvil.
Por cierto sin levantar la mirada, ayer hablé con Encarna, la antigua vecina. Su nuera trabaja en un restaurante. Dice que Encarna come bien en casa: comida hecha, todo fresco.
Isabel esperó. Esperó a ver a dónde iba aquello.
Lo digo porque igual deberías buscarte un trabajo de los de verdad. Porque tres días a la semana, chica, eso no es nada. Ni aquí ni allí. Mejor ganarías más.
Le dio la vuelta al pollo. Miró a la suegra.
Yo gano, Teresa.
Bueno, tú verás. Sólo lo digo.
Sólo lo decía. Siempre sólo diciendo. Sin reproche, sin gritos. Como si nada.
Isabel tapó la olla. Bajó el fuego y sintió apretar algo dentro. No era la primera vez. Pero esta vez más hondo aún.
Llamó al día siguiente a su mejor amiga, Mariana, compañera desde el instituto, divorciada desde hacía siglos y feliz, decía.
Mari, ¿tú qué tal?
Bien. ¿Y tú? Te noto rara.
Bah, todo en orden.
Isa…
Dudó.
Estoy cansada, Mari. Exhausta, sin más.
La amiga no sermoneó ni aconsejó. Solo preguntó:
¿Vienes?
Algún día.
Ven cuanto quieras. Hay té y charlas.
Isabel sonrió. Por primera vez en días.
Y entonces fue aquella noche. Aquella en concreto.
Pasó un sábado. Antonio invitó a su hermano Chema con su mujer Lucía. Así, de repente:
¿Te importa que vengan mañana Chema y Lucía?
¿A qué hora?
A las siete, supongo.
Bien.
No dijo más. Se levantó el sábado a las ocho, al mercado. Compró carne, verduras, patatas, berenjenas. Planeó: jamón asado, ensalada campera, crema de calabaza, filloas de queso para el postre. Un menú normal de sábado.
A la una, todo en marcha. El jamón al horno, la crema en el fuego, la masa de filloas en la nevera.
A las tres, se presenta Teresa. Otra vez sin avisar.
¡Ah, hoy toca reunión! ¡Nadie me ha avisado!
Vienen Chema y Lucía anunció Antonio.
Vaya… Teresa fue a la cocina, abrió el horno. Isa, ¿has puesto especias?
Sí.
¿Cuáles?
Romero, tomillo y ajo.
Uf, a Pedro el romero no le gusta.
Hoy no está Pedro invitado.
Un silencio fulminante.
¿Perdona? preguntó lenta Teresa.
Isabel se giró, la miró de frente.
Esta noche la cena es para Chema y Lucía. Pedro no viene. Por eso el asado es con romero. Está más rico así.
Teresa la miró como con ojos nuevos. Apretó los labios y se fue al salón.
Se oyeron susurros entre ella y Antonio. Luego él apareció por la cocina.
Isa, ¿qué te pasa?
Nada. Cocino.
¿Tenías que contestarle así?
No le he dicho nada malo.
Pues se ha disgustado.
¿Por qué motivo?
No contestó. Porque no lo sabía. Pero la miraba como si la culpa fuera de ella. Porque alguien tenía que ser la culpable. Y era fácil que fuese ella.
Chema y Lucía llegaron a las siete. Alegres, con vino y bombones de una tienda elegante del barrio de Salamanca. La cena fue buena. El asado, jugoso. Todos pidieron repetir la crema de calabaza.
Isabel, tú sí que sabes cocinar admitió Lucía, recostándose.
Gracias.
De verdad, te admiro. A mí ni me sale. Me da pereza, la verdad. Soltó una carcajada. Nosotros vivimos de comida a domicilio.
Vivís bien dijo Chema.
Y vosotros también Lucía miró la mesa. Isa se lo curra.
Se lo curra. Isabel retiró los platos, trajo las filloas, puso la tetera.
¡Siéntate ya! insistió Lucía, que bastante has hecho.
Isabel se sentó. Se sirvió té, una filloa.
Oye soltó Chema a su hermano, ¿es verdad que queríais reformar la cocina? Isa, ¿es cierto?
Hemos hablado, sí dijo Isabel.
Mamá dijo que tú querías cambiarlo todo y ella no.
Teresa tiene su casa y yo la mía. Son cocinas distintas.
Tiene sentido dijo Chema encogiéndose de hombros.
