El matrimonio vivió una vida plácida. Se casaron a los treinta años, y pronto nació su hijo. Formaron una familia bonita, estable. Les sonreía la fortuna: compraron un piso en Madrid, reformaron la antigua casa de los abuelos en Segovia convirtiéndola en un hogar acogedor, con todas las comodidades. Cada verano viajaban al extranjero; se dejaban llevar por la brisa de la Costa Azul y, a veces, recorrían ciudades italianas. Su marido le era fiel, jamás pensó ella en otros hombres.
El hijo creció y, rondando la veintena, se casó con una chica encantadora llamada Inés. Muy jóvenes, pensaba la madre, como éramos nosotros, solo que diez años antes. Ella y su esposo, con esfuerzo y orgullo, les compraron un pequeño piso a los recién casados en Vallecas.
La mujer era feliz, profundamente agradecida a la vida. Sin embargo, con los añosquizá por superstición, quizá por la sombra silenciosa de la edad, comenzó a temer que tanta calma escondiera alguna tragedia.
Y así ocurrió.
El marido murió de repente.
El luto fue largo; el vacío, inmenso. Pero poco a poco, la mujer aprendió a vivir de nuevo. Consiguió un trabajo administrativo, después de tantos años dedicada solo a la casa.
Pronto, todo el mundo comentaba que había que abrir la herencia. Fue con su hijo al notario, aunque no comprendía los trámites; pensaba que la mitad sería suya, la otra mitad de su difunto esposo. Los padres del marido habían muerto hacía décadas, no había más herederos conocidos.
El notario la hizo pasar al despacho. Una mujer mayor, de aspecto cansado y sobrio, ocupaba la otra silla.
La parte de su marido iba destinada a esa mujer.
La viuda no entendía, miró al notario y luego a la desconocida, de semblante austero, rondando los cincuenta. Debía de estar conectada, de alguna manera, a su marido.
El notario le explicó que existía un testamento. Redactado hacía 27 años. Nunca fue revocado y, por ley, seguía vigente.
Una extraña…
Habían sido novios de juventud, como si de una película se tratara. Eran estudiantes recién licenciados; soñaban con el mundo entero ante sus pies.
Él fue el primer amor de ella. Y lo valoraba tanto que, bromeando, le decía: “Eres como mi hija”, aunque fueran de la misma edad. Ella reía ilusionada.
Una tarde vieron una película en la que los enamorados se legaban todo mutuamente en un testamento. Les pareció divertido y romántico; entre risas, ellos también lo hicieron: todo lo mío es tuyo, para siempre. Inés, precavida, insistió en acudir al notario. Después brindaron con cava y se amaron apasionadamente.
Pero la vida, impredecible, cambió los pasos. El padre de él cayó enfermo; madre e hijo lo llevaron a Barcelona para tratamiento.
Ella, Inés, siguió viéndose algunas veces con él; al poco se quedó embarazada y su compañero de entonces le pidió matrimonio. Su madre la animó: ¿Dónde está tu antiguo novio ahora? Este, al menos, te da estabilidad. El otro no contestó jamás a sus cartas.
Inés se casó y se mudó a Valencia, donde a su marido le ofrecieron un buen trabajo. Nació una hija, pero la vida juntos no funcionó y el matrimonio terminó en divorcio.
Con el tiempo, ella hizo un nuevo testamento a favor de su hija y la memoria de aquel viejo amor desapareció de su vida.
Hasta que un día recibió una carta certificada. Aquello la sacudió. Había olvidado a su primer amor, o eso creía. Allí, en tinta azul, estaba el nombre de él y el pasado regresó con fuerza. ¡Cuánto le había querido!
Él, por su parte, entre la enfermedad y muerte del padre, y la enfermedad después de su madre, relegó el testamento al olvido. Al saber que Inés se había casado y marchado, decidió dejar atrás aquel amor juvenil. Terminó casándose con una mujer formal, sin pasión, aunque la respetaba.
¿Qué se podía hacer? ¿Reclamaría ella la mitad? Se preguntó la viuda, angustiada.
Qué extraño fue descubrir aquel testamento. ¿De verdad la había amado tanto? Ahora, la otra mujer se veía con derecho.
Ahora, la mitad de tu patrimonio me corresponde le anunció la mujer, sin temblor en la voz.
Y no cualquier mitad: el piso en Madrid, la casa de Segovia, el coche, los ahorros en el banco.
Sintió cómo su corazón se detenía bajo el peso de la traición. Primero la muerte de su esposo, ahora esto: años compartidos y ni una sola vez mencionó a su antiguo amor.
¿Y ahora debía entregarle tanto?
Recurrió a los tribunales, pero no hubo milagros. Solo más desgaste, más noches en vela.
Finalmente, el dinero se entregó a la otra mujer.
Esta se compró un piso nuevo y partió a la Costa del Sol con su hija.
Gracias, susurraba cada día, mientras contemplaba el mar.







