Carmen vino a la entrevista de trabajo y se quedó helada al ver quién estaba sentado en el despacho del director.
Durante veinte años, Carmen Llorente gestionó la documentación, respondía llamadas, sonreía a visitantes que no se lo merecían en absoluto, y preparaba café a los jefes con tal destreza que una vez estuvo a punto de ser ascendida a encargada de cafetería. Aun así, acabó siendo incluida en el ERE. Así es la vida, qué se le va a hacer.
Ahora tenía, por primera vez en veinte años, una entrevista de trabajo.
Carmen se miraba seria al espejo del recibidor y se hablaba a sí misma. El traje estaba bien. El peinado, correcto. La cara… bueno, la cara es la que es, con cuarenta y seis años no se puede disimular, pero aguantaba el tipo. Lo importante era no ponerse nerviosa. Solo es un trabajo. Solo una nueva oficina, otra mesa, nuevas llamadas.
Su amiga Maribel se ofreció a acompañarla y le dio ánimos en el ascensor:
Tú entra ahí con confianza. Eres una profesional. Veinte años de experiencia, eso no lo tiene cualquiera.
Veinte años repitió Carmen, y aun así me echaron.
Ya, bueno, pero el bagaje está ahí.
Maribel dijo Carmen, anda, vete tú también a trabajar.
La oficina estaba en una callejuela tranquila. Un edificio de cuatro plantas con cierto aire pretencioso: columnas, puertas de cristal, vigilante en americana. Carmen se cuadró los hombros. Inspiró. Espiró. Entró.
La recepcionista le indicó el tercer piso:
El director le espera. Despacho trescientos dos.
Tercer piso. Pasillo. Puerta con placa.
Carmen llamó. Entró.
Y se quedó clavada. Detrás de la mesa estaba Javier.
Su ex. Aquel al que una vez le quitó una astilla del dedo, le llevó bollos en los exámenes, y le perdonó algo que no debía haberse perdonado nunca. Después de aquello estuvo tres años sin dormir en paz.
Él la miraba. Ella, a él.
El silencio fue de ese tipo, tras el cual uno normalmente sale huyendo. O se queda para siempre. No hay alternativas.
«Vaya, esto pensó Carmen, casi con resignación tranquila sí que es el destino con sentido del humor».
Javier tenía buen aspecto. Y eso resultaba irritante.
En serio. Carmen, en los ocho años transcurridos, había imaginado el posible reencuentro con su exmarido y siempre lo veía ajado, venido a menos. Con entradas o, al menos, algo de barriga. Algo debería haberle pasado tras ocho años a quien fue capaz de hacer tanto daño.
Pero no.
Javier, sentado tras la mesa de director, lucía una americana impecable, corte de pelo profesional y la expresión de alguien que hacía tiempo había pactado con su conciencia. Unas canas en las sienes. En la mesa, portátil, agenda, y un pequeño cactus. Un cactus. Como símbolo irónico.
Carmen dijo él. Ni «señora Llorente», ni «buenos días». Solo «Carmen». Como si hubieran cenado juntos la noche anterior.
Hola, Javier respondió ella.
Javier señaló la silla. Carmen se sentó, el bolso sobre las rodillas, como si necesitara aferrarse a algo. Al menos, al bolso.
Tengo aquí tu currículum dijo él, señalando la mesa. Ya lo he revisado.
Muy bien.
Veinte años de secretaria. Eso es experiencia.
Sí.
Él hablaba en tono neutro, profesional, mirando ligeramente hacia un lado, no a ella, casi como si se dirigiera a la pared junto a su oreja. Ese modo de mirar cuando sabes todo, pero disimulas.
«Ajá, interpretamos ser profesionales pensó Carmen. Vale, jugaremos».
¿Me podría hablar de su último trabajo? preguntó Javier.
Y comenzó.
Carmen respondió con calma, precisa y concisa: tareas, funciones, volumen de documentación, programas, número de personas a cargo. Pero, en su mente, el diálogo era otro.
Ese era el hombre que le dijo «no me entiendes» y se fue con Sonia, la de contabilidad.
¿Qué programas utilizabas?
Los enumeró mentalmente mientras pensaba: ese es el mismo por el que dejaste de comer tres meses y dormir seis más.
¿Te ocupabas de reuniones de negociación con colaboradores?
Sí, tanto en redacción de contratos como en organización de encuentros a nivel directivo.
Ese hombre. Justo ahí. Tras la mesa. Con americana nueva.
Javier asentía, tomaba notas en la agenda o fingía hacerlo. Carmen, de reojo, vigilaba la pluma sobre el papel y no podía evitar pensar en la retorcida ironía de la vida. Casi sádica.
Fuera, la callejón tranquilo, hojas en el suelo, un octubre cualquiera en Madrid. Pero ahí dentro, ocho años, un divorcio, un juicio por el piso, otro por el chalé, noches llamando a Maribel sin poder articular palabra.
Y ahí estaba él. Y el cactus.
¿Por qué dejaste tu anterior empleo? preguntó Javier. En su voz, solo formalidad.
Recorte de personal. Disolvieron todo el departamento.
Entiendo. Pausa. ¿Trabajabas bien con la directiva?
Sí. Tenía trato directo con dirección general y el consejo.
¿Sabes mantener la confidencialidad?
Por supuesto.
Javier la miró. Unos segundos. Carmen sostuvo su mirada. Sin sonrisa ni hostilidad, solo firme.
