Mira, te voy a contar una historia que todavía no sé ni cómo explicártela sin hacer un drama de esos que te dejan pensativo. Todo empezó con Sergio, que, créetelo o no, se casó con Carmen solo para dar celos a su ex, Lucía, la mujer que le traía loco de verdad. Y mira, él solo quería demostrarle que estaba de maravilla sin ella, que su vida seguía tan tranquila.
Sergio y Lucía habían estado juntos casi dos años. Él la amaba tanto, pero tanto, que se le veía en la cara; vamos, que era capaz de darle la vuelta al mundo solo para hacerla feliz, y estaba convencido que tarde o temprano acabarían casándose. Pero Lucía no lo veía igual. Siempre le soltaba:
¿Para qué vamos a casarnos ahora? Todavía me queda terminar la carrera, y tú en la empresa familiar vas tirando como puedes, pero no va la cosa viento en popa. Ni tienes un coche decente ni un piso tuyo. No quiero acabar compartiendo desayunos con mi mejor amiga Alba cada mañana en la cocina. Si no hubieras vendido la casa de tus padres, ahí podríamos vivir
Eso le dolía a Sergio, la verdad, pero tenía razón: vivía con su hermana Silvia en el piso que era de sus padres y estaba empezando a entenderse con el negocio familiar, porque tuvo que hacerse cargo sin acabar la carrera. Iba a mil, intentando salvar la empresa y sacar la licenciatura a la vez.
La casa la vendieron Silvia y él porque no había otra: había deudas, ambos estudiantes; él en el último año, Silvia pasando a tercero. El dinero ayudó a tapar agujeros, meter algo en la tienda y aún quedó un colchón.
Pero Lucía siempre decía que había que vivir el momento, eso de esperar a un futuro que nunca sabes si llega… Claro, vivir bajo el ala de tus padres es diferente, pero cuando te toca ser el mayor de la familia y tirar del carro, la vida se ve de otra manera. Sergio pensaba que si todo iba bien, ya habría casa, coche, jardín y todo lo demás.
Hasta ahí, todo normal. El caso es que un día quedan para ir al cine, lo típico. Lucía le dice que no pase a buscarla, cosa extraña porque odiaba el transporte público. Sergio la espera en la parada y ella aparece en un pedazo de coche que no veas.
Perdona, pero lo nuestro se acabó, me caso le dijo.
Y le encasquetó un libro en las manos, se dio media vuelta y se metió en el coche.
Sergio ni procesaba lo que estaba pasando, tres días fuera de Madrid y, ¡pum!, de repente todo patas arriba.
Silvia, en cuanto le vio la cara, lo supo todo:
¿Ya te enteraste?
Él solo asintió.
Se ha pillado a un ricachón. El veinticinco se casa. Me pidió que fuera testigo y ni de coña. ¡Menuda traición! Llevaba tiempo a tus espaldas y la pobre rompió a llorar.
Tranquila, la consolaba él, acariciándole el pelo como cuando era pequeña, que le vaya bien y a nosotros mejor.
Sergio se encerró casi un día en su cuarto. Silvia le llevaba tortitas llamando a la puerta:
Venga, come algo, que me tienes preocupada.
Por la tarde apareció con una determinación en la mirada que ni conocía:
Vístete, que nos vamos.
¿Qué piensas hacer?
Me caso con la primera que acepte le espetó.
Eso es una locura, Sergio. No solo es tu vida.
Pero él estaba emperrado.
Si no vienes, voy solo.
Fueron al Retiro, y allí había un montón de gente paseando. Le soltó la propuesta a una chica y le llamó loco, a otra y salió corriendo, y la tercera, mirándole bien a los ojos, le dijo que sí.
¿Cómo te llamas, guapa?
Marina, respondió la elegida.
Hay que celebrar el compromiso y allá que arrastró a Marina y a su hermana a una cafetería.
Se sienten y el silencio era de esos incómodos. Sergio solo pensaba en la venganza, tenía claro que su boda sería también el día veinticinco.
Debes tener un buen motivo para pedirle a una desconocida que se case contigo rompió el hielo Marina. Si es una chiquillada, dilo ya, no me ofendo y me voy.
No. Has dado tu palabra. Mañana vamos al registro y luego a hablar con tus padres.
Sergio le guiña un ojo:
Por cierto, podemos tutearnos, ¿no?
El mes previo a la boda se vieron todos los días, se iban conociendo, hablaban de la vida. Marina intentaba sonsacarle la razón y él salía con evasivas:
Todos tenemos secretos.
Mientras no nos impidan vivir.
¿Y tú por qué aceptaste?
Me sentí como una princesa antigua, de esas que el rey casa con un desconocido. En los cuentos acaban felices y comiendo perdices, ¿no? Quise probar suerte.