No te creas dijo Antonio de pronto. Al fin y al cabo es su casa.
Isabel levantó la vista.
¿De quién, Antonio?
De tus padres. Ellos la hicieron.
Llevamos veinte años aquí.
¿Y?
El silencio cayó sobre la mesa como un mantel. Lucía miró su taza. Chema cogió otra filloa.
Buenas filloas musitó.
Nadie volvió al asunto.
De noche, Isabel mirando el techo. Antonio dormía junto a ella. Isabel pensó en la frase de la cena. Es su casa. Suya. No nuestra. Ni tuya. Suya, ajena.
Veinte años cocinando, limpiando, tendiendo, planchando, arreglando. Veinte años a olor de sus manos. Pero seguía no siendo suyo.
Por la mañana, lo de siempre: café, avena.
Pasaron dos semanas iguales.
Y entonces llegó esa cena. El aniversario: treinta y cinco años.
Isabel empezó dos días antes. Teresa le pasó la lista: consomé, principal, dos ensaladas, empanadas como las que le gustan a Pedro y tarta. Isabel apuntó. ¿Cuántos seremos? Teresa dijo catorce, quizá quince. Ya te lo confirmo.
Lo confirmó a última hora: diecisiete.
Isabel recalculó. Al mercado, otra vez.
El sábado se levantó a las cuatro.
El consomé tendría que haberse hecho la noche anterior; lo preparó el viernes a las diez. Ya frío en la terraza. Quitó la grasa, probó: bueno, transparente, gelatinoso.
Después, empanadas. Le encantaba ese masa: templada, viva, densa entre los dedos, con olor a levadura. Recordaba a su madre: La masa hay que sentirla, ella lo dice todo.
Su madre llevaba ocho años muerta.
Isabel extendía masa y pensaba en ella. En su bata, los codos enharinados, canturreando canciones de cuando nadie recuerda.
A las diez, empanadillas hechas. A las doce, las ensaladas. A las dos, el plato principal. Todo a tiempo.
Los invitados llegaron a las tres.
Isabel recibía, recogía abrigos, sentaba, sacaba aperitivos, revisaba la comida, atendía y removía la salsa a la vez.
Isa, ¿puedo traer ya las empanadas? se preguntó en voz alta, porque no tenía a quién buscar para preguntar, todos sentados.
Las trajo, todos contentos.
¡Caseras! dijo una invitada, Carmen, vieja amiga de los García.
Sí, las hizo Isabel comentó Chema.
Muy bien hecho felicitó Carmen, y se giró a Teresa. Teresa, tienes una nuera que vale oro.
Ay, se defiende resopló Teresa.
Isabel volvió a la cocina.
A las cuatro, el principal. Bandeja grande, pesada, en ambas manos. La puerta la empujó con el hombro.
¡Por fin! salió Teresa, de voz fuerte. ¡Pensábamos que te habías olvidado!
Varios rieron. Ena, sin mala intención.
Isabel colocó la bandeja. Se irguió.
Qué pinta comentó Pedro. Bien hecho.
Isa, ¿y las patatas?, ¿aparte? preguntó Antonio.
Aparte. Ahora mismo.
Volvió a la cocina.
Y entonces, en el pasillo, escuchó.
Carmen preguntaba algo a Teresa. En la pausa de las conversaciones, se oía claro.
Isabel, ¿a qué se dedica?
Es contable respondió Teresa. Tres días trabaja por ahí. El resto, su sitio está en la cocina. De ahí no sale.
Su sitio está en la cocina. De ahí no sale.
Isabel se paró en la puerta. De espaldas al salón. Frente a la vitro.
Carmen se rió, breve.
Alguien tiene que cocinar, claro.
Exactamente sancionó Teresa.
Isabel respiró una vez más, cogió las patatas, volvió, puso la fuente.
Gracias, Isa le dijeron.
Asintió. Sentada en la esquinita. Se sirvió agua. No vino. Agua.
Comió callada. Respondió cortés si le hablaban. Sonrió cuando debía. Recogió platos. Sacó la siguiente tanda. Cortó la tarta.
Su sitio está en la cocina. De ahí no sale.
Esa noche volvió a no dormir.
Daba vueltas a esas palabras. Ni siquiera con rabia. Solo las barajaba. Un rincón en la cocina. Veintisiete años en la cocina. Madrugar. Harina en las manos. Masa en las manos. Agua caliente. Platos para diecisiete. Manos invisibilizadas. Solo se ve el resultado.
