Las albóndigas de la suegra
Sergio y Nuria llevaban ya tres años y medio casados y, en todo ese tiempo, Nuria había estado en casa de su suegra apenas cuatro veces. Siempre con motivo de alguna festividad importante, pasaban un par de horas y pronto regresaban al piso de la ciudad, su entorno habitual.
Pero esta vez, Sergio se mostró especialmente insistente: su madre había llamado por tercera vez en una semana, quejándose de lo mucho que les echaba de menos, de que el padre había estado arreglando el tejado del cobertizo y se había fastidiado la espalda, y que el huerto ya se cubría de malas hierbas mientras a ella le faltaban fuerzas.
Sergio, hay que decirlo, era un hijo muy atento. Llamaba cada domingo, como una cita sagrada, y siempre asentía en la conversación, aun cuando su madre soltara cosas con las que él no estaba en absoluto de acuerdo. Ahora, sentado a la mesa cenando macarrones con chorizo, miraba a su mujer con ojos suplicantes.
Nuria dijo, apartando el plato y cruzando los dedos sobre el mantel, ha llamado mi madre otra vez. Dice que ya ni nos acordamos de cómo es. ¿Por qué no vamos este finde? Solo serán tres días. Venga, anda, por favor.
Sergio, es que el sábado tengo cita con la peluquera…, protestó Nuria, aun sabiendo que su excusa era débil.
Pues cámbiala desestimó Sergio, como si aquello fuese lo más sencillo del mundo. Ya sabes cómo es mi madre. Se ofende. Y además, ha prometido hacer albóndigas y hornear empanadas. Echa de menos vernos los dos.
¿Y tu padre? ¿Sigue con la espalda mala? preguntó Nuria sin mucho interés, ya que su relación con el suegro era completamente neutral.
Ya está mejor, mujer, no te preocupes hizo un gesto Sergio. Siempre se queja de algo. Total, que yo ya he decidido que vamos. El viernes por la tarde allí, y regresamos el domingo por la noche. Mi madre se va a alegrar mucho.
Nuria suspiró sin ganas de discutir. Después de tres años y medio entendía que discutir con Sergio cuando él ya había decidido era tan inútil como intentar convencer a un gato de no saltar sobre el sofá.
El viernes por la tarde metieron en el maletero una maleta y una bandeja de dulces para los padres. Sergio había comprado a su madre una manta suave y a su padre una botella de brandy. El trayecto al pueblo duraba unas dos horas, si no pillaban tráfico.
Durante el viaje, Nuria miraba cómo desfilaban los olivos y los carteles de bares de carretera con nombres imposibles, escuchaba a Sergio tararear lo que sonaba en la radio, y se aferraba a la idea de que todo saldría bien. Total, tres días no era gran cosa; su suegra, al fin y al cabo, era una buena mujer.
Llegaron ya de noche. La casa, al final de la calle, estaba iluminada únicamente por la farola del poste. Sergio aparcó en la entrada de grava, apagó el motor y en cuanto bajaron del coche, la luz del porche se encendió y la puerta se abrió. Allí apareció Rosario Fernández, diminuta, sonriente, enfundada en un delantal estampado. Su alegría iluminaba el lugar.
¡Sergito! gritó, lanzándose a abrazar a su hijo que acababa de salir del coche. ¡Pensaba que al final no veníais! ¡Llevo cocinando desde por la mañana, no te imaginas lo que he preparado! Nuria, hija, entra rápido, que hace fresco fuera.
Nuria salió, se arregló la chaqueta y se dejó abrazar, sonriendo por cortesía. Rosario desprendía un olor a cebolla frita y algo dulzón, tan intenso que llegó a hacerle cosquillas en la nariz.
Dentro hacía calor y olía a comida casera. De la cocina venía un chisporroteo: algo se freía en la sartén. Sobre la mesa del salón había ya un plato con embutidos, pan, pepinillos, una jarra de compota y media hogaza de pan candeal. Alberto Fernández, el padre, estaba atónito frente a las noticias. Se levantó para recibirles, su cara evidenciando que les esperaba con preocupación.
