Enemigos jurados

Enemigos de toda la vida

Alejandro acababa de tumbarse un rato para echarse la siesta cuando, de repente, por la ventana abierta se coló el furioso ladrido de su perro. Normalmente Torres, su peludo mastín, era un alma silenciosa, pero ese día, desde bien temprano, estaba más que desatadoladrando como si tuviera la Eurocopa en la puerta de casa. Y no era un ladrido cualquiera: lo suyo era casi un acto de guerra.

Alejandro llevaba ya varias salidas al patio, pero nada, ni rastro de nada sospechoso. Pensó que igual habían pasado los perros del vecino y que Torres había montado el escándalo de siempre. Es que Torres tenía su carácter: nada le enfurece más que ver extraños en su territorio sagrado. Por eso, cuando Alejandro salía al patio, allí no quedaba ni el espíritu de un intruso. Al ruido de ese perro, hasta la Guardia Civil se lo pensaría antes de entrar. Así que los perros ajenos huían como si hubieran visto al mismísimo lobo feroz (pero sin caperucita).

Y ellos no sabían que el oso peludonombre cariñoso que le daba Alejandro a su mastínestaba encerrado en la jaula. Por precaución, siempre lo tenía en el corral durante el día. Pero cuando caía la noche, lo soltaba: A partir de las ocho, sálvese quien pueda.

Una vez, unos valientes de la aldea intentaron colarse. Uno perdió los pantalonesenganchados en la verja, otro dejó la zapatilla bajo la reja, y el tercero acabó trepando a un árbol A la copa, nada menos. Hubo que llamar a los bomberos para bajar al infeliz. Torres les dio una lección de esas que no se olvidan ni con terapia.

Y lo más curioso: Torres nunca ladraba sin motivo. Pero esa mañana parecía el encargado de seguridad del Bernabéu.
¡Torres, ya basta de ladrar! gritó Alejandro, levantándose de la cama y asomándose a la ventana.

El perro obedeció durante cinco segundos, hasta volver a armar un escándalo. Tocó salir otra vez al patio para averiguar qué demonios había cabreado tanto a su mastín leonés.

Como sospechaba, no había nadie. Y Torres, al ver a su dueño, se calló de inmediato.
¿Y ahora qué te pasa, chaval? le preguntó Alejandro, sonriendo, acercándose a la jaula.

Torres movió la cola con alegría y puso cara de perdón, sé que no te dejo dormir, pero tiene razón lo que hago. Miró la puerta y volvió a ladrar como el portero de la Selección.

Alejandro giró la cabeza justo a tiempo para ver algo gris y pequeño correr como una lata por la acera. Corrió hasta la puerta, salió a la calle y
allí estaba, sí: un gato común y corriente.

Pero su mirada ¡Vaya mirada! Descarada, soberbia, como el jefe de una banda de gatos de Madrid.

¿Y tú qué pintas aquí, colega? se rio Alejandro. Te lo digo como humano a felino, mejor no vengas, que mi Torres te odia más que el transporte público en hora punta. Si te pilla

El gato hizo un gesto de desdén. Alejandro juraría que hasta se rió.

¿Me vas a pillar? decían sus ojos de pícaro Tu perro ni sale de la jaula antes de que yo esté tres calles más allá. Está gordo, deberías ponerle dieta.

Alejandro, la verdad, se sintió hasta ofendido por el desplante mudo del gato de la acera.
¡Venga, fuera de aquí! Y regresó al patio cerrando la puerta con fuerza.

¿Y qué creéis que hizo el gato? ¿Obedeció? Por supuesto que no. Ahora apareció cada día en el patio. Paseaba tan campante junto a la jaula de Torres, marcando territorio y dejando claro que él era el rey. Mientras tanto, Torres se limitaba a ladrar con desesperación.

Alejandro, al principio, salía a espantar al bigotes, pero el gato siempre volvía en cuanto el dueño se iba. No había forma de librarse de él.

El gato se sintió emperador tras su mini-victoria. Un día, vaya descaro, se llevó un trozo de carne de la misma olla de Torres. Dentro de la jaula, cuidado. Torres, agotado de tanto ladrar al aire, ni se movió y el gato se comió el botín en sus narices. Alejandro lo vio todo: aquello ya era demasiado.

Así que así, ¿eh? murmuró Alejandro, cabreado. Ya verás, te voy a hacer la vida imposible. Te vas a arrepentir de meterte conmigo y mi perro.

Decidió no encerrar a Torres todo el día: dejó la puerta de la jaula abierta para que el mastín pudiera salir cuando quisiera. Que restablezca el orden en el patio, pensó Alejandro. Que ya estaba cansado del gato, del perro y de todo.

Pero, justo ese día, el gato gris no apareció. ¿Había sospechado la jugada o simplemente le tocaba descanso? Ni la más remota idea. Alejandro se sintió hasta decepcionado; tanta planificación y el bigotes ni se dignó a aparecer. Ni ese día, ni al siguiente, ni al otro.

Torres miraba a Alejandro con sorpresa, y Alejandro solo podía encogerse de hombros.
Bueno, quizá sea mejor así, ¿no? sonrió Alejandro. Ahora está tranquilo.

Aunque, siendo honestos, Alejandro echaba de menos al gato molesto. Era absurdo, pero era así. Torres también: se había acostumbrado a desgañitarse a su enemigo jurado. Ahora aburrimiento total.

