Mantel blanco, vida gris

Life Lessons

Mantel blanco, vida gris

La sopa de cocido estaba buena. Carmen lo sabía con certeza porque la había probado tres veces mientras cocinaba, y todas las veces quedó satisfecha. El garbanzo era fresco, comprado en el mercado de San Antón la víspera, la carne llevaba dos horas cociendo a fuego lento, y la verdura la añadió al final, como dicta la costumbre de su madre. En la mesa había velas, mantel blanco de lino el bueno, el que guardaba para las ocasiones especiales. Quince años casados. Eso era, aunque a veces no lo pareciera, una ocasión especial.

Anochecía en Madrid. Octubre era siempre así en la capital: gris, lluvioso, con el aroma de las hojas podridas y el humo de los coches. Carmen ajustó el tenedor al lado del plato, tiró suavemente de la esquina del mantel, aunque ya estaba perfectamente colocado. Después se quedó de pie en medio de la cocina, solo escuchando el tic-tac del viejo reloj encima del frigorífico.

Javier llegó a eso de las ocho y media. Carmen oyó cómo luchaba con la cerradura, cómo dejó caer una bolsa en el suelo y encendía la luz del recibidor.

¿Qué hay de cena? asomó a la cocina sin quitarse ni la chaqueta, con la nariz roja del frío.

Pasa, lávate las manos y siéntate. Carmen le sonrió. Cocido, pollo y he hecho una ensalada.

Javier se quitó la chaqueta allí mismo, la tiró sobre una silla y escaneó la cocina.

¿Y las velas?

Hombre, Javi, porque es nuestro aniversario.

Él no respondió; se dirigió al fregadero, se lavó rápido las manos y se sentó. Carmen sirvió la sopa, poniéndole el plato delante. El pan venía del obrador de la esquina y el alioli lo había rematado justo antes, como hacía siempre su abuela. Puso una cucharada encima, como le gustaba a él.

Javier olió, tomó un poco y probó.

Está algo sosa dijo tras masticar un par de veces.

Carmen se sentó enfrente.

¿Sí? A mí me sabe bien.

Mi madre la hace de otra forma, más fuerte. El cocido auténtico es mucho más sabroso. Y sale un caldo de verdad.

Carmen cogió la cuchara sin contestar.

Come mientras está caliente.

Como, como, tranquila. Javier giró el plato. ¿Pero por qué el mantel blanco? Lo vas a manchar.

No lo voy a manchar.

Pues ya veremos. Mi madre, en fiestas, pone siempre el burdeos. Más práctico, y queda elegante.

Carmen miró las velas. La llama temblaba cada vez que Javier movía la mesa.

Javi dijo tranquila, hoy hace quince años que estamos casados.

Ya, lo sé.

No dijiste nada al entrar.

Él alzó la mirada, casi ofendido.

¿Qué? ¿Te tenía que felicitar o qué? Si vivimos juntosno es un cumpleaños.

No sé Quince años es

Son quince años la cortó. ¿Dónde está el pollo?

Carmen se levantó y sacó el pollo del horno, dorado y con especias, justo como a él le gustaba.

Está seco decretó él tras cortarse un trozo.

Lo saqué hace un rato.

Pues se te pasó. A mi madre siempre le queda jugoso. Dice que hay que cubrirlo con papel de aluminio.

Carmen se sirvió un poco y masticó en silencio. Por la ventana pasó un coche, cruzando la sala de luz.

¿Has estado hoy con tu madre? preguntó.

Fui después del curro. ¿Por?

Nada, solo preguntaba.

Él volvió la vista al mantel.

De verdad, Carmen, fue una mala idea lo del blanco. Queda todo poco serio. Mi madre sí que sabe poner bien la mesa: el mantel correcto, la vajilla adecuada, el pan perfectamente cortado. Mira el tuyo, son trozos enormes.

Carmen dejó el tenedor a un lado, sin hacer ruido.

Sintió algo apretarse y aflojarse dentro, como un nudo.

¿Javier, te das cuenta de lo que dices?

Él la miró con la ligera irritación de quien no quiere que le interrumpan mientras come.

¿Qué? Solo digo que mi madre lo hace mejor. No es un insulto.

Entraste por la puerta, no me felicitaste, criticaste la cena, el mantel, el pan, el pollo Estuve tres horas cocinando, Javier.

