Tres años de reformas sin visitantes

Life Lessons

Tres años de reformas sin invitados

Mira, te voy a contar algo que le pasó a una amiga, Inés, hace muy poco. Estaba una tarde apoyada en la cocina de su piso de Madrid, en Chamberí, tomando el té. Dejó la taza en el alféizar de la ventana, y justo entonces notó que Rubén, su pareja, se quedó paralizado en el pasillo. Le dio igual que estuviera de espaldas: sentía cuando él se bloqueaba, como si lo respirase.

Has dejado la taza en el alféizar dijo él finalmente, serio. No preguntó, lo soltó crudo.

Sí, Rubén. La he dejado ahí.

Eso está barnizado, el calor deja marca.

Ya lo sé.

¿Entonces por qué lo haces?

Ella se giró. Rubén tenía 48 cumplidos y los aparentaba, ni más ni menos. Apoyado en el marco de la cocina, llevaba su camiseta gris de andar por casa y tenía un nivel en la mano. Como si fuera un móvil, te lo juro, iba siempre con ese nivel por la casa durante el finde.

Porque no tengo otro sitio donde dejarla le contestó. La mesa está tapada con plástico, la otra silla está boca abajo, el suelo del pasillo sigue húmedo de la imprimación. Llevo tres años tomando el té aquí, de pie, mirando a la calle, Rubén.

Él miró la taza, luego a ella, después volvió a la taza.

Pongo un posavasos.

No pongas nada.

Pero va a dejar marca…

Pues que la deje.

Él frunció el ceño, ese punto de duda que le salía cuando no sabía si ella hablaba en broma. Y ella, la verdad, ya casi había olvidado cuándo bromeaba.

Inés, de verdad…

Ya está murmuró ella, corto y metálico, y ese ya está calló la casa igual que una piedra en un pozo. Ya está, Rubén.

Tardó en entenderlo, él. Repitió:

¿Ya está el qué?

Que me voy. Que estoy recogiendo mis cosas.

Silencio largo. Afuera sonó un claxon que se apagó enseguida. Rubén bajó el nivel, despacio.

¿Por el alféizar?

No. No es por el alféizar.

Inés apuró su té y volvió a dejar la taza en el barniz, sin un gramo de culpa.

Tenía 45 años, curraba de contable en una gestoría pequeña, leía siempre un rato antes de dormir, en su mesa de trabajo tenía un cactus diminuto llamado Félix, y hacía mucho, mucho que no invitaba a las amigas a casa. Desde hacía tres años, para ser exactos.

Se fue al dormitorio.

Han pasado tres años desde que compraron ese piso de dos habitaciones, en un quinto sin ascensor de uno de esos bloques de ladrillo, en una calle tranquila. Inés se sentía, en serio, feliz. Feliz de verdad, física: podía recordar la ilusión de cuando, junto a Rubén, miraban los ventanales, los tilos en otoño, y pensaba: este es nuestro hogar.

Rubén también era distinto entonces. O eso recuerda. Iba midiendo paredes, anotando ideas en la libreta, con esa chispa en los ojos que a Inés tanto la enganchó: la de alguien que sabe lo que quiere y lo hace realidad con sus manos.

Mira, Inés le decía, enseñándole bocetos en cuadrícula: aquí abrimos el espacio, cocina y salón juntos. En esa pared, estanterías hasta el techo. Y luces regulables, para ajustar la atmósfera.

Qué bonito susurraba ella, y lo pensaba de verdad.

Lo hacemos nosotros, despacito y bien. Como debe ser. Una vez y para siempre.

Eso, una vez y para siempre, fue la frase trampa. Porque no era sólo por ahorrar dinero en albañiles. Iba más allá.

Los primeros seis meses hasta parecían una película. Vivían en medio de la obra: Inés cocinaba con una vitro portátil porque el gas aún no estaba, dormían los dos en un colchón en el suelo, usaban platos de usar y tirar porque el fregadero estaba por instalar. Incómodo, algo bohemio, perfectamente soportable. Al principio.