¿A dónde más ir? A donde lleva veintisiete años.
Antonio dormía. Isabel lo miraba en la sombra. Cara buena, familiar. Persona a la que conocía mejor que él a sí mismo. Sabía que no aguantaba el calor. Que tenía dolor en el hombro por una vieja caída. Que no le gustaba la quinoa, pero la comía si tenía hambre. Que era, en el fondo, bueno. Solo no lo advertía. No veía nada.
Se levantó sin hacer ruido. Se puso la bata. Se fue a la cocina.
Encendió la luz. Puso al fuego el agua del té.
Todo limpio. Recogido, ordenado por sus manos. Con ellas.
Se sirvió el té. Sacó el móvil. Abrió el chat con Mariana.
Escribió: Mari, ¿duermes?
A los cinco minutos contestó: No. Leo. ¿Qué pasa?
Isabel miró la pantalla. Luego escribió: Nada. Quiero ir a verte. ¿Mañana?
Mariana respondió: Cuando quieras. Te espero.
Al amanecer preparó café y tostadas. Tomate cortado y huevos. Todo preparado. Antonio salió medio dormido.
Buenos días.
Buenos días.
Le puso el café. Lo miró.
Antonio, tengo que hablar.
Ajá dijo él, comiendo.
Me voy unos días.
¿A dónde?
Con Mari. Quiero descansar.
Él la miró por fin.
¿Por qué?
Por nada. Para descansar.
Se encogió de hombros.
Ve, entonces. ¿Y yo qué hago?
En la nevera tienes albóndigas y sopa de ayer. En el congelador, croquetas.
¿Y después?
Te apañáis.
Se fue el domingo por la tarde. Una maleta. Pequeña.
Mariana la abrazó en la entrada. Miró la maleta. La miró a ella. No preguntó nada. Solo abrazó.
Vamos a por té anunció.
Charlas hasta la medianoche. En la cocina pequeña, llena de geranios y un flexo anticuado. Mariana hizo té con melisa. Sacó galletas. Isabel habló largo y tendido, a trompicones, en silencio a ratos.
¿Sabes? acabaría confesando. Ni estoy enfadada. Solo cansada. ¿Lo entiendes? No del trabajo. De no existir.
Claro que lo entiendo dijo Mariana. Muy bien.
¿Y ahora qué?
No sé. Pero vuelve cuando te apetezca.
Isabel asintió. Apretó la taza. El calor la reconfortó.
A los tres días llamó Antonio.
Isa, ¿cuándo vuelves?
No lo sé.
¿Cómo que no? Aquí no queda nada en la nevera.
Vete a hacer la compra.
Silencio.
No sé cocinar.
¿Huevos sabes?
Hacer huevos, sí.
Pues eso, hazte huevos.
Colgó. Se quedó inmóvil. Luego se rió. Por primera vez en mucho tiempo.
Al cuarto día, Mariana le dijo:
Mira, una conocida trabaja de profesora en una escuela de cocina. Buscan alguien. Pastelería y cocina casera. Temporal, pero quizá más. ¿Te interesa?
Isabel la miró.
No soy profesora.
Cocinas mejor que nadie que conozco. Y lo sé desde hace veinte años.
¿No pedirán títulos?
Habla primero. Luego ves.
A los dos días, Isabel estaba en una sala luminosa de la escuela Sabores con la directora, Clara, una mujer directa, ágil, unos cuarenta y cinco años.
Mariana dice que cocinas muy bien. ¿Qué sabes hacer?
Isabel pensó.
Cocina castellana. Repostería, masas, empanadas. Guisos, conservas, sopas. Pasta, algo de internacional.
¿La masa siempre tú?
Siempre a mano. Nada de hacer trampas.
Clara sonrió apenas.
Bien. Te haré hacer una prueba. Si encajas con el grupo, hacemos contrato.
La clase de prueba fue el viernes. Tema: pan casero con masa madre.
Isabel no durmió la noche anterior. Mirando el techo con ansiedad. Pensando que era una locura. ¿Qué diría Antonio? ¿Qué diría Teresa?
Y después pensó: ¿Por qué me importa tanto?
El viernes llegó al aula. Ocho personas, casi todas mujeres, una jovencita. La miraban con atención de principiante.
Isabel saludó, tomó un bol y volcó la harina.