A los pocos días, Torres empezó a pedirle a su dueño, con miradas, ir a buscar al gato. Se acercaba y lo miraba como diciendo oye, ¿y el felino?.
¿Crees que le ha pasado algo al canalla del bigotes? preguntó Alejandro. Con ese carácter, no me extraña que acabe en líos. Vamos, Torres, salgamos a ver si lo encontramos.

Alejandro abrió la puerta, salieron a la calle, y allí andaban los dos, oliendo el aire y mirando a los lados. Torres olisqueaba esperando pillar el olor familiar y odioso del gato pero el perfume de estiércol vecino lo tapaba todo.

Alejandro caminó por la calle y, cuando ya iba a volver a meter a Torres, algo raro sucedió cerca. Voces de gato desesperado y ladridos furiosos. Y entonces, el gato gris, por fin, apareció corriendo, cojeando y seguido de ¡otro perro! Un doberman elegante y urbano, propiedad de la familia que veraneaba allí.

Alejandro reconoció al perro: cada verano bajaban desde Madrid, a veces en Navidad. El gato, probablemente, había intentado hacerle la misma jugada al doberman y la cosa se torció. El doberman le había dado un mordisco: el gris tenía manchas marrones en el pelaje.

Mientras Alejandro veía venir al gato, se olvidó por completo de Torres, que, sin pedir permiso, se lanzó a la carrera.

¡Torres! ¿Dónde vas? gritó Alejandro, imaginando el drama que se iba a armar. El bigotes ya había sufrido con el doberman, y ahora le toca el mastín. ¡Torres, para!

Pero el perro ni caso. Corrió directo al gato, que, aterrizado, se paró en mitad de la calle. Su vida dependía de una patita (y casi de un pelo).

¿Y qué pasó entonces? Pues lo que todos menos Alejandro sabían. Torres se paró junto al gato, lo olfateó, y entonces, en un gesto de fiera, ¡se lanzó contra el doberman! Lo persiguió hasta el final de la calle y el doberman, por suerte, reaccionó rápido y se escapó.

El gato aprovechó el lío y desapareció de la vista. Alejandro miraba a Torres, ni notó que el gris se había ido. Por la tarde, al ir a ponerle la cena a Torres, la sorpresa: el gato estaba allí, sano, agradecido, con mirada tierna. Apoyó la cabeza en la pierna de Torres y empezó a ronronear. Y Torres miró a Alejandro como diciendo:

Lo siento, jefe, le he salvado. Ahora toca cuidarlo hasta el fin de mis días.

Y no era broma.

Torres ahora era el guardaespaldas oficial del gato gris. Dejó que comiera de su cuencoun acto de generosidad nunca visto en el mastín de Alejandro. El bigotes consiguió derretir el corazón del perro. Ya no eran enemigos, sino aliados.

Y si crees que la historia acaba aquí, te equivocas.

Alejandro llevó al gato a la ciudad, a un veterinario. La herida era seria, tocó coser, y el gato se quedó con Alejandro mientras sanaba. El mastín le vigilaba, y Alejandro ya no podía enfadarse. Cosas de la vida.

Al cabo de un tiempo, apareció una mujer joven y guapa ante la puerta. Torres quiso ladrarle, pero se lo pensó y solo soltó dos ladridos flojos. Alejandro salió y
H-h-hola saludó Alejandro. ¿Busca a alguien?

Ella preguntó si había visto a un gato gris, muy pícaro, que se escapaba siempre. En Madrid era tranquilo, pero aquí, tras el ictus de mi madre, vivo en el pueblo y el gato está desatado. Normalmente vuelve, lo lavo y lo doy de comer, pero ahora ni rastro.

Creo que sé dónde está su gato sonrió Alejandro. Pase al patio, mi perro no le hará nada. De verdad, pase.

¿Entrar? ¿Con su perro? ¿Para qué?

Ya verá.

La mujer dudaba, pero la mirada de Alejandro era honesta. Al acercarse a Torres y ver al gato acurrucado, soltó un grito de incredulidad.

¡Timotea! ¿Cómo has llegado aquí? ¿Qué te ha pasado? dijo la mujer, viendo el vendaje. Miró a Alejandro: ¿Su perro le mordió?

No, al revés alegó Alejandro, ¡le hemos salvado!

¿De quién?

Si tiene tiempo, se lo cuento. Le va a hacer gracia.

Alejandro le contó la historia a Lucía (así se llamaba, lo supo durante el relato), y ella se echó a reír.

No puede ser Timotea, tan revoltosa, les dio la lata y al final la salvaron.

Así somos Torres y yo sonrió Alejandro. Ahora su gata está mejor, física y moralmente. Es un cielo; ya no nos da guerra.

Siempre fue buena Puede que el aire del pueblo la haya cambiado. O se enfadó porque ahora dedico más tiempo a mi madre. Tengo que ayudarla a caminar de nuevo, es complicado.

Venga cuando quiera dijo Alejandro, con timidez. Con su gata.

Ya lo pensaré dijo Lucía, coquetamente.

Y medio año después, fiesta en la aldea: boda de Alejandro y Lucía. Y allí, Timotea y Torres, juntos. Incluso el doberman apareció, aunque al ver a Torres miró para otro lado.

Así son las cosas.

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