Se inclinó hacia la pastora alemana. Ella le miró con una resignación antiquísima, después apartó la mirada sin un solo suspiro. Hacía mucho que había dejado de esperar nada de los humanos; los conocía demasiado bien, como si en sus sueños repitiera miles de veces las traiciones pasadas.
En las calles de Madrid, todos las llamaban simplemente la jauría. Pero el hombre que vivía en uno de los bloques de ladrillo rojo siempre corregía, murmurando entre sueños: «No son una banda. Son cinco perros que permanecen juntos para sobrevivir».
Al frente iba una vieja pastora, con el porte de quien antaño tuvo casa y dueño. Probablemente la habían abandonado cuando sus dueños se mudaron, dejando atrás las macetas, la escoba y a ella, fiel e invisible. Bajo el sol del Albaicín, ella cuidaba de los otros, los mantenía cerca, un pequeño clan de calle y penumbra, su propia familia fantasma.
Aquel hombre les alimentaba cada día, casi como si en la penumbra madrileña sus pasos formaran parte de una extraña liturgia. Por la mañana, camino del trabajo, con las primeras campanas de la iglesia de San Ginés; por la noche, de vuelta, cuando la ciudad era un cuadro velado de Dalí. Siempre, al verlo aparecer, cinco colas se agitaban como extraños molinos, cada una en un ciclo propio. Y sus ojos, esos ojos de esperanza resucitada, le hacían temblar el alma. Saltaban, le hundían los hocicos húmedos en las manos, le lamían los dedos sin cesar. En sus miradas cabía el agradecimiento, la confianza y esa tímida esperanza que sólo sobreviven los perros sin techo.
¿Qué le queda por esperar a un perro que una vez fue dejado morir en la calle, bajo una farola sin nombre? Y sin embargo esperaban, creían, seguían amando. Por eso, nunca bajaba a la acera con las manos vacías sabía que aguardaban. Y siempre esperaban, como los domingos de fútbol en la radio o la lotería en Navidad.
Pero aquella mañana sólo cuatro aparecieron corriendo a sus pies; gemían y miraban con inquietud hacia la esquina lejana, aquella donde la ciudad se atraganta con el río Manzanares. Él lo comprendió al instante, como cuando despiertas y sabes que el sueño era pesadilla.
Suspirando, marcó en el móvil y comunicó a la oficina que llegaría tarde.
Al extremeño final de la calle, en los confines de aquel barrio obrero, bajo unos setos que olían a hinojo y memoria antigua, la vieja pastora yacía tumbada. Un coche la había atropellado. Era una curva peligrosa, y los conductores madrileños, a menudo, cruzan demasiado deprisa, como huyendo de sus propios miedos. Aquella vez, la suerte no estuvo de su lado.
Las otras cuatro, pequeñas y dispares, aullaban quedo, mirándole con la súplica muda que sólo se ve en sueños. Él era el único ser en el que alguna vez habían confiado.
Se agachó junto a la pastora. Lágrimas extrañas, más húmedas que la niebla de la sierra, brotaban de sus ojos. Le miró resignada, y volvió la cabeza. Hacía tiempo que ya no sabía esperar nada bueno. Solo le inquietaba una cosa: qué sería de los cuatro que dependían de ella.
¿Así que así ha de ser? ¿Te duele? murmuró el hombre, como si hablara de una herida en el corazón y no de un cuerpo herido. Sacó, sin prisa, su móvil de nuevo.
Pidió el día libre. Aparcó el coche cerca de la acera y, con infinito cuidado, levantó a la pastora y la tumbó en el asiento trasero. Las otras cuatro saltaban cerca, le rozaban las manos, como susurrando «gracias» en una lengua imposible.
En la clínica veterinaria, la doctora suspiró, con esa solemnidad que sólo tienen en los sueños los médicos:
Lo mejor sería dejarla ir. Demasiadas fracturas. La operación costaría más de mil euros y tiene pocas posibilidades
¿Pero existe una posibilidad? le interrumpió el hombre, con el extraño convencimiento de los que caminan por Gran Vía al alba.
Siempre queda una chispa admitió la veterinaria, pero sufrirá. ¿Tiene sentido?
Lo tiene contestó él, sin vacilar. Para mí, sí lo tiene. Y también para ella. Además hay cuatro perros que la esperan. ¿Cómo les miraré después?
La doctora, mirándole a los ojos como si contemplara el fondo del Tajo, asintió silenciosa.
De acuerdo. Empecemos entonces.
Pasó una semana antes de que pudiera recogerla. Fuera, durante días, las cuatro criaturas guardaron turno ante su portal, como feligresas de una iglesia olvidada. Cuando por fin volvió con la pastora, el griterío fue tan jubiloso que la propia herida olvidó su dolor un instante y trató de lamerles el hocico.
Él la llevó a casa, la depositó en un rincón, y salió. Delante de las demás, pronunció un discurso solemne sobre el hogar y la responsabilidad, sobre lo extraño y sagrado de tener un techo y cómo deberían comportarse. Las cuatro escuchaban quietas y atentas, como niñas ante una historia de Goya.
De pronto, sonrió, y preguntó:
¿Y bien? ¿A qué esperamos? ¡Adelante!
Y abrió la verja con gesto de mago de sueños.
Contra toda lógica, la recuperación fue asombrosamente veloz. Cada día la pastora quería levantarse, ir con sus amigas, husmear el aroma a jazmín. Él vigilaba, severo, evitando cualquier exceso. Cuando los huesos sanaron y por fin pudo caminar, le puso un collar especial: reluciente, con un pequeño cascabel dorado, casi como una reliquia de feria antigua.
Ahora sale de casa aún antes del primer tren. Camina por la larga calle silenciosa, llevando a las cinco cuatro pequeñas, con rizadas colas enroscadas como magdalenas, y la pastora grande con su collar dorado y cascabel.
Tendríais que ver cómo miran al mundo. Ahora tienen hogar. Ella tiene su collar. Y camina la pastora con la cabeza erguida, el brillo en los ojos de los sueños cumplidos.
Quizá nunca hayáis llevado un cascabel así. Pero cualquier perro en España lo sabe: así camina sólo quien es respetado.
Así siguen avanzando el hombre que no ignoró lo invisible, y cinco perros que no olvidaron cómo es esperar y amar, incluso tras el desprecio humano.
Caminan y celebran. Quizá se alegren los unos por los otros. Quizá por el sol que acaricia la tarde madrileña. O, simplemente, porque en este mundo aún queda un poco de amor.
Y al mirar en sus ojos, uno comprende: mientras existan ojos así, nunca estará todo perdido.