Ya estáis aquí, dijo, estrechando la mano de Sergio y saludando a Nuria. Pasa, hija, quítate el abrigo, que vamos a cenar ya mismo.
He hecho albóndigas para vosotros anunció Rosario desde la cocina, recolocando platos y cubiertos de manera nerviosa. Con patatitas, cebolla frita y salsa casera. Sergito, ¿no te encantan mis albóndigas?
Sí, madre, sabes que me chiflan Sergio ya se había quitado la chaqueta y fisgaba entre las ollas, provocando una nueva oleada de orgullo materno.
Nuria colgó el abrigo y pasó a la cocina. El espacio era pequeño, pero acogedor bien entendido: cada superficie horizontal estaba copada por tarros de conservas, botes de especias, paquetes de arroz, trapos y cuencos por doquier.
Siéntate, Nuria, hija, insistió Rosario, apartando una silla y limpiándola con el delantal. Estarás cansada del viaje. Yo termino en un momento.
Se giró, puso un plato, abrió el horno, y el aroma a carne asada hizo que a Nuria le rugiese el estómago; llevaban todo el día a base de café de termo.
Y entonces Nuria lo vio.
Rosario estaba frente a la mesa, donde había un bol con carne picada cruda, una montaña de masa gris rosada ya modelada en decenas de albóndigas rebozadas de pan rallado. La suegra cogió un trozo de masa, la boleó, la aplastó entre los dedos y de pronto, con la mano aún manchada de carne, se rascó con parsimonia la axila izquierda.
No fue un simple toque distraído, sino un rascarse concienzudo, con todos los dedos, hasta lograr alivio. Y con esa misma mano, sin lavarla ni siquiera limpiarse en el delantal, siguió formando albóndigas.
A Nuria le subió el estómago.
No podía apartar los ojos de esa mano: dedos cortos, la alianza apretando el dedo, venitas en el dorso y acaba de estar bajo la axila. Ahora, de nuevo en la carne. Carne que acababa servida en albóndigas que Rosario congelaba y les enviaba a la ciudad, y que Sergio y Nuria comían y elogiaban. Incluso Nuria le había dicho por teléfono que sus albóndigas eran mágicas. Y de verdad lo eran… el sabor era delicioso.
Mamá, ¿hay té? llamó Sergio desde el salón. Qué frío llevamos del viaje.
Ya va, hijo, respondió Rosario, sin dejar de dar forma a las últimas albóndigas. Enseguida cenamos.
Nuria vio cómo, al lado de la hilera de perfectas albóndigas sobre la tabla de cortar, quedaba un pequeño rastro gris donde descansaba cada vez la mano de su suegra, o tal vez solo era su imaginación. Parpadeó, y de nuevo el escenario le pareció normal: mesa, carne, albóndigas, manos laboriosas.
Rosario, ¿quiere que le ayude? Si quiere, yo termino mientras usted pone el té murmuró Nuria.
¡Ay, qué dices! ¡Tú eres invitada! protestó la suegra, agitando las manos en el aire, lo que sobresaltó aún más a Nuria. Siéntate, que ya termino.
Como prueba de su eficacia, Rosario utilizó la última porción de carne, formó una redonda albóndiga, la colocó perfectamente alineada y entonces, satisfecha, se lavó las manos bajo el grifo, pero solo unos segundos, sin jabón, y se secó en el viejo delantal.
Nuria presenció la escena con asco.
Intentó tranquilizarse. ¿Acaso importaba tanto? ¿No hacía lo mismo la abuela de Nuria cuando se metía con el pan o la masa de los buñuelos y luego nadie se moría? Quizá era solo su escrupulosidad exagerada…
Pero la imagen se le quedó grabada: mano, axila, carne picada, albóndiga.
Cenaron en el salón, en una mesa grande cubierta por un hule con flores. Rosario trajo una sartén rebosante de humeantes albóndigas doradas, tan crujientes y apetecibles que a cualquiera se le haría la boca agua, aunque a Nuria no por el motivo habitual. Había puré de patata regado de aceite, ensalada de tomate y pepino, pan, encurtidos y la compota casera.
¡Venga, comed, hijos! animaba la suegra. Nuria, toma tú las primeras, que están más crujientes. Son para vosotros.