Luego, la cosa empezó a moverse lento, como cuando notas que algo bajo tierra se ha desplazado. Rubén se pasaba cada finde con el mono de trabajo, y a veces entre semana, si pillaba un día libre. Era jefe de obra, entendía de materiales y métodos mucho mejor que la mayoría. Y eso, en sí, estaba bien. La pega no era esa.

La pega era que no paraba nunca. Nunca.

Al principio Inés no se dio cuenta. Ocho meses después, comiendo con su amiga Laura, fue la primera vez que lo verbalizó.

¿Entonces, ya casi está? ¡Quiero ver ese piso y que me hagas unas lentejas!

Nos falta poco le dijo, todavía ilusionada. Rubén dice que seguro para Navidad.

Navidad llegó, y la obra seguía. Nada de invitados: el salón lleno de pladur, la cena de Nochevieja los dos solos, en una cocina a medio hacer.

Rubén, el año que viene invitamos, ¿vale? le dijo cuando brindaban.

Claro contestó él. Acabo el techo del salón, pongo el parquet, y montamos el plan.

El techo del salón lo acabó en marzo, pero entonces vio que la fontanería del baño estaba mal y no soportaba eso. Más tarde, el ventanal necesitaba rehacerse: la espuma aislante se había contraído y quedaba una rendija de tres milímetros los midió con una galga.

Inés solía bromear con eso: Mi marido lucha contra los tres milímetros, contaba a las amigas. Todas en risas. Ella también.

Pusieron el parquet en mayo, con las ventanas abiertas para el olor a barniz. Inés ayudaba, acercando listones, barriendo polvo con el aspirador industrial. Rubén trabajaba callado, como un cirujano, revisando cada tabla con el láser de precisión. Sacó y volvió a colocar dos filas porque se le veía una mínima holgura.

¿Rubén, de verdad se ve? preguntó un día.

Lo veo yo respondió sin mirarla.

Por primera vez, sintió que algo en él se había roto, como una corriente subterránea. No duele, solo detiene.

Terminaron el parquet en junio, precioso, de roble claro. Inés pasó la mano y lo dijo de corazón:

Ha quedado genial.

Ahora hay que darle un barniz de calidad. Uno alemán, resistente.

¿Cuándo?

La semana que viene.

Pero entonces el rodapié del rincón se despegaba medio milímetro, y el barniz, otra vez, quedó aplazado.

Fue ese junio cuando llamó a Laura para quedar. Verano, terraza, té helado. Laura le preguntó:

¿A ver, cuándo nos invitáis ya, mujer?

Pronto y calló.

¿Va todo bien?

Sí… o no sé. Es que empiezo a pensar que Rubén nunca va a acabar. No es que sea lento, es que… creo que no quiere acabar. Mientras haya obra, tiene una excusa. Para no invitar, para no arreglar la casa. Para vivir así.

¿Él lo sabe?

He intentado decírselo, pero siempre me sale con que ya queda nada, que será perfecto.

¿Y tú quieres perfecto?

Inés lo pensó.

Yo solo quiero hogar.

Aquel día Rubén extendió muestrarios de pintura por la cocina, todo blanco pero matices infinitos: cálido, frío, blanco con matiz azul… Ella veía todo blanco, sin más.

Elige tú, Rubén le dijo, agotada.

Él escogió. Él siempre escogía. Y poco a poco, dejó de consultarle. Si le gustaba un azulejo, él explicaba por qué aquel otro era mejor. Si sugería mover el sofá, él se lo enseñaba en una app de planos y decía: rompe la armonía. Me gusta no valía, pero lo correcto es así.

Así que Inés dejó de opinar. Si total, daba igual.

Al siguiente octubre, vino a pasar la noche un viejo amigo de Rubén, Paco, que iba de paso por Madrid. Inés se ilusionó, compró comida, sacó platos de los buenos. Pero Rubén dijo que en el dormitorio había reformas, Paco no podía quedarse.