Pero en realidad, Marina venía también de un corazón roto y una relación donde perdió hasta pequeños ahorros. Ya no buscaba al príncipe azul, buscaba a alguien valiente y sensato, que supiera tomar decisiones. Eso vio en Sergio. Si hubiera ido acompañado de amigos, ni caso, pero estando con la hermana, le pareció un gesto.
¿Y tú cuál serías, Blanca Nieves, Alicia o la rana?
Bésame y lo averiguarás bromeaba ella.
Pero ni besos ni nada más.
Sergio se encargó de todo en la boda, mismo hasta eligió el vestido de Marina.
Serás la más bonita de Madrid le repetía.
En el registro, justo antes del acto, se cruzan con Lucía y su nuevo novio. Sergio, forzando una sonrisa:
Déjame felicitarte, le da dos besos. Ojalá seas muy feliz con tu hombre-monedero.
Déjalo ya, no montes una escena le espetó Lucía nerviosa.
La mirada que Lucía le echó a Marina fue mortal: Marina era elegante, imponente, segura, con ese toque de reina. Lucía sintió una punzada brutal de celos y se dio cuenta de que igual se había equivocado.
Sergio volvió con Marina:
Todo bien le dijo, pero estaba fingiendo.
Aún puedes echarte atrás, le susurró ella.
No. Ahora llegamos hasta el final.
Y fue ahí, al mirarla triste, cuando Sergio se dio cuenta de lo que realmente estaba haciendo.
Te haré feliz le dijo, creyéndolo de corazón.
A partir de ahí, la vida siguió su curso. Silvia y Marina se hicieron muy buenas amigas: Silvia, que era tan impulsiva, aprendió a calmarse y Marina, que era una crack en contabilidad y economista, puso orden en el negocio familiar. En seis meses abrieron otra tienda, y poco después montaron un equipo de reformas. El dinero empezó a llegar en serio.
Marina era una crack, siempre hacía ver que las ideas eran de Sergio, y le iba tan bien que parecía que todo era de cuento, pero Sergio sentía que en su vida faltaba esa pasión que tuvo con Lucía. Todo era predecible, seguro, estable Una rutina, pensaba él, que le absorbía.
Con la gestión de Marina pasaron a construir chalets y, el primero, fue para ellos. Cuando mejor iban las cosas, más le daba por pensar en Lucía. Si me viera ahora, con este coche, con esta casa, se decía riéndose solo. Y pensaba: ¿Y si…?
Marina lo notaba, veía que se le iba el alma por otro lado. Ella quería que la amase, pero al final el corazón manda. No todos los cuentos tienen final feliz, pensaba con tristeza, pero su nombre la obligaba a no perder la esperanza.
Silvia se dio cuenta de todo.
Vas a perder más de lo que ganarás, le dijo una vez tras pillarle mirando el perfil de Lucía en Instagram.
No te metas, le cortó Sergio.
Silvia frunció el ceño:
Eres idiota, Marina te quiere de verdad y tú solo piensas en juegos.
Sergio, picado, decidió escribir a Lucía. Lucía le contó que le había ido fatal, su marido la dejó sin nada, la carrera sin terminar, sin trabajo bueno, viviendo de alquiler en Valencia.
Sergio le daba vueltas: ir, no ir y justo Marina se fue una semana al pueblo a ver a su abuela enferma. Tentación servida. Sergio conduce hasta Valencia, y va pensando frases de película, rehaciendo su vida con Lucía.
La realidad fue bien distinta.
Qué guapo estás, le dijo Lucía lanzándosele al cuello.
Pero olía fatal, sudada, ropa con manchas, maquillaje barato, perfume de tómbola… Lucía ya no tenía nada que ver con la que él recordaba, nada que ver con Marina.
¿Me das algo de dinero? le dijo, chupándose los labios descaradamente.
Sergio solo pensaba en irse de ahí.
Perdona, me tengo que ir dijo él levantándose.
Ella quería quedarse.
El caballero invita, les dijo al camarero dejando un billete de cincuenta euros, lo que quiera la señorita.
Volvió a Madrid a todo gas, mordiéndose el labio:
Soy gilipollas, Silvia tenía razón ¿Para qué monté este show?
Y de repente se dio cuenta: Jamás he llamado a mi mujer Marianita, y es la persona más cercana y fiel que tengo. Paró en el arcen, pensativo, pasando por su mente todos estos años.
Recordaba su cara, sus ojos azulísimos, cómo su Marianita le revolvía el pelo con esos dedos perfectamente cuidados, y esa sonrisa tan suya.
Le prometí que la haría feliz, se dijo; y arrancó de nuevo, desviándose al pueblo.
Una semana es demasiado, le dijo abrazado a Marina cuando ella salió a verle, no he podido estar sin ti ni dos días.
Estás loco, le respondió ella, con lágrimas y una sonrisa.
Marianita, mi vida le susurraba Sergio, y ahí sí, los dos flotaban de alegría.