Pues vale, ¿qué quieres? ¿Que aplauda? Cocinar es tu responsabilidad.

Carmen calló un instante.

¿Mi responsabilidad?

Claro. Tú en casa, yo trayendo el sueldo. Es lo normal.

¿Y quince años no merecen ni un gesto?

¿Qué quieres? ¿Que te recite un poema? dijo, casi burlón. Mi madre siempre decía: menos romanticismo, más orden.

Una vela titiló. Como si también escuchara aquella conversación.

Carmen se levantó, recogió su plato y se quedó mirando por la ventana un momento, viendo las luces, las fachadas mojadas, el árbol del patio que ya estaba deshojado.

Luego se giró.

Javier, haz la maleta.

Él levantó la cabeza.

¿Cómo?

Recoge tus cosas y vete. Por favor.

Javier la miró como a una loca, como si le hablara en chino. Se rió breve, casi como una tosecilla.

¿En serio?

En serio.

¿Por el cocido?

No por el cocido.

¿Entonces por qué? ¿Porque hablé de mi madre? Carmen, esto es de risa.

A mí no me hace gracia.

¿Estás ofendida? Se puso en pie, cruzado de brazos. Bueno, perdón. Siéntate, come.

No, Javi.

Él seguía allí, esperando gritos, portazos, lágrimas. Lo único que vio fue calma.

No es broma dijo él, despacio.

No.

Silencio. El reloj seguía marcando el tiempo. Las velas ardían.

¿Por una sola conversación? intentó él.

No por una, Javier. Por quince años de la misma charla. Vete. Llévate lo de ahora, el resto lo recuperas cuando quieras.

Javier se quedó un minuto. Después fue al dormitorio. Carmen oyó los cajones, la maleta. Se quedó en la cocina, mirando la llama estable de las velas.

Cuando él pasó con la bolsa, se detuvo en la puerta y miró la mesa: el mantel blanco, la sopa, el pan cortado grueso.

Te arrepentirás se despidió él.

Quizá respondió Carmen. Adiós, Javi.

Se cerró la puerta. Escuchó cómo se perdían los pasos por la escalera.

Después apagó las velas ya no hacían falta y fregó los platos. La sopa la metió en la nevera. No tenía hambre.

El piso olía a cebolla frita y humedad; típico de octubre, cuando las calderas aún no funcionan bien y las ventanas quedan abiertas.

Carmen se metió en la cama a las once menos cuarto; no se durmió enseguida, mirando el techo, escuchando el televisor de los vecinos. Solo pensaba una cosa: no lloro. Menos mal.

***

Antonia abrió la puerta antes de que Javier llegara a llamar por segunda vez. Siempre supo cuándo llegaba, como si lo esperara.

¡Javierito! Exclamó ella al ver la maleta. ¿Qué pasó?

Me ha echado dijo él, escueto.

¿Ella? Ya te lo advertí, hijo Pasa, que tengo sopa preparada, esa que te gusta con pollo.

Él se quitó los zapatos y fue a la cocina. El olor era mezcla de cocina antigua, naftalina y ese inconfundible toque de casa de jubilada.

Su madre no paraba de hablar.

Desde el principio supe que esa mujer no era para ti. Fría, Javier, muy fría. Por eso no hay hijos, la naturaleza es lista. Anda, prueba el pan.

El pan, cortado en rebanadas finas, alineadas en la panera. Javier pensó en las gruesas de Carmen.

Mamá, déjalo ya.

¿Qué dejo? Te ha tenido quince años, y mira Ni hijos, ni nada.

La sopa estaba buena, como siempre.

Los primeros días transcurrieron como en trance. Trabajo, cena con su madre, televisión. Antonia cocinaba con esmero, le cuidaba repasando cada prenda, criticando sus camisas y decidiendo el menú.

Al tercer día vació la maleta de él.

Esta camisa no te la pongas. Está arrugada; mañana te la plancho, la azul te queda mejor.

Me gusta la gris.

La azul es mejor. Hazme caso.

Javier callaba. Comía y escuchaba historias de vecinas y reproches mal disimulados contra Carmen.

A la semana, su madre decidió que necesitaba zapatos nuevos. Fueron a Gran Vía; él buscaba unos negros simples, ella eligió marrones con hebilla.

Estos son mejores, Javier.

No me gustan.

Pareces un niño, hijo. Estos y punto.