¿Qué arreglos hay en el dormitorio? preguntó Inés en voz baja.

Hay que rebarnizar una zona, Paco no podría dormir con el olor.

¿Qué olor? No huele a nada…

No quiero que vea la casa así.

Así: inacabada. Comprendió, al fin, que Rubén sentía vergüenza. Vergüenza de su propio piso, hecho a su mano, solo porque nunca alcanzaba el ideal de su cabeza. Y mentía, por eso.

Paco cenó fuera con Rubén, durmió en un hostal. Inés cenó sola en casa.

Aquella noche, Inés miraba el techo impecable y pensaba: dos años sin invitados.

En el segundo invierno, la madre de Inés cayó malita, un resfriado fuerte. Inés cruzaba la ciudad dos veces por semana a verla y a veces dormía en casa de su madre. Rubén no protestaba: echado bajo el ventanal, dándole otra mano de pintura especial.

Un día volvió antes y lo encontró en el pasillo, lupa en mano, mirando el rodapié.

¿Todo bien? preguntó Inés, quitándose el abrigo.

Aquí hay una junta…

Ella no preguntó cuánto. Ya lo sabía.

¿Has comido hoy?

No sé, creo que sí.

Le cocinó pasta, huevo frito, y comieron en silencio. Fuera nevaba; sobre la mesa, un catálogo para el armario empotrado que llevaban un año mirando ya.

Cuéntame algo le pidió. Lo que sea, pero no de la obra.

Él la miró, descolocado, como si le pidiese hablar en euskera.

Hoy en el curro eché a un paleta que puso hormigón sin mallazo.

Eso es del trabajo.

Bueno, sí

¿Nada más?

Rubén de verdad lo pensó, intentando buscar más allá de su mundo de materiales y esquinas. No pudo.

Supongo que no.

Ella pensó: ¿en qué momento él se volvió solo funciones, ya no persona? Recordaba otro Rubén, en sus años más jóvenes, el que le señalaba las constelaciones en la playa, explicando: esa es Casiopea, esa es la Osa Mayor. ¿Dónde se habían ido las estrellas?

Al tercer año Inés dejó de prometer a sus amigas que la obra acabaría pronto. No era verdad. Los defectos nunca terminaban: azulejos insuficientes, pintura de tono dudoso una vez seca, tiradores que chirrían con el frío. Cada nuevo fallo era el comienzo de otro bucle.

Se compró una lámpara de noche, sencilla, pantalla de tela. La puso en su mesilla. Cuando Rubén lo vio, lo primero: ¿Por qué la compras? Queríamos focos empotrados. Quiero leer antes de dormir, le decía ella. Ya pondré los focos. Pero quién sabe cuándo.

A la semana, él puso justo al lado otra lámpara metálica, que daba más luz según él. La de Inés fue relegada a un rincón, luego a una balda, hasta que acabó en el trastero, entre botes de imprimación. Ella la recuperaba, él la escondía, vuelta a empezar. Pequeñas conquistas absurdas.

Esa primavera, Inés le escribió a Laura un WhatsApp en mitad del curro: ¿Te apetece una escapada? Unos días en una casa rural, sin maridos. Laura respondió al instante: ¡Por supuesto! ¿Cuándo?. Así que se marcharon cuatro días en mayo a un hostalito en la sierra, entre pinares. Inés pilló días libres; Rubén, absorto en el baño, ni protestó.

Allí, Inés durmió en una habitación sencilla: muebles de pino, colcha floreada, todo un poco ajado, imperfecto. Y de repente, supo que estaba bien. De verdad bien. Nada de postureo. Se tumbó en la colcha, miró la grieta del techo y, sin esperar, rompió a llorar.

Laura sólo la escuchó. Y cuando Inés pudo hablar, casi susurró:

Vivo en un museo, Laura. Un museo bonito, perfecto y sin vida.

Laura esperó. Luego preguntó:

¿Se lo has dicho?

Sí. Lo único que me dice es que queda poco para que todo esté bien.

