Mi esposa y yo acabábamos de firmar una hipoteca para un precioso piso en un barrio recién construido, moderno y aún a medio terminar. Este piso hay que bendecirlo. Nadie ha vivido aquí antes, ¿cómo íbamos a entrar sin pedir la protección de Dios?, insistió enseguida mi abuela, con esa voz que no admite réplica. Claro que hay que bendecir la casa no podemos arriesgarnos a que nos traiga mala suerte. Necesitamos alegría, felicidad y prosperidad en este nuevo hogar, apoyó enseguida mi madre, entusiasmada con la idea. A pesar de nuestras dudas iniciales, con tanta insistencia a nuestro alrededor, cedimos y decidimos organizar la bendición.
Es imprescindible, dictaminó mi abuela, golpeando la mesa con el bastón. Llegado el día y la hora señalados, el timbre sonó y apareció en la puerta un sacerdote de cejas pobladas y pelo entrecano, con una larga barba canosa. Del cuello le colgaba una gran cruz de oro sobre una cadena robusta, en una mano llevaba un incensario y en la otra una bolsa de cuero gastada. Nos entregó a cada uno unas velas y empezó a explicar solemnemente el ritual.
Hijos míos, proclamó el cura con voz solemne, encended las velas y seguidme por toda la casa. Obedecimos con respeto, preparados para algo trascendental. Sin embargo, al intentar mi padre encender su vela, aquello se convirtió en un calvario: chisporroteaba, echaba humo y ni siquiera con varios intentos lograba prenderse. Todos nos mirábamos, frustrados.
De repente, el sacerdote, con una inquietud visible en el rostro, recogió apresurado sus objetos, metiéndolos en la bolsa con manos temblorosas.
Salid de aquí, marchad rápido, aquí hay algo extraño, esto no es buena señal, murmuró el cura, con tono apremiante y confuso. Agarró su bolsa y salió casi corriendo del piso, dejándonos a todos perplejos y sin saber qué pensar.
Qué cura más raro, y la vela aún más, comentó mi esposa, observando cómo, ya en el pasillo, la vela del cura ardía perfectamente tranquila.
A lo mejor hoy le fallaba el humor y por eso no funcionó el ritual, bromeó mi madre, intentando romper la incomodidad.
Habla muy convincente, pero al final salió zumbando. Seguro que donde va no hay WiFi, pensé, tratando de encontrar el lado cómico a esta escena tan surrealista. ¿Qué más podemos hacer? Estamos atados a este piso con letras para los próximos quince años, añadí con una sonrisa resignada.
Bueno, ¿nos quedamos o buscamos otro cura?, la voz profunda de mi abuela volvió a sonar, devolviéndonos de golpe a la realidad y a la incertidumbre de qué hacer ante esa bendición frustrada.