La vendedora, ausente. Javier se miró en el espejo: un hombre corriente, en unos zapatos ajenos.

Los compró.

Por las noches, Antonia le contaba cómo fue sacarle adelante sola, y cómo Carmen no supo apreciarle. Javier asentía.

A veces pensaba en el mantel blanco. En las velas. No entendía por qué ella los había puesto, qué celebraban en realidad.

Pero lo pensaba.

Y también pensaba en la calma con la que Carmen había dicho adiós. Nunca vio eso venir.

A final de mes, su madre le organizó la semana. No lo llamaba horario, sino el martes médico, jueves a casa de tía Luisa, viernes llegas pronto que hago tarta.

El viernes se retrasó por una reunión y la madre protestó hasta por el teléfono. La tarta estaba lista, y buena, todo estaba rico.

Javier sentado sentía un peso en el pecho, no dolor, solo una presión. Como si el aire faltase.

***

Las primeras tres semanas, Carmen vivió en una especie de niebla.

Iba al trabajo, cenaba cualquier cosa, se acostaba temprano. Las noches eran lo peor: el silencio del piso parecía terrible, al principio. Luego solo era silencio.

Su amiga Pilar llamaba cada dos días: ¿Cómo sigues? Vente a casa. Carmen decía que estaba bien, que no. Pilar apareció igual el primer sábado, con una botella de vino y pastas. Charlaban hasta las dos; Carmen contaba de las velas, el cocido, la suegra, y Pilar escuchaba, soltando algún qué imbécil de vez en cuando, y eso aliviaba algo.

Hiciste bien le aseguró Pilar al final. Muy bien.

Da miedo confesó Carmen.

Ya pasará.

Cuando se quedó sola, Carmen miró las viejas cortinas azul marino del salón, esas que Javier había escogido hace ocho años, prácticas para bloquear la luz. Jamás pensó mucho en ellas.

El día siguiente las quitó.

Le costó hora y media. Pesaban; subió a la mesa y las soltó. Guardó las cortinas, y la luz gris de octubre entró en la casa. Así, hasta la luz era mejor que la sombra pesada del terciopelo.

Cambiaron el sofá de sitio con ayuda del vecino Don Andrés, junto a la ventana, y la luz caía distinta. Parecía un piso nuevo.

Dormía mejor. No perfecto, pero sin desvelarse mirando al techo hasta las tantas.

En la oficina, todo seguía igual. Carmen era buena contable: ordenada, meticulosa. Nunca llegaba tarde, siempre llevaba los papeles organizados. La respetaban, sobre todo Lucía Romero, la jefa, una señora menuda, seria, siempre con perlas, que no hablaba mucho de sí misma pero que sí notaba y valoraba el trabajo de Carmen.

A finales de octubre, Lucía la llamó.

Carmen dijo sin rodeos, me jubilo el año que viene, me voy a Gijón con mi hija. El director quiere que tú me sustituyas. Contable principal.

Carmen tardó en responder.

¿A mí? Solo para decir algo.

A ti. Sé perfectamente quién trabaja aquí en serio. Acepta.

Viajó en el bus a casa pensando en el ofrecimiento: más responsabilidad, otro ritmo. Siempre lo temió un poco. Javier solía decir: ¿Para qué trabajar tanto si yo gano suficiente? Siempre lo había aceptado.

Esa noche miró las farolas por la ventana y lo pensó bien: ¿y por qué no?

Noviembre fue un mes de cambios. Pintó la habitación de amarillo suave, puso cortinas de lino claras, compró un nuevo flexo naranja que encendía por la noche. La casa iba transformándose. Empezaba a ser suya.

Por el ventanal se veían sus macetas de geranios. Olían verde y limpio; brillaban al sol débil del invierno madrileño.

Los trámites del divorcio se resolvieron por abogado, sin discusión. El piso era de ella; Javier no reclamó nada. Quizá su madre influyó, quizá se resignó.

En diciembre aceptó el puesto de contable jefe. Lucía le dio la mano.

Bien hecho le sonrió, de verdad, por primera vez.

Celebró Nochevieja en casa de Pilar, rodeada de niños, perros y ensaladilla rusa. La nostalgia era ligera, de esa dulce que viene en las fiestas. Con una copa de cava, mirando los fuegos artificiales, pensó que había sobrevivido, y que, incluso, estaba bien.

***

El invierno se le hizo largo a Javier.