¿Y si vais a terapia?

Rubén no cree en lo de los psicólogos. Dice que lo suyo solo es una reforma.

Yacieron en silencio, oyendo y oliendo el monte entrar por la ventana. Inés pensaba: esto es lo que me faltaba. Una ventana abierta, el pinar, la grieta, los muebles comprados porque sí.

Volvió a casa y olía a yeso. Rubén la recibió contándole que había rehecho el nicho de la ducha, todo simétrico, como debe ser. Genial, contestó ella.

En junio llegó la conversación clave. Era domingo: Rubén pintaba la despensa, moviendo trastos y cintas de carrocero. Inés llamó para cenar. Pasó media hora, casi una, y él nada. Terminó comiendo sola, fregó, guardó todo.

Más de una hora después, él apareció.

Perdí la noción del tiempo dijo.

Ya lo sé.

¿Te caliento la cena?

Hazlo tú, si quieres.

Se fue al dormitorio, cogió un libro. Cuando él entró, preguntó sin mirar la página:

Rubén, ¿tú eres feliz?

Pausa.

Supongo.

¿Seguro?

Inés, ¿qué preguntas son esas?

Una normal.

Él se tumbó junto a ella, callado. Dijo al rato:

Acabo la despensa, hago el balcón, y ya te aseguro que todo estará perfecto.

Ella cerró el libro.

¿Sabes que acabas de contestar a mi pregunta?

¿Cómo?

Te pregunté si eras feliz y me hablaste del balcón.

No supo qué contestar. Ella le dió las buenas noches.

Tardó en apagar la luz. Escuchaba la respiración de Rubén y pensaba, en otro universo, quizá hablarían, lo que fuera: de una serie, de algo de su madre, del nuevo menú del bar al lado. Simplemente hablarían.

En esta vida, sólo el silencio. Impecable, como el techo.

Aquella mañana, cuando dejó la taza en el alféizar, supo que ese ya está venía de muy lejos. Solo hacía falta una taza para hacerse realidad.

Hizo la maleta calmada, sin llorar. Solo lo suyo: libros, cremas, ropa, su lámpara de tela, el DNI y la batería del móvil. Al cactus Félix, claro, lo metió también; el único ser vivo de esa casa. Rubén no dijo nada por el cactus. Al fin y al cabo, el cactus no deja cercos.

Rubén estaba en la puerta del cuarto, viéndola recoger.

Inés.

¿Qué?

Hablemos

¿De qué?

¿Cómo que de qué? Te vas.

Sí.

¿Por la taza?

Rubén, por favor. Sabes perfectamente por qué.

No sé, en serio.

Paró, le miró. Le vio tan perdido, de verdad, que casi le dio pena. Hacía años que no veía esa confusión en él.

Rubén, llevamos aquí tres años.

Ya.

No hemos hecho ni una cena normal con amigos. Ni una, en tres años.

Es que la casa aún no

Es que nunca va a estar lista. ¿Lo entiendes? Siempre encontrarás algo más para arreglar, Rubén. No es nada malo, pero yo no puedo vivir eternamente en una obra.

Pronto

Que no, Rubén. No es cuestión de tiempo. Es cuestión de que estos tres años he vivido en tu casa, pero como invitada. Caminando de puntillas, poniendo posavasos, guardando mi lámpara. Sin invitar a nadie porque te avergüenza que falte algo. Yo…

La voz se le quebró, tomó aire.

Solo quiero vivir. Con rayones en el suelo, marcas de café, con amigos los domingos y tu chaqueta en la silla. Como una casa viva. Y aquí, nunca la tuvimos.

Rubén, callado. Le preguntó flojo:

¿Adónde vas a ir?

A casa de mi madre, de momento.

¿Por mucho tiempo?

No lo sé.

Ella cerró la maleta. Cogió a Félix. Pasó a su lado, bajó la escalera procurando no mirar el parquet, perfecto, bajo sus pies.

Inés llamó él.

¿Qué?

