Hoy quiero dejar plasmado en estas páginas algo que me remueve por dentro. Mi vida, como la de todos, discurre y cambia. Hace poco observé cómo Martina, mi vecina de cincuenta y seis años, comenzó a notar que el tiempo iba dejando huella en su rostro y en su ánimo. Nada fuera de lo común: el tiempo pasa para todos, lo sé. Pero a Martina le pesaba esa transformación acelerada que veía cada vez que se miraba al espejo. Decía que era como si cada día alguien le arrebatará un poco de juventud y belleza, como si la vejez le maquillara el rostro antes de salir de casa.
Hace apenas unos años, Martina parecía mucho más joven. Recuerdo las mañanas en que cruzaba el patio de nuestra comunidad en Salamanca, rumbo a su trabajo. Siempre pasaba por el banco donde se sentaba Don Julián, el anciano más entrañable del barrio. Lloviera o hiciera sol, él siempre estaba allí, ajustando su boina o su gorro de lana, con ese gesto caballero tan de antes, y le decía con voz firme: ¡Pero qué guapa estás! ¡Eres una señorita preciosa!
Martina se marchaba sonriendo, se notaba que ese cumplido la alegraba para todo el día. Y no era solo él, eh; más de uno le decía algo bonito a lo largo de la jornada. La verdad es que desprendía una luz especial.
Pasaron los meses y, un día, Martina se dio cuenta de que hacía tiempo que no veía a Don Julián en el banco. Le preguntó a los vecinos, y se enteró de que sus hijos, que vivían lejos, habían decidido llevarle a una residencia porque ya con noventa años necesitaba mucha atención y cuidados constantes.
Eso le hizo a Martina aparcar por un instante sus pensamientos sobre la edad. Se quedó pensando en Don Julián, cuyo verdadero nombre, curiosamente, era Julián Gutiérrez. Se informó de en qué residencia estaba, se acercó al mercado, preparó una bolsa de dulces típicos castellanos y el domingo fue a visitarle.
Allí estaba Don Julián, sentado en una butaca junto a la ventana, saboreando una taza de crema de arroz con mantequilla. Al verle, su cara se iluminó y, con esa sonrisa de siempre, le soltó: ¡Qué alegría verte! ¡Pero qué guapa estás! ¡Sigues pareciendo una señorita preciosa!
Unas cuantas residentes y residentes se acercaron también, le dedicaron palabras amables, la felicitaron por su aspecto y su simpatía. Cuando Martina volvió a casa esa tarde y se plantó frente al espejo, notó sus mejillas encendidas, los ojos chispeantes, el pelo brillante y el gesto rejuvenecido. Volvía a reconocerse; no solo se veía mejor, sentía que había recuperado algo de esa frescura perdida.
Empezó a acudir cada domingo a la residencia, se animó a organizar pequeñas clases de baile, a acompañar y cuidar a quienes lo necesitaban. Todo esto, no por ganar juventud, sino porque el alma le pedía devolver ese calor humano. Cuando uno alegra el día a los demás, se siente necesario. Ser para alguien una hija, una nieta, una amiga. Recibir ese cariño sincero a cambio, vale muchísimo.
Hoy comprendo que hay personas que son como espejos mágicos: reflejan no solo lo que somos, sino lo mejor que podemos ser. Tras estar con alguien así, uno se endereza, camina ligero, sonríe más, la mirada brilla. Otros, en cambio, pueden hacerte sentir pequeño y triste. Por eso, debemos cuidar esos espejos mágicos: los buenos y sencillos de corazón, los ancianos sobre todo. Mientras tengamos mayores a nuestro lado, aún no somos viejos. Ellos nos enseñan que siempre se puede dar más y que el afecto rejuvenece.
Así lo piensa Martina, y así lo he podido ver yo mismo. Si devuelves a los demás una chispa de alegría, esa chispa también te pertenece. Este es el gran regalo que hoy me llevo en el corazón.