Su madre decidió que necesitaba médicos. Lo llevó a terapias, cardiólogo, digestivo, porque tienes mala cara, hijo. Los doctores no encontraban nada; Antonia se decepcionaba, como si quisiera que estuviese enfermo para poder cuidar de él.

En el trabajo, Javier estaba irritable. Su compañero Pedro una vez le preguntó:

¿Qué te pasa?

Nada.

¿En casa, no?

No.

Pedro se fue. Javier miraba por la ventana sucia al patio, la nieve turbia y el asfalto manchado. No quería volver a trabajar ni a casa.

¿A dónde quería ir? No lo sabía.

Cada noche la madre lo esperaba con cena y agenda. Ropa, gestiones, recados. Si llegaba tarde, le llamaba; si no respondía, mensaje: ¿Dónde estás, Javier? Me preocupa.

Un viernes de febrero se quedó con Pedro a ver un partido de fútbol y a tomar unas cervezas. Llegó a casa a las once y Antonia le esperaba en la cocina, en penumbra, como un tribunal.

¿Dónde estabas?

Avisé, que me retrasaría.

Eso no es avisar. Me preocupé. Me subió la tensión.

Mamá

Toma, come. Y no apagues el móvil, que he llamado tres veces.

No lo apagué, no lo escuché, estábamos viendo el fútbol.

El fútbol dijo ella con desprecio.

Javier cenó y miró al plato. Notaba que siempre se justificaba: por la hora, la ropa, la comida, una llamada, cualquier cosa.

Recordaba haber dicho, hace años: Mi madre siempre sabe lo que hace falta. Y lo decía con orgullo. Ahora resultaba incómodo.

En marzo miró anuncios de habitaciones en alquiler cerca de la fábrica. Se lo comentó a su madre.

Lloró.

Sin reproches, solo lloró: Te molesto aquí, ¿verdad? Ya lo entiendo.

No alquiló nada.

Por las noches soñaba a veces con Carmen: no en momentos románticos, sino rutinarios, en la cocina, en el coche. Despertaba y miraba el techo del piso materno, sin nada que ver.

Pensaba: ¿qué hará? ¿Cómo estará?

Luego pensaba seguro que ya tiene a alguien. Y eso le daba rabia.

***

El febrero madrileño trajo heladas pero también cielos claros. Cuando Carmen iba hacia el trabajo, el sol le obligaba a entornar los ojos y se dijo que por fin se compraría gafas de sol buenas.

Y las compró. Rosas, de montura fina, y se rió al probárselas en el espejo.

En el trabajo, se defendía bien en la nueva posición. Se quedaba a veces hasta tarde, revisando balances con el director, don Miguel, hombre sobrio y eficiente. Estaba contento con ella. Se notaba.

Sus colegas la respetaban. María, su joven ayudante, la miraba con admiración y de vez en cuando le traía café sin pedirlo. Carmen daba las gracias; María se ruborizaba.

En marzo, Pilar la convenció para ir al cumpleaños de una amiga, Laura. Carmen no quería: gente nueva, ruido, comportarse. Pilar insistió: ¡Vas!

Laura resultó ser una mujer risueña con dos gatos y un ficus gigante. Había una docena de invitados. Carmen se mantuvo pegada a Pilar hasta acabar hablando con una profesora de mates. Toda la noche hablando de libros.

Luis estaba sentado enfrente. Carmen apenas reparó en él: discreto, de cabello gris, jersey sencillo. Hablaba poco y escuchaba mucho. Sonreía cuando algo le hacía gracia.

Al final se quedaron los dos cerca de la ventana con una taza de té.

Él preguntó algo sin importancia, ella respondió, y la conversación fluyó. Ingeniero, trabajaba restaurando edificios históricos; llevaba cuatro años viudo. Lo dijo como quien habla de una cicatriz ya asumida.

¿Conoces a Laura de hace mucho? preguntó Carmen.

Por su exmarido. Luego él se fue y seguimos siendo amigos.

Yo soy amiga de Pilar desde la universidad.

Qué suerte tener esas amistades dijo él.

Y tanto asintió Carmen.

Intercambiaron teléfonos, sin más. Tres días después él propuso tomar café. Carmen aceptó.

En una cafetería pequeña cerca del trabajo hablaron dos horas. Ella le contó del divorcio; él escuchó sin interrumpir, sin consejos. Él le contó de su historia. Luego salieron, charlaron un poco más. Hacía frío pero les daba igual. Él le pidió llamarla otra vez. Carmen dijo que sí.