Nuria observaba las albóndigas: perfectas, doradas, con mucho aroma a carne y cebolla. Sergio ya había cogido dos, sirviéndose puré y pepino antes de meter un bocado y relamerse de gusto.
¡Qué ricas, madre! alició con la boca llena. De escándalo, como siempre.
Menos mal, sonrió Rosario, llevándose la suya y rompiendo un trozo de pan. Ya pensaba que me había pasado con la sal o la cebolla.
Siempre te quedan bien, Sergio deglutía la segunda, imperturbable.
Alberto Fernández comía en silencio, asentía de vez en cuando, un hombre de pocas palabras. Nuria recordaba que su mayor discurso fue un día que narró cómo había cambiado el aceite al coche.
Nuria, ¿por qué no comes? preguntó Rosario preocupada, viendo el plato casi intacto. ¿No te gusta? ¿La salsa está fuerte?
No, está muy rico, mintió Nuria deprisa. Es que vengo un poco revuelta del viaje, será el estómago… Ya me pongo ahora.
Cortó la mínima esquina de albóndiga, justo el borde más crujiente, y se acercó el trozo a la boca. El aroma era fantástico, pero solo imaginar la carne amasada con aquella mano bajo la axila le bloqueó la garganta. Tragó con esfuerzo, el asco subiéndole de nuevo.
Muy buena acertó a decir, apartando el plato. Rosario, ¿puedo tomar solo puré y pepino? Pero la albóndiga está perfecta, de verdad.
Ay, pobrecita, claro, toma lo que te apetezca. Ya te pondré albóndigas para llevar, hice muchas añadió con cariño.
Sergio le dirigió una mirada rápida y siguió comiendo con apetito sano, sin preocuparse lo más mínimo.
Nuria removía el puré, masticaba pepino e intentaba convencerse de que era simple cansancio y manía suya. Millones de personas se alimentan toda la vida de albóndigas amasadas por manos de madre y abuela, y tan contentos. Pero la imagen insistía: mano, axila, carne.
Tras la cena, Rosario despejó la mesa. Sergio fue al garaje con su padre a ver el generador. Nuria quedó sola en la cocina mientras la suegra hacía té en una tetera grande con el pico medio roto.
No te ofendas, Nuria, si insisto tanto para que vengáis dijo Rosario echándole agua caliente. Me hace bien veros. Sé que en la ciudad tenéis mucho lío, trabajo, vida rápida Pero a las madres nos gusta saber cómo estáis.
Está todo bien, Rosario, gracias. Trabajo, casa, como todos respondió Nuria, recibiendo la taza.
Qué suerte entonces la suegra se sentó enfrente, la mejilla apoyada en la mano, mirándola con detenimiento. Sé que os gusta cómo cocino, sobre todo mis albóndigas. Sergio siempre pide que os mande congeladas. En la ciudad no hay nada igual, todo químico y procesado. Yo la carne la compro a conocidos del pueblo y la pico en casa, nada de supermercado.
Nuria sorbió el té, quemándose la lengua. Al pensar en las manos que habían preparado esa taza y esas cucharas, el asco regresó. Dejó la taza sobre la mesa y guardó silencio.
Rosario, ¿puedo irme a la habitación? Creo que la cabeza me da vueltas, será el viaje.
Claro, hija, ve. En el armario hay sábanas limpias, Sergio te ayuda si necesitas. Y grita si necesitas cualquier cosa.
Nuria se encerró en la habitación de invitados, se sentó en la cama y tuvo que ir corriendo al baño antes de que la náusea la dominase, volviendo luego a respirar lentamente.
Cuando Sergio regresó, la encontró sentada en la cama, inmóvil y pálida.
¿Qué te pasa? preguntó sentándose junto a ella. ¿De verdad estás mal?
Sergio, tengo que contártelo, pero prométeme que no te lo tomes a broma.
Dime, Sergio frunció el ceño, preocupado.
Y Nuria le narró todo. Mano, axila, carne picada, albóndigas, náuseas. Habló bajito, para que nadie escuchase.
Sergio le miraba con una expresión difícil de descifrar: incredulidad, fastidio, desconcierto.
