Los padres de mi marido se niegan a tranquilizarse: intentan reconciliarle con su exmujer. “¡No lo entendéis, al fin y al cabo tienen un hijo en común!”, se lamenta mi suegra.

Life Lessons

Llevo tres años casado con un hombre cuyos padres nunca han querido aceptar que su hijo está divorciado desde hace ya más de cuatro años. Siguen esforzándose constantemente en reconciliarle con su antigua familia, como si aún no pudieran asumir la realidad. Nosotros, a pesar de todo, somos felices juntos. Sin embargo, mi suegra está convencida de que su hijo actuó impulsivamente, casi de forma irresponsable, y que debe hacer todo lo posible para recuperar la relación con su exmujer y la familia que formaron. Según ella, él nunca debió marcharse.

Cuando conocí a Pablo, ya era divorciado. Se supone que el divorcio fue de mutuo acuerdo. Su exmujer volvió a casarse rápidamente y, por cómo se ve todo desde fuera, probablemente tenía ya otra relación. Quizás por eso se rompió lo suyo.

A veces pienso si no cometí un error casándome con él. En realidad, fue mi madre, Carmen, quien insistió en que nos casáramos. Ella se quedó embarazada de su primer marido y tampoco estaba enamorada; simplemente estaban juntos, y ya está. Pablo me confesó una vez: Si no hubiera quedado embarazada, no me habría casado con ella. Así me explicó su anterior matrimonio.

Nunca tuve miedo de su exmujer. Al principio opté por observarle detenidamente. Me di cuenta pronto de que no echaba de menos aquella familia ni sentía nada especial por su ex. Tampoco ella mostraba el menor interés por él; más bien todo lo contrario. Sólo mantenían contacto por su hijo en común.

El problema real siempre ha sido mi suegra, Ángeles, y en parte su marido Ramón. No soportaban la situación y no paraban de intentar que volviese con la antigua familia. Además, nunca aprobaron nuestra relación y eran bastante claros al respecto.

Sois jóvenes y tenéis toda la vida por delante. ¿Por qué meterte en asuntos ajenos? me preguntó ella una tarde en la cocina, mientras estábamos solos.

Le contesté que, si Pablo hubiese estado casado, jamás habría iniciado una relación con él. Pero cuando nos conocimos, ya era un hombre libre. En ese momento apareció Pablo y la conversación se interrumpió, pero yo supe en ese instante que nunca tendría una buena relación con Ángeles. La verdad, tampoco me quitaba el sueño.

Nos casamos y empezamos a vivir juntos, apartándonos bastante de mis suegros, salvo en algunas reuniones familiares en las que siempre tenía que aguantar las quejas sobre la exfamilia de Pablo. Cuando Ángeles empezaba a quejarse, Pablo intentaba cortarle, porque él tampoco llevaba bien la situación. Sin embargo, al poco tiempo, la escena se repetía.

No teníamos prisa por tener hijos. Yo no me veía como madre y, para colmo, Pablo ya tenía un hijo. Esto alegraba a mi suegra, que tras el divorcio de Pablo no perdió la ocasión de invitar a la exnuera a Nochebuena y suspirar recordando cómo eran como pareja Intentaba siempre ensalzar todas sus virtudes delante de todos.

La exmujer de Pablo, en realidad, nunca hizo nada para alimentar el conflicto. Mostraba cierta indiferencia. Simplemente venía y se marchaba. Esa pasividad suya era casi palpable.

Ángeles intentaba crear celos a Pablo por medio de su ex y conmigo hacía lo mismo. Me llamaba preguntando si sabía dónde estaba mi marido, y si no lo sabía, insinuaba que debía de estar con su ex. Si no, lo mandaba a ver a su hijo en casa de la ex. Montaba un sinfín de situaciones incómodas.

Yo nunca he sido celosa. Pero tanta manipulación llegó a cansarme y, sinceramente, cuando uno observa a Pablo y a su ex desde fuera, se percibe claramente que entre ellos ya no queda nada y que nunca volverán a estar juntos. Lo único que comparten es un hijo. Pablo le pasa una pensión cada mes, de unos 400 euros, y habla de vez en cuando con el niño. A veces se lo lleva de visita. La exmujer, por su parte, jamás le ha pedido dinero de más ni ha puesto impedimentos para que vea al niño. Se comportan como dos adultos civilizados, cada uno con su vida. Se respetan, eso es todo.

Pero mi suegra se niega a entenderlo. Sigue urdiendo planes y conflictos, una y otra vez. A veces me pregunto cuándo dejará de hacerlo, cuándo será capaz de verlo todo con más sensatez. Pablo cree que, cuando le dé un nieto, se calmarán las cosas. Yo, en cambio, no lo tengo tan claro.

Escribiendo esto, llego a la conclusión de que, por más que intentemos ganarnos la aprobación de los demás, es nuestra vida y nuestra felicidad la que debe prevalecer. Tengo que aprender a poner límites y a no dejar que lo ajeno interfiera en lo que realmente importa: nuestra tranquilidad y nuestro amor.

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