Después un paseo por el Retiro. Luego cine. En abril, él le invitó a cenar a casa.

***

Luis vivía en un quinto piso, en Chamberí, edificio antiguo. Carmen subía las escaleras con una botella de vino y pensaba que seguro que la casa estaba patas arriba, típica de soltero. Nerviosa, como quien espera ser juzgada.

Tocó el timbre.

Él abrió y le llegó un perfume a manzana y canela.

Pasa, puse una tarta en el horno. Espero que te guste la de manzana.

Me encanta contestó ella.

La casa era sencilla, ordenada pero vivida: estantería con herramientas y libros mezclados, un periódico sobre la mesa, nada de revista de decoración, solo vida.

Prepararon juntos la cena. Carmen cortaba tomate, él queso. A veces hablaban, a veces callaban. El silencio estaba bien.

Carmen se descubrió esperando, en cualquier momento, ese comentario: Mejor con pepino, o la salsa debería ser otra, o una mirada crítica. Pero no llegó.

Se sentaron. Él sirvió el vino y la miró.

Gracias por venir dijo.

Solo eso. Sin añadidos.

Carmen bajó la vista y sintió cómo, muy despacio, se disolvían años de tensión. Como si hasta entonces hubiera estado en vilo y, por fin, pudiera descansar.

Anochecía. Los faroles dejaban ver las primeras hojas de los plátanos. Olía a tarta de manzana.

Hablaron mucho esa noche. Carmen contó su infancia, su deseo frustrado de ser profesora. Luis hablaba de su proyecto actual, rehabilitar un viejo convento. Carmen pensó que era bonito recuperar lo perdido.

Al despedirse él la acompañó a la escalera y dijo:

Me alegro de que nos conociéramos.

Carmen volvió a casa pensando en la tarta y en que, sí, se puede ir a cenar sin miedo. Y marcharse luego, siendo más ligera.

***

Pasó el verano tranquilo y feliz.

Se veían mucho, sin prisas. En los fines de semana iban juntos al mercado: ella compraba verduras, él pescado. Cocinaban a cuatro manos; era otra cosa, sin presión.

En julio se quedó a dormir en casa de Luis por vez primera. Por la mañana él le llevó el café a la cama. Sin película, sin teatralidad. Sencillamente.

¿Trabajas hoy?

A las doce.

¿Te apetece ir al mercado temprano? Hay cerezas frescas.

Carmen abrazó la taza. El cielo estaba azul, llegaba el ruido de los vencejos. Le dieron ganas de llorar, pero no de tristeza. De algo más puro, algo que a veces nos sorprende.

Claro dijo.

En otoño, Luis le propuso irse a vivir juntos. No con anillo, ni rosas cenando cualquier día, simplemente:

Carmen, ¿qué dirías de mudarte aquí? Me haría ilusión. Aquí tendrías espacio, yo estaría encantado.

Necesito pensarlo respondió ella.

Por supuesto.

Pensó dos semanas. Luego dijo sí.

En noviembre se mudó. Su piso lo alquiló, no lo vendió. Trajo sus libros, las macetas, el flexo naranja y las cortinas claras. Luis movió la estantería para hacer hueco a sus cosas; colocaron juntos los libros, mezclados, y quedaba bien.

En diciembre se casaron en el juzgado, muy sencillo. Solo Pilar y Sergio, amigo de Luis, de testigos. Comieron los cuatro en un restaurante, entre risas y lágrimas de alegría.

En enero, Carmen supo que estaba embarazada.

Se quedó sentada diez minutos mirando el test. Luego fue al despacho, donde Luis revisaba planos, y le mostró la prueba.

Luis lo miró, guardó silencio y la abrazó.

Eso es muy bueno, Carmen. Muy bueno.

Ella se echó a llorar, de verdad, sin poder contenerse. Él la sostuvo, sin prisa: Está bien. Todo está bien.

***

En abril de nuevo, la vida renacía. Carmen paseaba, ya con abultada barriga, del brazo de Luis. Se movía despacio; él la sujetaba cariñoso.

Estaba de seis meses. En el trabajo, todos sabían. Don Miguel la felicitó:

Enhorabuena, Carmen. Tu puesto seguirá esperándote.

María la miraba con una admiración nueva.