Empecemos por lo básico dijo. Un buen pan no empieza en la receta, empieza cuando sientes la masa en las manos. Aquí mostró. El momento cuando se separa de las paredes, cuando se vuelve lisa. Eso es lo importante. Ningún temporizador sustituye a la mano.
Hablaba, amasaba, explicaba. Mostraba cómo plegar, cuándo está lista por tacto, por qué el agua importa y por qué no hay que acelerar el reposo.
La joven preguntó:
¿Y si no sale a la primera?
Saldrá a la tercera contestó Isabel tranquila. Es así. La masa no se enfada.
La clase rió, de verdad.
Clara observaba desde la puerta.
Al terminar se acercó.
Tienes un don para explicar.
Nunca lo pensé.
Justo. Por eso te sale. ¿Firmamos?
Firmó el lunes.
Tres clases por semana. Buen pago, mejor que en la gestoría.
Pidió una excedencia en su trabajo.
Luego llamó a Antonio.
Antonio, he encontrado trabajo. Doy clase en la escuela de cocina.
¿Qué? ¿Una escuela? ¿Cuándo vuelves?
No lo sé aún.
¿En serio, Isa?
Muy en serio.
Larga pausa.
Mamá llamó. Dice que estás enfadada.
No estoy enfadada. Estoy agotada.
¿De qué?
Guardó silencio. Buscando palabras sencillas.
De que no existo, Antonio. Llevo veintisiete años desaparecida. Solo hay albóndigas, camisas limpias, mesas puestas. Y yo no estoy.
Silencio.
Isa…
No te culpo. Solo te lo digo.
Él no supo qué decir. Lo notó en el silencio.
Te llamo después dijo al fin.
Vale.
Pasaron dos semanas. Isabel vivía con Mariana. Cocinaba. Mariana no pedía, Isabel simplemente ofrecía, disfrutaba. Era diferente. Cocinaba para una amiga que siempre agradecía. De corazón.
Un día Mariana le dijo:
Estás distinta.
¿Cómo?
No sé. Más tranquila, sin esa tensión de estar en guardia.
Isabel reflexionó.
Puede.
En la escuela la esperaban. Las clases se llenaban. Clara le comentó que varias alumnas venían solo por su curso.
Tienes algo. Eso no se enseña, la gente lo nota.
Isabel lo daba todo. Eso sí lo sabía hacer bien.
Solo que ahora lo notaban.
Antonio fue a verla la segunda semana. Avisó antes. Mariana salió discreta. Hablaron en aquella cocina con geranios y lámpara.
Isa, vuelve a casa.
Isabel lo miró. Él parecía más delgado, ojeroso.
¿Por qué?
Porque es tu sitio. La familia. Estoy solo.
Llevas solo tres semanas. Yo estuve sola veintisiete años.
Él bajó la mirada.
No me di cuenta.
Ya.
¿Se acabó? ¿Me perdonas?
Suspiró.
No hay nada que perdonar. No estoy enfadada. He cambiado.
¿Cómo?
No volveré a lo de antes. No porque te odio. Es que ya no puedo. Es como un vestido que te queda pequeño. No entra.
Largo silencio.
¿Y qué hacemos? ¿Nos separamos?
No sé. Igual no. Pero será distinto. Trabajo de verdad ahora. Y en casa no seré la criada. Ni tuya, ni de tus padres.
Mamá no quiso ofenderte.
Antonio, escucha. No hablo de ofensas. Hablo de lo que dijo delante de todos. Su sitio está en la cocina. De ahí no sale. ¿Lo entiendes?
Él la miró.
Lo oíste.
Lo oí. Y no solo eso. Veintisiete años oyendo.
Silencio.
Mamá se equivocó susurró él. Tenía que haberte pedido disculpas.
Gracias.
Y yo… tampoco vi nada.
Ya.
Ahora sí lo veía como aquel Antonio de hace años, el honesto, el perdido.
¿Qué hago? preguntó él.
No lo sé. Pero empieza por lo pequeño. Aprende a hacer una sopa.
Él sonrió, débil.
¿En serio?
En serio. Es simple. Cebolla, zanahoria, patata. Te explico. Ahora enseño.
Él la miró largo rato. Preguntó:
¿Volverás?
Isabel lo pensó de verdad. En la casa de la calle Mayor. En el olor de las mañanas. En Antonio, su media vida. En que la vida, aunque imperfecta, es vida, y lo vivido no se tira.
