Carmen conoció a su marido en la boda de unos amigos de toda la vida. Fue uno de esos flechazos instantáneos, tan típicos de las películas de sobremesa. Pasaron juntos toda la noche, sin soltar la copa ni dejar de hablar. La relación fue como el AVE Madrid-Barcelona: rapidísima. Apenas unos meses después de conocerse, se casaron y se instalaron juntos en un modesto piso de Lavapiés.
Al poco tiempo, Carmen descubrió que estaba embarazada. Pero cosas del destino, jamás llegó a hacerse una ecografía: siempre se le cruzaba algoun catarro, una jefa quisquillosa, o aquel día que el coche tuvo que ir directo al taller. El embarazo tampoco fue para tirar cohetes. Carmen se cansaba, el estómago le daba vueltas y la espalda le protestaba con cada paso. Con el bombo enorme, no podía dar tres vueltas a la manzana sin pedir socorro, así que pasaba los días tumbada, leyendo revistas de cotilleo. El último mes directamente estuvo encerrada en casa. Su marido la adoraba y se preocupaba por ella, pero vivía más en la oficina que en el hogar.
El parto adelantó su llegada, como las tormentas de verano. Los médicos estuvieron al pie del cañón, sin pestañear. Y aquel día Carmen se convirtió, de golpe y porrazo, en madre de trillizos: dos niñas y un niño. Carmen no sabía si reír o llorar. Cuando su marido apareció en la habitación, la cara que puso podría haber sido portada de periódico. En una noche, pasó de ser marido enamorado a padre de tres criaturas.
Mientras Carmen estaba en el hospital, él compró cunas para los niños, una tarea nada sencilla porque el piso apenas tenía espacio para el sofá. No había posibilidad de mudanza. Y después comenzó la vida real: noches en blanco, mocos, fiebre y pañales por todas partes. Él soñaba con volver a tiempos mejores: amor sin preocupaciones, cenas románticas, charlas hasta las tantas… pero aquellas noches ya solo existían en las películas de Pedro Almodóvar.
Carmen apenas conseguía mantener el ritmo de sus hijos. El marido pasó a ser un fantasma, y un día se fue a trabajar y nunca volvió. Carmen llamó a todos sitios: hospitales, comisarías, amigos… pero ni rastro. Se había escapado, huyendo de los niños y de la responsabilidad.
Fue entonces cuando Carmen supo que tenía que ser fuerte. No quedaba otra: los niños dependían de ella. Su madre, María, vino desde Toledo para ayudarle. Las dos criaron a los trillizos entre biberones y rabietas, aunque sencillo no fue. Vivían con lo justoel dinero de la ayuda por hijos y la pensión de María, la abuela.
En el barrio inauguraron un centro comercial nuevo y Carmen consiguió trabajo allí. Era más responsable que el reloj de la Puerta del Sol, así que la contrataron, a pesar de ser madre de tres. A partir de ese momento, la cosa mejoró. Más adelante, Carmen pudo contratar una niñera y María respiró aliviada. Pasaron unos años y Carmen fue ascendida. Cambió mucho: ahora era una mujer elegante, bien cuidada, de esas que ponen en anuncios de perfume.
Así fue como la vio su exmarido, cuando volvió a visitar a sus padres en Madrid. Quiso ver a sus hijos y le pidió a Carmen perdón por todo. Le suplicó otra oportunidad. Carmen lo miró y supo algo con claridad: jamás volvería con ese hombre. Sus sentimientos se habían ido como el tren de las seis y media. Así se lo dijo. Cuando él se marchó, Carmen exhaló profundo. Por fin había dejado el pasado atrás. Y el futuro, ese futuro, aún estaba por estrenar.