El piso, ya “suyo”, tenía nuevas adquisiciones: cuna, lamparilla en forma de luna, ropa diminuta doblada en el cajón. A veces Carmen abría el cajón solo para mirar.

Bebía su té por la mañana mirando el patio: asomaban brotes y el manzano comenzaba a florecer. Olía a tierra húmeda, a promesa.

A veces, por la noche, con Luis dormido, acariciaba su vientre y se detenía a pensar en el pasado. No con dolor; era como ver una foto antigua. ¿Lástima? Tal vez, pero no por Javier, ni siquiera por aquellos quince años, sino por su yo más joven, el que cocía cocido y ponía manteles blancos.

No sabía de Javier. Pilar le dijo que lo vio en el supermercado: envejecido. Carmen asintió y nada más. No le deseaba mal. Era solo otra historia.

***

Javier, en abril, seguía en casa de su madre.

Fuera era primavera, pero en ese piso oscuro las cortinas siempre estaban cerradas; el olor no cambiaba.

Antonia, junto a los fogones, no callaba nunca:

Mala cara traes, hijo. Tienes que ir al médico, pero al bueno, el de la poli de Chamberí. Yo te apunto.

Mamá, estoy bien.

No puedes saberlo, los hombres nunca se dan cuenta. Tu padre igual, y mira lo que le ocurrió.

Javier miraba al mantel: cuadro azul y blanco. Práctico. Su madre tiene razón: no se mancha.

Ella le sirvió un plato.

Come mientras está caliente. Esto sí que lo sabes valorar. Sopa de trigo hoy, que te encanta.

Me encanta dijo Javier.

Tomó la cuchara: la sopa estaba buena. Su madre era buena cocinera.

Hijo, ¿has pensado en lo de la vecina, Luisa?

Javier alzó la mirada.

No he pensado nada.

Deberías. Buena mujer, viuda, con piso propio, se interesa por ti.

Mamá.

¿Qué? Tienes cuarenta y cinco años; un hombre solo, eso no es vida.

Tengo a alguien dijo Javier, sin saber por qué.

Ella le miró.

¿A quién?

A nadie. Quiero decir, que no hace falta que me busques mujeres. Ya veré.

Si solo miras la nada, ¿qué vas a arreglar? Yo te conozco, piensas en Carmen, pero ¿para qué? Ella te echó.

Mamá cortó él, y algo en su tono le hizo callar.

Silencio. El reloj y una golondrina afuera, cantando con fuerza primaveral.

Come, que se enfría; como una madre nadie te va a cuidar.

Javier miró la sopa.

Estaba buena, de verdad. Su madre sabía.

Comía y pensaba en aquel octubre, cuando llegó a casa, cansado, gruñón, criticando el mantel. No era el mantel. Hasta ahora lo entendía. Tarde.

Fue entonces consciente de que vivía en una jaula. Al principio creyó que Carmen la había construido; después vio que no, que era suya, forjada con los años entre la casa de su madre y la mesa del comedor.

¿Te gusta? preguntó la madre.

Está muy buena, mamá.

¿Ves? Sin mí no serías nada, Javier.

Él no contestó.

La golondrina trinaba. Abril traía luz, inútil, entre las cortinas gruesas.

Javier se acurrucó y terminó la sopa.

***

Carmen, esa tarde de abril, salió al balcón del piso que ahora era suyo, de los dos, y se quedó mirando el atardecer. Su barriga le impedía estar mucho rato de pie, pero necesitaba aire. El olor a verde y tierra mojada llegaba de abajo, y también algo nuevo, eso que solo se siente en primavera.

Dentro, Luis hablaba por teléfono sobre unos planos. En la mesa quedaban dos tazas, bajo la luz cálida del flexo naranja.

Carmen puso la mano en el vientre. El bebé dio una patadita tranquila.

Hola, peque susurró.

Sentía miedo. Sentía paz. Sentía una felicidad callada, sin adornos, sin promesas, simplemente ese atardecer de abril, la tierra que renace, la luz tibia y una vida pequeña que esperaba.

Carmen se quedó un poco más.

Y entró en casa.

***

Moraleja: Es fácil vivir en la rutina, repitiendo lo aprendido y olvidando sonreír. Pero si uno se atreve a dar el paso, el mantel blanco puede volver a ser símbolo de una vida nueva. Y la felicidad, muchas veces, es dejar entrar la primavera.

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