Pensó en sus cincuenta y dos años. Ni dieciocho, ni noventa.
Quizá sí dijo. Pero no ahora. Aún necesito tiempo.
¿Cuánto?
El que necesite.
Él se fue. Ella se quedó frente a la ventana. La geranio, rosa, viva. Fuera era octubre. Las hojas caían.
Se levantó. Abrió la nevera. Sacó harina, manteca, huevos. Hizo masa. Para sí misma. Por nada especial.
La masa, cálida, viva, dócil.
Amasaba y no pensaba en nada.
Un mes más tarde, Clara le ofreció plaza fija.
Nos haces falta sonrió. No como sustituta, como profesora titular. Tres módulos semanales y un taller al mes. Aquí condiciones.
Isabel leyó. El sueldo decente. No millonaria, pero libre.
Acepto dijo.
Firmó el contrato. Salió a la calle. Inspiró el aire a otoño en las aceras.
Llamó a Mariana.
¡Me han hecho fija!
¡Isa! ¡Qué orgullo! ¿Lo celebramos?
Claro. Algo preparo.
¡Y tanto!
Sonrió.
Con Antonio siguió hablando, siempre tranquilos. Él llamaba seguido. Contaba que cocinaba. Primero huevos. Luego pidió la receta del cocido. Ella explicó. Preguntaba por detalles: ¿cuánto chorizo?, ¿cuándo añadir la sal?, ¿por qué quedó fuerte?
Será por mucho pimentón.
He puesto lo de siempre.
¿Cucharada sopera o de postre?
Pausa.
¿No es igual?
Se rió. Antonio rió también.
A finales de octubre volvió a visitarla. Trajo flores; crisantemos de otoño. Isabel los adoraba, él lo sabía. Pero nunca antes los había comprado. Ahora sí.
Son preciosas dijo ella.
Sabía que te gustarían.
Tomaron té. Hablaron mucho. De todo. Del colegio del nieto. De que Chema y Lucía igual se mudan. De Pedro, el suegro, que andaba regular pero mejor.
Luego Antonio dijo:
Mi madre quiere hablar contigo.
Isabel guardó silencio.
En serio. Ha cambiado, desde que te fuiste.
¿En qué?
Cocinó ella sola. Por primera vez en años. Intentó un bizcocho. No salió, pero lo hizo sola.
Isabel miró la taza.
Eso está bien.
Admitió que se pasó, contigo, aquel día.
Me alegra que lo reconozca.
¿Hablarás con ella?
Isabel alzó la vista.
Cuando esté lista lo haré. No hoy.
Vale.
No la apuró. Era nuevo. Siempre apuraba, buscaba soluciones inmediatas. Ahora sabía esperar. O había empezado a aprender.
Al irse, se detuvo en la entrada.
Isa.
Sí.
Llevabas razón. Siempre. No te vi. Estuvo mal.
Se miraron.
Lo sé.
Lo siento.
Asintió. No dijo no pasa nada. Porque no. Pero algo, quizá, pudiera arreglarse. Algún día.
Llámame mañana pidió. Me cuentas cómo te sale el cocido.
Hecho.
Puerta cerrada.
Isabel se quedó en la entrada. Volvió a la cocina. Puso el té. Miró a través de la ventana a la ciudad. Las farolas, amarillas, cálidas.
Pensó en la clase próxima: masa quebrada. Hay que trabajarla fría, que la manteca no funda entre los dedos. Es un detalle que muchos pasan por alto, aprietan demasiado y pierden la textura.
Ella lo explicará. Sabe explicar. Ahora lo descubrían.
Hirvió el agua. Infusionó. Se sentó ante la ventana.
En la ciudad habitaba su vida. La vieja y la nueva, entremezcladas. No sabía si volvería a la calle Mayor, si seguiría aquí, si escogería otra cosa.
Pero esa noche, Isabel tomaba té en la cocina de Mariana. Ganaba su dinero. Enseñaba a sentir la masa. Y era real.
Y eso, de momento, le bastaba.
Al día siguiente Antonio llamó al mediodía.
Cocido dijo.
¿Y qué tal?
Bastante bien. Hasta color tiene.
Entonces no has pasado la verdura.
No. La he añadido al final, como decías.
Bravo.
Pausa.
Isa, ¿tú cómo estás?
Bien sonrió. Y era verdad.