No sabía que era para tanto…

Sabías, Rubén. Solo que quizá no lo veías.

La puerta se cerró suave. Muy suave, como todo ahí.

Rubén se quedó un minuto ahí parado, luego fue al salón y se sentó en el sofá uno que tardó tres meses en elegir la tela. Miró a su alrededor.

Todo estaba precioso. En serio. Paredes cálidas, parquet sin una ranura, techos lisos, estanterías a medida, luces reguladas como quería, ni una sombra. Y en ese orden perfecto, sintió un vacío raro. No orgullo. Más como vértigo.

Se acercó a la cocina: la taza seguía en el alféizar. Ni marca ni nada. Lavó la taza, la dejó escurrir. Paseó por el piso, pasó por el trastero: herramientas colocadas, botes ordenados. Ni rastro de nada fuera de lugar. Solo él.

Esa noche hasta intentó ver la tele. Desistió. Se quedó mirando el WhatsApp, el nombre de ella, sin escribirle.

No pensaba tanto en cómo recuperar a Inés como en lo que le había dicho: los invitados, la lámpara, el cruasán de que ella fue invitada en su propio piso tres años. Invitada. Lo tuvo atravesado días.

Pensaba en cuando le mintió a Paco sobre la obra del dormitorio sólo por vergüenza. Le daba vueltas. ¿Cuándo la casa había dejado de ser hogar y se había convertido en una meta inalcanzable? Eso nunca se logra; el horizonte siempre se aleja.

Tres días así. Cuando se decidió, le escribió: Inés, ¿podemos hablar?.

Ella respondió en una hora: Dime.

La llamó. Segundo tono, contestó.

Hola, saludó él.

Hola.

¿Cómo estás?

Bien. Aquí con mamá.

Silencio. Se oía a ella respirar, y él sin saber por dónde empezar.

Inés, estos días he pensado mucho.

Ya lo veo.

Dices que ya lo veías venir.

Más o menos.

Entiendo que me equivoqué, de verdad. Que prioricé lo que no debía.

¿Por qué me lo cuentas ahora?

Porque quiero que vuelvas.

Pausa larga.

Rubén…

No digo ahora. Solo que me gustaría intentarlo de otra manera. No sé si podré, pero quiero.

Ella no lo cortó. Debió dejar la taza en algún sitio.

¿Entiendes que sólo prometer no vale? le preguntó.

Lo sé.

¿Sabes que si vuelvo no será para vivir igual?

Lo sé.

No sé si lo sabes, Rubén. No me malinterpretes, pero no se cambia a voluntad, no es clavar un clavo.

Lo sé.

¿Y entonces, qué propones de verdad?

Pensó despacio.

Primero, vernos en persona. Hablar, pero de verdad, no por teléfono.

Vale aceptó ella. Quedamos.

Quedaron en una cafetería cerca de la Gran Vía, neutral total. Las sillas no paraban de moverse y el menú estaba escrito en una pizarra. Inés fue con su parka beige, cansada pero serena.

Pidieron café. Rubén se le quedó mirando, recordando la última vez que miró así, sin estar pendiente de zócalos o molduras.

¿Y tu madre?

Mejor, ha comprado un par de plantas, está entretenida. Le ha venido bien que pase unos días allí.

Me alegro.

Silencio, pero uno de esos normales, no incómodos.

Rubén le dijo ella: Lo importante no es la obra, si eres esmerado está bien, me gusta. El tema es que perdiste la meta. Una casa es para vivir, no un fin en sí.

Sí admitió él.

¿Lo dices porque lo entiendes, o por salir del paso?

Él movió la taza entre las manos.

No lo sabes. Yo tampoco sé cuánto puedo cambiar. Pero sé que así, no. Cuando te fuiste, la casa se me quedó como un envoltorio vacío.

Vacío repitió Inés.

Eso. Y lo he entendido, pero tarde.

¿Volverás?