Bien dijo Javier al fin, dejando la pluma. Me gustaría seguir hablando, pero en un ambiente más relajado. ¿Tomamos un café?
En ese momento Carmen notó un leve cosquilleo interno. No miedo. Otra cosa. La intuición de que ahora vendría otro tipo de conversación. Y había que estar preparada.
No tengo inconveniente respondió serenamente.
Javier se levantó y fue a la pequeña cafetera al fondo de la sala, dándole la espalda. Carmen lo observaba y pensaba: ahora dirá algo. Algo importante o incómodo. Algo que justificara el café.
La cafetera resopló y rugió.
Estás estupenda dijo Javier, sin girarse, tuteándola de repente.
Carmen guardó silencio.
Él puso una taza ante ella y volvió a sentarse.
De verdad.
Carmen miró primero la taza y luego a Javier.
Gracias dijo, sin más.
Javier guardó silencio un instante.
Carmen, quiero decirte algo. No como director, sino como… alguien que te conoce.
«Esto sí es nuevo», pensó Carmen. Curioso y, a la vez, delicado. Como cuando el comandante del avión sale de la cabina con cara solemne y sabes que va a decir algo extra, algo importante.
Me alegro de que hayas venido aquí dijo Javier.
Ha sido casualidad respondió Carmen.
Puede ser. Sonrió levemente. Pero es así. Sinceramente. Eres una profesional, eso salta a la vista. Y necesito justo eso.
Está bien.
Pero quiero pause, quiero que ambos seamos claros desde el principio. Olvidar el pasado. Empezar de cero, digamos.
Ya está.
Carmen dejó la taza sobre la mesa.
«Empezar de cero». Así se llama, pensó. Ocho años y «empezar de cero». Un divorcio, meses sin dormir, y todo supuestamente arrasado. ¿También debería empezar de cero?
Permaneció en silencio, lo miró con atención. Como a algo que hay que examinar a fondo antes de tomar una decisión.
Javier dijo, ¿me estás ofreciendo el trabajo a cambio de que olvide todo lo de antes?
Él alzó levemente una ceja.
Solo quiero que empecemos de nuevo. No es lo mismo.
No dijo Carmen. Es exactamente lo mismo.
Silencio. El cactus seguía imperturbable en la mesa.
Verás Carmen retomó, no tengo intención de remover el pasado. Ni quiero, ni puedo. Pero tampoco pienso fingir que no existió. Porque existió. Es mi vida. No una página que puedas arrancar.
Javier no dijo nada.
He venido a una entrevista siguió Carmen. No a una velada nostálgica. Si buscas una jefa de administración con veinte años de experiencia, hablamos. Si quieres que actúe como si esos ocho años no hubieran sucedido, no soy yo.
Cogió la taza. Bebió. El café era bueno, se dio cuenta con un placer extraño y ajeno a todo.
Javier la miraba. Carmen leyó, sin dificultad por primera vez, respeto en su expresión.
Has cambiado dijo él.
Sí admitió ella. Ocho años dan para mucho.
Javier se levantó, se acercó a la ventana y miró hacia la calle. Luego se giró.
Carmen dijo, más bajo. Sé que no actué bien. Aquello existió y la culpa no desaparece por empezar de cero.
Aquello sí no lo esperaba Carmen.
Había imaginado este encuentro mil veces, en mil escenarios. Él furioso. Él indiferente. Él condescendiente. Pero que él asumiera su error, nunca lo imaginó.
Se agradece escucharlo, aunque llegue tarde admitió ella tras una pausa.
Sí. Muy tarde asintió Javier.
La calma en la sala ya no era tensa, solo tranquila. Como cuando tras hablar largo ya no queda nada, solo silencio.
Sobre el puesto prosiguió Javier. Me gustaría ofrecerte la jefatura del departamento administrativo. Es más que secretaría. Condiciones dignas. Tú decides.
Carmen meditó.
Lo pensaré respondió.
De acuerdo.
Se levantó, tomó el bolso. Javier también se levantó, de forma cordial, sin artificios de directivo.
Carmen la llamó, cuando estaba en la puerta.
Ella se giró.
Gracias por no marcharte nada más verme.
Carmen lo pensó un momento.
Yo misma creí que no sería capaz de quedarme admitió.
En el pasillo se detuvo un segundo, junto a la puerta cerrada, respirando hondo.
Afuera, Maribel la esperaba con un vaso de café de máquina. Al verla, leyó algo en la cara de Carmen y preguntó enseguida:
¿Y?
Me han ofrecido puesto contestó Carmen.
¿Bueno?
Sí. Directora administrativa.
Vaya. Maribel guardó silencio. ¿Y el director?
Javier.
Maribel la miró largo.
¿Javier? ¿Tu Javier?
Ex aclaró Carmen.
¿Y qué hiciste?
Dije que me lo pensaría.
Carmen tomó el vaso. Dio un sorbo. El café de máquina era peor que el del despacho. Pero tenía algo más cercano.
Caminaron juntas calle abajo. Las hojas crujían como cada octubre en Madrid. El sol apenas calentaba; estaba ahí, simplemente, acompañando.
Pero esta vez elijo yo sonrió Carmen. Solo yo. Por fin.
Porque, a veces, la vida nos pone delante del pasado, y el mayor logro no es olvidar, sino aprender a decidir por uno mismo.






