El ángel que pesaba cien kilos y olía a café barato

El ángel que pesaba cien kilos y olía a café barato

En la sala de juegos de la planta de oncología reina un silencio tan frágil, que se quiebra con el crujir de los rotuladores y el roce del papel. Es un silencio delicado, de esos que parecen de cristal. Hay demasiada concentración adulta para niños que no han cumplido aún los diez años. La tarea es sencilla: dibujar a su Ángel de la Guarda. Todos los niños ponen mucho empeño.

Para Carmen, joven voluntaria, este día supone una prueba. Ella está acostumbrada a la belleza «correcta» a la estética de los frescos de iglesia donde los ángeles son jóvenes ligeros como plumas, de rizos dorados y ojos de azul celestial. Camina entre las mesitas, maravillada: en el dibujo de Lucas, el ángel porta una enorme espada; en el de Alba, sus alas parecen nubes esponjosas. Todo resulta canónico, conmovedor y, al final, repetido.

Entonces se acerca a Lidia.
Lidia tiene siete años. Su cabeza, completamente lisa tras otra sesión de quimioterapia, recuerda a una bola de billar; su piel, fina como el papel cebolla. Lidia colorea con esmero y el extremo de la lengua asomando entre los dientes.
Carmen echa un vistazo sobre su hombro y apenas reprime una exclamación de sorpresa.

En la hoja no hay ángel celestial, sino algo muy diferente. Un hombre orondo, de complexión redonda y robusta, ocupa casi todo el papel. Sin alas. Lleva una enorme barriga envuelta en algo blanco, cabeza calva como una patata y un par de gafas descomunales y torcidas, apoyadas en la nariz como un botón.

Lidia pregunta Carmen, agachándose junto a ella, con cautela, ¿quién es? Estamos dibujando ángeles.
Es un ángel responde convencida, aunque baja, la niña, sin apartarse de colorear la barriga con cera blanca.
Pero es un poco raro elige suavemente Carmen las palabras. ¿Por qué no tiene alas? ¿Y por qué es tan grande?
Tiene alascontesta Lidia. Pero las esconde debajo de la bata, para no ensuciarlas. Aquí se ensucian mucho.

Carmen sonríe compasiva. Ah, la imaginación infantil.

En la planta, a menudo se oye un resoplido pesado y sibilante que se acerca por el pasillo como el rugido de un tren. Ras, ras. Pasos firmes que parece que hacen vibrar el suelo.

La puerta de la sala de juegos se abre con un chirrido, y aparece él.

Don Diego Salcedo, jefe de reanimación. Enorme. Corpulento, con tres papadas y siempre con la bata desabrochada porque ninguna le vale. Su cara, sudorosa, de tono cetrino. Las gafas de pasta resbalan hasta la punta de la nariz, y él las recoloca con el dedo regordete. Huele a tabaco, sudor y a mucho, muchísimo café torrefacto, del barato. Lleva tres días seguidos instalado en el hospital, durmiendo en el sofá roto de la sala del personal.

Carmen sólo ve a un hombre cansado y dejado, que hace tiempo debió jubilarse o, por lo menos, ducharse.

¿Qué, artistas? ruge con voz de trueno que parece salirle desde el fondo mismo de la barriga. ¿Seguimos vivos?
¡Seguimos vivos, doctor! responden un puñado de voces dispares.

Pasa entre las filas, apoyándose en los respaldos de las sillas. Se detiene frente a un niño pálido, conectado a una vía. Apoya su gran mano en la frente del niño.
Aguanta, campeón musita. He visto los análisis. Vamos a salir de esta.

Luego se acerca a Lidia. Carmen ve cómo se iluminan los ojos de la niña. Cómo extiende los brazos hacia el hombre grande y que huele a tabaco.

¿Dibujas? pregunta él. Detrás de los gruesos cristales, Carmen ve de repente unos ojos de un azul insondable, encendidos de vigilia.
Te dibujo a ti susurra Lidia.

Don Diego resopla, recolocándose las gafas.
A mí no hace falta. El papel se rompería.

En ese momento, una alarma aguda suena en el pasillo. Es el pitido de la maquinaria médica, urgente.

Don Diego cambia al instante. Desaparece el resuello, el arrastre de los pies. Se da la vuelta con sorprendente agilidad para su tamaño y sale corriendo.
¡Quietos todos! ruge ya desde el pasillo. Ana, el carro de reanimación, ¡deprisa!

Carmen se queda quieta, con las manos apretadas contra el pecho. Al otro lado de la pared comienza la agitación, órdenes cortas, el tintinear del metal, y la voz de él, que ahora es de acero y no de broma:
¡Respira! ¡Vamos, respira! ¡No te vayas, quédate!

Ese grito da miedo.
Es súplica y mandato a la vez. Carmen cierra los ojos. Tiene miedo.
Pasan cuarenta minutos. Eternos, elásticos como el chicle. En la sala de juegos no se oye ni un lápiz. Los niños miran la puerta.

Se abre la puerta. Don Diego entra, apoyándose en el marco. Va empapado, la bata oscura por el sudor, una mancha de sangre en la manga. Se quita las gafas, las limpia en la palma de la mano, extiende el cansancio por la cara. Luego, pesadamente, con un quejido, se deja caer sobre una sillita de plástico infantil, que cruje atribulada bajo su peso.

Hemos podido jadea, hacia nadie. Está dormido.

Carmen lo contempla. Y de repente, como si le arrancasen una venda de los ojos, comprende.
Mira el dibujo de Lidia; al torpe, rechoncho hombrecito. Y luego al auténtico don Diego.

Ya no ve grasa ni sudor. Ve masa. Una masa enorme, segura y necesaria para anclar a esos frágiles y ligeros niños a la tierra, cuando intentan volar hacia otro sitio. Un ángel dorado y etéreo no serviría aquí; se iría con ellos sin poder retenerlos.
Se necesita uno como éste: terrenal, rotundo, que huele a hospital y a café, que atrapa la vida cuando se escapa, y gruñe: «No te dejo ir».

Su calva reluce bajo la luz como una aureola. Pero no es de oro, es una aureola de faena, mojada por el esfuerzo.

Lidia se baja de la silla. Se acerca al doctor, que se queda cabizbajo, y le abraza la pierna gruesa más arriba no alcanza.

Te lo dije susurra, mirando a Carmen con ojos de adulta, él esconde las alas. Para que no se nos vayan volando.

Don Diego pasa su enorme mano por la calva brillante de la niña. Sus dedos tiemblan.
Aguantad, pequeños susurra. Sólo un poquito más.

Carmen se da la vuelta hacia la ventana, porque ya no puede mirar.
Las lágrimas que tanto temía, por fin la vencen. Llora avergonzada por su ceguera. Buscó la belleza en el brillo y el arte; y la Belleza estaba allí sentada, en una sillita medio rota, secándose el sudor con la manga: pesada, fea y la más sagrada del mundo.

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