Mira, no lo hace aposta, dijo tras pensar un rato. Simplemente se rascó. ¿A quién no le pasa? ¿Crees que nuestras abuelas se lavaban las manos cada minuto? Así es la vida sencilla, la comida de casa.
Sergio, no se lavó las manos la voz de Nuria temblaba pese a su esfuerzo por mantenerse serena. Metió esa mano en la carne picada. Y no suele usar jabón, solo pasa la mano bajo el grifo y la seca en el delantal. Ahora recuerdo todas esas bandejas congeladas que nos envía y no soporto la idea.
¿Y qué quieres que haga? su tono se endureció. ¿Decírselo? ¿Acaso quieres que se ofenda? ¡Está cocinando para nosotros!
No pienso decírselo, Nuria se cubrió el rostro. Solo sé que nunca más podré comer nada hecho por ella.
Sergio se levantó, paseó nervioso, se pasó las manos por el pelo, su típica reacción a los enfados.
Estás exagerando, Nuria, dijo finalmente. Cualquiera puede rascarse cocinando. ¿Crees que yo no lo he hecho alguna vez? ¿Que nunca has tocado el pelo en tu cocina? Esto no es un quirófano, es una casa. Si te obsesionas así, acabarás loca.
Yo me lavo las manos, susurró Nuria. Antes y después, con jabón. Es lo normal.
Pues muy bien, la respuesta sonó a reproche. Pero en mi casa siempre se ha hecho así. Yo me he criado con sus albóndigas. Siempre has dicho que están buenas.
Es que no sabía cómo las hacía, respondió Nuria, mirándole a los ojos. Ahora no lo puedo olvidar.
Pues olvídalo, zanjó Sergio. De verdad, Nuria, montas una tormenta en un vaso de agua. ¿Sabes lo que pasa en las cocinas de restaurante? Mejor que no sepas…
Por favor, Sergio, Nuria sentía las lágrimas asomando. No me hables de restaurantes.
De acuerdo, haz lo que quieras. No hace falta que comas nada si no te apetece. Yo diré que estás mala. Pero, por favor, no digas nada de esto delante de ella. Le haría mucho daño.
No pienso decir nada, susurró Nuria. Solo quiero volver a casa.
Nos marchamos mañana prometió Sergio. Diré que te ha subido la fiebre y tenemos que irnos.
Vale, aceptó Nuria, aunque nada le parecía normal.
Se echaron a dormir, escuchando en la oscuridad el runrún del televisor del salón, la tos esporádica de Alberto y el trajín de Rosario con los cacharros en la cocina.
Nuria repasó mentalmente sus años de matrimonio, cómo había elogiado una y otra vez las albóndigas de su suegra, incluso había pedido la receta, había admirado aquel sabor… y ahora comprendía que, quizá, ese ingrediente secreto era lo que las hacía tan especiales.
Se levantó destrozada. Sergio ya desayunaba en la cocina con los padres, charlaban entre risas. Se lavó la cara con agua fría, se animó y salió.
Ay, Nuria, dijo Rosario. Sergio me contó que anoche te pusiste malita, ¿verdad? ¿Tienes fiebre aún? Te preparo una infusión de manzanilla con miel del pueblo, que es buenísima.
Gracias, Rosario Nuria evitó mirar la bandeja con las albóndigas restantes, tapadas con un trapo para protegerlas de las moscas. Me siento mejor, fue algo del viaje, supongo.
Eso de las ventas de carretera, negó con la cabeza Rosario, sirviéndole la infusión y un bote de mermelada. Siempre lo digo: mejor comer en casa que ahí, luego pasa lo que pasa.
Madre, intervino Sergio, no paramos en ningún sitio. Solo tomamos café del termo.
Pues sería otra cosa insistió Rosario. El cuerpo avisa. Bebe manzanilla y descansa.
Nuria sorbió un poco, notando el calor recorriéndole. Y de pronto pensó: ¿se habría lavado bien Rosario las manos antes de servir el té? Si seguía por ese camino mental, acabaría por no poder vivir. O aprendía a aceptar o dejaba de venir.
Rosario, muchas gracias por todo lo que hace por nosotros, pero de veras, me siento rara aún. Hablé con Sergio y hoy marchamos para casa.