Ella miró a la ventana mojada por la lluvia fina. En el escaparate de enfrente había unos tulipanes ya un poco machacados de tanto ir y venir de gente.

Lo intentaré le dijo por fin, pero con condiciones.

Dime.

Primer mes: ni una sola reforma. Nada de catálogos ni muestras. Vivir. Punto.

Aceptado.

Segundo: el próximo domingo invitamos a Laura con Fran, y a Paco si puede. Se cena en casa, tal como esté.

Él asintió.

Tercero: si vuelves a convertir cualquier arañazo en una tragedia, te lo diré. Y tendrás que escucharlo.

Rubén la miró muy serio. Asintió, lento.

Vale.

Volvieron andando, bajo un chispeo. Ella llevaba a Félix en el abrigo, él la bolsa. Al llegar a casa, se detuvo un momento, miró el quinto piso desde la calle.

Es bonito el edificio susurró.

Sí respondió Rubén.

Subieron en el ascensor, abrió la puerta, ella entró primero y puso al cactus directamente en el alféizar. Sin posavasos.

Rubén miró al cactus. Miró el barniz debajo. No dijo nada.

Inés fue a la cocina, puso agua a calentar. Él se sentó en el sofá, miró las estanterías. El corazón de cristal, ese que ella había traído del Rastro hace dos años, seguía en su sitio, un poco torcido.

No lo corrigió.

El domingo llamaron a Laura, que exclamó ¡por fin! y reía con auténtica alegría. Paco no pudo, pero prometió venir la próxima. Fran llevó una botella de Rioja, Laura un brazo de gitano, Inés hizo aquel cocido madrileño prometido tres años antes.

Comieron en el salón. Rubén puso los platos y pensó: están descolocados, pero los dejó así. Laura tiró sin querer un poco de vino tinto y todos se rieron. Rubén sintió el apretón de siempre, pero miró a Inés.

Inés solo lo miró, tranquila. Él cogió una servilleta, secó la mancha.

No pasa nada dijo.

Laura exhaló aliviada. Inés esbozó una sonrisilla.

Después charlaron horas, hasta pasadas las doce. Cuando se quedaron solos y recogieron la mesa, Rubén comentó:

Creo que la mancha no saldrá…

Igual no… respondió Inés.

Bueno, da igual.

Ella le pasó un plato y le dijo:

Ha estado bien, ¿verdad?

Sí, muy bien.

Al acabar, el salón aún tenía el eco de las voces, la mancha morada sobre la tela, el corazón de cristal de lado, el cactus en el alféizar.

Rubén miró todo eso y pensó mañana limpiaré la mancha, será mejor, pensó en el círculo que dejaría el cactus, en la taza puesta de cualquier manera.

Pensó, también, en cómo se había reído Inés aquella noche. Igual que antes: cuando Laura hablaba de su gato, cuando Fran confundió los nombres en el brindis.

Ella entró en el dormitorio.

¿Vienes?

Ahora voy.

Se quedó mirando el salón, la mancha, el cactus, su pequeño desorden, su pequeña vida, y apagó la luz.

La lámpara de Inés estaba encendida en la mesilla, haciendo una luz cálida sobre el libro abierto. Rubén miró el techo.

Inés…

¿Sí?

¿Tú me oyes cuando hablo de milímetros y juntas?

Ella bajó el libro, le miró.

Te oigo.

¿Y en qué piensas?

Ella se lo pensó de verdad.

Pienso que estás lejos.

Sí admitió él. A veces sí.

Ella volvió al libro.

Rubén pensó: igual no lo logramos, tres años son muchos, pero sé que algo ha cambiado, igual que una grieta que, aunque la tapes, el muro ya nunca es el mismo.

Pensando en esto, se quedó medio dormido, pero justo antes, casi soñando, pensó que mañana devolvería el cactus a su platito, para no dejar marca.

Abrió los ojos.

El techo seguía perfecto.

A su lado, Inés pasaba página. Él los cerró, escuchándola respirar tranquila.

El cactus puede esperar. Al menos hasta mañana.

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