¿Hoy ya? se entristeció la suegra. ¡Si acabáis de llegar! Quería haceros empanada y un cocido para Sergio, que le encanta.
Otro día, madre interrumpió Sergio, besando a su madre. Nuria no está bien, lo mejor es volver a casa hoy. Enseguida vendré yo solo y te ayudaré con lo que haga falta. Así me preparas tus menús con calma, ¿sí?
Rosario suspiró, miró a uno y otro, y algo en su mirada hizo que Nuria se sintiera extrañamente observada, como si la suegra lo hubiera entendido todo: lo de las albóndigas, lo de la axila, la repentina enfermedad.
Como queráis su voz tenía un tono seco. Os preparo una bandeja congelada para la semana, que para eso las hice.
A Nuria se le heló la sangre, pero logró sonreír:
Gracias, Rosario. Es usted muy generosa.
Recogieron todo deprisa. Sergio metió las maletas al coche mientras Nuria se despedía de Alberto, que le dio la mano grande y seca: Que te mejores, hija. Volved cuando te encuentres bien. Rosario apareció con una bolsa y se la dio a Sergio:
Aquí tienes albóndigas, un poco de mermelada y tocino, que os gusta. Disfrutad.
Gracias, madre contestó Sergio, besándola. Nuria notó que Rosario no sonreía, fue directa a la casa y cerró la puerta antes de que arrancasen.
Durante todo el regreso, Nuria permaneció en silencio. Sentía la bolsa de albóndigas en el maletero como si transportasen algo vivo y peligroso. Sergio tampoco hablaba; tenso, conducía agarrando el volante como si quisiera domarlo, sin moverse ni mirar de reojo.
Puedes comértelas tú dijo Nuria al entrar en la ciudad. A mí no me importa. Yo no las quiero.
Nuria, suspiró Sergio, con resignación. ¿Sabes que mi madre lo ha entendido todo?
¿El qué? preguntó Nuria.
Todo. No es tonta. Sabe que no comiste, que luego te pusiste mala y que nos fuimos. Sabe el motivo. Está dolida. Y en parte la entiendo.
¿Y a mí, me entiendes? la voz de Nuria fue cortante.
Sergio no respondió.
Al llegar a casa, Nuria entró a la cocina. Vio sus encimeras limpias, los botes perfectamente colocados y las tablas relucientes, frotadas tras cada uso. Allí todo estaba en orden. Allí las manos se lavaban antes de manipular comida. Allí no había albóndigas hechas con la mano que minutos antes había estado en una axila.
Sergio trajo el paquete, lo puso en el congelador y cerró la puerta.
¿No las vas a comer? le preguntó Nuria.
Claro que sí contestó Sergio con firmeza. Son las albóndigas de mi madre, las he comido toda la vida.
Y se fue al baño, dejando a Nuria sola en la cocina. Ella fue al fregadero, abrió el grifo y se lavó bien las manos con jabón y agua tibia, llegando casi a los codos, como en los quirófanos. Después se las secó con una toalla limpia y pensó: ¿servirá esto de algo ya? ¿Se puede lavar lo que permanece en la memoria?
No tenía respuesta.
Solo sabía algo: nunca volvería a comer otra albóndiga tocada por Rosario. Ningún argumento, cariño o justificación bastarían para cambiarlo.
Tras tres días, Sergio frió cuatro albóndigas para cenar, con puré y pepinillo.
¿Quieres? le ofreció la albóndiga ya mordida.
No, gracias dijo Nuria.
Se levantó, se sentó en el sillón del salón y subió el volumen de la televisión para no escuchar cómo masticaba Sergio.
Nuria entendió que ese viaje había cambiado algo en su familia, algo irremediable, todo por culpa de una mano simplemente una mano de mujer que se había rascado donde le picaba.
Cerró los ojos y decidió no pensar más en ello. Porque a veces dejar de pensar es la única forma de seguir viviendo, cocinando con tus propias manos y confiando en tu intuición. Aprendió que, aunque la tradición y el cariño unen familias, uno también tiene derecho a poner límites propios, aunque nadie más lo entienda.





